MesSagradoCorazon/DIA SÉPTIMO

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DIA SÉPTIMO

El alma a Jesús

Deduc me in via tuya, et laetetur cor meum

Estando el filósofo Diógenes removiendo en un cementerio un montón de calaveras, y preguntado por Alejandro Magno qué hacia allí, le contestó con agudeza: Quaero caput Philippi patris tui: estoy buscando la cabeza de tu padre Filipo. Así me imagino los cementerios de todo el mundo, y considero dónde están las calaveras de tantos príncipes y reyes, de tantos generales y emperadores, de tantos Obispos y Cardenales, de tantos Patriarcas y Pontífices: abierunt, desaparecieron. Sí; desaparecieron tantos y tantos millones de hombres de todo estado, de toda edad, de toda condición. Dite ahora para ti y entre ti: También yo he de desaparecer; pero, ¿adónde iré? ¡Ah, Jesús mío!, este es el punto que no he considerado bastante basta ahora; por eso me he entregado a vanos placeres y continuas distracciones; por eso he seguido la senda de la iniquidad lejos de vuestro Corazón. Más, ¡ay, Dios mío!, tened piedad de mí, y haced que desde ahora ande por buen camino: Deduc me in via tua, et laetetur cor meum. Sí, ahora comprendo por qué he estado dominado de la tristeza, aun en medio de las distracciones del espíritu. No he caminado por la senda que a Vos conduce, y por eso no ha podido alegrarse mi corazón. Haced, pues, Dios mío, que caminando por buen camino se alegre mi corazón; y siendo vuestra voluntad el verdadero camino que a Vos conduce, haced que de buen grado lo siga.

Saulo, caído del caballo en el camino de Damasco, decía: Domne, quid me vis facere? ¿Señor, qué queréis que haga? Y eso mismo os digo yo: heme aquí, Señor, heme aquí postrado humildemente ante vuestro amabilísimo Corazón; haced de mí lo que os plazca; pero, ¡ay!, no permitáis que me condene eternamente, no siendo esta vuestra voluntad. Guiadme Vos, que tanto me amáis; dirigidme en el estado en que me habéis puesto, y haced que use de los bienes de este miserable mundo de modo que no pierda los eternos: Te duce, Te rectore, sic per bona temporalia transeam ut non amittam aeterna. Cierto que no lo merezco, por haber despreciado tantas veces vuestra voluntad; pero, ¡ay Dios mío!, así como hiciste caer de los ojos de Saulo tantas escamas, después que fue bautizado por vuestro discípulo Ananías, haced que del mismo modo broten de los míos lágrimas amargas de dolor y arrepentimiento. Dignaos visitarme sacramentalmente, y tened piedad de mí, que rostro en tierra os digo: Domine, quid me vis facere? Señor, ¿qué queréis que haga? Hacedme conocer vuestra voluntad. Vos queréis que nunca os ofenda, y no os ofenderé. Vos queréis que os ame, y os amaré con todo mi corazón, mi amado Bien, para ser tal cual me queréis. Amén.

María al alma

Yo, que soy la Reina de la humildad, quiero hablarte de esta excelente virtud que formó mis delicias en la tierra y fue el sólido fundamento de todas mis grandezas. Tú, fiel amante del Corazón de Jesús, mira, mira el sublime modelo y perfectísimo tipo de la hermosa humildad; mírate en este Corazón divino, tan humilde con ser él Corazón de un Dios infinitamente excelso y sublime. ¡Ah!, sí; el mundo era muy soberbio, y por eso vino Jesús a enseñar con la humildad el camino del cielo. ¡Oh!, con cuánta razón dice a las almas redimidas con su preciosa sangre: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Discite a me, quia mitis sum et humilis corde. ¡Con cuánta razón dice que desde su primera entrada en el mundo abatió la soberbia, naciendo en un establo entre viles animales, y sólo cortejado de humildes y simples pastores! Por la humildad quiso vivir vida escondida en el taller de un carpintero, no desdeñándose de emplear sus divinas manos en trabajos humildes; por la humildad, en su vida pública, tuvo por íntimos y familiares unos pobres pescadores de Galilea; por la humildad acudía benigno a los tugurios de los pobres para consolarlos y socorrerlos.

Pero ¿qué quieres que te diga de la humildad de un Dios? ¿Por qué, hija, por qué se esconde Jesús cuando las turbas, estupefactas de sus milagros, le proclaman Rey? ¿Por qué no quiso en el Tabor otros testigos de su gloria que tres de sus discípulos, a quienes prohibió decir nada de lo que habían visto? Mas, si tanto brilla la humildad del Corazón de Jesús en el desprecio de los vanos honores de la tierra, ¡oh!, ¿cuánto más brilla todavía en las ignominias y oprobios que voluntariamente escogió? Ahora sube, hija, a aquel calvario de dolores y admira la humildad de tu Jesús en la luctuosa tragedia de su Pasión; mira a un pueblo entero espectador de sus humillaciones; mira a tu Jesús hecho el oprobio de las gentes y la abyección de la plebe, como lo dice él mismo: Ego sum vermis, et non homo, opprobrium hominumet abjectio plebis. Aprende, hija, la sublime lección; aprecia la preciosísima joya de la santa humildad, por la que debes adquirir el derecho a una de aquellas sublimes sillas del cielo, que dejaron desocupadas la soberbia y el orgullo; aprende a humillarte tú, que sólo eres polvo y ceniza, y que de ti sólo tienes la nada, miseria y pecados. Huye del fausto y de la jactancia; abomina los vanos honores de la tierra que no son más que necedad a los ojos de Dios; no te envanezcas de ningún bien que creas tener, porque nada tienes que no hayas recibido de Dios: Quid nam habes quod non accepisti? ¡Ah!, sí, conócete a ti misma y tu nada; medita la humildad de tu Jesús, de aquel Jesús que abate a los soberbios, y a los humildes de corazón ensalzó y da su gracia; y Jesús de seguro ensanchará para ti el seno de su misericordia: porque Él es el que superbis resistit, humilibus autem dat gratiam.

