SemblanzaEspiritual/Capítulo XXI: REFRANERO Y SENTENCIAS

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Capítulo XX: CONOCIMIENTOS ESPECIALES DE MEDICINA
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Capítulo XXI: REFRANERO Y SENTENCIAS

A nadie puede extrañar que el ilustre Fundador de las HIJAS de la DIVINA PASTORA, dado su carácter y temperamento, plasmara en múltiples aforismos y sentencias su conducta y comportamiento en las diversas vicisitudes de su vida. Y esto es una nota CONSTANTE, desde sus más tiernos años.
No hemos agotado todo su repertorio. Sólo queremos consignar algunas muestras, que nos manifiestan su manera de pensar y de conducirse; y a través de ellas, conocer algo mejor su peculiar idiosincrasia.
Si él, por su condición psíquica era el HOMBRE DEL DEBER Y EL ORDEN, si sus virtudes más características fueron la VERACIDAD y la TENACIDAD EN LA ACCIÓN, necesariamente tendría que sustentar su vida en los principios inconmovibles y apoyarse en ellos como en pilares firmísimos de su ACCIÓN y AUTENTICIDAD.
Estos testimonios se fraguan en lo más íntimo de su alma; y afloran después como dictámenes CUAJADOS en refranes populares, que él sabe apropiarse, fiel reflejo de las RESONANCIAS INTERIORES.
Para el P. MIGUEZ la FILOSOFIA POPULAR es una cantera inagotable de la verdadera SABIDURIA según la NATURALEZA; y constituyen GUIA, LUZ, y EXPERIENCIA inconmovibles para él y para los demás.

1. No te olvides de lo que dicen esta tierras: “El que no pueda orar con mulas, lo hacen con burras” que equivale al refrán” No debes extender los pies más de lo que permita la manta”.

(Carta S. c.)

2. ¿Querrá decir esto que “no es oro todo lo que reluce”? Sí, una y mil veces sí. Yo me desatiendo de todo por completo, obrando como me plazca, o lo que tomo pro lo serio doy fuertes coscorrones” salga el sol por Antequera o salga por donde quiera…”

(Carta S. c.)

3. Cada día me convenzo más de que hay “mucha mica que reluce como oro y no lo es” Hay mucho oropel y ¡tan poco oro, si hay alguno!

(Carta S. c.)

4. El que había recomendado lo de Cádiz creo ha renunciado su elevado cargo por falta de salud o se ha ido a descansar de su ímprobo trabajo y es una gran contrariedad, porque era el mayor empeño que podía desearse. Así es que me temo se verifique lo de “trabaja que se lleva el gato no vuelve al plato”.

(Carta S. c.)

5. Sobre lo del confesor de las niñas, ya sabes que “el médico y el confesor, a gusto del consumidor” si no hay motivo para lo contrario.

(Carta S. c.)

6. Respecto a lo de “a muertos y a idos…”ya os había yo dicho muchas veces” que por el santo besamos la peana…” De estos desengaños tendréis muchos.

(Carta 11-2-88)

7. Hay que mirarse mucho y no dar un paso en falso “¡que hay moros en la costa!” No se os olvide: la astucia de la serpiente y sencillez de la paloma.

(Carta 18-12-88)

8. Estando conforme con lo que Dios quiere… no hay cuidado, pero… “a Dios rogando y con el mazo dando” (Carta 15-1-89)

9. O adelante o atrás; “o herrar o quitar el banco”

(Carta 21-2-89)

10. No olvides lo que decía San Juan de la Cruz: “servir a Dios son faltar es de las regiones altas”.

(Carta 5-III-89)

11. Tengo poco tiempo o mejor ninguno para nada, si me voy aplicar lo de la comadreja: “tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas”… a demás no puedo andar para muchas bromas, que la maquina no está para ellas.

(Carta 16-4-89)

12. Con que “cada uno hable de la feria según le va en ella”

(Carta 16-4-89)

13. Gracias a Dios por lo del Ayuntamiento; (se trata de una subvención que se había obtenido de él). ¿Pero queda acordado para todos los años, o es “pan para hoy y hambre para mañana!”?

(Carta 10-XII-89)

14. La amabilidad y buenas formas de esos señores son de tabla, pero “¿qué tenemos con que mi madre se llame torra, si yo me muero de hambre?”.

(Carta 2-26-89)

15. Era un deber el visitarlos y más pudiéndolo; pero de todos creo que sacaréis “lo del negro el sermón” y cuando más: palabras y ceremonias.

(Carta 2-26-89)

16. Si en todo y sobre todo en la virtud adelantas tanto, como en el arte de pedir, debes ser y aun prodigio de santidad en toda la extensión de la palabra. Ya sabes “El que lo come antes que lo gane, no necesita bolsa en que lo guarde”

(Carta 12-10-89)

17. Si se repartiesen siquiera dos o tres mil (Hojas o Instrucciones de propaganda) se conseguiría al mismo tiempo dar a conocer la Institución por toda España y “de un tiro se mataría dos pájaros”.

(Carta 12-19-89)

18. Bueno es que tengas esos buenos deseos de ser santa, pero ya sabe “que de deseos están los infiernos llenos”. Obras, obras que “obras son amores y no buenas razones”.

(Carta S. c)

19. De cada cien que se llaman amigos, quizás no sea uno verdadero. Por eso conviene no fiarse más que de Dios, no hacerse ilusiones que salgan fallidas. “En boca cerrada no entran moscas”.

