PositioSuperVirtutibus/A.TESTIMONIOS MANUSCRITOS

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DOC. XIII: TESTIMONIOS POSTERIORES. LOS RESTOS MORTALES DEL S. de DIOS. FAVORES
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B.TESTIMONIOS IMPRESOS
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A.TESTIMONIOS MANUSCRITOS

Aunque se podrían presentar muchos, forzosamente hemos de limitarnos a poquísimos, que muchas veces daremos en extracto; helos ahí:

1)Una circular, 11.III.1925.
2)Oración fúnebre, 16.III.1925.
3)Vida del S. de Dios por el P. Calasanz Bau, 1953.
4)Testimonios jurados, 1970-1978.
5)Fragmentos históricos, 2.IX.1978.
6)Nuestra espiritualidad, 1.XI.1980.

Adviértase que un escrito de grandísimo interés lo hemos citado ya reiteradamente en el texto y por ello prescindimos de él aquí; nos referimos a titulado: Aclaraciones sobre la vida y virtudes del S. de D. P. Faustino Míguez de la Encarnación, Madrid, 1967; su autor es el P. Anselmo del Álamo.

1. Circular de M. Natividad Vázquez 11.III.1925

Original en Archivo de la Curia Gerer. Hijas Divina Pastora. Inédito.
Como primera reacción ante la reciente muerte del P. Fundador, escribió la Rma. M. General, Natividad Vázquez, la siguiente circular a las Casas de la congregación. Destaca en la figura de Fundador su bondad y ejemplaridad, y afirma que ahora, desde el cielo, dirigirá el Instituto que él creara. Extractamos:

Hoy, que ya teníamos la satisfacción de verle tan contento y tranquilo, y a menudo rodeado de sus Hijas, gozando de paz y alegría, viendo que N. Señor iba cada día aumentando su Congregación, tanto en personal como en medios, no sólo espirituales, y pasando por todo, N. Señor lo llamó dos horas después de estar con nuestras hermanas en Getafe y en el momento en que las religiosas volvían para estar con él, según costumbre los domingos, precisamente en ésa entregaba su alma al señor…

Sin embargo bendigo al Señor que me concedió verle y acompañar su cadáver hasta el último instante. Aunque nuestro Padre del alma ha muerto, podemos asegurar que ahora es cuando vive y que desde el cielo guiará el timón de nuestro amado Instituto, su legado.

Con los hechos hemos de probar el amor, veneración y agradecimiento que nuestros corazones han guardado y guardarán toda la vida hacia tan bondadoso y ejemplarísimo Padre, que nos preparó con sus luces del cielo y sus trabajos llenos de sacrificios, el verdadero camino de la santificación, donde podemos con toda seguridad cumplir la santa voluntad del Señor y corresponder a nuestra vocación fielmente.

Él nos dio continuos ejemplos de todas las virtudes, que, ahora con más fe y veneración practicaremos desde hoy todas sus hijas. Cada cual, esmérese en la práctica de aquellas que a sus ojos le viera sobresalir y llegue en ello a su mayor perfección. En fin, amadas hijas, honrando a vuestro virtuoso y querido Padre, observando una conducta intachable en el cumplimiento de nuestros deberes, como él nos enseñó con sus ejemplos. Seamos humildísimas como él deseaba y tanto nos aconsejó. No dudemos que nos ayudará desde el cielo, dispongamos nuestros corazones a fin de recibir las gracias que N. Señor sólo derrama en los corazones llenos de humildad y fe […].

2. Extracto: Oración fúnebre pronunciada por el P. Rector de los Escolapios en Sanlúcar de Barrameda, 16.III.1925

Original en Archivo de la Curia General de las religiosas de la Divina Pastora, Madrid, Inédito.

[…] Cómo cumplió o mejor dicho llenó estos días que el Señor le concedió sobre la tierra todos lo sabéis. Dícenlo en primer término nuestros hermanos de raza allende los mares, que no pueden olvidar al ilustre profesor que en Guanabacoa colocó tan alta la bandera de la ciencia española llevada allí por los PP. Escolapios, entre los cuales se distinguió tan extraordinariamente. Repítelo Monforte, en cuyo colegio desempeñó el cargo de Rector con inteligencia suma y celo incansable, multiplicándose por todos y a fin de que a todos llegaran los beneficios de su acción evangelizadora; lo estáis confirmando vosotras con vuestra presencia, pues aquí, en esta hermosísima Ciudad, fue quizás donde con mayor prodigalidad difundió los frutos de su inteligencia y las bondades de su corazón y son innumerables los que recuerdan a tan sabio profesor de ciencias físico-químicas y naturales, que no satisfecho con las explicaciones de clase, iniciaba a sus alumnos en las maravillas de la Química entonces aún en embrión, pero en alto grado, y robando el tiempo al descanso y al esparcimiento, logró arrebatar su secreto a la naturaleza, empleándolo luego en beneficio de la humanidad doliente, y conquistando con su trabajo tal fama que ha hecho correr su nombre por los ámbitos de la tierra.

Pero como hijo de S. José de Calasanz, hijo verdadero amantísimo que copia con fidelidad las virtudes todas de su padre, porque esta es la mejor herencia, nuestro Padre Faustino no podía contentarse con derramar a torrentes el espíritu de la inteligencia de los que le rodean, era preciso para cumplir, como hijo de tan gran santo, embriagar los corazones en el espíritu de la piedad. Y por esto cuantos tuvimos la dicha de estar a su lado algún tiempo – pues dicha muy grande es la de estar al lado de algún justo – cuántas cosas pudimos admirar de él; el dominio soberano que tenía de sí mismo; su humildad sin límites; su caridad inagotable; sus palabras sustanciosas siempre llenas de unción; su afabilidad; aquel desvivirse por servir y agradar a todos, su bondad en fin, que se reflejaba en todas sus acciones, y resplandecía en su rostro venerable.

Su corazón magnánimo y generoso no se satisfacía ni encontraba quietud en el campo en que de ordinario se desenvolvía y así como cuando en ciertos parajes de la tierra se reúne y reconcentra un fuego ingente y extraordinario, no pudiendo contenerse dentro de los límites que le están marcados, busca su natural expansión, rompiendo si es preciso la corteza terrestre, de idéntica manera nuestro P., como el amor de Dios que animaba en su pecho era copioso y abundante no satisfecho con prodigarlo a los pequeñuelos que a su alrededor tenía, buscó su expansión y complemento en la fundación del Instituto de las Hijas de la Divina Pastora, donde atesoró las ternuras filiales de su corazón, designándoles como fin primordial la modelación de los corazones de la niñez, principalmente necesitada.

Prueba evidente e irrecusable de su piedad la tenéis también en las Reglas de este Instituto, aprobadas definitivamente el 27 de julio de 1922 por la Santidad de Pío XI, y en las que pone de relieve las excelencias y bondades de su alma, y si fijáis vuestra atención en el preámbulo con que las encabeza, hallaréis un místico enamorado de la V.M. la celestial Pastora de las almas, modelo el que deben imitar y cuya pintura traza y un profundo conocedor del corazón humano que, no ignorando su llaga y enfermedades, sabe suministrarle el oportuno remedio. Obra tan excelsa para acreditar que era del agrado de Dios, no podía estar exenta de tribulaciones y dificultades distintivo de todo aquello que es sobrenatural y divino, y por ende, en su larga vida qué de sinsabores y amarguras devoró en la soledad de su corazón. Pero no desalentándose nunca, desconfiando siempre de sí mismo, fijos sus ojos siempre en nuestro santo Padre, y como él confiando in spem, contra espem, tuvo el consuelo de vencer todas las dificultades, de salir en tan ruda lucha y la satisfacción de ver su obra no solo difundida por nuestra querida patria, sino también allende el océano en las nuevas fundaciones hechas en América.

La tribulación purificó su alma, y fue causa de que arraigaran en su corazón las grandes virtudes, entre las que sobresale la humildad base y fundamento de la vida cristiana, en sentir de San Agustín y termómetro de la santidad dice nuestro S.P., puesto que los grados de santidad de un alma serán tantos como fueron los de Humildad. Este varón benemérito que merced a sus desvelos y continuos trabajos conquistó una fama universal, por lo que su fama no perecerá, que se vio halagado con las atenciones de magnates y reyes; que diariamente era objeto de consulta de parte de distinguidas personalidades , venidas algunas de lejanos países atraídos por su fama, no por eso se enorgulleció, ni buscó, ni anheló privilegios, ni atenciones, dentro ni fuera del Colegio, hasta última hora como el más humilde y ejemplar novicio, era el primero en la asistencia a los actos de piedad preceptuados en nuestras santas constituciones, y su alimento, y su vestido, era idéntico al de todos sus hermanos.

Además este Religioso ejemplar que tan alto había llegado en el conocimiento de las ciencias, no olvidaba a los tiernos parvulitos, objeto primordial de sus deberes de Escolapio, y ahí están los compendios de ciencias naturales salidos de su experta pluma primaria, y en los que no sé qué admirar más: su sencillez inimitable; su método cíclico concéntrico o sus ingeniosas observaciones a fin de hacer intuitiva su enseñanza. ¿Qué más? Era el verano de 1921; en nuestro Colegio de Getafe, donde tantos años ha pasado nuestro Padre, reuníanse por mandato de N.R.P. Provincial los profesores de Matemáticas de nuestros Colegios con el fin de que en un cursillo de ampliación, exponer algunos puntos de Álgebra Superior, y de la Geometría Analítica, hoy iniciado en los estudios de segunda enseñanza y que no pudiendo poner los libros de texto en toda su extensión resultan truncados y a veces poco asequibles a la inteligencia de los niños. Al reunirse el primer día, nuestra admiración no tuvo límites: sentado en su banco con su lápiz y cuaderno, como uno de nosotros estaba nuestro Padre Faustino, que ya contaba 90 años, siguió atentamente nuestras disertaciones y permaneció en el aula todo el tiempo que duró la sesión. Como al terminar le dijeran, “Padre ¿por qué hace Ud. esto? Resulta muy pesado a sus años”, respondió: “lo exigen también algunos programas del magisterio y deseo imponerme para enseñarlo a mis maestras”. Y sólo cuando se convenció de que nosotros lo haríamos, cuando fuera necesario, entonces fue cuando dejó de asistir.

¿Conocéis algún caso semejante? Yo no recuerdo más que el de mi S.P. que también a edad avanzada se puso a reformar su letra para comunicársela a sus discípulos a los que se debe sin duda esa letra típica, hermosa y elegante que se ha perpetuado a través de los siglos y que se conoce en la Historia de la Pedagogía con el nombre de letra escolapia y en las que sobresalieron e hicieron verdaderas obras de arte muchos esclarecidos hijos de San José de Calasanz […].

