OrigenEscapulario/ORIGEN DEL ESCAPULARIO

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CONDICIONES PARA GANAR LAS INDULGENCIAS DEL ESCAPULARIO AZUL
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ORIGEN DEL ESCAPULARIO

Ya al terminar el siglo XV se apareció en Tordesillas a su devotísima, la venerable Beatriz de Silva, la Santísima Virgen con hábito blanco y Escapulario azul celeste, que luego dio aquella ilustre descendiente de los Reyes Católicos a las Religiosas que fundó en Toledo bajo la advocación de la Concepción Inmaculada; pero estaba reservado el generalizar esta utilísima devoción a la gran sierva de Dios Úrsula Benecasa, de la misma prosapia de Santa Catalina de Sena, que ya predijera sus heroicas virtudes y la manifestación que por ella haría el Señor de sus misericordias.

Apenas nacida, ya la visitó la Santísima Virgen, que la protegió y favoreció toda su vida de un modo especialísimo, correspondiéndole ella con el afecto de la hija más fiel desde la misma cuna, siendo tales al mismo tiempo los deliquios de su amor al dulcísimo Jesús, que estaba siempre hecha un mar de lágrimas de verle tan ofendido y le pedía sin cesar por su Santísima Madre le inspirase el medio de desagraviarle y de convertir a los pecadores.

Hallándose el día de la Purificación, después de comulgar, dando gracias y pidiendo a su Divino Esposo por la conversión de los pecadores, reforma de las costumbres y medios de propagar la más tierna devoción a María Inmaculada, que era su constante señuelo, comprendió había subido al cielo su ferviente oración, al ver que descendía a la tierra la divina misericordia, apareciéndosele María con el divina Jesús en los brazos, cual lo llevara al templo, y vestida de blanco con manto azul celeste, como los coros de vírgenes que la acompañaban.

Arrobada de antemano y anegada en lágrimas, sólo Dios sabe lo que pasó por aquella alma seráfica al verse en presencia de la sacratísima Virgen, que le dijo con maternal ternura: “Basta de lágrimas, hija mía; vuélvanse en gozo esos suspiros, que tus fervientes oraciones han penetrado los cielos. Escucha su feliz despacho de los mismos labios de mi divino Hijo”. Jesús entonces le manifestó con encanto celestial, era su voluntad que bajo la advocación de la Concepción Inmaculada fundase una congregación de ermitañas que vistiesen como a la sazón su Santísima Madre, y orasen constantemente por la reforma de las costumbres de los católicos y por la conversión de los pecadores. Le aseguró que, si esas vírgenes, que deberían ser treinta y tres, en memoria de los años que Él viviera entre los hombres, perseveraban constantes en ese santo ejercicio hasta la muerte, les concedería gracias especialísimas y superabundantes bienes espirituales y las llevaría luego a la bienaventuranza o las sacaría pronto de las penas del purgatorio.

Creciendo la confianza en la sierva de Dios con el favor que acababa de recibir, y deseando se generalizase más la devoción al misterio de la Concepción Inmaculada, suplicó al Señor que las gracias prometidas a las 33 doncellas que abrazasen aquel Instituto angelical se extendieran a todas las personas de ambos sexos, edad y clase y condición que, observando una vida verdaderamente cristiana, según su respectivo estado, cooperasen con sus oraciones y ejemplos a la reforma de las costumbres y conversión de los pecadores y vistiesen dignamente hasta la muerte el pequeño Escapulario azul celeste. Y tan gustoso accedió el dulcísimo Jesús a sus instancias, que, para demostrarle su anhelado afecto, le hizo ver una multitud de ángeles que discurrían de un lado a otro por el aire y esparcían por una y otra parte un gran número de Escapularios.

En su vista, la feliz Úrsula pasó de Nápoles, en que lo dicho ocurriera, a Roma, donde se presentó al Papa Gregorio XIII que, después de oírla, hizo examinar su espíritu por los hombres más santos y sabios de aquel tiempo, quienes tras de largas y exquisitas pruebas, la declararon movida por buen espíritu. En su consecuencia, el Pontífice la bendijo y concedió muchas indulgencias con el título de fundadora de las Teatinas, y Gregorio XV aprobó por Bula, que luego confirmó Clemente XI, no sólo la Orden, sino también el santo Escapulario azul celeste de la Inmaculada Concepción, en el año 1669.

Desde entonces la dichosa Úrsula se dedicó con grandísimo gozo y especia afán a hacer escapularios y a repartirlos, una vez benditos, entre los fieles que los pedían con instancia y llevaban siempre puestos con visible aprovechamiento de sus almas y con la santa codicia de las gracias y bienes vinculados a tan piadosa devoción; pero con la condición expresa de observar los santos Mandamientos y de rogar por la reforma de las costumbres y la conversión de los pecadores.

Luego que la sierva de Dios pasó a mejor vida, la Santa Sede encargó la dirección de las ermitañas a los Padres Teatinos, que alcanzaron para éstas la participación de todos los privilegios de las Concepcionistas de Toledo, y para sí la facultad de bendecir e imponer el Escapulario azul celeste a los fieles que lo pidiesen. Estas gracias y privilegios fueron confirmados de nuevo por Clemente XI, que añadió muchas indulgencias al Escapulario, cuya adquisición facilitó posteriormente Pío IX, autorizándolo al Rmo. P. General de los Teatinos para delegar en otros sacerdotes, seculares o regulares, la facultad de bendecirlo e imponerlo (d).

Luego que vistieron dicho Escapulario el referido Papa Clemente XI y todos los Cardenales, Obispos y Prelados que estaban a la sazón en Roma, se extendió por diferentes naciones, cuyos jefes y vasallos lo recibieron igualmente con fervorosa devoción, hallando siempre en él un escudo para él y un preservativo para el alma y cuerpo viendo en la blancura de su estampa la pureza que les pide y en su color azul el cielo a que deben aspirar.

Notas