(Carta 6-5-90)

20. Mucho me alegro que tanto se interese el P. Oliva por eso: mucho puede hacer como confesor del Sr Arzobispo. Urgarle “que el que a buen árbol de arrima, buena sombra le cobija”.

(Carta 9-II-90)

21. Me extraña lo del P. Guardián. Pues, ¿no le brindaste un ay michas veces con la Misa? ¿Y no te respondió siempre con que les estaba prohibido? ¿Cómo así ahora? Siempre lo del español; “el consejo después del conejo”

(Carta 10-24-90)

22. Respecto a quedarse en esa J. Barrio ya te decía o indicaba yo lo bastante en la contestación a Carmen. Sensible es, pero “primero son mis dientes que mis parientes”.

(Carta II-6-90)

23. Querría Acquaroni que os fueseis a meter en el fuego. “guárdate y yo te guardaré” y más teniendo que estar en entre niños.

24. De aquí a fin de mes todavía acudirá alguna más; si bien es cierto que hubo una gran turba de jóvenes para las Misiones y que todos los confesores “llevan el agua a su molino o aplican el ascua a su sardina”.

(Carta 10-9-90)

25. Pensaba escribirles una cartita para este santo tiempo de Cuaresma y un pajarito verde y azul me arrebató la bruma de la mano, indicándome a demás con sus vuelos y revuelos, que no había de ser bien recibida y ¡paf!,“ mi gozo en un pozo”.

(Carta S/f. ¿3-90?)

26. Sobre la pretendienta N. ya dije lo bastante. Si gusta, que entre, si prueba bien; si no también; “por la puerta se va a la calle, sin esperar a que caliente el sitio”.

(Carta 2-7-95)

27. Hay cosas que nunca se olvidan y manchas que nunca se quitan por completo. Como he visto por experiencia que tomaron al pie de la letra el que “a muertos y a idos no hay amigos” y por eso no repararon en disgustarme; yo también me he aplicado el “No prodigues atenciones a quien no las agradece” que no me sobra tiempo para perderlo de ese modo.

(Carta 2-13-91)

28. “La que desee aparecer siempre hermosa sea honesta y virtuosa.

29. Se conoce “que hay moros en la costa” por aquí no hay cuidado. La retención fue esa o de esa a Jerez. El administrador de aquí es amigo y de conciencia.

(Carta 5-4-91)

30. Recuerda lo de “murió N. Padre S. Francisco y maldita la falta que nos hizo” y repetidlo y todas de mí, que hago menos falta que san Francisco, por lo mismo que nada soy ni valgo”

(Carta 6-18-9)

31. Me alegro que haya fracasado lo que pretendía esas señoritas, ya que con tan poca formalidad procedieron. Tú hubieras sido la pagana tras de “cuernos palos” como suele decirse.

(Carta 2-17-91)

32. De aquí nada sé, no voy. “Cada uno en su casa y Dios en la de todos”.

(Carta 4-5-18)

33. Accedí a vuestros píos esperando cumpliría un magnate la palabra que me dio repetidas veces de hacernos la Capilla y….curar, se curó, pero no se acordó de cumplir lo prometido. “dejándome a mí en la estacada” o como dicen por aquí “en los cuernos del toro”.

(Carta 9-8-905)

34. Por no ser tachado de poca fe y confianza no dije al P. Rector: “¡fíate en la Virgen y no corras!” cuando le oí decir que esperaba no permitiría la Virgen hubiese alguna desgracia al hacerle una buena casa y parece me daba una corazonada de lo que ocurriría y desgraciadamente ocurrió.

(Carta 7-12-905)

35. También te adjunto esas 50 pesetas para Salvador; pero a condición que no me vuelvas a pedir más; porque me sobra en ésta a quien dar y con grandísimas necesidades. “Que cada tierra mantenga su plantas”.

(Carta 2-9-903)

36. Dichoso Picacho y dichosa la hora en que os acordasteis de comprarlo. ¡Cuántos disgustos y sacrificios! ¡Tenéis pagano para poco!; ya veréis después, si “llueven tortas y tan gordas”.

(Carta 9-1-904)

37. Basta de disgustos; desde ahora no quiero servir de pantalla para nada ni toméis siquiera mi nombre para cosa alguna. Es más, ni aun quiero que me escribáis; “ojos que no ven, corazón que no duele”. Al menos no sabiendo nada de lo que entre vosotras pasa, no tendré los malos ratos que de dais en pago de tanto sacrificio.

(Carta 9-27-905)

38. Por aquí vamos pasando nada más. Las Hermanas las veo todos los días; pero hace ocho que no las hablo. Ellas ahora de retiro y Yo de Ejercicios. “Cada uno en su casa y Dios en la de todos”.

(Carta 8-26-906)

39. A mí me pintó la Madre las cosas de color de rosa y me pidió lo que hice. La mandé además los precios y no se dignó contestarme esperando como siempre, que yo comprometido “cargaría con el mochuelo” y… “le salió la criada respondona”.

(Carta 2-26-906)

40. “Al que todo quiere todo lo pierde” y aun otro provenir está en problema por ese modo de proceder. Ya dicen que” va muchas veces el cántaro a la fuente y al fin se rompe”. Ya no hay tús, tus.

