MesSagradoCorazon/DIA VIGÉSIMONOVENO

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DIA VIGÉSIMONOVENO

El alma a Jesús

El Dios de las virtudes está conmigo; pero ¿dónde están las virtudes que yo he adquirido? Dios me trató tan familiarmente, me aseguró y me colmó de muchos beneficios; ¡y yo tan descuidada, atendiendo a todo, excepto a la adquisición de la virtud! Al reverbero de la santidad de un Dios, debiera haberme enamorado de las virtudes de la virtud y hecho de ella un gran acopio; pero ni una sola he adquirido. Traté sólo con el mundo, y sus opiniones perversas fueron la norma de mi vida. ¡Ah Señor! y, debierais haberme abandonado, y no hacer caso de mí, lo confieso con rubor, que nada merezco no teniendo las virtudes, ni pudiendo sin ellas resistir la vista de la inefable gloria de la celestial Jerusalén.

Pero no me abandonéis, Dios mío, antes bien, asistidme siempre; porque de ahora en adelante os prometo hacer cuanto pueda por adquirir las virtudes con el continuo y constante ejercicio de las mismas, vivir bien y salvarme. Yo no merezco esta gracia, pero la espero de vuestro misericordioso Corazón; la espero también por los méritos de vuestro Apóstol San Pedro, cuya fiesta celebra hoy la Iglesia.

Y Vos, mi querido abogado para con Dios, interceded por mí, miserable; orad ante el trono de la Majestad divina. ¡Oh! ¡Cuántas y cuán hermosas fueron las virtudes que adquiriste por tu continua familiaridad con mi Bien Humanado! ¡Cuántos actos virtuosos practicaste! Haced, Apóstol santo, que yo adquiera también y practique las virtudes que tú practicaste; ya que también se digna el amabilísimo Jesús tratar conmigo familiarmente hasta el punto de venir a mí sacramentalmente. Sí, Príncipe de los Apóstoles, interceded por mí, y si el Señor me pide lágrimas por tanto desprecio como de Él he hecho y por tantos pecados, rogadle que me mire con ojos piadosos como os miró a Vos, para que a semejanza vuestra llore, y llore tanto mis pecados, que mi llanto dé testimonio de mi verdadero dolor, y se lave completamente mi alma en las aguas del arrepentimiento. Así lo espero, Dios mío, por los méritos de este Apóstol, así lo espero de Vos, que tanto me habéis amado. Amén.

María al alma

Oyes, hija mía, las desvergonzadas y diabólicas palabras Crucifigatur, crucifigatur. Crucifícale, crucifícalo [Lc 23, 21] de las turbas de los judíos. ¿No oyes aquella exclamación profética de Caifás? Conviene que muera un hombre para que se salve todo un pueblo, y ¿no ves cómo Jesús quiere subir a la cruz para salvar a la humanidad? [Jn 18, 14] Por fin Jesús inclina su cabeza y muere sobre su cruz. Con razón se obscurece el sol horrorizado, y llenos de espanto se conmueven los quicios de la tierra. Y no obstante, los enemigos de Jesucristo no cesan de ensañarse contra Él ya muerto. Mira, mira aquel enfurecido Centurión que empuña la lanza y corre hacia la cruz. [Jn 19, 31] ¿Adónde va? ¿Qué pretende? ¡Ay! Mírale, ya asesta su lanza y la sepulta con fuerza en el costado de Jesús, y con su aguzada punta llega a herir el sagrado Corazón de Jesús. Esta herida fue toda mía, porque fue la terrible espada que me predijera Simeón.

Entre tanto, admira y bendice, hija mía, la infinita caridad de Jesús, que aun muerto, quiso darte nuevas muestras de su amor. Ya ves que, no contento de haber derramado por ti su sangre, quiso además darte las últimas gotas recogidas en su Corazón. Sí, en esta última herida abierta por la lanza de Longinos se manifiesta a ti y a todos los hombres la invisible herida oculta en su Corazón. Propterea vulneratus est, ut per vulnus visibile, vulnus amoris invisibile videamus. Fue herido, a fin de que por la herida exteterior comprendiésemos la herida interior de su ardiente amor. Y si esto es así, ¿quién será el hombre tan insensible que no se sienta obligado a volver amor por amor a un Corazón tan amante? ¡Cuántos, sin embargo, no se resuelven a amar este Corazón con ser tan digno de un amor infinito!

