PláticasEspirituales/32. SOBRE LA VOCACION (a las niñas)

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32. SOBRE LA VOCACION (a las niñas)

¡Que Dios me reúna en el cielo con las que ha juntado en ese recintillo para enseñarles el camino! Pero, no erréis, al efecto, en el vehículo que os ha de llevar allá. Os decía ayer, a vuelo pluma y concluyendo, sí mal no recuerdo, que siguiendo vuestra vocación, Dios se obligará a sacaros con bien y haceros triunfar de vuestros enemigos. Más, para seguir la vocación, es preciso conocerla, y para esto ver en que consiste. En qué consiste la vocación? En el fin para que os creó el Señor. Y para qué fin os creó? Para que le améis y sirvas aquí con todo vuestro corazón, con toda vuestra alma, con toda vuestra voluntad y con todas vuestras fuerzas. Esto es de fe, como enseñado por el mismo Dios, y todo para que seáis santas, que también es de fe, porque lo dice el mismo Jesucristo. Y dónde le podréis amar con todo vuestro corazón? En el estado del matrimonio? El Apóstol S. Pablo dice, que los mejores casados tienen su corazón dividido entre Dios, su consorte y sus hijos. Luego ya no le aman con todo el corazón; es decir, con el corazón entero. Le amaseis con toda el alma? Pero, sí hasta vulgarmente se dice, que allí está el alma, donde está el corazón... Si pues está en el esposo y en los hijos, no puede estar todo en Dios. Lo mismo debe decirse de la voluntad y de las fuerzas. Luego es muy difícil conseguir ese fin por ese camino; a no ser que Dios le llama por él; pero entonces ya le dará gracias especialísimas para lograrlo y solo con ellas podrá conseguirlo.

Pero aquí se tropieza con la dificultad de conocer ese camino o la vocación. Es verdadera vocación el seguir los apetitos de la carne o el tomar el estado que otras toman? No, hijas mías, no. La verdadera vocación es seguir aquel y solo aquel camino o abrazar aquel estado que Dios quiere se abrace. Y para esto, se deben ahogar los gritos de la carne y de la sangre, todos los respetos humanos, todas las vanidades del mundo, negar en fin los oídos y hasta la memoria a todo, todo ... y ponerse con la mayor indiferencia, respecto a todo eso, en la presencia de Dios y decididas a no hacer ahora, ni nunca, más de lo que Él quiera que hagáis, donde Él quiera, como Él quiera, cuando Él quiera, y a costa de todos los sacrificios que Él os exija, y teniendo de vuestra parte unos deseos tan grandes de hacer su santísima voluntad y solo su voluntad, como deseareis a la hora de la muerte haberío hecho. Qué deseareis entonces? Haber hecho siempre lo mejor, ¿no es verdad? Pues, animaos ahora de esos mismos deseos. Pedid al Señor os enseñe el camino y de su gracia para cumplirlo. Proponeos solamente su honra y gloria al mismo tiempo que vuestro fin; y seguras podréis estar de que el Señor os enseñará ese camino, y os dará su gracia, y os llevará, por así decirlo, de la mano por la recta senda de la vida eterna. Desde este valle de lágrimas os conducirá al monte de la gloría, sin torcer ni a derecha ni a izquierda, arrastradas por los deseos desordenados de los bienes espirituales ni materiales. Pero no se os ocultará, hijas de mí alma, que, cuanto mayores sean las dificultades que encontréis en esa senda, mayores tendrán que ser vuestros afanes, vuestros esfuerzos y vuestros trabajos para llegar a la cima.

¿Cómo será más fácil subir por una montaña muy pino, yendo muy cargada y teniendo que llevar a otros de la mano, o yendo a cuerpo libre? ¡Oh, si vierais u os fijarais en lo mucho que pesan los cuidados de la familia, la educación de los hijos, etc., etc.; cuán pocos son los matrimonios felices, que se llevan bien, que educan bien a sus hijos, que cuidan como deben de sus domésticos... Pero ello es cierto, que el que eso no hace, no podrá entrar en el reino de los cielos. San Pablo dice que son peores que infieles y que por consiguiente sufrirán mayores castigos en la otra vida.

Por eso quiero os fijéis mucho en las gravísimas obligaciones que os habéis de imponer, para que ahora forméis vuestro espíritu para cumplir después, como Dios manda, que ninguna excusa tendréis. Cuántas jovencitas de Sanlúcar han tenido ni tienen la instrucción que vosotras? Seguras podéis estar de que ninguna. Por lo mismo es mayor el deber en que estáis de formaros bien, de empaparos en esas ideas, de conocer vuestro destino, de ver el estado a que Dios os llama. Que santo es el matrimonio, como instituido por el mismo Dios, como representante de la unión de la Iglesia con Cristo. Muy santo el estado religioso, como aconsejado, no mandado, por el mismo Jesucristo como más perfecto, como desposorio del alma con Dios.

En el primero se une una sangre con otra sangre, un cuerpo con otro cuerpo, un alma con otra alma; pero en el segundo se une en purísimo desposorio y para toda la eternidad, una pobrecita hija de Adán con el Hijo del Eterno, la criatura con el Creador, el alma con el Rey de todo lo creado. El alma en el Matrimonio, dicen los santos que se parece a un jardín hozado, revuelto, quemado, yermo y en el estado religioso, a un jardín florido, todo esmaltado de preciosas y variadas flores, a cual más gratas a los ojos del Señor. Escoged, hijas mías, S. Pablo dice: la que se casa, obra bien; pero la que permanece virgen, obra mejor. Jesucristo enseña que no a todos es dado este don de permanecer vírgenes y por eso San Pablo añade: Mejor es casarse, que quemarse. La que no se sienta con fuerzas para resistir y no quiera poner en Dios su confianza, que renuncie a seguir a Jesucristo entonando por toda la eternidad el cántico de las vírgenes.

Hay grados inferiores en la gloría, que se case y viva como buena cristiana. Las demás, sed purísimas, que el reino de los cielos está prometido a la castidad de los corazones puros; que la castidad es la defensa, la perfección y el supremo grado de todas las virtudes como dice S. Juan Damasceno.

Perdonadme que así os hable.

Os bendice.

Notas