3. CALASANZ BAU, El P. Faustino Míguez de la Encarnación, fundador de las Hijas de la Divina Pastora. Resumen de su vida y bosquejo histórico de su obra, Madrid, 1953, 300 cuartillas a máquina: original en la Biblioteca del colegio de San Joaquín de las Escuelas Pías de Valencia. Inédito.

El P. Calasanz Bau era Doctor en Historia por la universidad de Valencia. Dejó publicadas diversas obras, entre ellas las siguientes: Biografía crítica de S. José de Calasanz, Madrid, 1949, pp. 1245; Revisión de la Vida de San José de Calasanz, Salamanca 1963 (su tesis doctoral); una acomodación de ésta para el gran público; San José de Calasanz, Salamanca 1967; publicó asimismo las historias de la Provincia escolapia de Cataluña, ídem de las Escuelas Pías de Cuba, un volumen de Escolapios víctimas de la persecución religiosa en España, etc. etc.
Para esta biografía del P. Faustino revisó algún archivo tan solo y no publicó su obra, pues aún vivían personas implicadas en los sucesos que tanto hicieron sufrir al S. de D. para más prolijas noticias de sus obras y su personalidad, véase Ephemerides Calasanctianae 1968, pp. 350-356.
Extractamos algunos pasajes. Posos.

Castidad (pág. 28)

Guardó con esmero exquisito la flor delicada de la castidad. Y aun cuando la misión de fundar una Corporación femenina le obligó a alternar con no pocas religiosas y seglares, la tendencia adusta de su carácter, un tanto acentuada al tratar con ellas, puso diques infranqueables a posibles arrumacos y roncerías de temperamentos mujeriles, y meridionales por añadidura.

Oposición a defectos jurídicos (pp. 57-58)

Fue, pues, correcto el proceder de los Capitulares, aunque dejó en los reclamantes de Celanova el amargor de no ver sancionados los defectos que trataban de corregir. El P. Faustino particularmente se sometió de hecho a las decisiones capitulares y acató a los Vicarios Generales como a Superiores de hecho. Pero guardó siempre en el alma la impresión dolorosa de su deficiente justificación objetiva y se alegró indudablemente a lo largo de sus días de ver llegar la supresión de la secular institución del Vicariato.

Lo interesante de este desagradable incidente, lo aleccionador de este primer choque con las imperfecciones humanas y el dolido resentimiento de la impotencia para suprimirlas, fue que además, el P. Faustino cargó aquella vez con la nota de arbitrario e indócil y se le sacó de Celanova con obediencia a un Colegio lejano. A la también reciente fundación de Sanlúcar de Barrameda.

Pero allí le esperaba el Señor para darle a conocer de antemano el escenario de su futura gran obra, y para darle a gustar de momento las satisfacciones y alegrías más intensas.

El P. Míguez se va aproximando al sitio y momento de sus providenciales destinos.

Firme defensor del derecho y la justicia (pp. 75-77)

Los Escolapios al establecerse allí habían negociado con el Ayuntamiento de Monforte, que debían pagar un canon insignificante; y el duque de Alba, Patrono del Colegio por ser de la familia del Fundador, debía aportar su cantidad correspondiente… Pero –ecco ilproblema – pronto las personas municipales se hicieron invisibles para los Escolapios. Y en estas circunstancias entra en funciones el P. Faustino, que supo llamar al orden al Ayuntamiento de Monforte. La vitalidad y el temple de acero del P. Faustino Míguez se impusieron y triunfaron en toda la línea. Los señores ediles, si no se llenaron de pánico ante la actitud del Rector del Colegio de los Escolapios, por lo menos no las tenían todas consigo, pues se dijo que llegaron a sortearse para ir a parlamentar con un religioso. Esto podía obedecer a dos causas: o al miedo que le acuciaba o a la injusticia manifiesta que estaban perpetrando, y se iban a presentar ante un hombre modelo de bondad y de rectitud. Pero la nota melancólica al par que cómica la daba el alcalde Sr. Guitián, que, doliéndose de su desdicha, ponía su grito en el cielo, lanzando de despecho al aire esta exclamación: ¡y que un fraile me atormente de esta manera!. El tormento se lo habían buscado unos y otros negándose a pagar lo que en instrumento público se había pactado. El P. Míguez defendía sin amilanarse, los intereses de la Comunidad, según era de ley y de orden.

Firme y derecho esperó la comisión del Consejo monfortino; y no temblaron las esferas ni se hundió el firmamento, como creían las tímidas gacelas que se dedicaban a hacer calendarios sobre lo que iba a pasar en la entrevista, cuando su deber en aquella hora crítica era estar a su lado y acompañarle, aun cuando él rechazase su asistencia, porque se bastaba para cualquier desmán, toda vez que la confianza que tenía en la justicia de la causa que estaba defendiendo, le daba alientos para permanecer tranquilo, y ni por maravilla abrigaba un pensamiento de maldad en sus adversarios.

Esta actitud arrogante y digna deshizo los planes de un alcalde egoísta e hizo torcer el curso de los acontecimientos. El que parecía que llevaba todas las de perder, porque no tenía más armas que las de la razón, que en tiempos de injusticia no se reconocen como tales armas, salió victorioso; los grandes, los prepotentes, los que abusaban del poder y de la fuerza, obcecados por su orgullo, tuvieron que morder el polvo y deponer sus iras y arrestos ante el hombre que todo modestia y compostura, no hizo alarde de sus razones poderosas, que fluían a través de su cálido verbo, ni de tener más inteligencia de las leyes que sus contendientes, y ni perdió la tranquilidad en medio de la victoria ni en la hora solemne del fallo de la justicia publicó a los cuatro vientos su triunfo, que era un canto al orden, a la rectitud y a la ciudadanía”.

Carácter (p. 120)

Su mismo carácter, desabrido a veces, influyó de manera poderosa en la formación de aquellas jóvenes. Jamás se permitió una broma; jamás una palabra que no se encaminase a la piedad. Si alguna vez procedían ellas, como jóvenes que eran, con alguna ligereza, él pronunciaba una seca palabra: ¡quita!, y volvía al instante la seriedad a aquella diminuta y naciente Comunidad.

De no haber procedido así, tal vez no se hubiese consolidado la obra, y desde luego sus hijas no lucirían como preciada joya, una virtud sublime que el Fundador les inculcara, y que es característica de todas las Hijas de la Divina Pastora, la virtud de la humildad.

4. Testimonios jurados (unos pocos)

Posteriormente al Proceso de beatificación se obtuvieron por el biógrafo del S. de Dios y Vicepostulador de la Causa, P. Anselmo del Álamo, unos 60 testimonios jurados de personas que conocieron al S. de Dios en sus últimos años y del que tuvieron, además, noticias de otros testigos de vista. Nos permitimos presentar solo unos pocos y en extracto.
Todos los originales se hallan en el Archivo de la Curia General de las Hijas de la Divina Pastora.

a) M. Sagrario Martín, 10.II.1978[Notas 1]

Su declaración ocupa nueve folios. Extractados.

[f. 3] Nuestro Padre desde el momento que vio a M. María Casaus, me dijo, no le gustó su manera de ser. No puedo decir más. Me imagino fuese por su carácter dominante y deseo de mandar que siempre mostró. Tenía que ser lo que ella quisiera por encima de todo y esto, a veces, proporcionaba disgustos y trastornos sin necesidad. La tuve de Maestra de Novicias y de Superiora, y pude darme cuenta lo que hace sufrir por su temperamento.

Esta M. Casaus era poco apreciada de las religiosas de la Congregación, por su manera de ser.

El P. Faustino, nuestro Fundador, no hacía distinciones, a todas nos trataba con el mismo cariño, a menos que cometiéramos alguna falta, entonces con su mirada penetrante nos hacía humillarnos y arrepentirnos al momento.

[f. 4] Mi opinión respecto a la actuación del Sr. Visitador en este asunto es que no obró con el acierto debido.

Un Padre Fundador con la fama y ciencia que tenía, lo más lógico es que hubiera visitado antes que a la hija al padre para informarse bien del asunto y no querer desterrar a un anciano de 90 años de quien los PP. Escolapios que convivieron con él, decían: “Ver al P. Faustino Míguez y nos recuerda a nuestro P. José de Calasanz”. Pasó por todo en cuestión de contrariedades y sufrimientos que llevó con mucha paciencia como el Santo sin demostrarlo al exterior. Sólo le faltaba el Mario y apareció al fin de su vida, M. María Casaus. Esto me lo dijeron a mí. Siempre decía nuestro P. Faustino en las contrariedades: “Sufrir en silencio y dejar a Dios nuestra defensa”; así lo hacía él.

El Sr. Visitador iba mandado por el Sr. Nuncio y a él tenía que dar cuenta de todo lo que hablaba y resolvía con nosotras. Decía que, a veces. No le parecía bien nos diese la razón en algunos casos.

Sobre esto no puedo explicar nada porque eran las Madres Mayores las que resolvían con el Sr. Visitador y no me enteraba […].

Todas admirábamos en el P. Faustino su humildad y obediencia a su edad; sobre todo su memoria y cabeza tan segura en sus conversaciones. Se admiraban cuantos le trataban y decían: es un santo, sólo Dios puede conservarle esa cabeza habiendo trabajado tanto en la clase hasta los 80 años y en sus estudios.

[f. 9] Las virtudes más difíciles de practicar y que, a mi parecer, son la base de la verdadera santidad, obediencia y humildad, las practicó nuestro P. Faustino en grado heroico. Cuando el P. Rector le mandaba alguna cosa se ponía en actitud respetuosa para cumplirlo inmediatamente. Edificaba a cuantos la presenciábamos, por su edad. Nunca se le oyó disgusto por algún mandato del Rector, ni puso mala cara. Era un verdadero obediente.

También practicó la humildad. Jamás le oímos hablar de sí mismo, alabando sus descubrimientos en medicina, por ejemplo: en aquel tiempo no se curaba la diabetes y él con su antidiabético curó cientos de personas y no exagero; pero él no hacía alarde de nada.

Estudió medicina particularmente para ver si podía elaborar un específico que curase la diabetes llevado de su gran caridad hacia el prójimo. Se preocupaba mucho de la salud de los que le consultaban y no cesaba de estudiar hasta encontrar el remedio para curarle. Todo llevado del amor al prójimo. Su confianza en Dios era extraordinaria. Cuando le tuvieron que trasladar de Sanlúcar de Barrameda a Getafe hacía poco tiempo de la fundación de nuestro Instituto y las pocas religiosas que había estaban sin formar del todo. Tenían mucha pena y el Padre Faustino Míguez, Fundador las animaba a que confiaran en Dios, que sin duda ninguna las ayudaría en todo.

