MesSagradoCorazon/DIA DUODÉCIMO

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DIA DUODÉCIMO

El alma a Jesús

Tota die miseretur et commodat

Jesús mío, ¿qué me dice con esto el real Profeta, sino que diariamente nos dispensáis vuestras misericordias, pero nos las dais prestadas? Y siendo así, ¿no he sido infiel para con Vos, Dios mío? ¿Quién podría enumerar las misericordias que me habéis dispensado diariamente y las que a cada momento me estáis dispensando? ¿Y cómo restituirlas si son innumerables? Usasteis de misericordia con la Magdalena, que tuvo la suerte de oír de vuestros labios aquellas palabras consoladoras: “Perdonados te son todos tus pecados”. Remittuntur tibi peceata tua; pero os restituyó esta misericordia haciendo toda una vida penitente, llorando siempre sus faltas. Mirasteis con ojos de misericordia a un Pedro que os negó tres veces; pero os restituyó esta misericordia, llorando amargamente, y sufriendo toda su vida hasta morir crucificado con la cabeza abajo. [Lc 22, 61] Dispensaste vuestra misericordia al Buen Ladrón; mas al punto os la restituyó tomando vuestra defensa con su desgraciado compañero, que indignamente os denostaba con sus palabras... [Lc 23, 39] Solo yo, Dios mío, no os he restituido una sola de las innumerables misericordias que me habéis dispensado. ¡Si os hubiera restituido una al menos por semana, por mes, por año..., pero ninguna!... ¿Y cómo os podré restituir ahora todas, siendo innumerables? Por tanto, ¿qué haré? Vos queréis que os las restituya todas; pero yo no sé cómo hacerlo. ¿Me condenaréis, Dios mío? Jesús de mi alma, piedad, tened todavía un poco de paciencia y os pagaré cuanto os debo: Patientiam habe in me, et omnia reddam tibi. [Mt 18, 26] Dadme tiempo, Jesús mío, y ayudadme: pues ahora quiero llorar mis desórdenes pasados. Ayudadme con vuestra gracia eficaz, aunque no lo, merezca; añadid esta nueva gracia a tantas misericodias. Ea, Señor, piedad, piedad os pido antes que la muerte me lleve a las soledades del sepulcro: antequam vadam ad terram tenebrosam et opertam mortis caligine. No, no me emplacéis ahora, que de seguro seré condenada por haber abusado tanto de vuestra misericordia; lo confieso, Dios mío. Mas ¿permitiréis, Amado mío, que se pierda para siempre lo que comprasteis a precio de tanta sangre y tan grandes sufrimientos? Virgen Santísima, Vos que sois la Madre de la misericordia, empeñaos ahora con vuestro Hijo, que si así lo hacéis, ya doy por obtenida la gracia que deseo. ¿Qué habéis pedido a vuestro Jesús que os lo haya negado? Y si siempre sois oída, pedid por mí, y seguramente seré salva; se trata de la eternidad; oídme, Virgen Santísima, la necesidad es grande; sea, pues, pronto y eficaz el remedio. Así lo espero de Vos, Madre mía. Amén.

María al alma

Oye, hija mía, oye a Jesús que te dice haberte amado desde la eternidad. In charitate perpetua dilexi te. Porque te amaba quiso humanarse, y humanado rogar continuamente por ti y pedir con gran deseo tu salvación al Eterno Padre. Por ti se retiraba a la soledad y oraba según está escrito: Ipse autem fuit secedens in solitudinem et adorans; por ti, no contento con orar durante el día, velaba las noches enteras. Fuit pernoctans in oratione Dei. [Lc 6, 12] Sí, hija mía; no por solos los Apóstoles, sino también por ti, oraba tu Jesús, y por eso El mismo dijo: Non pro his autem rogo solis, sed et pro illis qui credituri sunt per verbum ipsorum in me. [Jn 17, 20] Mira, pues, hija mía, si podrás obtener misericordia y salvación sin orar, habiendo Jesús, Dios y Hombre verdadero, orado tanto por ti y por tu salvación. Jamás olvides el precepto de Jesús: Oportet semper orare et nunquam deficere. Es preciso orar siempre y no cansarse. Vela, pues, hija, vela en la oración, si quieres no caer al terrible choque de las tentaciones. Vigilate et orate, ut non intretis in tentationem. [Mc 14, 38]. Ruega constante y confiada, porque Jesús asegura que está dispuesto a concederte con gusto aquellas gracias que con humilde perseverancia le pidas. No oyes cómo te dice: Petite et dabitur vobis. Pedid y se os dará. [Mt 7, 7; Lc 11, 9] No olvides, pues, hija mía, no olvides este consejo de tu Madre; recuerda siempre que la oración es 1a llave poderosa que abre los tesoros de Dios y los tesoros de la gracias, toda gracia que pidas al Eterno Padre en nombre de Jesús y por los méritos de su sagrado Corazón, la obtendrás seguramente, porque lo ha dicho el mismo Jesús, verdad infalible: Amen, amen dico vobis, si quid petieritis Patrem in nomine meo dabit vobis. Recuerda, hija, que el Dios de las misericordias es rico en misericordia. Dives in misericordia. Pero ¿sabes con quiénes? In omnes qui invocant illum: con aquellos que lo invocan.