Ama tú, en cambio, hija mía, ama cuanto puedas este Corazón divino, pisando con valor todas las vanas y engañosas lisonjas del mundo; ámalo, y en Él hallarás aquella inalterable felicidad, aquel gozo sincero que jamás podrías gustar en medio de las delicias del mundo; ámalo, y así, de seguro, verás germinar en tu corazón, como en un fértil y delicioso huerto, las más escocidas flores de todas las virtudes.

Ejemplo primero

El Venerable Padre Domingo Pizzardi, de las Escuelas Pías, después de haber servido por largo tiempo al mundo en calidad de célebre abogado, se decidió a servir solamente a Jesús, eligiendo para su mansión aquel Corazón divino donde sin el estrépito del mundo reina la paz sola y el gozo de la verdadera felicidad.

Muerta su mujer, sintió se inspirado a abrazar el estado religioso; lo que advertido por uno de sus hijos, y estimulado por tan hermoso ejemplo, se propuso imitarlo, recibiendo ambos en el mismo día el hábito escolapio de manos de San José de Calasanz. Cincuenta y seis años contaba el Venerable Domingo y no le impidieron que se dedicase con el mayor fervor al ejercicio de las virtudes religiosas.

Del Corazón amoroso de Jesús aprendió con preferencia la virtud de la caridad de tal manera, que habiendo invadido la peste el Delfinado y el Piamonte, cual verdadero ministro y discípulo de Jesús, se consagró enteramente al servicio de los apestados, administrándoles los sacramentos y exhortándoles en el lecho de la muerte a la esperanza del cielo. Quiso Jesús compensarle, haciéndole digno de dar por él su vida, víctima agradable de su vivísima caridad.

Ejemplo segundo

La Beata Villana, nacida en Florencia de noble linaje, habiendo pasado sus primeros años en angélicas y virtuosísimas costumbres, por no oponerse a la voluntad de su padre se desposó con un joven de iguales costumbres. En el estado conyugal empezó a entibiarse poco a poco en el fervor de su oración, y sucediendo al amor de Dios, que antes reinaba en su corazón, el amor del mundo y de sus vanidades, abandonó sus ejercicios espirituales y sólo pensaba en exhibirse hermosa, ataviándose pomposamente con lujosos vestidos y ricos adornos. Así vivió por algún tiempo, tan esclava de las modas, que, casi sin advertirlo, corría a su precipicio, cuando plugo al Señor usar con ella de misericordia y llamarla, y volverla a su divino Corazón, de donde se había partido.

Un día, después que se había adornado y ataviado con todo el esmero, según su costumbre, mirándose y remirándose al espejo, quedó se fuera de sí atónita y espantada, porque en aquel espejo vio un rostro todo deforme y tan horrible como si fuese el de un demonio. Al mismo tiempo Dios le habló al corazón con remordimientos de conciencia; y en aquella aparente y prodigiosa deformidad le hizo reconocer la deformidad y estado lastimoso de su alma. Profundamente compungida la vanidosa dama, se humilló en la presencia del Señor, y rompiendo en amarguísimo llanto, resolvió se a volver con una pronta enmienda al Corazón amantísimo de su Redentor, para no salir más de él.

Al punto dejó sus vanos atavíos y se despojó de sus lujosos trajes para ir cuanto antes a purificarse en las aguas saludables de la Penitencia. Desde este momento su vida sólo fue una serie continua de mortificaciones y asperezas de todo género. Ni faltó, sobre todo entre sus parientes, quien criticase su nuevo modo de vivir y de vestir, tan humilde y mortificado como poco conveniente a su noble condición; pero ella, que ya se había hecho superior a las vanidades y censuras del mundo, solía decir: Hace tiempo que con la divina gracia puse bajo mis pies los respetos humanos; así es, que sólo me cuido de agradar a mi Señor Jesucristo.

Flor.- Ejercitar cuantos actos de caridad se puedan con el prójimo en reparación de los disgustos ocasionados al Sagrado Corazón de Jesús.

Jaculatoria.- Quiero vivir encerrado en vuestro Corazón, Jesús mío, y en este encierro espero morir, mi Bien, mi esperanza, mi todo.

Notas