MesSagradoCorazon/DIA VIGÉSIMOOCTAVO

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DIA VIGÉSIMOOCTAVO

El alma a Jesús

Ingredere, in Cor Jesu...

¡Amorem video, dolorem cerno!

(San Bernardo)

Gustosa acepto, Jesús mío, el invite que me hacéis por vuestro siervo Bernardo de entrar en vuestro Corazón. Ingredere in Cor Jesu. Entra, alma devota, en el Corazón de Jesús, en fuerza del amor que me habéis tenido y profesáis todavía. Quiero entrar con la reflexión en vuestro Corazón, para ver el amor que me tenéis, y para mitigar el dolor que os he causado y sigo causando cuando de Vos me separo. Amorem video, dolorem cerno.

Veo el amor y comprendo el dolor vuestro. ¡Oh!, ¡qué ingratitud la mía! Dios me amó, y me ama todavía, y ¿yo...? Dios me ama con tanto amor, con un amor infinito, y ¿yo...? ¡Yo le he causado tanto dolor, y no ceso de causársele con mi olvido tan indolente y con mi negra ingratitud! ¿Qué pienso? Todo un Dios arde de amor por mí ¿y yo seguiré pertinaz en mi dureza? ¿Seguiré no amando a este Dios seguiré despreciándole y ofendiéndole? ¡Ah! ¡Qué ingratitud, qué dureza es ésta! ¿Qué podré contestar si me horroriza sólo el pensarlo?

El amor en que por mí se abrasa el Corazón de Jesús llamea todavía, a pesar del dolor que le ocasiono y le he ocasionado. Me espera, para que mudada con mejor acuerdo, me resuelva a amarlo. ¿Qué pensar? ¿Podría llegar a más el amor del sumo Bien? ¿Podría ser mayor mi negra ingratitud? Desde ahora quiero cambiar de costumbres, y amaros cuanto pueda, Jesús mío; y si de hecho no puedo amaros tanto cuanto Vos me amáis, aceptad este mi deseo, y haced, al menos, que ya no sea lo que he sido, ni llegue al colmo de mi ingratitud y pertinacia, sino que os ame como Vos os merecéis, siquiera de deseo. Piedad, Señor, piedad, que ya veo el amor que me habéis tenido y tenéis, y considero el dolor que os he causado y causo todavía. Mas ya no será así, oh divino Amante, que con vuestro auxilio quiero siempre amaros. Así lo espero. Amén.

María al alma

Lleva ya tres horas, y aún sufre y agoniza Jesús; ¡sufre y agoniza en la cruz! Mas no creas, hija, que se ha cansado ya de sufrir; porque si necesario fuese comenzaría otra vez voluntariamente la dolorosa tragedia de su Pasión, ¡tan grande es la llama de caridad que arde en su Corazón divino!; sino que siendo infinitos sus méritos e infinitamente satisfactorios, no tiene necesidad alguna de volver a padecer lo más mínimo, y es tiempo ya que vuelva, cual glorioso triunfador del pecado y de la muerte, a su Padre celestial.

Mientras tanto, fija tu mirada en Jesús moribundo, mira, míralo. Ya desata por última vez su lengua, y exclama con voz fuerte: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. [Lc 23, 46] Pater, in manus tuas commendo spiritum meum. ¿Te maravillas acaso al oír a Jesús encomendar al Padre Eterno su alma bendita, unida indivisiblemente a la Divinidad? Cese tu admiración, y adora más bien los recónditos misterios del amor de un Dios. De un Dios que muestra su Divinidad, hablando con voz tan vigorosa en el momento que estaba para morir, y demuestra su amor ardentísimo; porque recomendando su espíritu al Padre Eterno, quiere recomendar su Cuerpo místico, la Iglesia, a fin de que, animada ésta de su espíritu mismo, viviese pura e inmaculada la vida del amor y de la caridad.

