Reglas/CAPITULO PRIMERO. PRESCRIPCIONES GENERALES

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CONSTITUCIONES DE LAS HIJAS DE LA DIVINA PASTORA (1889)
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Reglas/CAPITULO PRIMERO. PRESCRIPCIONES GENERALES
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CAPÍTULO II. VIRTUDES FUNDAMENTALES
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CAPITULO PRIMERO. PRESCRIPCIONES GENERALES

Proviniendo del mundo, demonio y carne todos los daños que el alma puede recibir, toda Hija de la Divina Pastora que desee llegar pronto al verdadero recogimiento, silencio, desnudez y pobreza de espíritu, para unirse con Dios, evadirse del mundo, defenderse del demonio y librarse de sí misma, se ejercitará mucho:

I. En amar ordenadamente a propios y extraños, profesando a aquéllos el afecto purísimo que la naturaleza exige y la Religión santifica, y teniendo a éstos los sentidos intentos de caridad debidos al prójimo, sin que el amor de los unos y de los otros apegue a las criaturas, y separe de Dios el corazón que solamente a Él debe estar consagrado, y de este modo será religiosa recogida y perfecta.

II. En aborrecer toda posesión, sin cuidarse, si no la corresponde, de comida, ni de bebida, ni de vestido, ni de cosa alguna, sino de no faltar en nada a Dios, que en tal caso le promete, en el Evangelio, dárselo todo por añadidura, y conseguirá silencio y paz en sus sentidos.

III. En guardarse de pensar ni hablar palabra de lo que pasa o ha pasado en la Comunidad o con algunos de sus miembros, ni aun so color de celo; sino decirlo a su tiempo a quien corresponde, de derecho, sin maravillarse ni escandalizarse por nada, ni de nadie, y traerá siempre toda su alma en Dios.

IV. En recelarse siempre de cuanto le parezca bueno sin intervención de la obediencia; porque es arbitrio ordinario del demonio engañar a los que aspiran a la perfección, con la apariencia del bien, y no será engañada, si le opusiere el consejo por remedio.

V. Y en, por lo tanto, no moverse nunca a cosa alguna, ni para sí, ni para otra, de dentro ni de fuera, a no ser impulsada por el resorte de la obediencia, excepto en aquello que ya tenga de obligación o precepto, y sobre merecer mucho, irá segura.

VI. En mirar a la Superiora, sea la que fuere, como a Dios, para no trocar la obediencia divina en humana y hacerla infructuosa, perdiendo de vista las infinitas perfecciones de Dios, por fijarse en las visibles cualidades de la Superiora, y será espiritual y guardará sus reglas y sus votos.

VII. En humillarse de corazón y de palabra y de obra y de pensamiento, y holgarse de ver a otras preferidas y preferir ella misma y más todavía a las que le merezcan menos simpatías y llegará a la verdadera caridad.

VIII. En persuadirse que vino a la Religión, como tronco en bruto, para que todas sus Hermanas, como otras tantas escultoras, con sus pensamientos, palabras y obras, la labren, pinten y doren, hasta sacar de ella la más acabada imagen de una perfecta religiosa, y lo será.

IX. En no dejar de hacer lo que debe hacerse por los sinsabores que traiga, ni hacer por gusto las cosas agradables que no convengan tanto como las desabridas, y ganará constancia, y vencerá su flaqueza.

X. En no buscar jamás lo sabroso de los ejercicios espirituales, para asirse de ello, sino lo desabrido y trabajoso, para abrazarlo, y matará su amor propio y crecerá en el de Dios.

XI. En no menospreciar precepto, regla, consejo, propósito, ni inspiración alguna que mire a su aprovechamiento espiritual, si no quiere apartar de sí a Dios y quedar a merced de sus enemigos en y fuera de la oración.

XII. En imitar a Cristo, huyendo de toda dulzura, y haberse en todas sus obras como Él se hubiera, y en renunciar por Él a todo lo que no sea para honra y gloria del mismo, que tenía por única comida el hacer la voluntad de su Padre.

XIII. En tomar a Cristo por único y perfectísimo modelo en todo, y vivir crucificada con Él, y alcanzará paz y satisfacción del alma, y por la paciencia llegará a poseerle.

XIV. En buscar solamente a Cristo con su Cruz, y en padecer y descansar con sólo Él crucificada, sin hacer caso alguno de sí misma, y amando los trabajos por Él, que murió por su amor en cruz, y le gozará.

XV. En no tener por buena esta vida, si, no se emplea toda en buscar la cruz y gloria de Cristo humillado, sufriendo y trabajando sólo por su amor, y cuanto más padeciere y trabajare, mejor será su suerte.

XVI. En no desear las riquezas y regalos de Dios, que es de todos, y abrazarse con toda su alma, vida y corazón a los trabajos, amarguras y dolores, sólo por Cristo, que es de pocos, y será su esposa muy querida.

XVII. En no mirar defectos ajenos, en guardar silencio y en tratar continuamente con Dios, y desarraigará sus grandes imperfecciones y se hará señora de grandes virtudes.

XVIII. En holgarse de ser bien probada en el ejercicio de todas las virtudes a secas, y sobre todo en el desprecio, humildad y obediencia; para que se conozca mejor su temple por el sonido a los varios y fuertes golpes; que hasta los demonios sufren algo por su honra.

XIX. En pensar que de tal manera quiere Dios que sea la Religiosa, que haya acabado con todo, y que todo se haya acabado para ella, porque Él mismo es él que quiere ser toda su riqueza, consuelo y gloria deleitable, y lo conseguirá.

XX. En pedir a Dios la merced de ser olvidada y de olvidarse de todas las cosas que no la conduzcan a gozarse con Él a su salvo, sin cuidarse de que hagan de ella lo que quieran por amor del mismo, y será siempre suya.

XXI. En persuadirse de que no está su aprovechamiento en hablar ni tratar con el mundo, que distrae; sino en callar y obrar, que recoge; prefiriendo gozarse con Dios a gozarse con ninguna criatura, siquiera sea la más virtuosa, y será más aprovechada.

XXII. En mirar su alma a cada instante en Jesucristo, que es el espejo sin mancilla del Eterno Padre, antes que en comunicar con nadie sus trabajos, ni perder tiempo en sus escrúpulos, y estará más limpia a los ojos de Dios.

Notas