MesSagradoCorazon/DIA DÉCIMO TERCERO

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DIA DÉCIMO TERCERO

El alma a Jesús

Adeo sinqulum quemque hominemi pari

Charitatis modo diligit, quo diligit universum mundum

¿Qué es esto, Jesús mío? ¡Conque, según San Juan Crisóstomo, me amaste en tu pasión tanto como al mundo entero! ¡Esto veo, esto sé, y no amo a Jesús, que hubiera sufrido por mí sola cuanto padeció por la salvación de todo el mundo! Amor debo a los padres y hermanos que me aman, y ¿qué amor de afectuosa madre y de tierno hermano se parece al que me habéis tenido desde toda la eternidad? ¡Oh!, con cuánta razón exclamaría aquí San Lorenzo Justiniano: Nemo humano valet explicare eloquio, quo Jesu Christus circa unumquemque movatur amore. No puede expresarse con lengua humana el amor que Jesucristo tiene a cada uno. Y siendo esto así, ¿por qué no amo, por qué no alabo a mi Señor? No me dice el salmista: Non mortui laudebunt te, Domine omnes qui descendunt in infernum? ¿No, no os alabarán, Señor, los muertos ni los que bajan a los infiernos? Pero, ¿quiénes son esos muertos? ¡Ah! Bien lo sé, son las almas muertas a la gracia que tan felizmente las vivificaba y hermoseaba interiormente. ¡Ay! Decidme, Jesús mío: aunque vivo en el cuerpo, ¿vive mi corazón en vuestra gracia? ¡Oh pensamiento funesto! ¡Oh terrible pensamiento! Jesús mío, rey de vivos y de muertos, Judex vivorum et mortuorum, apiadaos de mí, miserere mei, y haced que yo viva a vuestra gracia, muriendo a mí misma y a mis pasiones. Hacedlo, Señor, por aquel cuidado que desde toda la eternidad tuvisteis de salvarme, mientras yo, postrada en la presencia de vuestro sagrado Corazón, me consagro toda a Vos, y no permitáis jamás que os sea ingrata. Apoderaos para siempre de este mi corazón, que yo quiero vivir en Vos, y con Vos, y sólo para Vos. Y Vos, Virgen Santísima, multiplicad sobre mi vuestras amorosas solicitudes y salvadme. Amén.

María al alma

¿Dudarás, hija mía, de la infinita caridad de tu Dios, mientras todo lo creado te predica su inmenso poder, y su infinita sabiduría, y su inmenso amor al hombre? Pero ¡cuánto más espléndida se manifiesta la caridad de tu Dios en la Encarnación de su Verbo, que por ti se anonadó exinanivit semetipsum! ¡Ah!, sí, se anonadó, exinanivit, porque Dios es infinita caridad. Mira tú las llamas de ese amor, que fulguran y arden en el Corazón tan tierno y tan amable de tu Jesús: en aquel Corazón, que es corazón de padre amante, de hermano...; es corazón de padre nada austero, sino suave y benigno con todos; es corazón de amante, sin miramientos a ricos ni a pobres; es corazón de hermano, pero tal, que a todos compadece, a todos consuela, a todos abraza, aun a sus más fieros enemigos, a todos estrecha entre los amorosos brazos de su ardiente caridad.

Dime, hija, ¿por qué quiso Jesús asistir a las bodas de Caná y convertir el agua en vino? ¿Por qué se apiadaba de los enfermos, de los paralíticos y de los leprosos? ¿Quién le movía a dar oído a los sordos, vista a los ciegos y lengua a los mudos? ¿Quién le obligaba a consolar a los obsesos, librándolos del poder de los demonios? ¡Ah!, hija mía, el Corazón de Jesús es un Corazón tan tierno, que al punto se conmueve en viendo cualquier miseria. Por eso multiplicaba, solícito, los alimentos y saciaba a los hambrientos; miraba a la desgracia y a la aflicción e infundía una santa dulzura en los corazones tristes.

Jamás olvides, hija, que Jesús tuvo la altísima misión de manifestar al mundo los excesos de la infinita caridad de un Dios, y la desempeñó perfectamente, amando, socorriendo y dando, por fin, su vida por los hombres. Considera, pues, a tu divino Maestro que, cual soberano Legislador, promulga su ley; y ¿qué otra cosa es esta ley que su misma voluntad, que manda se observe cuanto ordena en sus mandamientos y no se perturbe el orden natural? Pues aquí tienes, de boca del divino Maestro, la ley promulgada: Hoc est praeceptum meum ut diligatis invicem sicut dilexi vos. Este es mi precepto y esta es mi ley: que os améis los unos a los otros, como yo os amé. ¿Y no es esta la ley del amor y de la caridad? Ten, pues, por cierto que sin la caridad para con tu prójimo, no podrás agradar al Corazón de Jesús, de aquel Jesús que es Dios de amor y de caridad por esencia; por eso, si quieres ser perfecta discípulo de Jesús, ama con purísimo corazón a tus hermanos, y procura socorrerlos siempre, haciéndoles todo el bien que quisieras te hicieran a ti. Omnia erqo quaecumque vis ut faciant tibi homines et tu fac illis: haec est enim lex et prophetae. [Así pues, todo lo que quisiera que te hicieran los hombres harselo tú a ellos. Esta es la Ley y los Profetas]. Solamente así serás muy amada del Corazón de Jesús, de Jesús, que mira hecho como a Él mismo cuanto hicieras al último, al menor de tus hermanos. Amen, amen dico tibi: quamdiu fecisti uni ex his fratibus meis minimis, mihi fecisti. [Mt 25, 40]