El Padre Míguez recibió la obediencia muy tranquilo y confiando en la Providencia que miraría por sus hijas, como así fue. Esto se lo oí a las religiosas de aquellos tiempos y […].

b) M. Catalina González Cuadrado, 12.VI.1978

Era hija legítima de don Ciriaco y doña Vicenta; nació en Aguilar del Campo, provincia de Valladolid. Religiosa Pastora. Tenía 83 años al hacer su declaración jurada, de cuatro folios, ante don Manuel Llorca Bismal, Cura Ecónomo de S. Juan Bautista de Monóvar, y los testigos don Luis Marhuenda, industrial, y don José Amorós Quiles, en Monóvar el 12 junio 1978. Conoció al S. de Dios desde 1914 a 1925[Notas 2].


Entresacamos de su testimonio:

[f.1] […] 2º Pasé unos días en el Colegio de Daimiel (C. Real) y allí nos visitó el S. de Dios con motivo de los exámenes del alumnado.

Me encargaron le sirviera algún refrigerio, ocasión que aprovechó el S. de Dios para preguntarme si de veras quería se buena a cuya pregunta le contesté afirmativamente. Mirándome muy fijamente por encima de las gafas, insiste: “Y si te humillaran y despreciaran… tú ¿qué harías? ¿Estarías contenta? Esta reiterada pregunta me hizo saltar las lágrimas y bajar la vista. Guardé por un momento silencio… Si Padre, estaré contenta.

Sentí en mi interior algo inexplicable y como que presentía algún desagradable acontecer en el futuro. A pesar de ello me sentí fuerte. Sus preguntas, lejos de acobardarme, aumentaban mi fuerte confianza en el Señor y optimismo. Puedo afirmar con toda verdad que para mí el noviciado fue muy dura prueba al igual que la primera etapa como profesa.

[f.2] En una ocasión me sentí con remordimiento de conciencia y deseosa de confesarme con el S. de Dios; no sé qué reparo me lo impidió. Al día siguiente me decidí. Llegada al confesonario me saluda con un ¡Farruca, Farruca…! Yo te lo había notado ayer, pero no te quise decir nada.

También puedo referir algo que le pasó a M. Pilar Córdoba fallecida en esta localidad hace dos años. Maravillada y agradecida a la vez me comentó que yendo a saludar al S. de Dios le dijo ¡Chacha, chacha, vete al confesonario! Allí, sin que la interesada dijera palabra el S. de Dios le relató todo lo que en su interior pasaba. M. Pilar hace este comentario: Me dio unas orientaciones muy acertadas y salí con gran tranquilidad y gozo de aquella confesión en la que nada tuve que decir sino afirmar y confirmar la verdad de todo cuanto me iba diciendo. Nunca me supe explicar cómo fue aquello, dijo la referida religiosa.

Hacemos el comentario de que Alfonso XIII otorga libertad de expresión. El S. de Dios se queda muy pensativo y “pronto quitarán al rey – añadió – e implantarán la república que será según sea el Presidente”, “Yo no lo conoceré…” “¡Más valiera que vosotros no lo conocierais! ¡Eso es horrible!”. Sin duda se refería a la Guerra española el S. de Dios.

4º Era muy prudente. Jamás se metía en cosa alguna, esperaba que nosotras nos insinuáramos en cualquier tema. Si luego se le consultaba daba su parecer con gran sencillez y humildad.

En la Obediencia era exactísimo. Recuerdo que el día de la Inmaculada es invitado por M. Superiora que celebraba su santo, para que nos acompañara en la comida de aquel día. Agradeció con bellas frases la invitación pero se excusó diciendo que él no podía comer fuera de la Comunidad. M. Concepción habla con el P. Felipe Estévez y éste ordena al S. de Dios acceda a la invitación. Fue notoria la alegría del S. de Dios al podernos acompañar. En la mesa comenta con M. Concepción lo valioso que es vivir en alegría. ¡Esto vale más que todo!...

{f. 4] 8º Yo sé que en su vida, al final, hubo momentos muy duros para el S. de Dios. Se mantuvo firme en su Esperanza porque sólo en el Señor esperaba. No estaba apegado a su Obra, sólo le interesaba la gloria de Dios.

c) M. Sagrario Pinilla Pradera, 15.VI.1978


Religiosa Pastora, de 82 años de edad. Conoció el S. de Dios de primeros de octubre de 1912, en Daimiel[Notas 3]. Extractamos.

1º. […] Otra impresión que se me quedó grabada fue a raíz de un rotundo “no” de mi padre al manifestar mi deseo de ingresar en el Instituto. El mundo se me caía encima. Entré en la capilla del colegio y allí me desahogué. En ella debía estar también el S. de D. (yo no lo vi), pero al final me llamó y se interesó por lo que me pasaba. “Me doy cuenta de tu situación, pero ¿dime? Le conté la fuerte oposición de mi familia y el disgustazo de mi padre. Jamás olvidaré sus palabras de consuelo y aliento. Puso en ellas toda la ternura de un padre. Me aseguró que no tardaría en entrar en el noviciado. Me pareció aquello tan imposible que, si no fuera por la convicción, con que me lo decía, no hubiera creído en sus palabras. A los pocos días me llama mi padre y me dice: “Hace poco cumpliste 19 años. Si veo que sigues con vocación, cuando cumplas los 20, te daré mi permiso” Así fue […].

3º. Conservé hasta la guerra de 25 a 30 cartas del S. de D. y que a instancias y ruego de otras personas, las quemé para que a nadie comprometieran. Aquella lectura avivaba mi fe y esperanza. Aquellas cartas tenían un contenido que nunca pasa, valían para cada momento y situación de mi vida. ¡Cómo sentí desprenderme de ellas…! […].

5º. Desde el primer momento que traté al S. de D. y después fui conociendo directamente o por referencia (me refiero a los años anteriores como Fundador) digo tal como lo siento y es mi gran convicción, de que el p. Míguez fue desde el comienzo, consciente de su vida, un gran santo, fue un hombre todo de Dios. La riqueza espiritual de su alma se manifestaba en todo su porte. Con solo mirar, penetraba la interioridad de las personas y a veces este conocimiento se lo hacía notar a los interesados. A este propósito referiré lo que a M. Faustina del Agua le aconteció: se fue a confesar y terminada esta confesión, y al tiempo de cumplir la penitencia, recuerda algo que no comunicó, pero por no considerarlo importante, decide aplazarlo para la próxima. Termina el S. de D. de atender a sus penitentes y llama a la religiosa, que le dice el motivo de su inquietud con el mayor detalle. Me decía ella misma: “Quedé maravillada y hoy sí que me he convencido de que el Padre es santo”.

6º. Quiero dejar constancia también del concepto en que mi padre tenía el S. de D. repitiendo, si me es posible, sus mismas palabras: “Todos deseábamos que en los recreos, de los primeros cursos, nos tocara el P. Míguez, porque nos lo hacía pasar muy bien con sus juegos malabares, chistes que el S. de D. sacaba para hacernos el rato agradable. Era muy sencillo, muy humano y profesor de mucha entrega. En los cursos superiores, nos daba unas clases estupendas con gran claridad y pedagogía. Trabajaba mucho con los más atrasados y nunca dejaba, fuera la clase que fuera, que darnos alguna lección de moral o religión. Algo que nos sirviera para nuestra formación. Con ocasión de hacer estudios superiores tuve oportunidad de tratar a muchos profesores de filosofía y Letras, pero sólo puedo deciros que el P. Míguez era un auténtico pedagogo, un sabio y un hombre extraordinario por su virtud que, otros le llamarían santo”.

Aquellos relatos de mi padre jamás se nos hicieron pesados, cuando se refería a su profesor P. Míguez. Ponía en ellos un recuerdo muy vivo, que les daba un colorido muy especial. Tengo que reconocer que, si bien mi padre era creyente, no era de los fervorosos ni frailero y que, así hablara de un sacerdote, era muy signofocativo.

7º. Fui de paseo con un grupo de niñas huérfanas al pueblo natal del S. de D. Se nos acercaron varios señores y al detectar que teníamos relación con el P. Manuel Míguez (así le llamaban en su ambiente familiar) nos refirieron las muchas veces que le acompañaban por aquellas campiñas. Venía poco de vacaciones, pero nosotros no perdíamos ocasión para verle, porque siempre nos enseñaba algo nuevo. Se interesaba por nuestros estudios o trabajo. ¡Qué sencillo era! Dice uno un tanto emocionado. Yo siempre le acompañaba cuando iba a decir misa; yo también, ¿recuerdas cuando le vimos tantas horas delante de ese sagrario y parecía que no estaba en el suelo? ¡Qué callados nos quedábamos…! El Fundador de Vds. Era un santo. ¡Qué misa decía! Yo no me cansaba. Siempre estábamos dispuestos para ayudarle. ¡Qué santo era el hijo de la señora María…!

d) P. Aurelio Isla, Sch. P., 28.XI.1978

Religioso escolapio de 79 años cumplidos[Notas 4]. Extractamos. Conoció en 1913 al S. de D. conviviendo en el mismo colegio de Getafe en distintas ocasiones o épocas.

[…] Los Padres Directores nuestros nos referían el prestigio, respeto y admiración entre los Padres de la Comunidad, tanto por sus virtudes como por su carácter de Fundador de las Religiosas de la Divina Pastora.

[…] Posteriormente, en el mes de julio de 1919, regresé al colegio de Getafe, como estudiante de Teología y encontré al P. Faustino con el mismo aspecto y venerable expresión de santidad que en 1916… De esta época me queda la imborrable figura del P. Faustino, ascética, modesta y ejemplar. Para los teólogos era un constante ejemplo de vida religiosa. Con frecuencia le veíamos pasar a nuestro lado por el parque del colegio, camino del colegio de las Pastoras, para trabajar, según nos decían, en el laboratorio en que preparaba sus especialidades médicas, y cuantas veces se cruzaba con los jóvenes teólogos, nos saludaba levantando suavemente el bonete, con que iba siempre cubierto, sonriendo al mismo tiempo con sencilla amabilidad.

[…] Era entonces el P. Faustino un religioso muy singular por su ejemplaridad, sin llamar por otra parte la atención por sus singularidades de ninguna clase. Es cuanto me consta de las relaciones y trato con el venerable religioso.

e) Don Juan Pablo Aldea Ruiz de la Hermosa, 18.VII.1978

D. Juan Pablo, de 73 años, era hijo legítimo de Francisco y María Reyes, natural de Daimiel (Ciudad Real), con domicilio en Plaza Generalísimo, 22, en Daimiel. Sobrino de D. Tiburcio Ruiz de la Hermosa, buen amigo del S. de D.[Notas 5]. Extractamos.