(Carta 2-26-906)

41. Franciscana ¿tienes más que pedir? ¡Qué bien has aprendido el oficio! ¡Con qué suavidad te insinúas! ¡Bien, hija! Se conoce sabes el adagio de los que dicen “se enriquece uno más pidiendo que dando”.

(Carta 10-II-908)

42. Hasta en eso habías de manifestar tu tendencia pedigüeña. Gracias a que: “contra el hábito de pedir, hay la virtud de no dar”. Y ¡Santa paz con todos!

(Carta 5-18-909)

43. Acabo de recibir tu atenta de 6 del corriente y como dicen “el llanto sobre difuntos”.

(Carta 2-2-910)

44. Apruebo el partido que tomaste respecto al Ayuntamiento de Chipiona. Son tres. Que se vea lo que hacen y no echen luego la culpa a nadie: “que se ahorquen por su propia cuerda” como dicen.

(Carta 12-19-910)

45. Tienen muchas conchas. Prueba al canto: quiere que les enseñe los dientes para reírse y poder decir de reojo. “predícanos Padre, que por un oído nos entra y por otro nos sale”.

(Carta 6-10-910)

45. Me parece bien lo que piensa hacer en Chipiona, aunque comprendo “que con tal barro no puede hacerse un buen puchero”.

(Carta 10-24-911)

46. Sor L. ella se tiene la culpa. Bastantes medicinas y cosas se han pedido. Que hubiera pedido y tomado lo que debía. “Sarna con gusto no pica”.

(Carta II-24-911)

47. Celebro viesen al Sr. Obispo y sólo siento diesen el lugar tal vez con alguna indiscreción al sustillo consabido que les vendría “como pedrada en ojo del boticario” para que vean cómo y con quién tratan.

(Carta 12-20-912)

48. Celebro establecimiento vuestros reales en esa casa. “Al amigo y al caballo, no cansallo”.

(Carta 8-28-912)

49. Encarga mucha observancia y poco visiteo o mucho recogimiento. Lo de “cuanto menos veamos más lo administramos” del Presidente de la Chancillería de Granada a Fray Luis de íd.

(Carta 8-28-912)

50. ¡Que ya no quieres nada con el mundo! Si eso hubieres hecho desde que profesaste “otro gallo cantara” ¡Dichoso el que escarmienta en cabeza ajena! “Bien está lo prometido y mejor si fuera cumplido”.

(Carta 3-22-912)

51. Me alegro de la mejoría de doña María; mucho la rondan las pulmonías “y muchas veces va el cántaro a la fuente y…”.

(Carta 2-8-915)

52. “Tomás como el que más” opina que antes de calzarse zapatos nuevos debe observarse si tiene clavos para remacharlos antes y no después que hieren.

(Carta II-8-20)

53. De los arrepentidos es el reino de los cielos. Que lo estés es lo que deseo para que un día comprendas que no hay mal que por bien no venga” ¡Bendigamos al Señor, que así saca bien del mal, que no era chico el que se lamenta!

(Carta S/c.)

54. Mejor es eso que salir con las manos en la cabeza. “El que quiera truchas, dice que se moje a las bragas”. Valen más pocos colegios bien acreditados que muchos y… Conducta y trabajo, observancia y religiosidad… y Dios.

(Carta 1-16-920)

55. Preparando la venda por si sales herida, añades que no puedes hacer más; pues, hija, esa misma y única tecla tengo que pulsar yo en las presentes circunstancias. Esto trae consigo el no tener presente el divino consejo. “Antes de empezar ve si podrás terminar”.

(Carta 12-9-908)

No queremos privar a nuestros lectores de una muestra, una de tanta del celo desplegado por el Siervo de Dios, en la formación y educación de las almas.
En los Ejercicios Espirituales, que ya entonces, 1889, había establecido para las alumnas encomendadas al cuidado y protección de su piadosa Institución, escribe a estas algunas cartas autógrafas para incitarles a obtener frutos de santificación y estimularlas a la correspondencia a los beneficios divinos. He aquí dos de ellas.

CARTAS A LAS COLEGIALAS

Marzo, 29, 1889.

Srtas. Ejercitantes.

Mis muy amadas hijas en J.C. La bendición de Dios descienda sobre vosotras y permanezca para siempre.

Que Él os colme de todas las gracias que os deseo, y os dé en eso días de Santos ejercicios tantas luces para conoceros a vosotras mismas, y la nada de cuanto perece; que ya no penséis más que en lo que más pronto os puede llevar a Dios, en cuyo solo amor está toda vuestra dicha temporal y eterna.

Que de tal modo os penetréis de la fealdad y transcendencia del pecado, que jamás, ni por nada, ni por nadie, os atreváis a cometerlo.

Que conozcáis la importancia del tiempo que Dios os concede sólo para labrar la corona eterna que desea ceñir a vuestras sienes, de tal manera que ni un instante perdáis ya, ni empleéis en cosa que no pueda conduciros a esa dicha inefable a que os llama, por tanto y favores singulares.

Mirad, hijas mías, que favores obligan a los Santos, dicen que uno de los mayores que Dios dispensa a las almas, que quiere especialísimamente para sí, en el proporcionarles esos ejercicios espirituales; pues el mismo Dios, dice que a las almas las lleva al retiro de los Ejercicios, para hablarles al corazón. Con que el mismo Dios os va hablar, hijas de mi alma.

