MesSagradoCorazon/DIA DÉCIMONOVENO

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DÍA DÉCIMOOCTAVO
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DIA DÉCIMONOVENO

El alma a Jesús

Non judicavi me scire aliquid inter vos, nisi Jesum Christum et hunc crucificum [1 Co 2, 2]

Si el Apóstol protesta no querer saber más que a Jesús, y a Jesús crucificado, [1 Co 2, 2] ¿por qué no entro yo, Jesús mío, en el santuario de vuestro Corazón amantísimo, y contemplo vuestros dolores y el amor que os movió a encarnaros por mi amor? ¿Por qué no leo en sus llagas la infinita malicia del pecado, y el amable poder del amor? ¿A dónde, diré con San Agustín, a donde llegó, Jesús mío, vuestro amor? ¿Quo tuus attingit amor? Ego inique enigue egi, tu poena mulctaris? ¿Yo cometí la culpa y tú sufres la pena? ¿Por qué, Señor, por qué me habéis amado tanto? Quare me tantum amasti? Quare, Domine, quid ego sum? ¿Quién soy, Señor? ¿Quién soy yo que así hasta ahora habéis usado de tanta misericordia? Completad, Jesús mío, completad la obra comenzada y haced que yo conozca de una vez mi miseria, y desconfiando de mí misma, sólo confíe en Vos, que sois mi Dios. Non fidens in me sed in Deo, qui suscitat mortuos. No confiando en mí sino en Dios, que resucita a los muertos. Sí, Jesús mío, bien sabéis no tengo que combatir sólo con la carne y con la sangre, sino contra los mismos príncipes y potestades de las tinieblas. Non est enim mihi colluctatio adversus carnem et sanguinem, sed adversus et potestates. ¿Qué esperáis? Encerradme pronto en vuestro divino Corazón y salvadme. Amén.

María al alma

En la Pasión de Jesús admira, hija, la satánica ferocidad de los pérfidos judíos, que no se cansaron de añadir heridas a heridas, tormentos a tormentos; pero admira aún más la invencible caridad del Corazón de Jesús, que voluntariamente tolera y soporta toda burla, todo pena y todo dolor. Imagínate que estás viendo allí dentro del Pretorio a Jesús y a Pilatos, y mira cuán villanamente le trata este juez inicuo. Y como si fuese el hombre más vil de la tierra, por abrigo de escarnio y por ludibrio de las gentes, le arroja sobre las espaldas descarnadas un viejo manto, y en las manos le ponen una caña. Después le clavan en la cabeza, a fuerza de golpes, una insultante corona de punzantes espinas. Y no satisfechos todavía aquellos verdugos, le escupen el rostro, le abofetean, y arrodillándose delante lo saludan como a Rey de burlas, diciendo: Ave, Rex judaeorum! ¡Salve, Salve, Rey de los judíos!

¡Oh si supieses, hija mía, cuánto apenaron el Corazón de Jesús estas villanías tan ignominiosas! Sin embargo, El todo lo sufría voluntariamente, porque con sus humillaciones aplacaba la Justicia del Eterno Padre, ultrajada por la soberbia y orgullo de tantos hombres ingratos, que de los dones de Dios se sirven a menudo para ensalzarse injustamente sobre los demás y hasta rebelarse contra el mismo Dios. Y tú, hija mía, considera también cuántas veces, con tus pensamientos orgullosos, has afligido el Corazón de Jesús, y a imitación de éste, soporta humildemente toda injusticia, todo ultraje aquí en la tierra, si verdaderamente aspiras a ser con Él glorificada en el cielo.

Ejemplo primero

Las humillaciones de la vida de Jesús fundaron en la tierra la escuela de la humildad y del generoso desprecio de todas las humanas grandezas, y ésta es la gloriosa palestra donde los verdaderos discípulos del Nazareno, solícitos y tranquilos, se ejercitan

El Venerable Onofre Conti, de las Escuelas Pías, nacido en Nápoles de la nobilísima familia de los Conti de Anagni, a la edad de veintitrés años, por amor a Jesucristo, daba un generoso adiós a la gloria de este mundo, y abrazaba voluntariamente la humildad y la pobreza del estado religioso.

El buen novicio, con las voluntarias humillaciones y vivísimos deseos de ser tenido por vil a los ojos del mundo, se hizo acepto al Corazón de Jesús, que muchas veces se dignaba aparecérsele en forma de hermoso niño en el acto de ayudar a la Misa.

Con razón podía decirse que entre Dios y este humilde siervo hubo siempre una noble competencia, porque Conti siempre procuraba ser despreciado y Dios siempre quería ensalzarlo a los ojos del mundo.

Predicaba un día ante un numeroso concurso en Litomisle, ciudad de la Bohemia, y en el acto, treinta herejes convertidos, al mismo tiempo abjuraron sus errores y volvieron a la fe. En el ínterin el humilde siervo de Dios repetía conmovido Servi inutiles sumus. Siervos inútiles somos.

Conti, sumergido en el conocimiento de su nada, no sabía darse otro nombre que el de hombre vilísimo y el de miserable pecador; y Dios lo sublimó a la más alta santidad, y le dio el don de profecía y el de milagros, tanto que hasta resucitó un muerto.

Ejemplo segundo

El Beato Carlomagno, mientras el mundo le envidiaba por su real dignidad y por la gloria de sus señaladas victorias, renunció voluntariamente el gobierno de los Estados de Austria, Turingia y Suevia, para seguir a Jesucristo en la humildad, en la penitencia y en el desprecio de las humanas grandezas. Y he aquí a este grande del mundo, seguido de un solo confidente, presentándose de incógnito al Abad de Monte Casino, y suplicándole se digne admitirle entre sus monjes para hacer penitencia de sus pecados.

Condescendió el Abad a las humildes instancias de Carlomagno, y le destinó a la cocina para fregar los platos y limpiar otros muebles. Él se encargó de buena voluntad de lo que se le mandó; pero resultaba todo tan imperfecto por falta de costumbre, que el cocinero no sólo le reprendía con palabras bajas y desentonadas, sino que aun llegaba a ponerle las manos.

Carlomagno lo sufría todo con heroica paciencia; pero su compañero no pudiendo soportar que un personaje como él fuese tratado de este modo, manifestó al Abad y a todos los monjes quién era aquel hermano que tenían en tan poco. De lo que, maravillados todos, fueron a pedirle mil perdones y a darle el honor que le correspondía. Por lo cual, el humilde siervo de Dios se quedó confuso y mortificado, y sólo repetía que no sabía otra cosa sino que era un pobre pecador, y que había ido allí para hacer penitencia. Quiso, sin embargo, continuar ejercitándose en los empleos más humildes y trabajosos, como el último y más despreciable de todos. Pero, ¿qué maravilla se humillen así los hombres de la tierra, si tanto quiso humillarse el Rey del cielo?

Flor.- Hacer un acto de humildad y soportar con calma cualquier palabra injuriosa que se nos diga.

Jaculatoria.- iOh Corazón sagrado de Jesús, lleno de injurias y de oprobios por amor mío, haced que yo sufra voluntaria y, resignadamente toda afrenta por vuestro amor.

Notas