[…] Llevaba ya mi padre siete días en cama con una grave dolencia en la garganta. Le asistió don Ramón Valdepeñas, cuyo diagnóstico era de “anginas infecciosas”. No cedió a ninguno de los tratamientos suministrados por el Doctor. En los tres últimos días el caso se presentó alarmante: la infección le invadió la garganta y la respiración se hacía difícil sin poder ya hablar y menos tragar la saliva. Temimos un desastroso desenlace. Llega el P. Faustino Míguez y mi tío comunica la gravedad de su cuñado, le acompaña a nuestra casa, entra en la alcoba y saludándolo con gran cariño, le pasa la mano por la barbilla y garganta simulando una caricia; repite el gesto dos o tres veces más, y mi padre siente náuseas, le acercan una palanganita y comienza a devolver sangre purulenta hasta llenarla. Mi padre, aún no del todo repuesto de los esfuerzos para expulsar aquella podredumbre acumulada, pronuncia con suma claridad. “Este hombre es un santo”. Llevaba tres días in poder hablar, a pesar de que el S. de D. le quitó toda la importancia al decirle que no tenía nada, que eso eran mimos.

Este suceso ocurrió el año 1920, y mi padre falleció en el 34. De la mencionada dolencia jamás volvió a tener ni el menor síntoma.

Conocedor de la fecha de exhumación de los restos del S. de Dios y traslado de los mismos a la capilla de las religiosas, en Getafe, acudimos a prestar nuestro homenaje de gratitud y veneración al S. de Dios. Vi un cadáver totalmente incorrupto y sostuve y acaricié entre mis manos su cabeza. La emoción que sentí es indescriptible; sin premeditarlo, pero con una fe que no admitía dudas, pedí al S. de D. el hijo que desde hace doce años esperaba. Ángeles, mi esposa, hace la misma súplica. Ambos silenciamos el renacer de una nueva esperanza, temerosos de una desilusión. Tantas consultas, tratamientos sin resultado positivo no invitaban a abrigar ni acariciar perspectivas halagüeñas. Grandes especialistas de Madrid nos aconsejaron que desistiéramos. Aceptamos la dura prueba.

¿Por qué se nos ocurrió a los dos hacer semejante petición al S. de Dios? Nunca lo supimos. A los tres meses de aquella petición, mi esposa siente en sí una nueva vida, pero le parece imposible y no cree en los síntomas inequívocos. Consulta al Dr. Ruiz Valdepeñas, que le dice está en gestación de tres meses. Salimos de la consulta y dice mi esposa: “Esto es milagro del P. Faustino; se lo pedí el doce de noviembre, en Getafe”.

Nunca hemos dudado, mi esposa y yo, en atribuir a la intercesión del S. de D. el doble fruto de nuestro matrimonio, pues, al año siguiente tuvimos otra niña. Hoy ya somos abuelos.

Yo digo, de ello estoy convencido, que el P. Míguez era un alma sumergida totalmente en Dios, vivía de Dios y obraba movido por el amor de Dios.

f) Doña Consuelo Moreno de la Santa Carmona, 20.VIII.1978

Era hija legítima de Julio y Eugenia, nacida en Daimiel y residente en esta ciudad. Es testigo de oídas[Notas 6]. Entresacamos.

1º. No conocí personalmente al S. de Dios, pero le tengo una gran simpatía y conocimiento referencial a través de los relatos de mi padre y de afecto hondo y sincero, que detecté en él hacia su profesor que, ni la muerte ni el transcurrir de los años, lograron borrar.

2º. Julio Moreno de la Santa fue alumno interno en el colegio de los PP. Escolapios de Getafe durante los años de su bachillerato, 1888-1892, y consideraba al P. Faustino hombre adornado de dotes excepcionales: científico como el que más, todo de Dios; caritativo, ecuánime, respetuoso, sencillo y, sobre todo, muy humilde y condescendiente.

3º. Julio Moreno no fue uno de esos niños buenos, aplicados y sumisos – decía de sí mi padre. Fui travieso y me gustaba probar hasta dónde alcanzaba la paciencia y aguante del P. Faustino.

En vísperas de unos exámenes aposté al P. Míguez que me aprobaría, aunque no sabía más que la bolilla 3 de la asignatura. De no salir esta, el suspenso lo tenía seguro.

“Se la jugué” – dice con cierto regusto mi padre – (Yo era todo oídos porque le solía poner a sus cosas un gracejo muy popular). “Llegó a la mesa del tribunal de que formaba parte el P. Faustino, volteo el bombo, tomo la ficha y canto con cierta arrogancia el nº 3 e inmediatamente intento devolverla a su lugar. Me la pide el P. Míguez, finge no ver y se acomoda las gafas, y, en un tono más bajo y como deletreando repite: ¡tres! No era tal el número, pero la apuesta estaba ganada. Me lucí en la única bolita que me sabía y aprobé gracias a la prudencia y caridad del P. Faustino, que con suma facilidad pudo propiciarme la más grande de las humillaciones ante el tribunal, ante mis compañeros y, además, un solemne suspenso muy bien merecido.

No se me pasó por alto la dura prueba a que sometí a mi profesor, dada su rectitud. Jamás tomó venganza ni represalias. Se limitó a obligarme al estudio intenso de la asignatura y me hizo ver lo mal que había obrado, comenzando la reprimenda por un ¡Bribón! ¡Bribón! ¡Casi me hiciste mentir…!

Siempre lo vi dueño de su persona – comentaba emocionado mi padre – porque solo un santo puede conservar su equilibrio y dominio en semejantes situaciones. Un día le tiré un zapato y se limitó a hacérmelo recoger. Por todo esto guardo del P. Faustino el más grato recuerdo y siento hacia él una profunda veneración”.

4º. Doña Sacramento Moreno de la Santa y Sánchez de Pablo, prima de mi padre, se siente aquejada de un dolor fuerte y dureza en un pecho, pero por pudor y respeto propio de la época, no consulta a los médicos. Sabe con certeza lo que tiene, porque se están reproduciendo en ella los mismos síntomas de la enfermedad, que con tanto esmero y dedicación había curado y observado a la vez en una de sus sirvientas.

No sabe qué hacer… A su paciente no le faltaron médicos ni suministro abundante de medicinas con los más esmerados y delicados cuidados. Para aquel cáncer no hubo fuerza ni medio humano que lo detuviera. Doña Sacramento ora y sufre. Se entera de que en Getafe hay un sacerdote que cura y no ausculta a los pacientes y además piensa que debe ser famoso por la gran afluencia de enfermos, que acuden todas las tardes a Getafe. Los ferrocarriles Madrid-Zaragoza-Alicante se ven en la necesidad de poner en servicio un tren Madrid-Getafe, por la gran demanda de billetes. Se decide y la acompaña su íntima amiga Juanita Ramos Yepes. Efectivamente, el P. Míguez se limita a escuchar y le confirma que es cáncer lo que mi tía tiene. Unos paños de agua fría sobre el pecho, y la curación es rápida. Guardó profundo silencio sobre el hecho y solo a su muerte la amiga íntima, prima hermana de mi padre, nos lo rebeló.

El motivo de su silencio y sigilo fue por delicadeza hacia la familia, en la que había varios médicos, entre ellos un cuñado suyo Dr. Pedro-María Lozano Vital, con el que anteriormente se produjo un disgusto familiar por haber acudido al P. Míguez doña Luz Puerto-Carrero Carrillo de Albornoz, muy afectada de diabetes, quien al tomar los específicos “Míguez” se siente completamente curada.

Es curioso saber que el Dr. Pedro-María Lozano, se suministró y recetó al igual que su hijo Dr. Gustavo Lozano Moreno de la Santa, los específicos “Míguez” contra la diabetes.

5º. En su niñez, mi esposo Raimundo Mauri-Vera Briso de Montiano y su hermana Mª Paz, fueron atacados de viruela, les aplicaron los específicos contra viruela y la curación fue rápida […]

g) D. José Galiana y Díaz Salazar, 22.VIII.1978

D. José era hijo legítimo de Vicente Galiana y Teresa Díaz Salazar. Nació en Daimiel. Viudo: con domicilio en Daimiel, Pl. de S. Pedro, nº 8. Era aparejador de oficio; el nº 1 de la primera promoción de aparejadores y el más antiguo de España, condecorado con el Emblema de oro y brillantes del ramo de aparejadores[Notas 7]. Extractamos.

1º. Conocí y amé entrañablemente al P. Faustino Míguez. El S. de D. tenía 69 años y el que suscribe 14, cuando nos encontramos por primera vez en el colegio de escolapios, año 1900. Digo fue la etapa más feliz de mi vida como estudiante.

2º. Era de complexión fuerte y de mediana estatura, calvo y usaba pequeñas lentes de muelle o pinza. Tenía la costumbre de cruzarse las manos poniendo una sobre otra alternativamente, cuando paseaba por el patio durante nuestros recreos. Era muy afable y cariñoso. Para cada uno de nosotros era un verdadero padre y yo sentía hacia el S. de D. un verdadero afecto de hijo. Nos trataba y comportaba con cada uno de nosotros de una forma justa y equitativa. Era también para nosotros un verdadero compañero. Sentíamos hacia él un gran respeto y a la vez una irresistible atracción.

3º. Como pedagogo era incomparable. Sabía adaptarse a nuestra capacidad y hacía las clases tan amenas que no había lugar a pérdidas de tiempo. Amábamos las asignaturas del P. Míguez y las asimilábamos con una gran facilidad. Puedo asegurar con toda verdad, que jamás le vi un mal gesto o una actitud malhumorada.

4º. Soy diabético desde los 14 años y el P. Míguez me lo notó y enseguida empecé a tomar el antidiabético “Míguez”, que me mantuvo regulado el azúcar dejando grandes temporadas (años) sin necesitarlo. El S. de Dios se preocupaba por nuestra salud que no echábamos de menos el cuidado de nuestras madres. Con mirarnos, se daba cuenta si algo nos pasaba. Nos inspiraba mucha confianza.

5º. El S. de D. nos celebraba la misa en algunas ocasiones y es curioso que repitiendo el S. de D. los mismos gestos y haciendo las mismas ceremonias propias del acto litúrgico, nunca me resultaron aburridas o monótonas, porque les daba vida, les daba amor. Era el P. Faustino de la clase, pero, con un no sé qué que lo transformaba, le endiosaba. Me decía: así celebrarán los santos.