Bendito sea El, y benditas seáis vosotras por El mismo. Oh dichosas, hijas mías, si prestareis atento oído y cuanto os diga en la lectura, en las pláticas, en los exámenes de conciencia, en las meditaciones… y si siguieres dóciles su llamamiento, y supieres en práctica sus inspiraciones, y le dijereis con la mano en el corazón:

“¡Señor, aquí nos tienes! ¿Qué queréis que hagamos? Vuestro es, y desde ahora para siempre, nuestro corazón con todos sus afectos. Vaciadlo de todo lo que no seáis Vos, y llenarlo de solo vuestro amor; que sólo él nos puede hacer felices. Tomad posesión de él, desde ahora para toda la eternidad. Que sólo para Vos lo criasteis, y sólo Vos podéis llenarlo, como lo confesó bien desengañado, vuestro siervo San Agustín.”

“Antes que tengamos la desgracia de sufrir ese amarguísimo desengaño, os lo entregamos, Dios mío, para que, mi por un momento deje de ser vuestro trono, y hoguera de vuestro amor.”

“Amor, Dios mío. Amor purísimo, amor perfecto, amor perpetuo, amor eterno, os pedimos… y terno amor os juramos. Dadnos vuestra gracia para así cumplirlo.”

“La mayor parte de los Santos empezaron a serlo, por unos Ejercicios Espirituales. Haced pues, Dios mío, que éstos produzcan también en nosotros lo mismos efectos. Que salgamos de ellos tantas santas, como somos las que los hacemos. Que desde ahora se unan, se fundan, formen un solo corazón y una sola voluntad nuestros corazones y nuestra voluntad, con la Voluntad Santísima y el Santísimo Corazón de Vuestro Divino Hijo, y que esta unión que empieza ahora, dure por toda la eternidad.”

“Haced, Dios mío, que descienda sobre nosotras, si no visiblemente, como sobre los apóstoles y discípulos, vuestro Divino Espíritu; al menos invisiblemente, para que nos inflame en su divino amor, y nos llene de sus dones, y nos haga salir de estos Ejercicios fortalecidas con su gracia, llenas de su espíritu y resueltas a trabajar siempre, como aquellos, en vuestra honra y gloria, y en la salvación propia y ajena, empezando por la de nuestras familias, por nuestra conducta intachable, por nuestras oraciones fervientes, con el desprecio de todo lo que más afanosos buscan y aman los esclavos del demonio, o sea, de sus pasiones.

“Es de fe que nos queréis. Pues santas queremos ser, Dios mío. Queremos cumplir vuestra santísima Voluntad y, para que nunca de ella se aparte la nuestra, también os la consagramos. Ya desde hoy no queremos tener más voluntad que la vuestra. Manifestádnosla, en cuanto pueda conducirnos a más y más cumplirla, a más y mejor amaros, a serviros como merecéis serlo, y a nunca separarnos de la senda que queráis sigamos y deseamos conocer. Mostrádnosla. Dios mío, Decidnos por dónde hemos de ir más pronto a Vos, y con más seguridad, que somos jovencitas inexpertas y nos esperan grandes peligros, muchos trabajos y sólo Vos sabéis cuántas otras cosas, si no seguimos vuestros llamamientos, si no nos embarcamos en el buque, que Vos mismo capitaneáis y gobernáis. Así como no hay salvación fuera de la Iglesia Católica, tampoco para el que se embarca en el buque que Vos no guiais; para el que abraza un estado al que Vos no llamáis.”

Aquí estamos obedientes como Samuel. Hablad a vuestras siervas que prontas están a obedeceros en cuanto les ordenéis; y si no lo estamos, haced que lo estemos, y que jamás nos apartemos de la senda que nos tracéis. Que la conozcamos, Dios mío, y conocida, la sigamos para siempre. Hablad, que prontas estamos a cumplir dóciles cuanto nos ordenéis. Vuestras somos, y no resignamos por completo a vuestra Santísima Voluntad. Que se haga ahora y siempre en nosotras.

“Allanad todas las dificultades que se opongan a su cumplimiento en nosotras, y no permitáis que exista nunca alguna por nuestra parte. Morir queremos, antes de faltar a nada de cuanto nos mandéis. Estos son nuestros deseos éstos son nuestros propósitos. Haced que se conviertan en realidades, para que os alabemos siempre aquí, y os gocemos después en la gloria.”

Os bendice con todo su corazón y con toda su alma; se encomienda a vuestras oraciones, y os encomendará muchísimo más a Dios y a la Santísima Madre, en el Santo Sacrificio, el que se une a vosotras durante los mismos.

