Reglas/CAPITULO XVII. VIRTUDES DE LA MAESTRA

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CAPÍTULO XVI. OFICIOS QUE DEBEN DESEMPEÑAR LAS RELIGIOSAS
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CAPITULO XVII. VIRTUDES DE LA MAESTRA

Sobre las virtudes propias de una buena religiosa, toda Maestra debe estar adornada de las siguientes:

I.La gravedad, que arregle su exterior, según las leyes de la modestia, decencia y buen orden, sin prescindir de la bondad que necesita para captarse el afecto de sus alumnas, sin familiarizarse con ellas; ni del cariño más puro y tierno para inspirarles confianza y estudiar sus cualidades por sus espontáneas manifestaciones; ni de la inalterable tranquilidad de ánimo y de carácter, en medio de todos los acontecimientos, para hacerse apreciar y guardarse de faltarles y evitar le falten en sus mutuas relaciones.

II. El silencio, que la enseñará a callar y hablar oportunamente. Callando cuando no deba hablar, tendrá orden y tranquilidad en su clase, reposo y salud en sí misma, adelanto y progreso en sus alumnas, que debe ensayar, al efecto, en hacerlo todo por signos. Hablando cuando no deba callar, es decir, corrigiendo las faltas y aclarando sus dudas, explicando las lecciones y haciendo sus exhortaciones con las palabras precisas, conseguirá ilustrar el entendimiento y mover mejor el corazón de sus alumnas. Mas, para todo esto, necesita prepararse y penetrarse mucho de lo que ha de decir, guardarse de callar o hablar sin deber, de emplear muchas palabras y sin método, de entretenerse demasiado con sus discípulas e interesados, y de oír o decir lo que no pertenezca a la clase, o hacerlo con demasiada precipitación o lentitud, en tono chillón o misterioso.

III.La humildad, que la haga fiel a Dios y al prójimo, y humilde de espíritu y de corazón, le inspire modestia y la preserve de la vanagloria, de la ambición, de la envidia, la haga desconfiar de sí misma, la incline a comunicarse con los humildes y pequeños y le anime en sus desalientos y confusiones. Que la cure de sus desatenciones con el prójimo y de las demasiadas atenciones consigo misma y de su egoísmo y desconfianza excesiva, que la llevaría a la desobediencia, y del espíritu de independencia, que la impulsaría a seguir sólo sus ideas.

IV. La prudencia, que le enseñe lo que debe evitar y hacer para educar bien a sus alumnas, y cómo ha de valerse de la memoria para aplicar a lo venidero la experiencia de lo pasado; de la inteligencia, para conocer las disposiciones de sus discípulas y poderse adaptar a las mismas; de la docilidad, para consultar de antemano con las encargadas de su dirección; de la destreza, para escoger los medios más adecuados al logro de lo que se proponga; de la previsión, para disponer sabiamente lo que mejor conduzca a la buena educación y conjeturar con tiempo su utilidad o inutilidad.

V. La sabiduría, que la haga conocer, amar y cumplir la sublime misión de que está encargada, y empezar: primero, por dirigirse, con la más profunda humildad, al Padre de las luces para que ilustre su entendimiento; segundo, por adquirir todos los conocimientos que debe comunicar, y tercero, por esmerarse en dar ejemplo de todo cuanto debe enseñar.

VI.La paciencia, que le haga soportar en silencio los sinsabores anejos a la educación de las niñas, contenga las potencias en sus límites, impida los arrebatos, madure los designios, suavice las penas y fatigas, tranquilice el espíritu y evite las desagradables consecuencias que siempre lleva consigo el vicio opuesto.

VII. La mesura, que le enseñe a pensar, hablar y obrar con moderación, discreción y modestia; a evitar familiaridades peligrosas con las niñas y a no consentir que éstas se tomen con ella ninguna libertad; a prevenirse contra todo arrebato y a guardarse de toda acción o palabra censurable y sospechosa que pueda enajenarse el buen concepto y respeto de las alumnas.