6º. Para mí, el P. Faustino es un verdadero santo, digno como el que más de estar en los altares. Era un gran científico, un gran talento. Fue mi profesor, durante varios años, de geografía e historia. Nos inculcaba la fe y la esperanza haciendo el S. de D. lo que a nosotros aconsejaba. Era muy devoto de la Virgen y deseaba que también nosotros lo fuéramos.

7º. Como confesor era un consejero excepcional. Muy excelente religioso y un gran compañero. En el S. de D. no había nada de orgullo. Era la humanidad misma.

8º. Recuerdo que en el año 1901 varios diarios españoles lanzaron artículos difamatorios contra el P. Faustino Míguez, porque el antidiabético “Míguez” había adquirido gran fama en España y también en el extranjero, curando a muchísimos enfermos diabéticos; por tal motivo los médicos veían disminuidos sus ingresos.

El P. Faustino se conservaba en tal paz, que si no supiéramos contra quien iban los ataques, nadie podría sospechar e imaginar que el P. Faustino fuera el blanco de tales flechazos. Digo esto porque, además de las horas de clase que tenía con él, nos daba la merienda y compartía, igualmente jovial y alegre, nuestros recreos en el patio. En aquellos años fue Rector del colegio el P. Melchor Rodríguez.

h) Doña Patricio Benavente Butragueño, 22.IX.1978

Es natural de Getafe, donde nació en 1895. Sus padres fueron don Juan Benavente y doña Vicente Butragueño, Residente en Getafe toda su vida[Notas 8]. Extractamos.

1º. Fui confesada del S. de D. desde muy pequeña hasta poco antes de que falleciera. Sentí su muerte como la del ser más querido. Era un extraordinario director y guía de conciencias. Lo mismo que se interesaba por atender las enfermedades y devolver la salud y el bienestar, así y aún más, diría, se preocupaba por cada uno de sus penitentes. Todo el hombre era valioso para el S. de D. y se volcó de lleno a lograr y recuperar la armonía interior y física del que se le confiaba.

2º. El S. de D. exigía según mi capacidad y posibilidades, empezando porque era necesario madrugar, si pretendía confesarme con él. Las horas posteriores del confesonario eran para los niños del colegio.

Era insistente en inculcarnos las virtudes principales… la fe, que en el S. de D. era como el oxígeno que lo revitalizaba; la esperanza, que animaba y daba optimismo a toda su actividad, carente muchas veces del reconocimiento humano; la caridad… el S. de D. se movió tan sólo a impulsos del amor.

i) Srta. Ángeles Azofra Cervera, 22.iX.1978

Soltera, de 71 años. Hija de Santos y Carmen. Natural de Getafe. Maestra Nacional jubilada, con domicilio en Getafe, calle Madrid nº 18[Notas 9]. Testigo de oídas.

Mi madre admiraba en el S. de D. la rectitud, su caridad, su fe inquebrantable y su confianza ilimitada en el Señor. También ella conocía a fondo el alma de su confesor. No fue indiferente a las persecuciones de que fue objeto el P. Faustino, promovidas por los médicos de Getafe y de Madrid, uniéndose a ellos los farmacéuticos de esta localidad, por cuyo motivo el S. de D. evita, con todo lo posible, que vengan enfermos de Getafe y sus alrededores. Ella conoce el corazón compasivo del P. Faustino y no teme ser rechazada, porque se trata de una niña muy delicada de los ojos, es su propia hija. La recibe en privado, se la ve y constata que está a punto de perder la vista. Es grave, pero aún se llega a tiempo – dice el P. Faustino. La niña – continúa mi madre diciéndole – fue tratada por el famoso oftalmólogo Rovirosa, durante siete meses, sin lograr efecto alguno positivo. El S. de D. pide se le retiren totalmente los colirios recetador por el mencionado Doctor y manda que se le den unas dosis diarias de específico antiotálgico. Las úlceras van cicatrizando y la niña va recuperando poco a poco la bella expresión de sus ojos. Las mismas nubes blancas, que tenía sobre la retina, se fueron disipando. Hace muy poco mi hermana, Julia Azofra, se hace visitar por el oculista, quien admira las cicatrices de una perfecta curación de aquellas úlceras.

j) M. Dolores Carrillo Lobo, 22.IX.1978


Religiosa Pastora. Era hija de don Pedro Carrillo y doña Francisca Lobo; natural de Madrid[Notas 10], donde nació el 16.I.1902. Fue alumna interna del Asilo de huérfanas de Getafe; allí conoció al S. de Dios. Hizo su profesión temporal el 27.IX.1921, la perpetua el 3.X.1926. Residió en diversas casas de la Congregación; desde 1975 reside en la de Madrid, ayudando en la portería y cuidando de turnos de estudios de niñas.


Extractamos.

1º. […] Como sacerdote, aún recuerdo las conferencias que nos daba, inculcándonos la presencia de Dios, devoción a la Eucaristía y a la Sma. Virgen. Yo diría que el P. Míguez vivía continuamente de esa presencia del Señor que tanto nos inculcaba. Aún en aquellas recreaciones, que él animaba con sus chistes y anécdotas, dejaba traslucir algo especial que de todas nosotras era notorio. En todo su porte se reflejaba algo sobrenatural.

Asistí a varias de sus Misas y era tal el recogimiento y el fervor con que las decía que, en mí infundía respeto y a la vez deseo de que esa Misa no terminara. Siempre se me hacía corta. Terminábamos viviendo aquella Misa de una forma no acostumbrada.

2º. Me confesé varias veces con el S. de Dios y a la verdad que valía la pena no perder ocasión. Era muy sencillo en sus expresiones, muy claro y muy preciso. Entendía y comprendía rápido el estado de conciencia. Trasmitía mucha paz.

Me llamó mucho la atención, lo mismo que a otras compañeras mías, que el S. de Dios tenía una mirada muy penetrante y conocía nuestras conciencias. Alguna vez se lo demostraba a la interesada pero ninguna se ofendía. Lo decía con tanta naturalidad. En mi presencia llama a María Castañar que llegaba al grupo después de confesarse con otro sacerdote… “Ven, le dice, veo brillar en tu alma la gracia. No la pierdas nunca”. Yo, me quedé admirada y convencida de que el S. de Dios era un santo, un hombre todo de Dios. En realidad la niña era buenísima y muy querida de todas nosotras. Ingresó más tarde en las Reparadoras y siendo novicia murió.

3º. Era muy humano: Se interesaba por todo lo nuestro. Estudios, comida, ésta que fuera abundante y bien condimentada, salud, situaciones personales, etc. Nada le era indiferente. Si estábamos enfermas acudía a visitarnos y enseguida nos recetaba sus medicamentos que muy pronto surtían efecto. Gozaba al vernos alegres y contentas. Nos enseñaba juegos y también nos hacía correr, pero, si alguna se fatigaba o cansaba, nos hacía sentar a su lado y una vez recuperadas, a reanudar el juego […].

6º. Más tarde, en 1924, pude admirar en el S. de Dios un gran equilibrio y serenidad de espíritu en momentos difíciles y desconcertantes. Destacó por su caridad y fe y esperanza a toda prueba. Recurría en esos momentos a su frase favorita “Dejemos obrar a Dios, que para mejor será”.

De ordinario esta frase cerraba posibilidades a posteriores disquisiciones. Era toda una aceptación de la voluntad de Dios. Guardaba silencio y sólo se pronunci1aba si veía que el callar era cobardía o injusticia.

La verdad tenía en el S. de Dios un gran defensor. Era imparcial y justo; su amor a las personas no le cegaba.

k) Doña Cipriana San Román Puras, 22.IX.1978


Nació en Pradoluego (Burgos) en 1898. Casó y tuvo residencia en Getafe, calle Maestro Bretón, nº 9[Notas 11]. Extractamos.

1º. Conocí personalmente al S. de D. en 1911, con ocasión de venir aquí a Getafe a consultar la enfermedad ulcerosa, que aquejaba mis dos ojos. Tantos fueron los colirios que me echaron en los ojos, que me hicieron saltar el cristalino. Ya no soportaba los dolores.

Yo estaba interna en un colegio de Madrid y alguien oyó hablar del P. Faustino y aquí me trajeron. El S. de D. observó y miró detenidamente mis ojos. Guardó silencio y luego recomendó que me retiraran toda suerte de colirios, y, en su lugar, me dieran unas friegas de agua fría en el vientre y que de los globulitos, que me daba, deshiciera dos en un poquito de agua y me echara unas gotas en cada ojo. Pronto sentí la mejoría; del ojo derecho me recuperé totalmente, no así del izquierdo, que me lo habían quemado con los colirios. Ante las amenazas de una ceguera total, no puedo por menos que estar agradecidísima al S. de D. Luego me quedé en este internado, que el S. de D. tenía en Getafe. Él me quería ver con frecuencia. Me trató con un cariño inmenso.

2º Consideré al S. de D. una persona buenísima y todo lo que digamos de él en este sentido es poco. Para mí es un gran santo y de esas santidades que por mucho que el S. de Dios pretendiera ocultarla, no lo lograba. Tendría que dejar de hacer el bien, y eso sería dejar de ser el P. Faustino.

Trabajaba incansablemente: por la mañana daba clases en el colegio de los PP. escolapios y por la tarde venía a nuestro colegio después de las seis, porque desde las tres atendía a los enfermos. Decía que no descansaba más que tres horas. Era bondadosísimo este P. Faustino, y a la vez muy recto; por eso inspiraba tanta confianza.

3º. Tuve uno de mis hijos muy grave de tuberculosis, ya sin esperanza de recuperarlo… hice confiada la novena al S. de D. y mejoró progresivamente. Más tarde se hizo indispensable una intervención, pero a vida o muerte. Volví acudir al S. de D. en el mismo momento que esto decía al Dr. Vallejo, y g. a D. y al P. Faustino, mi hijo salió de la operación perfectamente. Hoy está casado y tiene unos hijos sanísimos. No dudo de la intercesión del S. de D. en mis apuros y sufrimientos. Es un santo merecedor de los altares.

l) Srta. Encarnación Ocaña Muñoz, 28.IX.1978

Nació en Getafe (Madrid); soltera; cuenta 87 años de edad. Reside en Getafe, Pl. de España, n. 1 Portal B 2º b[Notas 12]. Tenía una tía materna llamada Petra Muñoz.

1º. No solamente conocí al P. Faustino sino que fui su confesada desde muy niña hasta que dada su avanzada edad ya no podía atender a la dirección espiritual.