V. J. M. Y. J.

Mis muy amadas en J. C.: he tomado la pluma sin saber qué deciros. Noto en las vuestras un no sé qué. En ellas veo lo que ya sabía; que hay excelentes disposiciones, pero no comprendo que a todas os inspire el Señor, como vosotras decís, lo mismo. No hay entre vosotras dos siquiera que os parezcáis en el rostro; pues más diferentes creo serán los medios de hablar Dios a cada una. O no me decís la verdad o no lo entiendo. Si queréis que os diga lo que siento, me parecéis a otros tantos pedacitos de cera blanda que recibís cualquiera impresión; pero me temo que no ha de ser verdadera. La menor elevación de temperatura, o el más mínimo grado de calor que adquieran vuestras pasiones, Me parece que borrarán esas impresiones, y seréis más responsables a los ojos de Dios, que tanto os mima, y tan estrecha cuenta ha de pediros de los beneficios que os hace y sobre todo de ese que estáis recibiendo. ¿Basta tomar esas resoluciones? ¿Creéis suficiente resolveros a ser obedientes y humildes? ¿Os figuráis que podréis formar un oratorio de vuestro corazón y elevar en él un trono a Jesús, sin cuidarse la puerta del mural y antemural que ese templo necesita, para que no sea profanado por el enemigo? ¿No habéis oído lo que dice el Señor en el Evangelio que ningún Rey prudente declara la guerra a otro, sin considerar antes si podrá resistir con diez mil combatientes al que viene contra él con veinte mil? ¿Sabéis lo que, hijas mías? Cierto que no habéis prometido cosa que no debáis a Dios y que nada de eso es imposible; pero, ¿os fijáis en los medios de cumplir lo que prometéis? ¿No sabéis que al prometer eso, declaráis la guerra al mundo, al demonio y a vosotras mismas? ¿Comprendéis el poder de esos tres enemigos que vienen ya contra vosotras? ¿Qué plazas o castillos habéis escogido para defenderos? ¿Qué víveres habéis almacenado? ¿Qué aliados habéis buscado? ¿Qué Tratados habéis hecho?... ¿Podréis defenderos por mucho tiempo de esos enemigos, quedándoos en medio de ellos? Hasta los gatos que tiene tan buena uñas, se meten en las casas o suben a los árboles, cuando se ven perseguidos de los perros. Y ¿dónde refugias vosotras, si hasta en vuestra casa habéis de encontrar quién os persiga, si no tenéis un árbol a donde subiros? ¿Dónde os refugiaréis del mundo si estuviereis en él? ¿Dónde del demonio si domina todo el mundo? ¿Dónde de vosotras de vosotras si habéis de llevar a todas partes vuestra propia voluntad con todas vuestras pasiones? Decidme, por vuestra vida ¿Os creerías seguras entre la garras de un león? ¿Lo está el ratón entre la uñas del gato? … Pues así y mucho peor os quedaréis vosotras, hijas de mi alma, en poder del mundo y del demonio. No, no me interpretéis esto que os digo con el corazón en la mano y con vosotras dentro de mi corazón y todos en el Santísimo Corazón de Jesús, no me lo interpretéis en mal sentido; que solo es prueba de lo mucho que os quiero en Dios, y para Dios, que así os ha grabado en mi corazón, como el cuño en la moneda. Figuraos cual estaría una madre que delirase por una hija y la viese jugando y saltando, a oscura en el borde de un profundísimo pozo sin brocal; suponed más todavía, y es que estuviese en compañía de otras más juguetonas e inconsideradas y tan mal intencionadas que tratasen de empujarla para que cayese; decidme por vuestra alma: ¿estaría tranquila su buena madre?... Hijas de mi corazón: tal me sucede a mí, que os amo en Dios más que todas las madres a sus mejores hijas. Yo, yo soy esa madre que ya os ve con sobresalto al borde de ese pozo sin fondo de las máximas corrupciones del mundo, donde os zambullirán muy pronto las malas compañías, los malos ejemplos, los respetos humanos, las vanidades, las profanidades, el lujo, los halagos…, el demonio, la carne… esos veinte mil enemigos que ya vienen contra vosotras. Por eso os llamo, hijas mías, mientras hay remedio os llamo; porque la corrupción del óptimo es pésima, como dice el Espíritu Santo y la vuestra será terrible, por lo mismo que gracias a Dios sois tan buenas y os favorece tanto, tanto. ¡Ay! De vosotras si fuereis ingratas a Jesús, vuestro amantísimo Esposo, que tiene sus complacencias en vuestros corazones angelicales.

Y qué víveres de virtudes habéis allegado todavía para resistir los continuos cercos que os han de poner vuestros enemigos y los repetidos asaltos que os has de dar. ¿Dónde están todavía esas sólidas virtudes que sólo se adquieren con mucha práctica, grandísimo trabajo, mucha penitencia y propia abnegación? ¿Y sin ellas podréis por menos de rendiros a la primera arremetida de vuestros enemigos? ¡Ah pobres hijas mías, y como desgarráis mi corazón con engaños de ese modo!... Y ¿Dónde están vuestros aliados? Los Santos no pueden serlo, porque sobre no ser ese el camino ni la conducta que ellos siguieron y observaron, no pueden favorecer a los temerarios que obran que obran contra la voluntad de Dios, fiándose de la suya; Dios tampoco porque no se contradice. ¿Dónde están, pues, vuestros aliados? ¿Con qué auxilios contáis? ¿Con los de los hombres? Serán vuestra ruina. ¿Qué tratados habéis hecho para obligar a que os defiendan? Ninguno habéis hecho, ni haréis; si no siguiereis la vocación que Dios dé. Siguiéndola Dios se compromete, mejor dicho, esta ya comprometido a ayudaros y sacaros con bien de todo.

Os bendice cien mil veces con todo su corazón,

Como ejemplo de su facundia oratoria, fluidez de palabras y lucidez de imágenes transcribimos este Sermón de desagravio, predicado por nuestro P. Faustino, a los treinta y ocho años de edad, al filo de los vaivenes ideológicos de la revolución septembrina, tan semejantes a las desorientaciones y audacias de nuestros días, y encontrado, no ha mucho, en borrador con otros varios escritos en la biblioteca del Colegio de PP Escolapios de Getafe.

