MesSagradoCorazon/DIA CUARTO

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DIA CUARTO

El alma a Jesús

Quid Dominus Deus tuus petit a te, nisi ut diligas eum?

¿Qué te pide el Señor tu Dios, sino que le ames?

¿Dónde podré hallar un corazón más amable que el de mi Jesús? El me ama, y sólo desea mi amor: así está escrito en el Deuteronomio: “¿Qué te pide el Señor tu Dios, sino que le ames?” Mas yo, ¿por qué me alejé de tu redil y cual oveja insensata corrí de acá por allá, apacentándome en los venenosos prados de este miserable mundo? Él, como buen Pastor, me había conducido a su redil y agregado a su rebaño; pero yo, ¡miserable!, me extravié por entre zarzas y espinos, rocas y precipicios peligrosos. Sin embargo, Él no ha cesado de llamarme y socorrerme y librarme de tantos peligros, a costa de sudores y sufrimientos. Debiera haberme abandonado por mis repetidas inconstancias, y con todo, no lo ha hecho. Y a mí, ¡ingrata!, ¿qué me faltaba en el redil de mi carísimo Pastor? ¿Me alimentaba, acaso, de viento, privada de todo otro pasto? ¿No soy yo la que: Dum nutriebar, in croceis, amnplexata stercora? ¡Ah!, sí, como inmunda me he metido y revolcado en las zahurdas mundanales. ¡Oh! ¡Si supiese cómo estaba al volver a la grey del Señor! ¡Cómo admiraría el amor de mi Dios! ¡Cuánto procurarla penetrar en el Corazón sagrado de mi Jesús!

Mas ya vuelvo a este Corazón; ya veo cómo celebran los ángeles mi vuelta al redil de mi amabilísimo Pastor; ya noto que festejan ahora mi regreso, como lloraron antes mis infidelidades; Señor mío amantísimo, no sea ya más mía, no permitas me aleje más de vuestro enamorado Corazón. Veo que habéis llorado mi alejamiento de Vos, y que llorando me habéis buscado, y no contento con eso me habéis reducido a vuestra grey. Por eso me dice San Bernardo: Cor Jesu plorat, quaerit, et portat. Más, ¡ay Dios mío!, por lo mismo que soy una oveja insensata, tened piedad de mí; no me abandonéis; haced que de tal manera os siga, que jamás me aparte de vuestras huellas. Mirad, Señor, que si no me asistís con vuestra gracia eficaz, me escaparé de vuestras manos; apiadaos de mí y salvadme. Olvidad mis faltas, que faltas sólo fueron la mayor parte de los actos de mi pasada vida: perdón, perdón, salvadme. Amén.

María al alma

Yo te dije, hija mía, que el Corazón de Jesús debe ser la escuela de tu perfección; porque en Él y sólo en Él hallarás los ejemplos más luminosos de las más sublimes virtudes. Tanto te persuadirás de esta importante verdad, cuanto más reflexionares que Yo tuvo siempre fija la vista en este Corazón divino para aprender el modo de adelantar siempre en el camino de la más eminente perfección. Para enseñar a los hombres la perfecta observancia de la ley santa de Dios, mi amabilísimo Jesús, casi recién nacido se sometió humilde y voluntariamente al misterio de la Circuncisión, por más que no le obligaba; y Yo, prontísima a imitarlo, sin dudar un momento, me sometí, siendo toda pura e inmaculada, al rito de la Purificación. Así, viendo aquel mismo día que mi Jesús, cual Redentor del género humano, se ofrecía anticipadamente víctima del amor a la eterna Justicia, Yo, como madre amorosa, ratifiqué voluntariamente su oferta, aceptando con anticipación la fatídica espada del dolor.