Para el P. Faustino no había en mi alama ni el menor pliegue ni arruga que pudiera disimular. Él se había ganado toda mi confianza pero también creo haber descubierto en el s. de D. su riqueza espiritual y humana. Era un alma extraordinaria. Fuera de serie. Envidiable por su santidad y por la íntima unión, que con Dios había alcanzado. Vivía de continuo en su presencia. Era incansable en la práctica de la virtud y del trabajo, porque para el S. de D. no era esclavizante, sino que tenía un alto sentido redentor. Aprovechaba el tiempo como si cada minuto le diera una nueva presencia del Señor en la que vivía y se sumergía.

Enamorado de la Providencia, confiaba totalmente en ella; por eso era el S. de D. de una fe recia, sin vacilaciones, y su caridad extraordinaria y poco común. Los niños – principalmente los que carecían de medios para su formación – y los enfermos eran sus predilectos. Aquí en Getafe fundó el P. Faustino un orfanato para niñas carentes de medios económicos […].

5º. Doña Petra Muñoz Butragueño tenía un zaratón, y conocedora de la fama de santidad del S. de D., acude a él confiada. Escuchado que hubo todo el relato y los pormenores y síntomas de la dolencia, le dice sin darle mucha importancia para no preocupar a la paciente: “No se preocupe, señora, que esto se curará pronto, si Vd. me es constante. Dese todos los días unas buenas fricciones con agua fría en el vientre y verá cómo todo esto desaparece. Después me comentó la misma señora que al poco tiempo ya no sentía dolor ni molestia alguna.

m) M. Laura Gutiérrez Ortega, 23.IX.1978

Su nombre de pila fue el de Dolores; en Religión se llamó Laura de Jesús. Natural de Sanlúcar de Barrameda. Con 80 años de edad. Residente en Getafe, calle Calvo Sotelo, 5[Notas 13].

1º. En el mes de junio de 1912 conocí al S. de D. cuando formaba parte de la mesa del tribunal de exámenes.

2º. No exagero nada, si digo que el S. de D. era un modelo en toda virtud. Su caridad era inigualable. Se daba a todos y jamás le oí palabra menoscabar la fama de nadie.

Era un religioso observantísimo y hombre de profunda fe y total abandono en las manos de Dios. “Dejemos obrar a Dios, para mejor será…”, este era un slogan propio.

No busca su gloria en la fundación del Instituto, lo que tan solo le interesaba es la gloria de Dios. Por eso insiste una y otra vez en las cartas que, me o nos escribe; Tended a la perfección, sedme muy humildes, si me queréis ser muy santas…, si no, que eso [el Instituto] se deshaga como humo en el aire; como sal en el agua.

5º. Junto con la oración nos inculcaba el silencio y de una manera particular y muy insistente la humildad: “sedme humildes, muy humildes, humildísimas”. Y podía insistir, porque ejemplo nos daba.

8º. Yo no dudé jamás de la santidad de este sacerdote, de entrega total e incondicional por sólo la gloria de Dios y educación cristiana de la niñez. El P. Míguez pasó haciendo el bien.

n) Doña Victoria de Francisco Benavente, 23.IX.1978

Era hija legítima de Carlos y Eugenia. Nació en Getafe; cuenta 87 años, es viuda. Con domicilio en calle Mariano Ron, nº 4 principal. Getafe[Notas 14]. Extractamos.


1º. Conocí y traté, a través de la dirección espiritual, al P. Faustino, desde que hice la primera comunión hasta poco antes de su fallecimiento.

2º. El S. de D. era un gran director espiritual; a poco que yo hablara, conocía y se daba cuenta del estado de mi alma. Tratar con él de la propia intimidad, era encontrar camino seguro, paz y deseos de perfección. La mejor prueba de sus grandes cualidades como guía de espíritus, era el asiduo grupo que esperaba cada día a que abrieran la puerta de la iglesia de los PP. Escolapios. El S. de D. estaba sin falta en el confesonario, bien antes o después de que celebraba la santa misa. En él no se podían buscar grandes pláticas. Tan preciso y acertado que solo empleaba las palabras precisas y nada más.

Exigía el propio esfuerzo pero sin imposición. Presentaba el camino y los medios para recorrerlo. Daba mucha importancia a la oración y a la presencia de Dios.

5. M. Dolores Carrillo Lobo, “Fragmentos históricos”, 2.IX.1978

Se trata de un escrito breve que ocupa tres folios a máquina. La religiosa ratificó esas sus afirmaciones ante don Juan M. Mariño Varela, párroco de S. Eugenio en Getafe, y de dos testigos, a saber: don Carlos Silva Resina, Licenciado en Derecho, y don Florencio Blázquez Hernández, economista, residentes ambos en Getafe.

Referente a lo sucedido en el año 1924 sólo puedo hacer referencia a los acontecimientos de los que fui testigo ocular.

1º. En aquel entonces era M. María Casaus, Superiora de Chipiona de la que yo formaba parte.

2º. Ignoraba que la mencionada Madre fuera llamada a Consejo reiteradas veces. Sólo pudimos comprobar su nerviosismo en idas y venidas al Santuario de Regla. Entraba y salía, pero nunca nos dijo una palabra de lo que sucedía a su alrededor.

3º. Un día, por la noche me llama y comunica que debo acompañarla a Sevilla pero silenció a qué y a quién íbamos a visitar. Fuimos al obispado y nos entrevistamos con Mons. Enrique Almaraz que después de un intercambio de saludos, inmediatamente M. Casaus entrega unas cuartillas escritas, que Mons. Almaraz lee con suma atención en silencio. Termina la lectura, las dobla y se las entrega diciéndole muy cariñoso y a la vez interesado por el asunto: “Vaya canto antes, esta misma noche viaje, y entrevístese con el Sr. Nuncio”.

Si no viajó aquella misma noche es porque noche es porque no había medios de locomoción. Pasamos la noche en nuestra casa de Sanlúcar de Barrameda y […].

4º. Me llamó mucho la atención que siendo ella Vicaria General no ocupara el puesto que le correspondía al fallecer M. Julia Requena.

5º. Después de su entrevista con el Sr. Nuncio, ya no regresó a Chipiona. Quedó en Getafe castigada por (ignoré quién) hasta la llegada oficial de unos documentos que decían el motivo o motivos por los cuales estaba incomunicada en nuestra Casa de Getafe.

Causas, según aquellos documentos, desobediencia reiterada al no acudir a las llamadas del Consejo General después de la muerte de M. Julia, por cuyo motivo se le habían aplicado los principios de Gobierno, según las Constituciones, y que al tener un impedimento Canónico no podía gobernar la Congregación como General hasta le próximo Capítulo.

Yo nada de eso creí, al igual que todos los miembros de mi comunidad. Era nuestra Superiora y nos dolía todo lo que a ella le afectara.

M. María Casaus era muy reservada y de estos acontecimientos tampoco informó a la Comunidad, y dudo que a alguien en privado se lo dijera. Ella acudía a los estamentos eclesiásticos en busca de orientación o solución.

Ante este embrollo de cosas tomé la determinación de retirarme del Instituto y gracias al P. Azurmendi, franciscano, pude superarme. Me tranquilizó al decirme que todas las Congregaciones en sus principios habían pasado por estas luchas y dificultades y que ésta era una gran prueba de que era Obra de Dios y el P. Fundador, un santo.

6º. En el verano de 1924 fui trasladada a Getafe, allí estaba la M. Casaus pero nunca hablamos de estos problemas, pero algo percibí sobre todo un día en que, al ir a servir el almuerzo al Sr. Visitador Quevada me encuentro a la Margarita de rodillas y al Sr. Queveda de espalda, paseándose y gritando muy descompasado a M. Margarita, y ésta pidiéndole la escuchara. Me retiré rápido, pero muy mal impresionada de este Señor.

Después en los preparativos del Capítulo General (8 de noviembre) se oían grandes discusiones, en que la voz que más sobresalía era la del mismo Señor Queveda.

7º. El Padre Fundador no visitaba la casa nuestra y no intervino en ningún asunto del Capítulo General, cosa que me llamó mucho la atención. En este Capítulo salió elegida M. Natividad Vázquez cuya tarea principal fue la de restablecer la paz y tranquilizar los ánimos de todas las religiosas, principalmente de aquellas que de alguna forma habíamos estado implicadas. Yo estaba muy preocupada por unos documentos que sin tiempo a leerlos me habían hecho firmar (no recuerdo bien, si M. Margarita Artime o M. Mª Amada) y M. Natividad, actual General en aquel entonces, me tranquilizó diciendo que todo se había quemado, que me quedara tranquila respecto a todo lo acontecido. Ella me pidió que no hablara a nadie de esto, porque ya todo había pasado.

Dije todo lo que fui capaz de recordar sobre aquellos acontecimientos dolorosos sí, y gracias a Dios, de muy corta duración.

Madrid, 2-9-1.1978.

6. Espiritualidad del S. de Dios, 1.XI.1980

A nuestro juicio y después del estudio €de cuanta documentación hemos manejado y del estudio del largo epistolario inédito del S. de D. (más de 800 cartas y otros escritos), creemos ver, en el itinerario espiritual de su vida, unos como hitos, mojones o cumbres cada vez de mayor elevación, en los años de 1891, 1909, 1992, y 1924-25.

En efecto, en 1891, después de sentidos forcejeos, sometiéndose al deseo del General de las Escuelas Pías, P. Mauro Ricci, sacrifica lo que amaba más que su propia vida, esto es, su honor y el de su Obra, la Congregación de las Hijas de la Divina Pastora; y al realizar este sacrificio verdaderamente heroico en sí (y mucho más para un español), se ve obligado por su superior provincial a presentar la renuncia de su cargo de Director de las Hijas de la Divina Pastora por él fundadas. Desde entonces su ascensión espiritual parece realizarse a grandes pasos. Si bien se observan, en sus años juveniles, actitudes de justificación y aclaraciones, se nota un progresivo avance en el camino de la humildasus reclamaciones, cied, de la renuncia de sí mismo, del abandono total de su vida y Obra en la voluntad de Dios, llegando a ser habitual en él la heroica postura de desear la destrucción y desaparición y desaparición de su Instituto femenino, si no ha de resultar para la mayor gloria de Dios y bien de las almas.

Sus reclamaciones, cierto, siempre se basaron en la búsqueda de la observancia religiosa y del cumplimiento de la legislación de la Iglesia. Su rectitud de conciencia no se torció jamás desde la juventud hasta el último suspiro.

Si bien ya en 1859 se advierte su disponibilidad para la muerte, tónica que se conserva a lo largo de su epistolario (siempre se cree cercano a la muerte; acaso asome este pensamiento más de 50 veces en años diversos, desde 1909 aparece en él el ansia del martirio… Y se firma con cierta frecuencia el “Mártir sin corona”.