¡Oh! Con qué complacencia Jesús, en aquel supremo instante, dando a todos sus futuros secuaces y volviendo a mirar de lejos sus batallas, sus dolores, sus glorias y sus triunfos, hubo de repetir: Padre mío, haced que estén conmigo todos los que me entregasteis para redimirlos con mi sangre. Pater, quos dedisti mihi, volo ut ubi sum ego, et ibi sint mecum. Sí, en aquel instante rogó también por ti Jesús, para obtenerte las gracias y auxilios necesarios para tu eterna salvación. Ni creas por esto que Él haya querido dispensarte de la obligación que tienes de orar, antes bien quiere que ores, y que ores sin cansarte. Oportet Semper orate et nunquam deficere. Ora, pues, en todos los momentos de tu vida; ora con más ardor en el momento de la tentación; ora para la hora de la muerte y no te canses de repetir: ¡Oh buen Jesús!, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Ejemplo primero

Verdaderamente son afortunadas aquellas almas que, habiendo conformado toda su vida con los ejemplos de Jesús, pueden, a semejanza de San Luis, repetir llenas de confianza en la hora de la muerte: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Para tales almas la muerte no es tormento, sino principio de felicidad y de eterno gozo. Non tanget illos tormentum mortis. No les angustiará el recuerdo de la muerte.

El Venerable Padre Antonio Cittadini se dirigió a Roma en su tierna edad, y San José de Calasanz, enamorado de su excelente y amable índole, le dio el hábito de las Escuelas Pías, encargándole la enseñanza de los parvulitos, cuya ocupación formó sus delicias. Dio se con el mayor fervor al cultivo de las virtudes, y especialmente de la obediencia, en que salió tan sobresaliente, que mereció de boca del mismo San José de Calasanz el nombre de Gran siervo de Dios; lo que sin duda fue su mayor elogio.

Cansado por las incesantes fatigas de su sagrado ministerio y las continuas penitencias, abandonado de los médicos y ya próximo a la muerte, después de haber recibido el Viático y la Extremaunción, hizo llamar a Calasanz para que le bendijese por última vez. Padre Antonio, le dijo éste al entrar, ¿no quiere vivir otros ocho días más para que entre el año santo y pueda ganar sus indulgencias? Si a Dios, repuso el moribundo, pluguiese concederme esta gracia, no me quedara más que desear en esta vida. Tenga fe, replicó Calasanz, que al que cree nada es difícil.

Desde aquel momento el enfermo, sin dolor o molestia alguna, siguió tranquilo aquellos ocho días. El día de Navidad comulgó, y por la tarde se dispuso a ganar el santo Jubileo. Apenas oyó la señal que desde el castillo del Santo Ángel avisaba al pueblo el principio del año santo, rogó al enfermero que avisase al Padre Calasanz, que estaba cenando con la Comunidad. Acudieron pronto todos al cuarto del enfermo, y apenas vio éste entrar al Padre Calasanz, dijo: Padre General, ha sonado mi hora, ha comenzado el año santo. Aunque miserable pecador, he hecho cuanto he podido para ganar el Jubileo, si Su Paternidad me da la bendición partiré para el cielo. Calasanz, derramando lágrimas de ternura, exclamó: ¡Si Dios os llama, hijo mío, id con Él, Él os bendiga! Al mismo tiempo le dio su bendición, y el enfermo espiró plácidamente, hermoseando su semblante una angelical sonrisa. Contaba a la sazón veintiocho años de edad.

Ejemplo segundo

No menos envidiable fue la muerte del Venerable Padre Lorenzo Santilli de las Escuelas Pías, que al morir hablaba de su próxima posesión del cielo sin el más mínimo temor ni desconfianza. Este santo religioso estaba muy versado en las letras sagradas y profanas, adornado al mismo tiempo de una insigne caridad y de un heroico celo por la salvación de las almas.

Acostumbrado a confortar a los pecadores y consolar a los afligidos, prestábase tan asiduo a este ministerio, que olvidado de sí mismo pasó tres días sin tomar alimento alguno. Fue confesor de varios monasterios de religiosas, que adelantaron mucho en la perfección, guiadas por un héroe de tanta caridad. Era tal su inocencia, que se tiene por cierto que no perdió la gracia bautismal. Pudo colegiarse la gravedad de las culpas que atormentaban su conciencia, de lo que le sucedió antes de morir. Observando el Superior que lloraba a lágrima viva, le preguntó la causa, y Sanlilli respondió: Lloro al recordar un gravísimo pecado que cometí siendo niño y fue que permití que me vistieran de mascara y me sacaran así a la calle. Tanto de su muerte como de la de una religiosa, su confesada, parece que tuvo revelación cierta; porque habiéndole mandado llamar ésta el día anterior, le hizo decir que al día siguiente se verían los dos en el cielo, y en efecto, los dos murieron en aquel día.

Flor.- Meditar por un cuarto de hora en la agonía de Jesús, y en las congojas y angustias de su Corazón.

Jaculatoria. - ¡Oh Corazón agonizante de mi Jesús, sed mi auxilio en la vida y mi sostén en la hora de mi agonía!

Notas