Ejemplo primero

Cierto día, mostró Jesús a Santa Matilde su Corazón, más hermoso y resplandeciente que el sol, le dio a entender que la bondad de su Corazón brotan todas las gracias como de una abundante e inagotable fuente, y que para hacerse capaz de recoger estas gracias que continua y copiosamente surten del Corazón de Jesús, no hay mejor medio que la oración confiada y perseverante.

El Venerable Hermano Domingo Baccelli, de las Escuelas Pías, poseyó de un modo tan sublime el espíritu de oración, que empleaba en ella el día y la noche. Cuando salía a pedir por la ciudad o servía a los religiosos se ocupaba en la oración vocaI, y el tiempo que le dejaban los ejercicios de caridad y obediencia lo pasaba en el oratorio o en rincón de la iglesia casi siempre extático. Continuamente absorto en Dios o en las cosas celestiales, no hablaba si no era preguntado, y aun entonces sólo era de asuntos religiosos o muy útiles al prójimo. Así mereció la perseverancia final y llegar a un alto grado de santidad.

Ejemplo segundo

Emulo del Hermano Baccelli fue el Venerable Hermano Luis Manfioretti, de las Escuelas Pías, que, merced a su constante oración, obtuvo una íntima unión con Dios y el don de ciencia tan sublime que discurría doctamente sobre la Santísima Trinidad y los más altos misterios de la Religión, aplicando, cuando era necesario, muchas sentencias de la Sagrada Escritura, las más adecuadas al asunto. Siempre que le mandaba hacer alguna plática a los novicios, lo hacía en tales conceptos, que los oyentes quedaban admirados.

Cierta mañana, después de amasar el pan, como lo tenía de oficio, y de encender el horno, oyó tocar la campana que llamaba a la Comunidad para la oración, y acudió él también, para volver después de oír los puntos de la meditación; pero se quedó tan absorto en ésta, que se olvidó de todo. Terminada la oración halló enhornado el pan por mano desconocida y perfectamente cocido; pero ¡qué pan! Todos los religiosos dijeron que jamás lo hablan comido tan delicado y sabroso.

Fue Manfioretti muy molestado, a veces visiblemente, del demonio, que no le dejaba tranquilo de día ni de noche; pero él le oponía, con fe verdaderamente heroica, las armas de la humildad y de la oración.

Poco antes de morir, el enemigo de Dios tentó contra él el último esfuerzo; pero él desde el lecho en que yacía, abrasando un crucifijo en las manos, le dijo: Oh bestia cruel, ¿qué buscas aquí? ¿No hallarás cosa que sea tuya? Al eco de estas palabras siguiéronse fuertes quejas y ruidos; pero el siervo de Dios, sin inmutarse, desafiaba al enemigo, repitiendo aquellas palabras de David ¿Quoniam tu es, Domine, spes mea; altissimum posuisti refugum tuum?, y cantando las palabras del real Profeta: Misericordias Domini in aeternum cantabo: Cantaré para siempre las misericordias del Señor, pasó a la eterna bienaventuranza.

Flor.- Orar por un cuarto de hora delante del sagrado Corazón Jesús, escondido por nuestro amor en el sacramento del altar.

Jaculatoria.- ¡Oh Corazón amable de mi Jesús, fuente perenne de bendiciones y de gracias, concededme el espíritu de oración y enriquecedme con los tesoros de vuestra gracia!

Notas