En 1922 su oración, su consagración a Dios, sus deseos son los de un justo consumado en la santidad; su testamento espiritual y el codicilo que le añade, son otras tantas pruebas de la finura alcanzada por su espíritu totalmente absorto en Dios y despreocupado de las cosas terrenas.

Finalmente en la tragedia, que le cayó encima en 1924, su inmolación a la voluntad de Dios fue sencillamente heroica, después de realizar cuanto creyó obligado en defensa de los cánones del Derecho Canónico y de las Constituciones de su Congregación; supo someterse heroicamente: “Dejemos hacer a Dios, que para mejor será”. Y acaso su heroísmo llegó al máximo al escribir, con los agarrotados dedos de sus manos gotosas, aquel billetito en el que declaraba humildemente que el Señor le había hecho conocer, en una de sus últimas misas, que todo había sido fruto de su equivocada interpretación de una carta del Cardenal Protector… Esta humillación y sinsabor acabó de purificarle hasta el último instante, bien que resignado y fiel a su principio: “Dejemos hacer a Dios”, como lo aprendiera de S. J. de Calasanz que lo mismo repetía al ver destrozada su Orden religiosa por un decreto pontificio…

Pero mejor que nosotros han penetrado las Hijas de la Divina Pastora en la esencia de la espiritualidad del Fundador, a través de lo que hizo y dijo para transmitir a ellas su propio espíritu.

Extractamos de un escrito poligrafiado, que se circuló a las casas de las Hijas de la Divina Pastora, en la fecha indicada, y titulado así: “En homenaje al P. Fundador en el XXX aniversario del traslado de sus restos. Getafe, 12 noviembre de 1950-1980”.

Es obra colectiva de varias religiosas. Tiene dos partes. Hace la presentación y ofrecimiento la Rma. M. General Almudena Rodríguez Diéguez.

Trascribimos, en su forma original, la segunda parte, titulada “Nuestra espiritualidad”, que naturalmente es la del Fundador y por él recomendada a sus Hijas.

NUESTRA ESPIRITUALIDAD
RASGOS PECULIARES
No vivo yo, sino que es Cristo que vive en mí. (Gal. 2,20).
Todo lo puedo en Aquel que me conforta. (Fil. 4, 13).

1. Cristocentrismo

“Tomar a Cristo por único y perfectísimo modelo en todo y renunciar por Él a todo lo que no sea para honra y gloria del mismo, que tenía por única comida el hacer la voluntad del Padre”.
“Deben ser imagen de Cristo, como Él lo es de su eterno Padre”.
“Se unirán por completo a Cristo, para Él sólo tratarán de agradar en todos sus actos”.
“Unirse a Jesucristo de tal modo, que para Él siempre vivan y solo a Él traten de agradar en cuanto digan, hagan y piensen”.
“Esposas del que nació en un pesebre y murió desnudo en una cruz”.

El P. Fundador nos presenta un seguimiento de Cristo, al estilo paulino. Total identificación con Él. Nos lo presenta en su Encarnación. Se anonada por el hombre, por nuestra salvación. No olvidemos que se puso de “La Encarnación” como nombre. Se compenetró totalmente de este misterio de anonadamiento de Cristo.

“La verdadera dicha está en parecerse, está en seguir, está en imitar al Autor de la vida, a solo Jesucristo” (Ep. 23. III.1889).

Nos presenta a Cristo Crucificado de una manera insistente y en distintas partes de las Reglas de 1897 y en su Epistolario.

Nos propone seguir su ejemplo de renuncia, de anonadamiento, de dar a vida por el prójimo. El aspecto de la Pasión del Señor es el que más fuertemente recalca.

Se explica en nuestro Fundador esta insistencia y tiene un sentido, porque la virtud fundamental, que pone como base, es la humildad, como principio de caridad, pobreza y obediencia. Presenta ejemplos de la Pasión de Cristo, como camino a seguir por la religiosa Hija de la Divina Pastora. De ahí nace la contemplación de la Pasión en el ejercicio del Vía Crucis, que el Padre recomendaba. Podríamos interpretar hoy, el sentido pascual de la consagración, que nos presenta la doctrina conciliar, que por supuesto el Padre lo expresa con la terminología de su tiempo.

Otra devoción recomendada es la del CORAZÓN DE JESÚS. Son expresiones suyas:

“Si de veras quieres ser sana y perfecta, mira de continuo al Corazón de Jesús, este es el libro y la escuela de la más sublime perfección”.

Lo presenta como modelo perfecto de cristiana mansedumbre: en rostro: calma, serenidad; en su corazón: apacibilidad, tranquilidad. De ahí que entre las devociones de la Congregación el triduo al Sdo. Corazón y el Mes a Él dedicado, escrito por el mismo P. Faustino.

Finalmente: la EUCARISTÍA. La llama Sacramento del Amor:


“¿Puede llegar a más la caridad de Jesús, cuando no contento con haber ocultado su divinidad tras el velo de la asunta humanidad, quiso ocultar esta humanidad y la misma divinidad bajo la pequeñez de las especies sacramentales para darse en alimento y comida de sus criaturas?”.

2. Aspecto trinitario

Devoción predilecta del P. Fundador a este insondable misterio.

Al Padre: adoración, alabanza; oblación, obediencia; providencia, confianza.

Al Hijo: como modelo y maestro, imitación de su vida. Identificación con El.

Al Espíritu Santo: como santificador.

“Haced, Dios mío, que descienda vuestro Espíritu, para que nos inflame en su divino amor y nos llene de sus dones” (Ep. 23. III.1889).

Por eso recomendaba rezar El Trisagio como oración de alabanza a la Sma. Trinidad, precisamente el domingo.


3. El Modelo de toda Hija de la Divina Pastora

El P. Fundador nos pone a María como modelo.

“El sublime ejemplo de vuestra Sma. Madre, que es el más acabado y en el que se ven reunidos todos los rasgos de la perfección cristiana”.

De esta manera clara y explícita reitera por escrito a sus religiosas cuál es el modelo a seguir en su vida consagrada: María mujer fiel.

Dice “sublime”, “el más acabado “, donde encontraréis todos los rasgos de la perfección cristiana. Nada menos dice: “Propio de hijos bien nacidos honrar con su ejemplo el que su Madre les dejara en sucesión”.

Nos invita a la perfección y nos deja a María como modelo de todas las virtudes. Nos impulsa a ser santas, según este modelo y aún recalca: “Ni permita Dios que, en cuanto añada, se encuentre algo que no esté basado en este modelo sublime, que os pongo al frente”. Quiere decirnos: Vive tu consagración como María; ámala, conoce tu vida, asimílala para ti.

El modelo está para que aprendamos de él, imitemos su ejemplo, asimilemos su contenido.

Va enumerando el Padre actitudes de María: “Virgen no sólo en el cuerpo… sino también en el espíritu”.

Sentido pleno de virgen consagrada. Liberación en la profundidad del ser.

“Alcanza, transforma y penetra el ser humano hasta lo más íntimo hasta una misteriosa semejanza con Cristo” (ET, 13).

El P. Fundador, adelantándose a su tiempo, intuye el profundo sentido de la virginidad, como transformación interior de la persona que hace fecunda su vida.

“Era humilde de corazón”.

Va siempre a la perfección del ser. Habla de humildad de corazón. Por eso María, Virgen pobre, fue capaz de obedecer y amar, porque sintió su pequeñez frente a la grandeza de Dios. “Candor”, sinceridad, vivir en la verdad. Fidelidad a Dios y a los hombres. “Prudente”, reservada. Mujer con capacidad de silencio y contemplación. Llegó a esto, porque sabía callar y escuchar. “Aplicada a la lectura”. A la Palabra de Dios en el secreto de su corazón. Escucha a Dios, se dispone a cumplir su Voluntad en el servicio a los hermanos.

“Más ponía su confianza en las oraciones de los pobres, que en la incertidumbre de los bienes de la tierra”.

Confía más en la oración de los pobres. Los humildes de corazón, los que necesitan de Dios y de los hermanos, los que renuncian al egoísmo y al orgullo y en su sencillez descubren a Dios. De esta oración se fiaba María.

“Se ocupaba en el trabajo”: su tiempo no lo podía desperdiciar.
“Dispuesta a hacer el bien a todo el mundo”

Constante actitud de servicio, no vivía para sí: 1º Para Dios: oración; 2º Para los demás: trabajo, sacrificio.

“Se regía en todo por la razón”.

Mujer plena, humanamente sensata, utilizaba la inteligencia y la razón para obrar. Es decir, plenamente mujer.

“Amaba fervorosa la virtud”.

Lo podemos traducir: reproducía en su vida la imagen de Dios. Compenetrada con Él en identificación, porque la gracia hacía maravillas ante su disponibilidad, aceptación y colaboración personal.

“En su mirada brillaba la benignidad”…

Su porte, su figura, su presencia, reflejaban la vida interior que llevaba. Era un vivo testimonio de paz, de sereno gozo.

“Siempre ajena a la vanidad”.

El móvil de su vida: la caridad que no tenía límites.

Toda su vida fue una entrega total. El descanso del cuerpo era un “éxtasis del espíritu, todo absorto en la contemplación de las verdades que meditaba en la vigilia…”

Nada le pertenecía, todo de Dios.

“Dejaba… los vestigios de la virtud…” Diríamos que fue un testimonio viviente de Cristo.
“Tal fue la Madre, tales deben procurar ser sus hijas”.

Mucho nos exige. Traduzcamos este texto maravilloso y denso a un lenguaje actual, evangélico y teológico, según las exigencias del Vaticano II y reflexionemos seriamente, pero al mismo tiempo con serenidad, con calma, con actitud humilde. ¿Qué nos pide hoy la Iglesia, el mundo, los hombres? ¿Qué nos dice nuestro Fundador?

Este es el ideal de mi Instituto. Debo intentar caminar hacia él. Primero conocerlo a fondo, compenetrarme con él y luego dejarme conducir por el Espíritu, dejarme transformar, dejar hacer a Dios.

“La inmensa distancia…”

El pobre de espíritu, el “humilde” no se acobarda, ni se desanima, a pesar de verse necesitado, sino que en actitud de desnudez, porque nada tiene, todo lo espera, confía en Dios, cree de verdad y comienza cada día de nuevo, porque sabe que nada merece por sí mismo sino que todo viene de Dios, que lo concede y lo da, porque así lo prometió y es fiel a su palabra. Confiadamente se abandona en sus manos y deja actuar a Dios.

“Y vosotras añadid una docilidad sin límites a sus inspiraciones”. Dejarnos conducir por el Señor. Guardar silencio interior para escuchar su Palabra y dejarnos transformar por su gracia.

“Y un espíritu cada vez más humilde y reconocido a sus beneficios, y sobre todo al de la vocación”. El humilde es agradecido, reconoce que lo recibe gratuitamente sin merecerlo. Presenta la vocación como “don”.