Ejemplo primero

Todos los Santos, como verdaderos imitadores de Jesús, con dichos y ejemplos enseñaron la excelsa virtud de la santa humildad. Advierte de paso, piadoso lector, estas tres notables sentencias de San José de Calasanz: 1ª. El demonio juega con el religioso soberbio como con una pelota. 2ª. Si quieres ser santo sé humilde; si quieres ser más santo, sé más humilde; si quieres ser santísimo, sé humildísimo; 3ª. El que quiera que Dios se sirva de él para cosas grandes, procura ser el más humilde de todos. Así es, dice San Gregorio. Tanto más agradable se hace uno a los ojos de Dios, cuanto más vil se reputa a sí mismo. Tanto quisque fit Deo pretiosio, quanto sibi vilior. Por el contrario, el que practica muchas virtudes sin la humildad, es como el que expone el polvo al viento, que al punto se lo lleva. Qui sine humilitate virtutes congregat quasi in ventum pulverem portat; así el mismo santo Doctor. Exclamemos, pues, humildes y reverentes en la presencia de Dios; exclamemos con San Agustín: ¡Haced, Señor, que os conozca y me conozca; que os conozca para amaros, y me conozca para humillarme; dadme, ioh Dios mío! el gran tesoro de la humildad: Noverim me, noverim te, ut amem te et contemnam me. Domine, da mihi thesaurum humilitatis.

Eminentemente brilló en esta tan fundamental virtud el Venerable Padre Domingo Barberini, de las Escuelas Pías. Entrado en el Orden Calasancio, vivió en él, como un ángel, desprendido aun de los afectos más naturales al corazón humano. Siendo primo del Pontífice Urbano VIII y del Cardenal Antonio Barberini, tío de dos Cardenales y de Tadeo Barberini, General de los ejércitos pontífices, no procuró recibir honor alguno de su nobilísima familia, sino de darle más lustre con el ejercicio de las virtudes. Era de rara prudencia y admirable pureza, y en la obediencia y humildad parecía un prodigio. Rehusó constantemente toda clase de honores y de dignidades a que su origen y méritos le hubieran elevado bien pronto; y por más que el pontificado de su primo fue muy largo, no quiso, por más instancias que se le hicieran, reducirse a vivir en Roma para visitarlo. Así es que para estar siempre más lejos y oculto renunció a todo cargo de la Religión, ocupándose, por espacio de cuarenta años, en enseñar en Palermo, con incomparable humildad, paciencia y caridad, a los parvulitos que se le confiaban.

Ejemplo segundo

No inferior a este héroe en el amor a la humildad fue el Venerable Padre Francisco Castelli, del mismo Orden. Era hijo único de padres ricos, de bella presencia, animo generoso y tan versado en la elocuencia latina y adornado de todas las dotes propias de su clase, que era muy estimado del Pontífice Paulo V, cuya corte frecuentaba como doméstico, y que se había dignado nombrarlo Secretario de la Embajada del Príncipe Borghesi, su nepote. Mientras se engolfaba cada día más en los negocios del mundo, creciendo en deseos de adelantar rápidamente en otros empleos, y sus padres le habían concertado ya un matrimonio correspondiente a la nobleza de su sangre, le ocurrió asistir a un sermón cuadragesimal en que el orador sagrado peroraba con gran calor contra la vanidad de los honores mundanos. Francisco, sintiéndose penetrado, como de otras tanteas saetas, tomó para sí el consejo de huir los honores y abrazar de corazón la humildad de Jesucristo para mejor asegurarla salvación eterna. A este fin fue agregado por Calasanz a las Escuelas Pías; y con el santo hábito mudó también en religiosa severidad los pensamientos mundanos; en humildad y pobreza voluntaria, las pompas y las riquezas terrenas; y en diligente aplicación a la enseñanza de los niños, el ocio y los cuidados de la corte. Bien podía decir que lo había abandonado todo por amor de Jesucristo: padres, esposa, riquezas, honores, deseos. Adelantó tanto y tan pronto en la mortificación y en el desprecio de sí mismo, y miró con tanto horror la vanidad del mundo, que cuando alguno ponía su esperanza en el falaz encanto de las cosas de la tierra, no podía contener las lágrimas.

Flor.- Para humillarse ante Dios, meditar un poco en las ingratitudes pasadas, e implorar la misericordia de Jesús rezando de corazón el salmo Miserere mei Deus.

Jaculatoria.- Jesús mío, espejo de humildad y mi dulce esperanza, que vuestro divino Corazón herido por mi amor sea mi mansión y mi seguro refugio.

Notas