ProcesoBeatificaciónArtículos/PRUDENCIA HEROICA

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PRUDENCIA HEROICA

82.La prudencia es fruto, de ordinario, del dominio que el alma tiene del propio corazón. La impetuosidad unas veces y la cobardía otras la hacen naufragar. El P. Faustino tuvo la ecuanimidad y el dominio de sí mismo como característica de su envidiable carácter, a la vez amable, reflexivo y valeroso. No es extraño que poseyera esta virtud en grado heroico. Atendiendo sin duda a esta exquisita prudencia le eligieron los Superiores para mandarlo a Cuba, todavía muy joven, como uno de los fundadores de os Colegios de la isla, cuando, atendiendo a los ruegos de San Antonio María Claret, cada provincia española envió a aquellas lejanas tierras lo mejorcito que tenía.

Cuando los Escolapios de la Provincia de Castilla fueron a hacerse cargo del Real Monasterio de El Escorial, el P. Faustino fue uno de los designados, y a su prudencia se confió la biblioteca del mismo. Al inaugurarse la fundación del Colegio de Celanova, él es el elegido para pronunciar el discurso de la solemne apertura ante todas las autoridades de la provincia y él es el que firma el acta de aquel solemne acto en calidad de Secretario, acta que tenemos en nuestro poder.

83.Esta prudencia resplandecía siempre en él, sin sombras de respeto humano. Estando una vez hospedado en casa del señor Arcipreste de Daimiel, le dieron cita de visita el Jefe político de la comarca, don Daniel Moreno Cervera, y don Federico Pinilla, para las tres de la tarde. Espera media hora, y dice: “Señor Cura, antes es Dios que los hombres. Tengo que rezar. Si vienen, que esperen un poco o que se vuelvan.” Y se va al salón que le hacía de oratorio y reza el Rosario y el Oficio Divino.

Esta prudencia y este tacto le conquistaron de tal manera la confianza de las gentes, que se le confiaban, aun en los secretos más íntimos de conciencia, sin reservas ni recelos de ninguna clase. Estando en Sanlúcar, desde donde tenía que dirigir muchas conciencias por correspondencia, a cada dirigida le dio un número para que, en caso de extravío de la carta, pudiera quedar en secreto la persona. Y él empleaba como firma EL ABUELO.

84.Su prudencia la comunicaba a todos. Estando en Chipiona (Cádiz) hizo de una dirigida suya, Carmen Florido Sáenz, un verdadero apóstol. Esta señora nos decía, cuando la visitamos hace unos meses: “El P. Faustino nos recomendaba con el mayor interés que en el apostolado nunca fuéramos por la tremenda, sino siempre con dulzura, amor y paciencia”, y añadía: “Que más moscas se cazan con una gotita de miel que con un barril de hiel.”

85.Estaba tan convencido de la eficacia de la prudencia que la recomendaba sin cesar. A las Maestras les dice, en la tercera serie de sus Consejos: “No conviene avergonzar en público, sobre todo a las niñas, porque, dado su natural sensible, la corrección no tendrá ventaja alguna y sí muchos disgustos.”

86.Desciende a todos los detalles. En un pasaje de su tercera serie de los Consejos, advierte a sus Monjitas de América: “Respecto a los adornos, tengan presente que no educan niñas para ser Religiosas, sino para que sean buenas cristianas. La que sea llamada al estado religioso, ya dejará de adornarse.”

87.Esta prudencia adquirió grandes relieves durante su Rectorado de Monforte. Halló las relaciones del Colegio con el Municipio en extremo tirantes y delicadas, debido a la conducta poco justa de un alcalde desaprensivo, que no satisfacía nuestro Colegio lo que en toda justicia se le debía. Cuando la galería popular esperaba un estallido escandaloso, la prudencia, suave y enérgica a la vez del P. Faustino resolvió la situación con caridad evangélica.

Con sus súbditos obró maravillosamente, mezclando el celo de la observancia religiosa con la dulzura paternal, de que quiere San José de Calasanz revistan su autoridad todos los Rectores.

88.El fundamento de su heroica prudencia fue su profunda humildad, que le llevaba a su corazón se inflamaba y le hacía buscar en todo y sobre todo la mayor gloria de Dios, como San Ignacio de Loyola, y el mayor incremento de la piedad, como San José de Calasanz.

Notas