Que aspiremos a la santidad de vida confiadas en Él pero sobre todo, de la mano de María, Pastora de las almas. Por eso el P. Fundador nos recomendaba estas devociones:

-el Ángelus: valor de la contemplación del misterio de la Encarnación, del saludo a la Virgen y del recurso a su intercesión (M C 41).
-Rosario: oración de alabanza y súplica, oración evangélica centrada en el misterio de la Encarnación redentora. Plegaria de orientación profundamente cristológica.
-Bajo tu amparo, para terminar todos los actos bajo la protección de María.

4. Virtudes que nos exige nuestro Padre Fundador

a) Humildad

En las Reglas de 1897, cap. V, “Prescripciones y máximas”, n. XXIII pone:

“Serán humildísimas en toda su conducta… emulando la de aquella, que se llamó esclava del Señor, que la había escogido para su Madre, y a este propósito:

1º.referirán, a sólo Dios, cuanto próspero les suceda…
2º.detestarán toda distinción…
3º.desearán y agradecerán los desprecios y se confundirán tanto más en todo, cuanto mejores fueren y más favorecidas de Él por lo mucho que les obliga”.

El P. Fundador nos propone centrar nuestra vida en esta virtud. “El humilde cantará victoria”.

Fundamento sólido de toda virtud: los dones y talentos me los dio Dios, no me pertenecen.

No puede crecer y fructificar el amor en un corazón egoísta. Quien se humilla está abierto a recibir. Como es consciente de que nada es suyo, vive en alegría constante, nada le perturba ni le quita la paz. Si le dan alabanzas, no son para él; si no las dan, no sufre por carecer de ellas, porque la recompensa que espera es la paz del corazón.

El humilde es el pobre de espíritu, de corazón abierto. Por eso el P. Fundador tanto insistía. Sin este cimiento firme es imposible caminar a la santidad, es imposible agradar a Dios. Además, “humildad es verdad” (Sta. Teresa), reconocer las capacidades y virtudes, para ponerlas al servicio de mis hermanos. No me pertenecen.

Para el Padre no puede existir una auténtica vida religiosa sin esta base fundamental; por eso tantas veces la repite en las Reglas y en sus cartas. Cuando nos pone a María de modelo dice: “Humilde de corazón”. “En humillarse de corazón y de palabra y de obra y de pensamiento… llegará a la verdadera caridad” (Const. n. VII, 1897). Abarca toda la persona en la profundidad de su ser, los sentimientos más íntimos del corazón, la palabra y las obras su expresión. Es decir: ser y expresar lo poseído de esta virtud.

“Practicar todos los ejercicios, tanto corporales como espirituales, con espíritu de humildad, sencillez y caridad” (Virt. Fundam. Cap. II Reglas 1897).
“Desechar toda alabanza y referir a Dios, de quien le viene todo lo bueno que posee y los buenos resultados que obtenga en todo”.

Insiste reiteradamente en el Cap. Sobre las jóvenes que ingresan al Instituto; y recalca al indicar a la Maestra de novicias en qué virtud debe ejercitarlas:

“La humildad que la haga fiel a Dios y al prójimo y humilde de espíritu y de corazón” (Virt. De la Maestra, cap. XVII).
“La preserve de la vanagloria, de la ambición, de la envidia y la incline a comunicarse con los humildes y pequeños y les anime en sus desalientos y confusiones”.

En este apartado el P. Faustino enuncia una definición muy completa: “Fiel a Dios y al prójimo”

b) Fidelidad

Es la capacidad de responder constantemente a la voluntad de Dios. Si Padre. De permanecer en la Alianza prometida. En no fallar al compromiso.

Sólo el humilde es capaz de vivir en esta permanente aceptación de los planes de Dios sobre su vida y en fidelidad al hombre, porque quien se da plenamente a Dios y se deja llenar de Él, puede responder a sus hermanos, descubrir su misterio y entregarse libremente a su servicio.

Esto es vivir en actitud permanente de “Si” al Padre y de “Si” a los hermanos. “Comunicarse con los humildes y pequeños”. Sólo un corazón humilde tiene capacidad para comunicarse con los sencillos.

c) Sencillez

“La sencillez, que pone de relieve las cualidades del espíritu y los nobles sentimientos del corazón” (Ep. Marzo 1890).

El P. Fundador presenta esta virtud como la cara externa de la humildad. Le da mucha importancia como testimonio de vida consagrada, para atraer a los pobres y pequeños.

Esta virtud sobresalió siempre en nuestro Instituto; es un rasgo peculiar, que debe ser expresado en coherencia con nosotras mismas y con quienes nos rodean.

d) Abnegación

“Estar dispuestas para cuando las circunstancias lo pidan, a sacrificarse por el prójimo y a dar por sus almas hasta la propia vida”.

Lo traducimos hoy por la disponibilidad total, por entrega de todo mi ser a los demás. “De todo lo que somos y tenemos”. Llega al extremo de proponernos el dar la vida por los hermanos, si llegara la ocasión.

Notas

  1. De M. Sagrario nos hemos ocupado ya anteriormente.
  2. M. Catalina González era natural de Aguilar del Campo (Valladolid), donde naciera el 4.I.1895. Conoció al P. Faustino en 1911. Hizo su profesión temporal el 16.I.1916, la perpetua el 15.I.1921. Se dedicó a las tareas domésticas en las casas de Aspe, Getafe (1918-1927), Sanlúcar, Getafe segunda vez, aquí le halló la persecución religiosa; Chipiona, Martos y Monóvar; a esta casa llegó en 1950 y en ella falleció el 25 de marzo de 1979 a los 84 años de edad (Cf. Arch. de la Curia General de las Hijas de la Divina Pastora: Carpeta “Necrologías”. Ficha personal). Hizo su declaración jurada ante don Juan Mariño Varela, párroco de S. Eugenio de Getafe y de los testigos Carlos Silva Resina y Florencio Blásquez Hernández.
  3. M. Sagrario Pinilla Pradera hizo su declaración jurada ante su párroco (firma ilegible) y los testigos R. Pinilla y Concepción Cid. Hay el sello. Nacida en Madrid (22.VI.1896) y bautizada con el nombre de M. Dolores. Ingresó en el Instituto el 16.VIII.1916, emitiendo los votos perpetuos el 30.IV.1923. Se dedicó a clases de labor y piano. Enseñó en las casas de Monóvar, Beas de Segura, Martos, Orense, Monforte, Madrid, Alicante, JEREZ DE LA Frontera, Salamanca y Alicante. Gobernó como superiora las casas de Madrid (1944-48). Monóvar (1950-1953), Beas de Segura, Jerez de la Frontera (1954-57). Falleció en Alicante (15.IV.1979) (Ficha personal en Arch.) Gen. Divina Pastora).
  4. Dio su testimonio jurado ante el párroco de San Eugenio de Getafe y el testigo de Francisco Rosada. El P. Aurelio Isla nació en Higón (diócesis de Burgos) el 8.IV.1899. Tomó la sotana escolapia el 1.VIII.1915 precisamente n Getafe después de un tiempo de postulantado, al cual hace referencia en su declaración. Profesó de votos simples el 13.VIII.1916 y de solemnes en 1921; al año siguiente se ordenó sacerdote. Su currículo en la Escuela Pía de Castilla ha sido muy notable y su nombre se pronuncia con gran respeto, por los cargos de rector y fundador de varios colegios.
  5. Hace su declaración jurada ante D. Francisco M. Alberca, cura ecónomo de S. Pedro Apóstol de Daimiel, y de los testigos don Vicente Noblejas Flores y don Narciso Lozano Ruiz-Valdepeñas. Hay el sello
  6. Declara bajo juramento ante don Francisco M. Alberca, cura ecónomo de la parroquia de S. pedro Apóstol de la ciudad de Daimiel y los testigos don Vicente Noblejas Flores y don Narciso Lozano Ruiz-Valdepeñas. Hay el sello.
  7. Declaró ante don Francisco M. Alberca, cura ecónomo de la parroquia de S. Pedro Apóstol de Daimiel y ante los testigos don Vicente Noblejas Flores y don Narciso Lozano Ruiz-Valdepeñas. Hay el sello.
  8. Hace su declaración jurada ante don Juan Mariño Varela, párroco de S. Eugenio, de Getafe, y los testigos don Carlos Silva Resina, Licenciado en Derecho. Y don Florencio Blázquez Hernández, Economista. Hay el sello.
  9. Declara bajo juramento ante don Juan M. Mariño Varela, párroco de San Eugenio de Getafe, y los testigos don Carlos Silva Resina, Licº en Derecho, y don Florencio Blázquez Hernández, Economista. Hay el sello.
  10. La Madre Dolores Carrillo Lobos nació en Madrid el 16.I.1902. Fue alumna interna del Asilo de Huérfanas de Getafe, donde conoció al P. Faustino a los doce años. Profesó en la Congregación el 27.IX.1921 y definitivamente el 3.X.1926. Trabajó en diversas casas como la de Chipiona, Getafe (1944-1950), Daimiel y por fin se halla viviendo en la actualidad en la casa-colegio de Madrid, colegio de Nª Sra. de la Natividad, totalmente lúcida y ayudando por turno en la portería y en la sala de estudio de las niñas (Cf. Archivo de la Curia General de las Hijas de la Divina Pastora).
  11. Hizo su declaración jurada ante don Juan Mariño Varela, párroco de San Eugenio, de Getafe, y de los testigos don Carlos Silva Resina, Licº en Derecho, y don Florencio Blázquez Hernández, Economista. Hay el sello.
  12. Declaró con juramento ante don Juan M. Mariño Varela, párroco de San Eugenio, etc. como en la nota 12.
  13. Hizo sus declaraciones ante el mismo párroco y testigos de las notas 12 y 13. Nació en Sanlúcar de Barrameda (4.VI.1898). Su nombre de pila fue el de Dolores. Era el nº 77 de Congregación, en la que ingresó el 20.V.1914. Su profesión temporal ocurrió el 15.I.1916, la perpetua el 19.I.1921. Dedicóse a las labores y música de 1916 a 1936 enseñó en las casas de Beas de Segura, Martos, Belalcázar, Sanlúcar y Monóvar (1931-1956). Fue superiora de la casa de ejercicios de Sanlúcar y Procuradora General de la Congregación desde 1947 a 1872 ininterrumpidamente. Actualmente pertenece a la casa de Getafe (Cf. Ficha Personal: en Arch. de la Curia Gen. Hijas Divina Pastora).
  14. Hizo su declaraciones ante el mismo párroco y testigos que figuran en la nota 12.