MesSagradoCorazon/DIA QUINTO

De Wiki Instituto Calasancio
Saltar a: navegación, buscar

DIA CUARTO
Tema anterior

MesSagradoCorazon/DIA QUINTO
Índice

DÍA SEXTO
Siguiente tema


DIA QUINTO

El alma a Jesús

Beatus qui intelligit super egenum et pauperem

Jesús mío, ¿quién es este pobrecillo de que habla el real Profeta? ¿Quién es éste que hace feliz al que de él se ocupa? ¡Ah, sí, lo comprendo; sois Vos, Jesús mío, que siendo rico os hicisteis pobre por mi amor! Cum esset dives, effectus est pauper! Y no contento con esto, os anonadasteis: Exinanivit semetipsum, formam servi accipiens. Se anonadó, tomando la forma de siervo [Flp 2,7]. Decidme, Jesús mío, ¿para qué habéis querido abrazar la pobreza y anonadaros? ¿Cómo, para enriqueceme, habéis resuelto padecer tanto? ¡Oh amor! ¡Oh bondad del Corazón de un Dios! Y ¿quién soy yo? ¿Quis est homo? [¿Qué es el hombre?] ¿Por qué he despreciado vuestro amor, ese amor que os redujo a daros a Vos mismo, vuestra Carne y vuestra preciosa Sangre? ¿Qué amor es éste, Dios mío? ¿Quién se lo pudiera imaginar? ¿Quis est homo? ¡Y sin embargo, os he despreciado! ¡Os he ofendido! ¡Ay! Piedad, Señor, piedad; misericordia, Dios mío, misericordia: Miserere mei Deus secundun magnam misericordiam tuam. No os pido piedad solamente, sino misericordia; piedad según vuestra gran misericordia. Verdad es que he sido demasiado ingrato, Dios mío; que he tenido un corazón peor que de fiera. Lo confieso; porque aún éstas os son agradecidas y obedientes.

Ea, pues, mi amado Bien, no me abandonéis como yo mereciera; triunfe vuestro amor de mí, y haced que al reverbero de la gran llama de fuego de vuestro amor quede del todo encendida y abrasada. De aquí en adelante yo no haré más que pensar continuamente en vuestro sacratísimo Corazón, por mí tan empobrecido y anonadado; de aquí en adelante sólo sabré amar a vuestro Corazón divino, que sólo padeció para enriquecerme con los tesoros eternos. ¡Oh buen Jesús!, asistidme mientras tanto con vuestra gracia eficaz, que ya sabéis mis miserias; asistidme, Señor, y hacedme todo vuestro. Amén.

María al alma

¿Sabes, hija mía, cuán falso y falaz es el mundo? Bien te consta que lejos de hacer felices a sus míseros amadores, los hace lamentarse con tardo arrepentimiento, que todos los placeres de Ia tierra no son más que vanidad y aflicción de espíritu. ¿Dónde hallar la verdadera felicidad sino en Jesús, Rey de la paz y del amor, que vino a establecer en la tierra el reino de la felicidad, que sólo en el cielo puede gozarse por completo? Ni te turbe el que oigas de su misma boca: “El que quiera seguirme niéguese a sí mismo y a todas sus pasiones, contrariando constantemente su voluntad y apetitos”. Qui vult venire post me, abneget semetipsum. No te turbes, digo, porque Él mismo te asegura que el yugo de su santa ley es suave y ligero su peso: Jugum meum suave est, et onus meum leve. ¡Oh si supieras cuán grande es el consuelo de sus verdaderos amantes! Venid, les dice, venid todos los que gemís perplejos en la lucha contra vuestros enemigos espirituales; venid todos los que os hacéis continua violencia a vosotros mismos, para adquirir el reino de los cielos; venid a mi Corazón, que es mar de dulzura; venid a mi Corazón, que es maná suavísimo; venid y seréis consolados.

¿Por qué, hija mía, por qué vivieron tan alegres tantos anacoretas en los desiertos, tantos atribulados en las estrecheces de sus pruebas, tantos mártires en las abrasadoras llamas y bajo las cortantes hachas, sobre los sonantes yunques y en las terribles ruedas? ¿Por qué tantos santos gustaron en la tierra de un paraíso anticipado? Por la inefable dulzura que infundió en sus corazones el Corazón inmaculado de Jesús. ¿No hallaron éstos en el Corazón de Jesús el manantial de aquella inexplicable suavidad que jamás pudieron encontrar los amadores del mundo entre las delicias de la tierra? Luego si aspiras a la misma alegría de los ángeles del cielo, vive alejada de todas las cosas de la tierra, ama, fielmente y con el mayor afecto a tu Jesús, a tu Creador, a tu Dios; a aquel Jesús que para conquistarse tu amor y hacerte feliz, quiso derramar toda su sangre preciosísima y eximirá tu alma de la servidumbre de la culpa, y seguramente te librará de la muerte eterna. ¡Ah, hija mía!, relinque omnia et invenies omnia, deja todas las cosas de la tierra y hallarás todas las del cielo.