Ya puedes suponer, hija mía, cuanto sufriría mi tierno Jesús en la huida a Egipto; mas Yo, y conmigo mi amado esposo José, al fulgurar de aquella luz que reverberaba de aquel Corazón divino, venido a la tierra para sufrir por los hombres, pacientes y con transportes de alegría soportábamos el peso de los trabajos de un viaje tan largo y de un destierro tan penoso. ¿Y qué quieres que te diga, hija mía, de tu Jesús vuelto a la casa de Nazaret? ¡Oh! ¡Qué transportes de amor!, ¡qué amor a la pobreza, al ayuno, a la soledad, al silencio...! ¡Qué celo por la gloria de su divino Padre! Pero ¿qué podré decirte yo, si eran virtudes de un Dios? Estos luminosos ejemplos de su Corazón divino, que a José y a Mí servían de norma y de guía para la más sublime perfección, sean también tu norma y tu guía. Aprende, pues, hija mía, aprende de Mí y de mi castísimo Esposo la fiel imitación de Jesús, si quieres ser santa ahora y subir al cielo después; porque sólo Él es el camino derecho del cielo; Él el verdadero modelo de todas las virtudes; Él el único medio por donde se llega seguro a la vida eterna: por eso dice de sí mismo: Ego sum via, veritatis, et vita. Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, [Jn 14, 6] ¿Por qué se alejan tantos y tantos de las sendas del Buen Pastor y corren a los pastos de la voluptuosidad? Atiende, hija mía, atiende; únete conmigo para suplicar al Corazón de Jesús te llame a sí y te libre de los malos pasos, del camino del error, del precipicio de la perdición.

Ejemplo

El Venerable Padre Bibiano Viviani, de las Escuelas Pías, personaje doctísimo de su tiempo, primero regentó con mucho crédito una catedra en la Universidad de Pisa, y después fue juez de la corte de Génova. A pesar de sonreírle tan prósperamente la fortuna del mundo, jamás quiso aceptar unos ricos enlaces que le propusieron; porque hacía tiempo había consagrado la flor de su pureza a la Virgen Santísima, que le recompensó con ventaja, obteniéndole la gracia de ser fiel imitador de Jesús Crucificado. Contaba cincuenta años cuando, estimulado como otro Andrés Avelino por algunos desengaños, e impresionado por aquellas palabras de San Bernardo: “Hay muchos jueces calumniadores y pocos defensores de la verdad”, y siguiendo el impulso de María, que en una visión le mandó se retirase a Roma, para seguir lo que allí le inspirase, abandonó al punto la Curia de Génova.

En aquella metrópoli de la cristiandad, teatro frecuente de la soberbia y de la ambición, empezó Viviani por dar un ejemplo estupendo de humildad, supuesto que no sólo quiso abrazar el Instituto de las Escuelas Pías, que era el fin para que María le había hecho abandonar la toga, sino que, para vivir desconocido y olvidado de todos, pidió a San José de Calasanz le admitiera en la clase humilde de Hermano operario. Así vivió algún tiempo, conocido solamente del Santo Fundador, que le ocupó en la enseñanza de los parvulitos; pero no fue esto lo que más contribuyó a descubrir quién era y a ser promovido por obediencia al Sacerdocio, en cuyas sublimes funciones dio tanto lustre al nuevo Orden, como edificación había dado antes en los oficios más humildes. A pesar de su gran reputación de sabio, era tan humilde y gustaba tanto de vivir desconocido y olvidado, que habiéndole el Superior mandado en cierta ocasión pronunciar un discurso en latín delante de una numerosa y escogida concurrencia, exclamó: “Dejadme llorar mis pecados, porque nunca supe más que cometer muchos y muy graves”.

Perseverante en la oración, sobre todo en la mental, pasaba en ésta muchas horas de la noche, repitiendo de tiempo en tiempo con profundo sentimiento: ¡Jesús ha muerto por mí! Fue muy perseguido de los demonios, que visiblemente venían con él a las manos para distraerle. Cierto día, golpeando fuertemente, lo denostaban, diciendo: ¡Hombre vilísimo, has abandonado el lujo para ocuparte en el indigno ministerio de enseñar chiquillos! A todo esto, el P. Viviani no aflojaba un punto en su ocupación fervorosa, y contemplando continuamente la infinita caridad del Corazón de su Jesús, manifestada en su pasión, se inflamaba más y más en santos deseos de imitarlo y de padecer por Él. De aquí que sus virtudes fueron heroicas y sus penitencias extraordinarias, de tal modo, que sólo un espíritu tan animado como el suyo podía imitarlas. Sus disciplinas de sangre eran frecuentes; su abstinencia fue un verdadero prodigio tanto, que ayunó muchos años, tomando sólo algunas pasas con un poco de pan y agua; y aun pasó alguno con mendrugos de pan mojado en agua o aceite. ¿Qué dices, piadoso lector, de tanta mortificación en un hombre a quien brindaban los mayores honores en el mundo?

Flor.- Mortificad con más cuidado vuestra lengua, no profiriendo palabra que redunde en vuestra alabanza u ofensa del prójimo.

Jaculatoria.- ¡Ah Jesús mío!, este mi corazón no sea ya mío, sino tuyo, que lo has comprado con tu preciosa sangre.

Notas