MesSagradoCorazon/DIA VIGÉSIMO PRIMERO

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DIA VIGÉSIMO PRIMERO

El alma a Jesús

¡Sub corde nihilitatis meae, considero amorem divinum!

Dios mío, soy toda vuestra, y cual nuevo Isaac, subo al monte del sacrificio a prosternarme ante vuestro trono de gracia y de misericordia, cargada con la leña de mis culpas, vendados los ojos y bien sujeta la voluntad. Pero ¿qué peso es éste, Señor, qué peso es éste que me agobia? Así me presento a Vos, Dios mío, y así os prometo presentarme en adelante. Haced de mí lo que queráis; sacrificadme, si os place. Ciego sea desde ahora mi entendimiento, y esclava vuestra mi voluntad. Sólo esto deseo, no me neguéis las fuerzas de vuestro amor. Haced que yo, completamente encerrada en mi nada, no mue canse de considerar vuestro amor. Sub corde, nihilitatis, meae considero amorem divinum. Encerrada en mi nada considero el amor divino. ¡Oh amor! ¡Oh bondad de un Dios!

¿Por qué no arde en mi corazón la llama del amor divino? ¿No sois Vos, Señor, el que dijisteis que en mi corazón están vuestras delicias? ¿No sois Vos el que estáis continuamente a las puertas de mi corazón? ¿Cómo, pues, Dios mío, cómo no ardo entre tantas llamas? ¿Os negaré mi corazón? ¡Ay!, no sea así. A Vos me vuelvo, amantísimo Esposo mío. Volved a mí vuestros ojos piadosos y usad conmigo de misericordia, porque soy pobre y fuera de Vos nadie puede ayudarme. Respice, sí, respice in me quia unicus et pauper sum ego. Miradme, miradne con ojos de misericordia porque me encuentro sola y pobre. Guardadme, Señor, haced que de una vez os dé la posesión de mi corazón para corresponder, en cuanto pueda al infinito poder de vuestro Corazón. Amén.

María al alma

Mira, hija, mira, por último, a Jesús en el Calvario, en el monte de los amantes, en el monte del dolor, donde se cumplieron los ardientes deseos de su Corazón amantísimo. Mira, mira, hija mía, mira cómo los judíos le despojan de sus vestidos y extendiéndolo sobre la cruz traspasan con crueles clavos las manos y los pies, levantándolo después sobre el madero infame en señal de ludibrio y de oprobio. Y ¿por qué aquellos pérfidos que le rodean, lo insultan, lo maldicen y blasfeman? ¡Ah! Corre, hija, en alas del afecto y de la fe, corre ansiosa al monte de la reconciliación y adora a tu Dios crucificado. Entra en el santuario de su Corazón y admira, y bendice el amor infinito con que se sacrificó por ti a la divina justicia. ¿Será posible que un amor tan incomprensible del Corazón de un Dios no logre conmoverte ni recabar de ti un tributo de amor? ¿Quién será de corazón tan duro que considerando a Jesús crucificado no se sienta obligado a amarlo?

Oye, hija mía: Jesús, el amable Jesús, mucho antes había dicho que, cuando fuese elevado de la tierra sobre la cruz, atraería dulcemente a sí los corazones de los hombres: Si exaltatus fuero a terra omnia traham ad me ipsum. ¿Y no te resuelves aún a darle tu corazón? Considera a todos los pueblos de la tierra que, reverentes, doblan su rodilla ante la cruz; considera los millones de mártires que, al verle crucificado, animosos derraman su sangre por amor suyo; considera esa gloriosa multitud de vírgenes que, apartando su corazón de las vanidades de la tierra, se lo consagran a ese amante Esposo; considera y resuélvete pronto a ser de nuevo toda suya.

Mira una Inés a Jesús crucificado, y responde valerosamente a los amantes terrenos: No soy vuestra, porque antes se ha posesionado de mi corazón el amor dulcísimo de un amante, sin comparación más digno que vosotros: Quia jam ab alio amotore praeventa sum. Mira Francisco de Paula a Jesús Crucificado, y, arrebatado en dulcísimo éxtasis de amor, no se cansaba de exclamar: ¡Oh Dios, caridad! ¡Oh Dios, caridad! ¡Oh Dios, caridad! Miraron, sí, a Jesús Crucificado tantos millones de penitentes, y corrieron presurosos a poblar los desiertos de la Escitia y de la Tebaida... Y tú, hija mía, ¿qué haces al contemplar el amor infinito del Corazón de Jesús, agonizante en la Cruz? Por ventura, ¿no te sientes constreñida a amarle? Ama, pues, a Jesús, que tanto desea tu amor; ama a Jesús, que sólo Él es digno de todos tus afectos; ama a Jesús, único que puede hacerte feliz en la bienaventuranza eterna.

