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CARIDAD HEROICA PARA CON DIOS

63.El que me ama guarda mis Mandamientos, dijo Jesucristo. El P. Faustino no sólo los Mandamientos, sino los consejos evangélicos observó todos los días de su larga vida, con una exactitud y una escrupulosidad admirables y prodigiosas, venciendo valerosamente cuantas dificultades y obstáculos le salieron al paso. Otro tanto podemos decir de las Reglas y Constituciones de la Orden Escolapia. Por lo cual bien se puede afirmar que su caridad y amor para con Dios fueron por él practicadas en grado heroico.

64.Este amor a Dios fue creciendo en su corazón conforme iba avanzando en edad, porque el P. Faustino vivió con el pensamiento siempre puesto en Dios. Y siendo cierto que con la meditación de los atributos divinos crece en el alma la caridad, en la suya debió alcanzar proporciones gigantescas, debido a esta contemplación habitual de Dios en que vivía.

65.Para que esta caridad fuera la reina de su corazón y la dueña y señora de su alma quiso desligarse de todo afecto a las cosas de la tierra y entregarse solamente y totalmente al amor de Dios y de María Santísima. Para eso da un adiós definitivo al mundo y sus vanidades, abandona la casa de sus padres e ingresa para siempre en las moradas del Señor, y ya en el Noviciado de las Escuelas Pías se ofrece al Señor en holocausto, por medio de la Profesión Solemne, el 16 de enero de 1853.

Unido estrechamente a Dios con los Votos perpetuos, como son vínculos eternos de amor, ya no pensó más que en agradarle. Ese día entró en plena posesión del tesoro escondido en el campo de su alma. Te tengo y no te dejaré, le dijo al Señor con la Esposa de los Cantares. La placidez de su rostro, siempre sereno, indicaba que gozaba su corazón de sosiego y quietud de eternidad, porque había ofrecido al Señor la vida en holocausto perfecto. Los momentos de su existencia pueden ofrecer variaciones por la diversidad de sus actos. En el fondo son uniformes, idénticos, más aún, parece un solo y único momento, encarnando el mismo pensamiento, el mismo querer, el mismo afecto, el mismo fin: servir y agradar a Dios en todo y sobre todo.

66.Como el fuego irradia calor a su alrededor dondequiera que se encuentre, el corazón del P. Faustino, siempre enardecido en el fuego del divino amor, manifestaba su fervor inextinguible en todas sus conversaciones, experimentando un placer singular cuando se hablaba de Dios. Este fervor extraordinario lo comunicaba a sus penitentes y dirigidos, en el confesonario y en su copiosa correspondencia, toda ella llena de Dios. Cuando hablaba con sus Monjitas se desbordaba a sus anchas, y en sus fervorosas pláticas parecía un torrente que descendía del Cielo.

Nos ha dejado un monumento de esta su inmensa caridad para con Dios, y es su MES DEL SAGRADO CORAZON DE JESUS, publicado en 1904, en cuyas páginas volcó todos los deliquios de su amor al Redentor y a su excelsa Madre, la Santísima Virgen, en las dos secciones que integran las meditaciones de cada día del mes: EL ALMA A JESUS Y MARIA AL ALMA.

67.Este amor esplendía en fulgurantes llamas cuando se trataba del Santísimo Sacramento, de quien era especialísimamente devoto. En la tribuna de la Iglesia de Getafe se le veía con frecuencia haciendo la visita al Santísimo y parecía un serafín por su aspecto de recogimiento y de fervor. A sus Religiosas les recomendaba esta devoción de una manera especial. El señor Arcipreste de Daimiel, don Tiburcio Ruiz, visitó en cierta ocasión el Colegio de PASTORAS CALASANCIAS de Getafe, en cuya sala de visita las Monjitas le obsequiaron con una copita de vino. Se hallaba ahí el P. Faustino, e inmediatamente de tomada aquella por el ilustre visitante, el P. Faustino, con voz fervorosa, dijo: “Pero no hemos visitado al Amor”, e inmediatamente fueron a la Capilla e hicieron la visita a Jesús Sacramentado.

68.El pensamiento de Dios esplendía sin cesar en las pupilas de su mente. En todo veía a Dios y sus obras. Decía que Dios bondadosísimo había creado amorosamente las plantas y las medicinas para provecho del hombre y que éste debe saber hacer aprecio de las mismas. En este sentido, en su portentosa ciencia médica, él no hacía sino secundar el plan amoroso del Creador.

Para él Dios era siempre lo primero. Hacía varios días que iba discurriendo en la fórmula química que curara la enfermedad de la diabetes, y n acertaba la solución. Se puso a rezar las Horas Canónicas, y de repente le viene a la imaginación la anhelada fórmula, estando rezando, con la consiguiente tentación de interrumpir el rezo. Lo primero es Dios, se dice para sus adentros, y continúa el rezo hasta terminarlo. Y sólo entonces va a anotarla, regocijado por el invento.

69.Su caridad ejercía un contagio divino en quienes le rodeaban. Por eso el P. Maestro de Novicios de Getafe, Domingo Baña, quiso que fuera el P. Faustino quien impusiera a todos los Novicios el escapulario de la Inmaculada, el 25 de enero de 1900, y les hablara, al propio tiempo, de la Santísima Virgen. Y de tal manera les habló de la devoción a María que, según nos decía uno de esos Novicios, el M. R. P. José Olea Montes, cincuenta y dos años más tarde, sus palabras quedaron grabadas como fuego en sus juveniles corazones.

70.Su corazón era como una lámpara sagrada que mantiene siempre viva e inextinguible la llama del amor divino. Por eso dice a sus Religiosas en la primera parte de sus Consejos: “Lograréis vuestra santificación amando y sufriendo, guardando los Mandamientos, amando sin cesar a Dios como los bienaventurados en el Cielo, andando siempre en su presencia para no ofenderle, procurando cumplir en todo su santísima voluntad y haciendo, aun las cosas más insignificantes, por su amor y gloria”.

71.Este amor a Dios era, sin duda, el imán maravilloso que ejercía un celestial atractivo en cuantas personas frecuentaron su trato y tuvieron la dicha de ser sus confesadas o dirigidas. Los niños, especialmente, parece que se sentían subyugados. Cuando los preparaba para la Primera Comunión, y los preparó muchos años, se transfiguraban en verdaderos ángeles en los momentos preciosos de albergar en sus pechos aquel Jesús, de cuyas bondades y amor con tanta elocuencia y fervor el P. Faustino les había hablado en sus pláticas preparatorias.

Notas