MesSagradoCorazon/DIA VIGÉSIMOQUINTO

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DIA VIGÉSIMOQUINTO

El alma a Jesús

Cor Jesu receptaculum cordium

(San Bernardo)

Sí, Jesús mío, vuestro Corazón es albergue de los corazones; en él se hallan los tesoros con que enriquecéis los corazones de los hombres para atraerlos a Vos. ¿Y qué otra cosa deseo que albergue en vuestro Corazón, y con más ímpetu que el ciervo sediento se dirige a la fuente de las aguas? Quemadmodum desiderat cervus ad fontes aquarum ita desiderat anima mea ad te Deus. Como el ciervo desea la fuente de las aguas, así te desea mi alma, Dios mío.

Ea pues, Jesús mío, unid mi corazón al vuestro; unidlos de tal modo que ya no pueda alejarme más de Vos. Triunfe de mí vuestra omnipotencia concediéndome el perdón de mis pecados y la perseverancia final. Haced que sólo esto procure en toda mi vida; que a esto dirija todos mis pensamientos, para que pueda decir con el Salmista: Convertere aninta mea in requiem tuam. Vuélvete, ánima, a tu descanso, que es el Señor. Pues ¿de qué me servirá lo demás sin la perseverancia en el bien? Sí, Jesús mío, ya que tan grande es vuestro poder y tan grande mi miseria, tened piedad de mí; asistidme con vuestra misericordia ahora, que sólo deseo vivir completamente encerrada en vuestro Corazón, y sólo anhelo unirme a él. ¿Y qué podré esperar sin Vos? Nada. Unid, Señor, mi corazón al vuestro de tal modo que yo no vuelva a separarme de él. Así lo espero de vuestra infinita bondad. Amén.

María al alma

¿Cuándo se ha visto, hija mía, que el hijo unigénito de un rey, al ver a su padre decidido a quitar la vida a sus siervos rebeldes, se presentase suplicándole perdonase a éstos y aplicase a él su castigo? ¿Y qué dirás si este rey, cediendo a las instancias de su querido hijo, se resolviera de veras a condenarlo a muerte, para perdonar a los reos? No olvides, pues, que este, maravilloso caso tuvo puntual cumplimiento en la Pasión del amantísimo Jesús. Supuesto que movido Este de la infinita caridad de su Corazón ternísimo por salvar a nosotros de la muerte eterna, se ofreció voluntariamente a la Justicia divina. Oblatus est quia ipse voluit. Y el Padre Eterno aceptó la oferta de buen grado y le abandonó a la furia de sus más fieros enemigos. Propio filio suo non pepercit! ¡No perdonó a su propio Hijo!

Imagínate a Jesús agonizante entre amarguísimas penas, y ya a punto de exhalar el último suspiro. Él se ve abandonado, y abandonado ingratamente de todos, y hasta de sus mismos apóstoles y discípulos. ¡Oh! ¡Cuán amargo le era tan monstruoso abandono! Sin embargo, sufre y calla. Pero al verse también abandonado hasta de su mismo Padre, no pudo dejar de desfogar con Él su afligidísimo Corazón, diciéndole con tristeza: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me habéis abandonado? ¿Deus meus, Deus meus, ut quid dereliquisti me? [Mt 27, 45; Mc 15, 34]

Y no creas, hija, que este lamento sea efecto de debilidad o de cansancio, sino expresión de la más sublime enseñanza; porque en esta queja amorosa quiso Jesús que tú leyeses la monstruosa enormidad de la culpa, cuya expiación obligó al Eterno Padre a abandonarle en la más terrible agonía. Sí, Jesús con este lamento quiso enseñarte que su cuerpo santísimo no era aéreo o fantástico, ni impasible, como blasfemaban algunos herejes, sino verdadero y real, y más delicado y sensible de lo que puede decirse; quiso asegurarte de que por más que su alma bendita actualmente no hubiese sido privada de la visión beatífica de la Divinidad por la unión hipostática, é indivisiblemente unido a su Humanidad, no por eso se le quitaba ni disminuía la sensibilidad, ni la excelencia de los dolores acerbísimos que hicieron tan desoladísima su agonía.

Y tú, hija, al ver por amor tuyo al dulcísimo Jesús, ¿por qué no te resuelves a amarlo con el generoso y completo sacrificio de ti misma, abandonando por amor suyo todos los afectos terrenos que tan desemejante te hacen de su Corazón divino? Y vosotras, almas atribuladas y sedientas de la interna tranquilidad y paz de espíritu, cuando con aparente abandono os veis lanzadas en tenebrosos temores y amarguras, y sujetas a las más aflictivas tribulaciones; cuando os veis sumergidas en las aguas amarguísimas de la aridez y desolación de espíritu; cuando del todo os veis privadas de aquel alegre fervor que tan dulcemente embriagaba vuestra alma y la llenaba de indecible gozo, a imitación de Jesús manifestad a vuestro Padre celestial los afanes de vuestro corazón, y con filial confianza esperad de sólo Él la exención de los trabajos, el alivio de los dolores y el consuelo y alegría inexplicable del espíritu.

Ejemplo primero

El Venerable Hermano Pelegrín Dauri, de las Escuelas Pías, sufrió grandes trabajos en el mundo por las calumnias de algunos falsos testimonios; sin embargo, aunque encerrado y por algún tiempo cargado de cadenas en una cárcel horrorosa, jamás quiso defenderse, dejando su causa en las manos de Dios. Y Dios, que nunca niega su asistencia, sobre todo en la tribulación, hizo triunfar su inocencia y le restituyó la libertad por un milagro patente. Dauri, agradecido al Señor por tan señalado beneficio, resolvió dedicarse todo a Él en las Escuelas Pías, donde vivió en concepto de gran santidad. Entregado del todo en las manos de Dios, gozaba en su alma una tranquilidad imperturbable y dulzura que se reflejaba en sus ojos y en la serenidad de su semblante.

Ejemplo segundo

Santa Rosa de Lima, durante quince años fue, por muchas horas al día sujeta a tan amargas desolaciones y a tentaciones tan molestas, que la reducían a una verdadera agonía. En aquellas horas de misterioso abandono se le ocultaba toda luz del cielo, y su espíritu permanecía tan árido y desolado, que le parecía no conocer ni amar ya a su Dios. En tan dolorosa situación sentía su corazón traspasado de temor y angustia y de convulsiones y tormentos agudísimos.

Rosa quería, aun en medio de aquellos espantosos horrores, elevarse a Dios con la contemplación de las cosas celestiales e inflamar casi el divino fuego de la caridad; pero su corazón estaba duro como la piedra y frio como el hielo, por lo que se tenía por abandonada de Dios, y con voz ronca y temblorosa decía llena de tristeza: ¡Dios mío, Dios mío, por qué me habéis abandonado! Así sufría con invencible fortaleza aquellas penas más amargas que la muerte. Por último, plugo al Señor sacar a su afligidísima Rosa de la tribulación y derramar sobre ella un torrente de celestiales consuelos. Una vez se le apareció Jesús, y con inmenso amor le dijo: ¡Oh Rosa de mi corazón, sé mi esposa! Rosa cordis mei, tu mihi sponsa est!

Flor.- Hacer siempre con diligencia y fervor las prácticas piadosas, y sufrir con gusto por Jesús la aridez de espíritu y las aflicciones del alma.

Jaculatoria.- ¡Corazón pacientísimo de Jesús!, por tu misterioso y penosísimo abandono no me abandonéis jamás, y sobre todo en la hora de la muerte.

Notas