SERMON DE DESAGRAVIOS

PREDICADO EN CELANOVA, 13 DE JUNIO 1869

Atravesamos unos días demasiado tristes; avanzamos en un siglo harto novelero por desgracia. La mala semilla arrojada en el vasto campo de las creencias y de las modernas sociedades por los espíritus fuertes del pasado siglo, se ha desarrollado con toda la fecundidad de que era susceptible. El corazón humano ávido de fe, porque es una necesidad de su vida tan relevante virtud, que formó su fondo en el principio; en su necesidad de creer, busca en todas partes con qué saciarse y viciado como lo está por las malas pasiones que hoy le tiranizan, presta un asenso resuelto y decidido a toda noción que le halaga, a toda novedad que le seduce.

Prostituido el corazón, no es extraño marche la razón extraviada porque si nuestro corazón anhela creencias, nuestra razón dese verdades y siempre se ha dicho que si la voluntad tiende a lo bueno que es su objetivo, el de la inteligencia es lo verdadero.

Triste, señores, pero oportunamente se nos ocurre a cada paso el vaticinio del apóstol sobre los nuevos doctores que nos predican fábulas teorías y que hayamos de llorar como el profeta de Anathot sobre la Jerusalén de las modernas sociedades; porque nuevos videntes de pésima ralea nos hablan mentiras y nos venden sus sueños como inspiraciones de lo alto. El resultado es el mismo, ya estudiemos nuestro corazón ya discurramos nuestra inteligencia, siempre hallaremos motivos para concluir que atravesamos una época demasiado triste.

Hoy todo se sujeta al crisol del raciocinio, pero capcioso y sofista; todo cae bajo el escarpelo de la crítica, pero mordaz y epigramática. Hoy la falacia y el sarcasmo son el espíritu de los pretendidos maestros de la sociedad, que atolondrada por la babilónica vocería, discurre aturdida de acá para allá, fluctuando a todo viento de doctrina. Hoy la generación presente es un bajel, que vientos encontrados arrastren sobre las espumas ondas de un tormentoso océano, sin más norte que la aguja de su razón desorientada y sin otro timón que el carcomido y roto de su corazón, que hiciera astilla el rocío torbellino de sus pasiones.

Hoy por hoy, las doctrinas corrientes producen más hastío que convicción; nada de verdadero ofrecen, salvo el nombre de sus autoridades; nada de sincero sino un descaro impío; nada de sublime sino el orgullo; nada de profundo sino, la corrupción; nada de real, sino el vacío; nada de cierto, sino la duda; nada de grande sino el absurdo. Y cómo no han de ser absurdas y ridículas, cómicas y grotescas, siendo abortos de hombres sin misión y extraños a la verdadera ciencia, no menos que a la verdadera religión; desprovistos a la vez de sentido filosófico y de sentido católico; almas fofas, hombres de inteligencia hueca, de vida disipada, de costumbres a menudo corrompidas; embozados en algunos andrajos de la filosofía exótica, empeñados en referirlo todo a su espíritu grosero, a su creencia ignorante, a sus luces tenebrosas, y a su razón delirante; árboles, en fin, dignos de fruta tan dañada.

Tal es el mundo sin careta, tan relevante sello lleva el siglo XIX, que bien puede llamarse novelero por su ridícula fusión de verdad y de mentira, de superstición y de ateísmo. Sí, novelero en su fe, novelero en sus inventos, en su sabiduría, novelero, en fin, en su modo de regalarnos sus conocimientos. Siglo incauto que se deja seducir por aparatos brillantes, palabras pomposas y bellas teorías.

Siglo inexperto que se deja arrastrar por la mentira, hipócrita y ostentosa, porque es falsa y débil; y desdeña la verdad modesta y confiada, porque es pura y fuerte. Siglo protagonista del error que se atavía y violenta su talle, porque es feo y sin expresión de vida en su semblante, y sin gracia y sin dignidad en sus formas; y antagonista de la verdad que desprecia al afectado aliño porque conoce toda su belleza. Siglo admirador frenético del error, que a guisa de funesto meteoro, fulgura, truena y desaparece, dejando en pos de sí la oscuridad, y la destrucción y la muerte; y miope insensible al astro de la verdad, que despide tranquila su lumbre encantadora y saludable, y fecunda con suave calor la naturaleza entera y derrama por doquier la vida y la alegría, la hermosura y la riqueza. Siglo empeñado en analizar la esencia de la luz en el laboratorio de las tinieblas; en conocer los secretos de la vida en los funestos estragos de la muerte; es sondear el seno de la abismos con las impotentes alas de los mosquitos; en registras las concavidades de los cielos desde el imperceptible de la tierra, en medir las infinitas fuerzas del Criador por el impotente dinamómetro de la criatura. Siglo ciego que no ve las fuentes de sus mismas luces; siglo ingrato que se apropia injusto lo que recibió de gracia; siglo impío que blasfema infame, y con frenesí pretende derrocar insano de su eterno solio a su mismo Soberano. Siglo de pésima ralea y ferina entraña, que sin pensar y con brutal descanso amancillar intenta a su misma Madre, y rasgar despiadado los piadosos corazones de sus fieles hijos que en desagravios a tantos desacatos costean generosos estos cultos y hacen intérprete de sus sentimientos píos al más indigno esclavo de esa Majestad que lamentamos ultrajada y cuya será la honra, cuya la alabanza, cuya la gloria y nuestro el provecho si me dispensare la que necesito y espero alcanzar por la intercesión poderosa de la dulcísima, de la amantísima, de la purísima Virgen María, que saludaremos postrados, con las palabras del Arcángel.