Ejemplo primero

El Venerable Hermano Escolapio Antonio Bernardini, tanto de secular, como de religioso, fue modelo de perfecta caridad. Cuando secular, salió de Lucca, su patria, para Roma, patentizando su buena índole con un raro ejemplo de caridad; pues habiéndose encontrado en el camino a un pobre enfermo, se compadeció de él; se apeó de su caballo y se lo llevó consigo hasta la población inmediata. El enfermo, agradecido, dijo al despedirse: Han pasado junto a mí sacerdotes, religiosos y caballeros, y ninguno se compadeció de mí, sino este joven: Dios lo reserva para una cosa grande. Y verdaderamente, vi a ser muy grande delante de Dios, por su profunda humildad y heroicas virtudes, que brotaron lozanas de tan fecunda raíz.

Este joven, noble e instruido en las letras y en la filosofía, vistió el hábito de las Escuelas Pías en calidad de clérigo; pero habiendo leído antes de profesar el tratado de San Juan Crisóstomo, sobre la grandeza de Ia dignidad sacerdotal, se atemorizó tanto, que prefirió profesar en calidad de Operario. Instado de los religiosos y parientes que abrazase la carrera del sacerdocio, respondía a todos: 0 quam res formidanda et angelis etiam humeris tremenda sacerdotalis dignitas! Excusatum me, Patres et Fratres, habete. Scio ego, scio ego. ¡Oh qué cosa tan tremenda hasta para los mismos ángeles es la dignidad sacerdotali. Permitidme, Padres y Hermanos, que rehúse tan pesada carga; pues sé muy bien lo que hago. Bien podemos asegurar de él que, con este bajo sentir de sí, supo igualarse al seráfico San Francisco. Dispuesto a sufrir cualquier trabajo por amor de Jesús, no dejó nada que intentar en siendo conforme a la verdadera caridad del prójimo y a la verdadera perfección religiosa.

Ejemplo segundo

El Venerable Padre Luis Mallone, de las Escuelas Pías, se consagró todo a la salvación del prójimo. Solía seguirle innumerable concurso del pueblo, atraído de su admirable caridad y celo por la salvación de las almas; tan inflamado estaba en la caridad, que era muy frecuente verle, al predicar, con la frente rodeada de una aureola de fuego. Por eso convirtió muchos pecadores a la penitencia, redujo a gran número de mahometanos al conocimiento de la fe y volvió a algunos apóstatas a los monasterios que habían abandonado. Publicó varias, obras piadosas en favor de los pobres, y sobre todo, para la educación de los niños y preservación de las vírgenes que se hallaban en peligro. Ningún testimonio es aquí de tanto peso como el de una monografía de los lazaretos de Génova. “En Génova y en su distrito, dice el piadoso escritor, no hay plaza, ni calle, ni casa que no haya participado de las heroicas virtudes del Padre Mallone; no hay parroquia, ni monasterio, ni conservatorio de vírgenes, ni hospital, ni lazareto, ni colegio de huérfanos o pupilos a quien no haya comunicado su espíritu, su piedad, su ejemplo, su caridad”. Su ardiente caridad le transportó a la isla de Córcega en busca de una mies más copiosa, y allí recorrió abundante fruto con su predicación, acompañada de varios milagros con que a Dios plugo honrarlo. Pero habiendo llegado a su noticia que la peste hacia estragos en Génova, por no perder aquella ocasión de hacer bien al prójimo, se dedicó a servir día y noche a los apestados, exhortando a todos a penitencia Y curando a muchos milagrosamente. Dios quiso premiar su heroico celo, permitiendo fuese también atacado de la misma enfermedad, que le hizo víctima del amor a su prójimo. He aquí, piadoso lector, el último grado a que pudo llegar la caridad, que es el dar la vida por sus hermanos, a imitación de Jesús, que murió por nosotros: Majorem hac dilectionem nemo habed, ut animam suam ponat quis pro amicis suis. Nadie tiene mayor caridad que el que da su vida por sus prójimos. [Jn 15, 13]

Flor.- Ejercitarse en actos de caridad con el prójimo en obsequio del sagrado Corazón de Jesús.

Jaculatoria.- ¡Oh Corazón amabilísimo de mi Jesús, llama viva de inmensa caridad, comunicadme una centella siquiera de vuestro amor, para que os ame sobre todas las cosas y al prójimo como a mí mismo!

Notas