ProcesoBeatificaciónArtículos/ESPERANZA HEROICA

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FE HEROICA
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CARIDAD HEROICA PARA CON DIOS
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ESPERANZA HEROICA

54.De la Fe nacía y se nutría en el siervo de Dios la virtud de la esperanza, esperanza igualmente heroica que su robusta fe. Por ella abrigaba la dulce confianza de conseguir la eterna salvación y los medios necesarios en este mundo para obtenerla. Los méritos de Jesucristo y la protección de su hermosa Madre, la Divina Pastora, formaban el celestial regazo en que esta esperanza reposaba.

55.Esta esperanza de lo celestial puso en esforzado corazón renunciamientos admirables de todo lo terreno, que solamente apreciaba como trampolín para elevar el espíritu, en cuanto pudiera servir a la caridad y al bien espiritual de las almas. Bien se vio en el tesoro inapreciable de sus específicos, de cuyo producto, no queriendo nada para sus comodidades o regalos, pues llevó siempre una vida austerísima y pobre, los hizo servir, con las debidas autorizaciones, para la realización de su portentosa obra de caridad, con la fundación del Pío Instituto de sus Hijas de la Divina Pastora.

56.Fue la esperanza, en el piadoso corazón del P. Faustino, columna inconmovible, que ni las borrascas de las contrariedades ni el fuerte huracán de la tempestad persecutoria pudieron hacer bambolear. Descansaba sobre la roca inquebrantable de su confianza en la bondad infinita de Dios y de la amorosa protección de la Santísima Virgen. Siempre resonó en sus labios el mismo eco, indicador de este sublime abandono a la voluntad divina: DEJEMOS OBRAR A DIOS, PARA MEJOR SERA.

57.El Señor permitió que su esperanza fuera probada con la prueba más terrible, como suele acaecer, en sus principios, a todas las grandes obras perdurables. Hubo una Religiosa que, pretendiendo defender una mal entendida legalidad, provocó una especie de cisma en la naciente Congregación. Su talento excepcional, su verbo cálido y su astucia habilidosa, consiguieron arrastrar a su bando incluso a varias Superioras Locales. La escisión ocasionó la perturbación consiguiente, con la amargura de corazón que se puede suponer. Para el venerable Fundador P. Faustino, todo paz, mansedumbre, concordia y caridad, fue una lanzada terrible en medio del corazón. Pero ni en estos momentos de tribulación amarga, sucumbió la columna de su esperanza heroica en la Divina Providencia. Sufrió, aconsejó, esperó, confió, gimió, oró, y el Señor premió su Fe y su Esperanza. La Religiosa en cuestión pidió la salida de la Congregación. Todas las demás obedecieron, dóciles, la voz de la Iglesia. Pasó la tempestad; renació la calma; y el pacientísimo Fundador, como Pastor bueno de las almas, tuvo el gozo infinito de ver a todas sus ovejitas agrupadas estrechamente en torno a la Divina Pastora.

58.Refiriéndose a las incidencias penosísimas que pusieron a prueba de fuego su firme esperanza en Dios les dice a sus Religiosas en la serie primera de sus Consejos: “A nada perdonó el infierno para ahogar vuestra Congregación en su cuna. De cuántos medios se valió para realizar sus proyectos. Y lo más raro, cuántas y qué personas le ayudaron en su tarea. Pero escrito está, Dios es Dios, y hace lo que quiere, y nadie triunfa contra El. Bendito sea ahora y siempre. Ahora bien, Hijas mías, los favores de Dios reclaman una correspondencia tanto mayor cuanto lo son aquellos.

59.Esperaba en Dios, y a Dios encomendaba su defensa. Podía saber y sabía que cierta enemiga de algunos de dentro provenía de envida, de ignorancia o de incomprensión. El callaba y sufría por Dios, y a Dios confiaba su defensa. Escribió, en alguna ocasión, alguna carta en defensa propia; pero fue sólo para evitar que no sufriese menoscabo la obra de Dios.

Una vez, cierto Religioso que tenía un hermano farmacéutico, quiso cediera el secreto de los específicos a favor de éste. La negativa podría carrearle algún disgusto. Pero como él juzgó que no debía hacerlo no accedió, y siguió abandonado en manos de la Providencia.

60.La esperanza dulcísima del Paraíso se le avivó en los últimos años, pareciendo que lo estaba contemplando muy de cerca. A la Madre Aurora Rea, cuando la despidió, en su partida para la fundación de Chile, le dijo con profunda emoción: “Adiós, Hija mía, hasta el Cielo. Deja ahí, en Chile, el pabellón calasancio de la Congregación muy alto, muy alto, muy alto”.

61.Tenía una gran esperanza en la eficacia de la oración. Por eso termina la segunda serie de sus Consejos con estas palabras: “Permitidme, carísimas Hijas, os suplique que roguéis de un modo especial a vuestra Santísima Madre, la Divina Pastora, me alcance de su santísimo Hijo una verdadera contrición de mis pecados y una buena muerte y que después de ésta no ceséis de acelerar con vuestras obras y fervientes sufragios la purificación de mi alma para que postrada a los pies de su Divina Majestad, a fin de darle gracias infinitas, se las pida también yo, muy copiosas, para vosotras, que así os lo prometo. Con el tren (de ultratumba) a la vista, os bendice a todas infinitas veces vuestro Capellán, Faustino Míguez de la Encarnación.”

62.La posesión de Dios en la gloria celestial, he aquí la única aspiración y el único afán de este elevado corazón en los noventa y cuatro años de su existencia. Este hombre de ciencia tan excepcional, cuyo nombre registró la Enciclopedia Espasa como auténtica eminencia, a quien le eran acreedoras de señalados favores colectivos, por el análisis de sus aguas, las ciudades de Cádiz y Sanlúcar de Barrameda; que vio reunidos a las puertas de su Colegio de Getafe centenares de lujosos coches que le traían enfermos de la aristocracia madrileña y de otras ciudades, fundador de una importante Congregación Religiosa en la Iglesia de Dios, autor de unos específicos de maravillosa virtud curativa, este hombre, a quien las gentes tenían y admiraban por tan santo como sabio, se fue a la tumba como había vivido y como aconsejó a sus Monjitas que vivieran, con los ojos en tierra y el corazón en el Cielo. Hoy, que con tanto afán se buscan las “bodas” de plata, de oro y de diamante, los homenajes y las cruces, por lo que las cruces, los homenajes y las “bodas” tienen de esplendor humano, no se acertará a comprender cómo este hombre partió para la eternidad sin más cruz que la de la mortificación cristiana, sin más homenaje que el aplauso de su conciencia y el de su Ángel Custodio y sin más bodas quelas que él anheló toda su vida, las bodas eternas con el celestial Esposo de las almas santas. No quiere esto decir que no apreciara las fechas conmemorativas de los acontecimientos religiosos de sus vida, como aconseja nuestra Madre Iglesia. En 1906, estando en Chipiona, celebró las bodas de oro de su ordenación sacerdotal, pero sin honores exteriores de ninguna clase y si con un fervor singular en las prácticas especiales de piedad, que ese día ofreció al Señor para darle gracias por la altísima merced y dignidad del Sacerdocio.

Notas