MesSagradoCorazon/DIA DÉCIMO

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DIA DÉCIMO

El alma a Jesús

Tristis est anima mea; Redde mihi laetitiam

¡OH Señor y Dios mío! cuán triste y desanimada estoy. ¡Tristis est anima mea!; perdí mi alegría, y estoy rodeada de miserias, y llena de pecados. Restituidme, Jesús mío, la alegría y santa embriaguez de espíritu. Redde mihi laetitiam salutaris tui: no permitáis que yo viva tan triste y melancólica; alegradme con los ardientes y suaves influjos de vuestra gracia. Fluminis impetus laetificat civitatem Dei. Venga, Señor, sobre mí este impetuoso río de vuestra gracia; sí, venga sobre mí, que tantas veces os he ofendido. Dejad que este ímpetu saludable me restituya la alegría que perdí. Redde mihi laetitiam salutaris tui. Y como no podría alegrarme de veras, si antes no me perdonaseis mis pecados, perdonádmelos por las amorosas llamas de vuestro sagrado Corazón; perdonádmelos por vuestra infinita misericordia. Miserere mei Deus, secundum magnam misericordiam tuam.

¡Oh qué hermoso triunfo este, mi Dios! Por más sucia que me halle, vuestra misericordia es tal, que me purificará y volverá pura y hermosa a vuestros ojos. Si hasta ahora he abusado de vuestra misericordia, perdiendo el gran tesoro de vuestra gracia, restituidme pronto a la alegra perdida, devolviéndome la hermosa estola de la inocencia que tanto me alegraba. Et spiritu principali confirma me ¡Ah Señor!, esta es la alegría que de Vos espero; dádmela, como os lo ruego y espero por los méritos de mi Redentor Jesús, que tanto me amó y padeció por mí; por eso os digo con San Agustín: Redde mihi laetitiam per merita Jesu Chriti Redemptoris mei. Sí, Dios mío, por los méritos de vuestro divino Hijo espero la gracia que deseo, y protesto que mi único objeto es agradaros y amaros. ¡Ah Señor!, y qué no debo esperar por los méritos de vuestro Hijo Consoladme, pues, Amén.

María al alma

Ancho y espacioso es el camino que conduce a la perdición, hija mía; pero ¡cuán estrecho y escabroso el que lleva al Paraíso! Mira a tu Jesús, modelo de predestinados, mira cuán animoso camina por la senda de la mortificación y de los sufrimientos. Proposito sibi gaudio sustinuit crucem. Niño quiso llorar, aterido de frío y reclinado sobre unas pajas en un pesebre; oculto en vil tugurio de Nazaret hasta los treinta años, vivió una vida de trabajos, comiendo un poco de pan bañado con el sudor de su rostro. Sí, hija mía; contempla a tu Jesús, siempre pobre y desprendido de todo lo que place y alegra. Contémplale crucificado sobre el monte del dolor y concluye que, si de veras quieres reinar gloriosa con Él, debes vivir mortificada como Él. Escucha, escucha las palabras de vida eterna que brotan, como vena de límpidas aguas, de su divino Corazón, de aquel Corazón deseosísimo de tu eterna salvación y tan tierno y afectuoso.

Oye con cuánta concisión te dice, que si quieres vivir eternamente en la gloria, debes en esta vida odiarte a ti misma, mortificando tus pasiones: Qui odit animam suam in hoc mundo, in vitam aeternam custodit eam. ¿No son los que se hacen violencia a sí mismos los que conquistan el reino de los cielos? Sí, vim patitur regnum Dei, et violenti rapiunt illud. Por lo tanto, hija, debes ejercitarte diariamente en esta mortificación que Cristo te enseñó: Semper mortificationem Jesu circunferens; supuesto que sin crucificar tu Carne con sus vicios y concupiscencias, jamás podrás entrar en el Corazón inmaculado de Jesús, ni tener parte en su reino. Qui sunt Christi, carnem suam crucifixerut cum vitiis et concupiscentiis suis. Así lo practicaron los santos, y así lo debes practicar tú también, si deseas ceñirte la corona eterna.

Ejemplo

El Beato Pompilio María Pirrotti, de las Escuelas Pías, cual alma generosa y con el favor de la gracia, retrató tan noblemente en sí la mortificación de Jesús Crucificado, que en virtud de este admirable espíritu de penitencia reflejó desde la infancia la inocencia y el candor del ángel, por lo cual sus conciudadanos solían decir que había nacido santo. En efecto, en la oración y otros ejercicios de piedad era más asiduo de lo que podía esperarse de una edad tan tierna; huía de la molicie en el vivir y del fausto en el vestir, con frecuencia dormía sobre la desnuda tierra o sobre la tarima del altar doméstico, y daba a los pobres cuanto podía escatimar a sus más indispensables necesidades.

Trasplantado, cual escogidísima flor, del Paraíso al jardín calasancio, creció siempre inmaculado y hermoso, pero siempre entre las espinas de la mayor austeridad. Con verdad podía repetir: “Vivo yo, mas no yo, sino Cristo crucificado vive en mí”. Vivo ego, jam ego, vivit vero in me Christus.