Ave María…

¡Qué borrón para la naturaleza humana! El hombre que, superior a todas las criaturas terrenas, conserva siempre en su corazón la primeras impresiones de su origen, sin que su orgullo y soberbia puedan caber en el ámbito del mundo; el hombre que, abrigado en su interior unos secretos dictámenes de su propia excelencia, no ha conseguido se borren ni aun con el funesto golpe de su primera caída, y antes bien idólatra de sí mismo todo es engreírse, elevarse y engrandecerse; el hombre que, según Isaías, es un poco de polvo o ceniza, y sobre tan leve fundamento quiere levantar una torre de vanidad para ascender de grado en grado hasta la cumbre de la mayor grandeza; el hombre, en fin, que siendo en el orden de la naturaleza corrupción, y vanidad en el de la fortuna, aspira a ser adorado sobre la tierra y no se permite otro pensamiento que el de la propia excelencia… este hombre, digo que poco más se queda en la propia nada en frase del corifeo de los incrédulos; abriga, sin embargo, tan osadas pretensiones y elevadas miras, que, escalando el cielo con los atrevidos vuelos de su imaginación fantástica, intenta habérselas con el mismo Eterno y derribarle insano de su excelso trono a los reiterados golpes de su elocuencia sagaz, aguda y penetrante, negándole su providencia, condenando su justicia, escarneciendo de su bondad, burlándose de sus amenazas; ridiculizando sus misterios y rebajando los méritos adquiridos por su divina gracia . Tal es la esencia de todas las impiedades desde que el mundo es mundo. ¡Negaron los Nestorianos que la Virgen fuera Madre de Dios; pero estos impíos ni aun la confiesan Virgen: Negaron los Arrianos que Jesucristo fuese un hombre de Dios, pero estos impíos, hasta el haber sido un hombre santo; negaron los Griegos Cismáticos la divinidad del Espíritu Santo, pero estos incrédulos niegan toda la Trinidad Beatísima, Niegan los judíos que sea Jesucristo aquel Mesías prometido en las Escrituras, y esos impíos niegan hasta las escrituras que le prometieron; negaron los paganos la resurrección de los cuerpos después de la muerte, y esos impíos dicen que después de la muerte ni el alma permanece; negaron los Iconoclastas la veneración a las imágenes de los santos; negaron los Calvinistas que Jesucristo existiese en el Sacramento, y esos impíos niegan hasta su existencia en el cielo: Negaron los Luteranos el purgatorio, y esos impíos rechazan el infierno y ponen en duda que exista el cielo. Negaron los socinianos la Confesión y el Bautismo, y esos impíos niegan todos los sacramentos.

Fingieron los gentiles unos dioses manchados con todas las pasiones y vicios de los hombres adúlteros, ladrones y falsos, y nuestros impíos sólo confiesan un Dios que aprueba las pasiones de los hombres, que no ama la pureza, y que detesta la virginidad. Y porque nunca se imita sin pretender exceder en cualquier materia que sea; afirman los incrédulos, lo que jamás pudo imaginar algún pueblo bárbaro, ni hombre civilizado; afirman, digo, que a Dios no se le debe tributar ningún culto externo, siendo así que hasta los bárbaros hacían algunos sacrificios a los que reputaban por sus dioses; afirman que ni del culto interior hace Dios caso alguno, siendo así que hasta el presente no ha habido pueblo que dejase de respetar a sus divinidades y de temer irritar al cielo con sus perversas obras. Que en caso de haber un Dios no se digna volver sus ojos a este imperceptible globo de la tierra, siendo así que la razón le encuentra a cada paso en la naturaleza y nunca se sustrae a su pupila inmensa.