Ejemplo primero

Jesús crucificado que, a guisa de poderoso imán, atrae a sí a las almas justas, también atrajo a sí e hirió con místico dardo de amor al Venerable Padre Juan Crisóstomo Salistri, de las Escuelas Pías. Hacía poco que había vestido el hábito calasancio, cuando un día sintió como una espada de dos filos que le traspasaba el corazón, no sólo con místico efecto, sino en realidad y con herida corporal que ya no se cicatrizó en todo el curso de su vida. Así, según el ímpetu del espíritu, se renovaba y crecía su herida, como si hubiese recibido un golpe en el pecho. Si con el tiempo se cerraba, la misma espada invisible la reabría y agrandaba, experimentando entonces el siervo de Dios aquellos suavísimos deliquios de amor que ningún hombre pudiera imaginarse, como lo aseguró de sí mismo Salistri, sobre cuyo corazón se halló después de muerto una señal en forma de botón.

Desde que su corazón fue herido por aquel dardo de fuego, fueron admirables los afectos de amor en su alma, llegando a veces, al parecer, a extinguir su vida. En ocasiones la abundancia de sus afectos le hacía prorrumpir en cánticos e himnos de gran ternura, oyéndole exclamar a cada paso: ¡Oh Señor mío!, vivo o muerto quiero ser siempre todo vuestro. Que este amor que hay en mí sea siempre todo vuestro y produzca siempre una nueva llama de amor para gloria vuestra. Bien sabéis que desde el día en que me consagré a vuestro amor, propuse no buscar más que a Vos y cumplir exactamente el precepto que dice: Amarás a tu Dios con todas tus potencias y sentidos.

Esta resolución le hizo avaro del tiempo, y aprovechaba hasta el más mínimo instante para darse todo al amor de su Dios, no cuidando más que de adquirir el gran tesoro del amor divino. Por eso se complacía en meditar continuamente a Jesús en la cruz, derritiéndose en afectos de piedad y deseos de imitarlo, cuanto al hombre fuere dado. Eran continuas sus quejas a Jesús, porque no le crucificaba consigo en el mismo leño, dándole parte de aquellos mismos dolores y afrentas sin ayuda o sombra de suavidad y dulzura, y así le decía amorosamente: Vos, Jesús mío, hacéis conmigo todo lo contrario de lo que habéis elegido para Vos; queréis que yo sea honrado de las criaturas, mientras Vos sois colmado de ultrajes por vuestro mismo pueblo. Vos me eleváis delante de vuestra cruz, y en vez de ultrajes embriagáis de júbilo mi alma.

Cierto día el amabilísimo Jesús lo arrebató en éxtasis, le condujo al Gólgota y le presentó tres cruces, es decir, la suya y las de los dos ladrones, para que escogiese; él se abrazó a la del mal ladrón, pidiendo ser sacrificado en ella y reputado por un pecador tan malo como aquél; pues según él decía, no le correspondía otro lugar.

Hallándose una vez acongojado por una negra calumnia que le habían levantado contra su fama, Jesús, para alentarlo a sufrir, se le apareció pendiente de la cruz, y le dijo: Siervo mío ¿Cuándo podrás sufrir tú, cuanto sufrí por ti? Aprende con mi ejemplo a soportar las penas.

Contemplad, almas devotas, a Jesús agonizante en la cruz, y así no podréis rehusar amarlo y abrazar cualquier pena por amor suyo.

Ejemplo segundo

La alegría de sufrir por Jesús crucificado brilló admirablemente en el Venerable Padre Tomás Sperat, de las Escuelas Pías. De este insigne religioso se dice en pocas palabras muchísimo en las Memorias de la Orden, presentadas en los Procesos de Beatificación. El Padre Tomás de San Anselmo, de la casa de los Sperat de Leipnitz, en la Moravia fue sacerdote celebérrimo por el esplendor de sus virtudes y por su ardiente celo por la fe católica, por la cual sufrió con gran ánimo muchos trabajos, especialmente en la devastación Brezense por los heresiarcas amotinados en Hungría.

Reprendiéndoles su pérfida conducta contra los católicos, recibió muchas puñaladas y graves contusiones que le dejaron espirando, en cuyo estado fue llevado a Previdia, donde la Religión tenía un colegio, y aunque aquejado de dolores horribles, muy alegre de sufrir por Jesucristo, espiró a los cuarenta y seis años de edad con la paciencia de un mártir y la alegría de un bienaventurado.

Notas