Ejemplo primero

El Venerable Hermano Juan Macari, de las Escuelas Pías, había sido esclavo de los mahometanos durante veinte años, y apenas obtuvo su rescate se hizo esclavo de Jesús en la Religión Calasancia, donde fue admitido como Hermano operario. Se entregó con tanto fervor al ejercicio de todas las virtudes religiosas, que mereció recibir en abundancia la suavidad de los consuelos celestiales. Ejerciendo, por obediencia, el cargo de cocinero, se entregaba tanto a la oración, que en la misma llama del fuego material se representaba el esplendor de la gloria, y en fuerza del amor de Dios comenzaba a veces a saltar de alegría. Su meditación favorita era la pasión y muerte de Jesucristo, en que deseaba le imitasen todos, para que hallasen, domo él, aquel gran cúmulo de dulzura que le hacía derramar muchas lágrimas. Una vez, no pudiendo contenerse, entró en el comedor, donde estaba la Comunidad; concluyendo de dar gracias después de la comida, se puso de rodillas y dijo con el mayor fervor: “Acordémonos, Padres y Hermanos, de meditar la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, que es el verdadero camino para ir al cielo”. Estas palabras complacieron tanto a San José de Calasanz, que mandó las repitiese un Hermano al dar gracias después de la comida y de la cena.

Ejemplo segundo

Subamos ahora con el pensamiento a las cimas solitarias de la Tracia, en la Libia, y admiremos la inmensa bondad del Corazón de Jesús al consolar en esta vida a sus verdaderos amantes.

Hacía mucho tiempo que vivía en aquellas inmensas soledades, secuestrado del mundo y olvidado de todos, el anacoreta San Marcos, cuando pIugo a Dios hablar a San Serapión, que por aquellos tiempos estaba en el árido desierto poco distante del Jordán. El Señor le dijo: “Serapión, levántate, sal de esta soledad y ve al lugar que yo te indique; en él hallarás al hombre de Dios”. Caminó Serapión por muchos días y llegó al monte designado, lo recorrió por otros siete con el deseo de verse con el hombre de Dios. Vio de lejos una gruta rodeada de ángeles, y al punto corrió hacia ella. Y cuando entraba Serapión ya le salía al encuentro Marcos, que, abrazándole cariñosamente, le dijo: “La paz del Señor sea contigo, hijo mío; has de saber que, hace noventa y cinco años que no veo rostro humano. El Señor te pague cuanto has sufrido por venir a visitar esta caña agitada por el viento”. Después se sentaron, y Marcos continuó: Yo nací en Atenas, donde, muertos mis padres, pensé seriamente y resolví dejar el mundo, antes que él me dejase a mí. Treinta y cinco años contaba cuando me embarqué en brazos de la Providencia, que me condujo a la falda de este monte, y desde entonces habitó en esta cueva.

Durante los treinta primeros años de mi vida solitaria me sometí voluntariamente a todos los sufrimientos y soporté imperturbable el hambre, la sed, el rigor de todas las estaciones y, lo que es más, las asechanzas de los demonios, que se me aparecían en forma humana, y me ofrecían el alimento, que yo les rehusaba; por lo que se enfurecían más y me maltrataban despiadadamente. A veces me arrastraban hasta la falda del monte y me decían con imperio: Vete de aquí, que de lo contrario no cesaremos de atormentarte; nosotros somos los únicos señores de este monte, y en vano intentas perturbar nuestra antigua posesión. Hubo día en que me maltrataron hasta dejarme espirando. Más, bendito sea Jesús, que después de haber yo tolerado con paciencia durante treinta años tentaciones y terrores, sufrimientos y trabajos de toda clase, se ha dignado consolarme. Yo mismo vi arrojar de aquí a los demonios y caer a los abismos, y venir a los ciudadanos del cielo a morar en este lugar santo. ¡Oh!, cuánto amo esta soledad, desde donde muchas veces, extático, he visto las maravillosas y escondidas grandezas de la gloria que Dios tiene preparada a los que con fidelidad y perseverancia le aman.

Pero ven conmigo, hijo mío, que la noche se acerca y quiero que tomes conmigo el alimento que el Señor ha mandado a sus siervos; y diciendo esto, le condujo a una mesita, en que había dos panes y dos peces. Ves, Serapión, hace treinta años que el misericordioso Jesús me viene mandando diariamente un solo pan, y hoy, por tu vnida, ha querido duplicar su providencia. Luego que tomaron aquel alimento, rezaron juntos varios salmos en acción de gracias al Señor, y tomando en seguida el rostro de Marcos cierto aire de alegría, dijo: Esta es la última noche de mi vida. Pero tú, hijo mío, apenas haya yo espirado, deja mi cuerpo en esta cueva, cierra su salida y márchate cuanto antes. Apenas había concluido de decir esto, iluminó aquella soledad una misteriosa y vivísima luz y se difundió una suave y celestial fragancia por aquel recinto ya lleno de ángeles. Mientras esto observaba extático, oyó Serapión la sonora y amorosa voz de Dios que decía: Ven, Marcos, ven a reposar en la patria de los bienaventurados. A tal invite dobló el anacoreta sus rodillas y entregó a Dios su bendita alma, pura e inmaculada, que Serapión vio levantarse como un sol de la tierra y penetrar en la gloria. Tan pronto como volvió de aquel éxtasis de misterioso estupor extendió el cadáver sobre la tierra, cerró la entrada de la cueva según se le había prescrito y se volvió a su antigua soledad.

Flor.- Sed hoy más exactos en los ejercicios de piedad, para hacerlos más aceptos al Corazón de Jesús.

Jaculatoria.-Salve, divino Corazón de mi Jesús; salve, hermosa morada de las almas amantes, que viven muertas a si y al mundo por vivir sólo para Vos.

Notas