MesSagradoCorazon/DIA VIGESIMOSEGUNDO

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DIA VIGESIMOSEGUNDO

El alma a Jesús.

Hic est filius meus dilectus in

Quo mihi bene complacui

El Amor no es amado, sí, ¡el Amor no es amado!, exclamaba llorando Santa María Magdalena de Pazzis. ¿Y qué debiera decir yo que viviendo tan alejada de Jesús, no he gustado las suaves dulzuras de su Corazón divino ni he experimentado la feliz necesidad de amarlo? ¿Y cómo he podido no amar este Corazón en quien halla Dios sus delicias y todas sus complacencias? Oigo al Eterno Padre que me dice: Hic est filius meus dilectus in quo mihi bene complacui. Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias. Oigo al mismo Jesús que me asegura me dará Dios cuanto le pidiere en su nombre: Si quid petieritis Patrem in nomine meo dabit vobis. Precis es, pues, que lo sienta y me resuelva a amarlo, y que exclame con San Buenaventura: Vulneratum Cor Jesu me petit, et me quaerit! ¡El Corazón herido de Jesús me llama y me busca! Así exclamaré también, y entraré animosa en el Corazón de Jesús, en este horno de amor. Y para que mis pensamientos bajos y pasiones desordenadas queden reducidas a ceniza, y completamente destruidas a fin de poder vivir en este Paraíso de delicias, quiero morir a mí misma: muera, pues, Señor, a mí, para vivir en ti. Amén.

María al alma

¡Admira, hija mía, admira hasta dónde llegó el amor de tu Jesús en su dolorosa Pasión! ¡Aún no están satisfechos sus enemigos en sus diabólicos deseos! Queriánlo crucificado y ya lo tienen agonizante y pendiente del más afrentoso patíbulo... Sedientos de su sangre, ya se estremecen de alegría al verla correr a torrentes y regar la tierra del Calvario... Con todo, aún le hieren con rabia satánica, con villanas palabras y amargos sarcasmos.

En cambio, ¿qué hace Jesús en medio de tantas y tan amargas penas? El buen Jesús, olvidado de sí mismo, desata su lengua en palabras de caridad y acentos de amor. Jesús ruega y dice: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Pater ignosce illis, nesciunt enim quid faciunt. ¡Oh palabra suavísima y nunca oída en el mundo! ¡Palabra que por la primera vez debía ser pronunciada por boca del Hombre-Dios! Y sufre y no mira a la crueldad de sus verdugos, sólo atiende a procurar su vida y salvación: Non attendebat quia ab ipsis, sed quia pro ipsis moriebatur!

¡Jesús ruega, no para pedir venganza, sino para aplacar la divina Justicia, tan ultrajada en el horrendo deicidio; ruega, no para pedir rayos al cielo, sino para resolverlo en lluvia de gracia y de misericordia hasta sobre los mismos verdugos!... Aprende, pues, hija mía, la sublime lección que Jesús te da con su ejemplo sancionando la ley del perdón.

Consideró esta ley el protomártir San Esteban, y bajo una tempestad de piedras, tan bárbaramente lanzadas contra él, recogiendo en sus labios sus fuerzas moribundas perdonó de corazón a sus enfurecidos verdugos. Consideró la el Apóstol Santiago y, medio muerto, con los brazos levantados al cielo, imploró la paz en favor de aquellos desgraciados que ya le habían precipitado de lo alto del templo de Jerusalén.

Contempló la sublime ley del perdón el glorioso mártir San Jenaro, y allá, en el anfiteatro de Pozzuolos, rogó por el mismo tirano que le había condenado a muerte tan bárbara y le obtuvo la vista que perdiera; lo contempló San José de Calasanz, y aunque injustamente tratado en la prisión, y hecho blanco de las más acerbas persecuciones, perdonó prontísimo a sus injustos ofensores. Perdona tú, hija mía, también de corazón a los que te ofenden, y vuélveles bien por mal, si quieres ser fiel imitadora de tu divino maestro Cristo Jesús.

Ejemplo primero

El Hermano Lucas de San Tadeo fue admitido en el Instituto Calasancio a la edad de treinta y ocho años, y en calidad de operario. Hallándose enfermo a causa de las muchas heridas que le habían inferido los crueles soldados, que desfogaron sobre el inocente su bárbara crueldad, les perdonó de corazón y muy contento de sufrir por Cristo.

Estaba en su habitación este buen religioso sobrellevando aquella prueba, muy paciente y resignado, cuando se le presentaron Jesús, la Virgen María y San José de Calasanz consolándole con su celestial presencia y asegurándole que a la mañana siguiente su alma volaría de este destierro a las mansiones del cielo.

Alegró se mucho el Hermano Lucas con tan feliz anuncio, preparó se con el mayor fervor a tan dichoso tránsito, y, en efecto, a la hora indicada, entonando dulcemente el himno Ave Maris stella, entregó su alma al Criador.

Ejemplo segundo

Un generoso perdón fue también el principio de la sublime santidad de San Juan Gualberto. Era un Viernes Santo, y Juan, perfectamente armado, seguido de valientes compañeros de armas, monta a caballo, pone lanza en ristre y sale en busca del asesino de su único hermano Hugo. Llega a la puerta del templo de San Miniato, y de repente palidece de coraje, agita su lanza con mano convulsa y se lanza como un rayo contra el que buscaba. Encuentra al asesino, y no pudiendo éste escaparse ni defenderse, cruzó sus manos ante el pecho y le suplicó le perdonase la vida. Gualberto, enternecido por las lágrimas de su enemigo y movido de reverencia y respeto a la cruz que figuraba sobre el pecho, no sólo no se atrevió a herirlo, sino que le perdonó de corazón, y con cordiales muestras de benevolencia y de afecto le dejó sano y salvo.

Después de esto se sintió movido a entrar en Ia próxima iglesia de San Miniato, y al orar de rodillas delante de un Crucifijo, vio que éste inclinaba la cabeza hacia él en señal de agradecimiento al acto que acababa de hacer en obsequio de la cruz. En aquel momento Gualberto se sintió enteramente mudado, y superadas con gran constancia las obstinadas oposiciones de su padre, abandonó el mundo por Jesucristo, cortó su larga cabellera con sus manos, vistió el hábito religioso en el monasterio de San Miniato y en breve llegó a una gran santidad. Inspirado por Dios, fundó la célebre abadía de Valleumbroso, renombrada palestra de eminentes virtudes.

Flor.- Arrodillados delante de un Crucifijo o, rezar cinco Padrenuestros, perdonando de corazón a cuantos nos hayan ofendido.

Jaculatoria.- ¡Corazón mansísimo de Jesús, escuela de la mayor perfección, infundidme vuestros mismos sentimientos!

Notas