Su primer pensamiento fue mortificar su propia voluntad con la exacta obediencia a sus superiores, y con la exacta observancia de las reglas del santo Instituto. De natural fogoso y ardiente, consiguió de un modo admirable dominar los movimientos de la ira con la resignación en las pruebas más duras y penosas, y con la vigilante custodia de todos sus actos internos; resistiendo a la soberbia con la más profunda humildad, al fausto y a las riquezas con el amor a la pobreza, al amor propio con el desprecio de sí mismo; por lo cual voluntariamente abrazó las incomodidades, trabajos y fatigas, especialmente siempre que se trataba de la salvación de las almas.

Persuadido Pompilio de que sin la penitencia corporal no se puede sujetar por completo el espíritu a Dios, domaba y mortificaba su cuerpo con el mayor cuidado, diciendo con frecuencia con San Pablo: Castigo corpus meum, et in servitutem redigo, ne, cum aliis praedicaverim, ipse reprobus efficiar.

Continuamente mortificaba su carne con punzantes cilicios y ásperas disciplinas; se industriaba lo mejor que podía para hallar nuevos medios de atormentarse; al efecto usaba en verano vestidos de invierno, y en invierno los de verano. En los mayores calores de estío oraba al sol con la cabeza descubierta, y en los días más fríos de invierno a la intemperie. Traía la cabeza descubierta en toda estación y tiempo y aunque lloviese; y si alguno le decía que se cubriese, respondía: Que no debía hacerlo porque estaba en la presencia de Dios.

Pasaba la mayor parte de la noche en oración y otros ejercicios piadosos, y lo poco que dormía lo hacía sobre una estera o patio viejo tendido sobre la tierra. Era tan parco en la comida, que no podía comprenderse cómo se sostenía en medio de tantas y tan grandes fatigas de su apostólico ministerio. No probaba la carne ni alimento alguno bien condimentado; sólo tomaba hierbas crudas y fruta: en pequeña cantidad, o algunas legumbres sin condimento de aceite ni de sal. Si alguna vez servían a la mesa algo bien aderezado, después que habían distribuido las raciones a los demás Padres, él echaba ceniza en la suya, diciendo: Paciencia, cuerpo mío; esta es la comida que te espera.

Una vez quiso el Señor glorificar con un milagro manifiesto este maravilloso espíritu de penitencia. Habiéndole invitado los Padres Agustinos, que le apreciaban mucho, a comer con ellos, un día de gran solemnidad, aceptó el invite de buen grado; pero después de la función religiosa se excusaba de ir a comer con todos por no acostumbrar a comer de carne. Con todo, se vio precisado a entrar con los demás, y le sirvieron dos pichones bien condimentados. A esto el siervo de Dios puso el tenedor sobre el plato, y los pichones volaron, quedando en el plato unas cuantas habas solamente.

¡Oh! Cuán abundantes surgen del Corazón de Jesús los torrentes de los consuelos celestiales en las almas mortificadas. Lo vivamente inundado que se sintió el alma de Pompillo, del amor divino, no es dable referirlo. De aquí aquel inmenso transporte con que hablaba de Dios y encendía en los demás las más vivas llamas de la caridad. Así, era tan poderoso el afecto que le unía a su Jesús, que desde su infancia con sólo pensar en los sufrimientos y afrentosa muerte de Jesús, rompía en amarguísimo llanto.

Ya Sacerdote, en el Santo Sacrificio, como fuera de sí y con el rostro enteramente transformado, se le oía decir: ¡Amante mío! ¡Bello amante! Mostraba claramente que veía a Jesús sin velo, porque muchas veces se le oía repetir con los brazos extendidos: Venid, venid, amante bello; mírale, pueblo mío, cuán hermoso es. Muchos testigos depusieron con juramento haberlo visto levantado de la tierra al elevar la sagrada Hostia y el Cáliz sacrosanto; tanta era la fuerza de su afecto y el éxtasis de su amor.

Amantísimo, Pompilio, del Corazón adorable de Jesús, le honraba con culto especial todos los viernes del año, y para que todos le honrasen igualmente estableció la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús. Primero la introdujo en su patria, e invitado por el Cabildo de la Colegiata a predicar durante la Novena preparatoria, lo hizo con tal fervor, que superó la expectación de todos, y su modo de decir se tuvo por un hecho sobrenatural, pues parecía que hablaba un serafín del cielo.

Obligado a escribir unas breves reflexiones para la Novena en honor del sagrado Corazón, se acercó a una gran mesa tan pesada, que no podían moverla muchos hombres, y mientras él escribía a toda prisa, las personas que estaban en torno suyo veían que una mano invisible agitaba, sacudía y hacía temblar la mesa, y que el siervo de Dios, sin asustarse nada, decía: Vete de ahí, bestia inmunda, vete de ahí.

Flor.- Meditar por un cuarto de hora delante de una imagen del sagrado Corazón de Jesús, y leer después las sobredichas reflexiones del Beato Pompilio.

Jaculatoria.- ¡Oh Jesús, Dios de amor, feliz el que os ama! ¡Dichoso el que tiene la suerte de tener su corazón siempre unido al vuestro!

Notas