Reglas/CAPITULO XIX. CONDUCTA EN CLASE

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CAPITULO XIX. CONDUCTA EN CLASE

I. Hermanarán la gravedad de la maestra con el amor y dulzura de una madre; y nunca darán el repugnante espectáculo de una frente ceñuda que amenaza; de una boca que vomite dicterios; de ademanes que asustan sin corregir; medios propios para formar almas imbéciles, niñas hipócritas, malas hijas, peores esposas, madres funestas, pésimas cristianas.

II. Distinguirá siempre a una Hija de la Divina Pastora, una frente serena, un semblante entrerrisueño, un candor angelical; palabras suaves y no alambicadas; pocas reprensiones y sólo por caridad; castigos menos y a más no poder; ningún insulto; ningún improperio; que las niñas son tan hermanas, como ella, del mismo Jesucristo, que las redimió con su preciosa sangre, para que sean almas dóciles, nobles y agradecidas, hijas de bendición, fieles esposas, madres cristianas y celosos apóstoles en su familia.

III. Por lo tanto, dirigirán todos sus esfuerzos a formar las almas y los corazones de sus alumnas para todas esas circunstancias de su vida, más que a hacerlas muy leídas; empanándolas bien en el santo temor de Dios y en el exacto cumplimiento y práctica de todos sus deberes religiosos, domésticos y sociales, según su condición y clase.

IV. Ni teman alcanzarlo, si, recordando que por las inefables virtudes de la Santísima Virgen, vino Jesús a los hombres y por ellas van los hombres a Jesús, procuraron hacer que Jesús venga por las suyas a los corazones de las niñas, y llevarlas también por ellas a Jesús.

V. Al efecto, procurará cada una imponerse por su carácter e introducirse por su bondad, en las almas de las niñas, que se la abrirán con gusto y gran satisfacción, y cautivar con dulzura sus corazoncitos, que se lo entregarán con gusto, fidelidad y especial afecto.

VI. A este fin, acompañarán su bondad con gran moderación en toda su conducta, con afable dignidad en sus explicaciones, con suma delicadeza en sus palabras, con una modestia natural en todos sus actos y una paciencia a toda prueba para conllevar las inocentes ligerezas de las niñas.

VII. Por consiguiente, evitarán todo arrebato y ademán brusco, todo grito y gesto desordenado, economizarán las palabras, que medirán de antemano, y enseñarán en toda su conducta lo que deben ser las niñas con el tiempo.

VIII. No se esforzarán tanto en dar a sus alumnas reglas y preceptos, como en proponerles en sí mismas, sin pretenderlo, ejemplos y modelos de todas las virtudes; porque así harán más impresión en ellas, y haciéndoseles amables se les harán también imitables.

IX. Animarán con su presencia los ejercicios de cada sección e imprimirán en todas una marcha ordenada, animosa y tan agradable a los ojos de cuantos las vean, como provechosa a las discípulas que las forman.

X. No permitirán que las niñas en sus prácticas levanten mucho la voz y se desentonen, para que no se distraigan entre sí, ni adquieran el mal hábito de hablar siempre a voces, ni molesten a la vecindad con el mal efecto de esa algarabía.

XI. Para no excitar la envidia, ni concitar el odio en las demás, ni contra sí mismas, no se dejarán llevar de simpatías personales, ni se detendrán más en unas que en otras; atenderán a todas con la misma actividad y procurarán ganarlas la voluntad con algunos premios, para ir, poco a poco, venciendo la apatía y repugnancia al trabajo.

XII. Se identificarán como Elíseo con el hijo difunto de la Sunamitis, con cada discípula, tendiendo sobre ellas toda su alma, para inspirarles una nueva vida.

XIII. Han de creerse altamente honradas siempre que se hagan pequeñas con las pequeñas, mirándolas, como madres, por amor de Aquél que, siendo Hijo de Dios, se anonadó hasta tomar la forma de siervo por amor nuestro.

XIV. Recordando que el dulcísimo Jesús acariciaba a los niños y los proponía como espejos de inocencia y sencillez, cifrarán sus glorias en atraerse a las niñas con la mayor suavidad, unción y dulzura, con imitar su candor y en trabajar por ellas con un amor sin límites hasta ganarlas para Jesucristo,

XV. Serán muy ingeniosas en acomodarse al genio e índole de las niñas, tratándolas siempre con tanta dignidad, amabilidad y afecto que comprendan las aman de corazón y tienen todo su interés y empeño en su mayor bien y aprovechamiento

XVI. Se persuadirán, igualmente, de que su mérito delante del Señor consiste en que su amor a las niñas despierte y arraigue en sus corazoncitos el amor de Dios, y su diligencia en instruirlas suscite en ellas mucha afición al estudio y al trabajo.

XVII. Vigilarán con el mayor cuidado a las niñas, y ni por un instante las dejarán solas, en cuanto puedan, para evitar las pendencias que suelen promoverse entre ellas y ocasionar gravísimos disgustos.

XVIII. Se presentarán puntuales en sus clases cuando llegue la hora de entrar las niñas, para no hacerse responsables de las faltas que cometan y de que pierdan el respeto al lugar donde se educan.

XIX. Tampoco al salir las dejarán dispararse en gritos y carreras, que deshonran al Colegio y a las mismas profesoras e indica el ningún aprecio que hacen de la educación que reciben.

XX. Mirarán, con el mayor empeño, por la moralidad de las niñas, cortando entre ellas toda conversación o juego que pueda menoscabarla, corrigiendo siempre cuanto pueda perjudicar a las demás, sin dejar por eso de procurar la enmienda de la que tal vez por ignorancia o culpa ajena haya faltado.

XXI. Siempre que el repetir la falta o nombrarla pueda abrir más los ojos a las otras o acaso a las mismas que hayan fallado, se guardarán de nombrarla y sólo procurarán infundirles el temor santo de Dios e interesar a las inocentes para que pidan por las culpables y supliquen al Señor libre a todas de semejante desgracia.

XXII. Aprovecharán todas las ocasiones que se les presenten para inculcar a sus discípulas las máximas de la más sana moral cristiana y enseñarles prácticamente la ley santa de Dios, los preceptos de su Iglesia y sus propios deberes; que mejor se les grabaran de este modo que aprendiéndolos simplemente de memoria.

XXIII. No trabajarán con menos ahínco en desterrar de entre sus alumnas toda pintura y libro prohibido, haciéndoles comprender que perjudican más con ellos a sus almas que con el veneno a sus cuerpos.

XXIV. Y como algunas se disculparán con que las tenían en sus casas, sin nombrar para nada a sus familias, les harán ver que eso no las disculpa; porque ya saben que no deben tenerse, ni leerse, lo que tal vez ignoren sus padres.

XXV. Cortarán, con la mayor prontitud, cualquiera conversación particular de las alumnas entre sí, y evitarán intenten difundir cualquiera noticia, para que no haya murmuraciones, difamaciones y, cuando menos, no se pierda el tiempo.

Notas