VIII. La mansedumbre que le inspire bondad, indulgencia y ternura con sus discípulas; para formar su corazón, previniendo sus pasiones y sus vicios e inculcándoles horror al pecado y amor a la virtud; para ilustrar su espíritu, instruyéndolas a fondo en los dogmas y deberes religiosos y en cuanto reclaman las exigencias de la vida social y doméstica, y para dirigir su juicio, enseñándoles a formar su criterio, a fin de conducirse racionalmente en todas las ocasiones en que habrán de encontrarse. Pero esa mansedumbre ha de ir acompañada de firmeza, para oponerse a cuanto pueda trastornar el orden que debe reinar siempre en clase y superar todas las dificultades que en ella puedan presentarse; de valor, para realizar todo lo que conduzca a producir y conservar un orden inalterable y lograr los mayores progresos en las alumnas, y de constancia, para perseverar invariable en sus buenas resoluciones y dominar generosamente todos los obstáculos que se le opusieren.

IX. El ascendiente, que inspire amor y respeto en las alumnas, y que sólo se adquiere: primero, con un carácter igual, firme y moderado, que tenga por única guía la razón y jamás obre por capricho ni por arrebato; segundo, con una prudente mezcla de dulzura y firmeza, de amor y de temor, pero de un amor que se conquiste el corazón de las niñas, sin rebajarlas, y de un temor que las contenga sin desalentarlas.

X. El discernimiento que le enseñe: primero, a premiar solamente a las que lo merezcan en el concepto de sus compañeras, que procurará estimular a que se hagan acreedoras a iguales o mayores recompensas, y a hacerles ver, si les prodigare algunas alabanzas, que no hicieron más que cumplir con su obligación; y segundo, a reprender con energía, pero sin pasión, e inspirar remordimiento y vergüenza a las alumnas por sus faltas, que procurará sientan más que los castigos; imprimir cierto carácter vergonzoso a castigos de suyo insignificantes y aplicarlos con mucha economía y variación, empezando por los más ligeros y útiles a su instrucción, y nunca mientras se hallen dominadas de la pasión.

XI. El celo, que con grande afecto la mueva a procurar la mayor honra y gloria de Dios, dándole a sus discípulas buenos ejemplos, sólidas instrucciones y correcciones prudentes y moderadas, lo que no conseguirá, ciertamente: primero, sin la fiel observancia de sus Reglas, el más ardiente deseo de formar a Jesucristo en sus alumnas y todos los sacrificios posibles por salvarlas; segundo, sin hacerse toda para todas, aprovechar todas las ocasiones que se le presenten para mejor instruirlas y obrar con suavidad, a imitación de Jesucristo, y con fuerza para no desalentarse por dificultad alguna.

XII. La vigilancia, que la haga atenta y exacta en cumplir todos los deberes para consigo y para con sus alumnas, a fin de velar sobre toda su persona y cumplir bien con sus obligaciones, y para conducirse en todo como el ángel custodio de sus alumnas, impedir que el enemigo les robe el tesoro de su inocencia, evitar sus distracciones, que motivan a veces faltas y disgustos, observar todas sus acciones y enterarse de su conducta en clase, por sí misma, y fuera, por los medios que le sugiera la prudencia.

XIII. La piedad, que la haga cumplir dignamente sus deberes para con Dios y conservarle con fidelidad las niñas que le confíe, como precio infinito de su preciosa sangre; instruirlas en los misterios de la fe, reglas de moral, Mandamientos de Dios y de su Iglesia; requisitos para recibir los Sacramentos, y, en cuanto pueda, hacerlas buenas cristianas, buenas hijas, buenas esposas, buenas madres y miembros útiles de la sociedad de que deben formar un día la parte más interesante.

XIV. La generosidad, que la haga sacrificar voluntariamente sus intereses personales a los de las niñas, después de consagrarse en absoluto a Dios; por la renuncia más completa de todos los bienes de la tierra; de los placeres legítimos de la carne y de los fueros más preciosos de su propia voluntad, sin otro móvil que la honra y gloria de Dios, su propia salvación y el bien temporal y eterno de las niñas que se sometan a su magisterio.

Notas