Dicen… y por qué… ¿será por el miedo de las persecuciones como en tiempo de los Dioclecianos? No ¿Será porque los bárbaros alfanjes amenacen sus cabezas? No. ¿Será porque los esperen las parrillas encendidas y los ardientes y broceados toros? No. ¿Será por el natural horror a la muerte y los tormentos? No; sino por la libertad impía de pensar sin freno y el deseo innato de pecar sin remordimientos; porque en todas las edades fue la religión el ludibrio de las pasiones y humanas y siempre el corazón corrompido arrastró al entendimiento ya ofuscado; porque el hombre siempre ha querido plegar a Dios a su pecados y acomodar su religión a sus apetitos. Recordad si no, qué estragos no hicieron en los cristianos de Egipto y Siria a la ambición de Arrio; qué horrores no se vieron en las Iglesias de África por la soberbia de los donatistas; qué maldades no cometieron los cristianos de Alemania por sólo un desquite de Martí Lutero. De qué escándalos no se ha lamentado Inglaterra por los amores de un Enrique VIII; qué males no han venido sobre los fieles de Francia por la hipocresía y tenacidad de los jansenistas y qué funestos incendios no se experimentan y se lloran por todas partes por el deseo desordenado de discurrir, de leer y de hablar sin freno, no lo que dice la razón ilustra, sino lo que dicta el corazón corrompido. Y estoy seguro os preguntaréis ¿dónde estamos y en qué país vivimos? ¿Acaso entre los salvajes que nuestra Europa califica de incultos y feroces? Y la historia os responderá que los iroqueses y los caníbales, los cafres y los hotentotes, respetan y veneran a sus ídolos y a los ministros de sus ídolos. ¿Quizás en los estado corroídos por el veneno del protestantismo? Y la historia os dirá que los protestantes, para vergüenza y confusión nuestra, son hasta ridículamente religiosos, en cuanto se roza con su culto frío. ¿Por ventura en Constantinopla o en la tribus paganas de la India? Y la historia os enseña que a la entrada de Sta. Sofía y de la pagoda de Jagrenath se quitan los musulmanes y los indios el calzado y tocan la tierra con sus frentes al ver los unos, el estandarte de Califa y la vaca o el elefante los segundos. Pues, ¿Dónde estamos y en qué país vivimos?, Insistiréis. La impiedad avanza, el indiferentismo impera, la fe desaparece, y se malea el corazón, y se entibian las almas y se corrompen los pueblos, y se desborda la sociedad y España antes hija predilecta del catolicismo, es ya teatro de enormes sacrilegios: tenía templos y son impíamente derruidos; tenía imágenes y son brutalmente profanadas; tiene un Dios y es públicamente blasfemado; tiene a Jesucristo en los alteres y es sacrílegamente injuriado. Los libros pestilenciales importan la inmoralidad de todas partes; los pueblos toman, incautos, esas drogas ponzoñosas que sobre comprometen su existencia acibararán un día los momentos de su vida; cual nuevo Atreos y Medeas, vuelan desalados al nuevo jardín de las Espérides para adquirir a toda costa la manzana que ha sembrar la discordia en el seno de sus familias; cuyos incautos miembros se aproximan a la vez a contemplar curiosos esos nuevos ogros que tarde o temprano llegarán a devorarlos, y cándidos Epimeteos, pagarán su ciega curiosidad, experimentando los crueles males de los cautos, pero temerarios Prometeos. Sí, hermanos míos; la razón me los dicta y ¿por qué ocultarlo? El corazón lo siente y ¿a qué disimularlo? Y me lo conciencia el alma, ¿por qué he de callarlo? No, no trabará el miedo mi lengua al paladar, para que no la encadene el Señor con hierros infusibles al fuego del abismo. No, no seguiré los consejos de la prudencia de la carne mostrándome tolerante, para que no se avergüence el Señor de reconocerme por hijo, que ha vindicado su gloria. No, no os dejaré, oyentes míos, entre los espesos humos de esas teas encendidas, para que el Señor no me castigue severo por haberme ocultado criminal humilde. Qué: ¿callar, cuando el crimen triunfa? Eso sería ser esclavo del mismo crimen. ¿Callar cuando vemos pervertir a la sociedad? Eso sería hacerse reos de la impiedad. ¿Callar cuando Jesucristo es ultrajado en sus mismos miembros? Eso sería hacer el infame papel de los judíos…

Pues ¿qué hacer? Decir con los profetas: Caiga, caiga la ira de los ojos del Señor sobre los que en todas partes le blasfeman; que el fuego los consuma; que el viento disipe sus cenizas; que nada quede de ellos; ni sus nombres, ni el nombre sus crímenes. Pero ¡ay! Hermanos míos, que los autores de esas quejas son también hermanos nuestros. ¿Qué hacer? ¿Añadir a voz en cuello: caiga, caiga a mano del Señor con fuerza de exterminio sobre los que indiferentes escuchan tantas profanaciones; que sean su casa y sus bienes presa del pillaje y del saqueo; que su fortuna se desvanezca en su niebla por el soplo de los fieros aquilones? ¡Oh!, no; que son hombres como nosotros y nosotros como ellos, ¡hombres miserables! ¿Qué decir?; ¿deprecar con insistencia; caiga, caiga la maldición de Dios sobre los que de cualquier manera favorecen contra los que atentan contra su majestad inmensa; que falsean sus pies sobre la tierra y destruyen sus manos cuanto toquen; que no vean sus ojos la lumbre de los cielos y sólo hieran sus oídos rumores de confusión; que deseen y nunca consigan y jamás los asista la esperanza? Lejos de nosotros, hermanos míos; que esos infelices mamaron la misma leche que nosotras, leche en todo conforme a la razón, en frase de San Pedro, leche en que no hay dolo ni ficción; según el mismo, bebieron la misma sangre del Cordero; pero apostataron, ¡pasmaos cielos!, apostataron; y nosotros temblemos, hermanos míos, podemos apostatar también; porque la fe es un don, no menos en su origen que en su misma conservación. Sí; múdese para ellos la naturaleza entera, trastornáronse sus leyes invariables, cambióse todo por completo: ya desprecia el hijo las dádivas del padre y rechaza ingrato las caricias de la madre; huye el ciervo de las fuentes de las aguas y rehúsa el corderillo triscar gozoso por la verde grama; miran los peces con indiferencia el cebo, y las sombras huyen de los cuerpos; mustia las flores el vapor del alba, y seca las plantas el agua moderada…

Perdió, perdió la apoteosis su numeroso séquito y los ídolos sus homenajes mil de ignorante aprecio; faltan a Júpiter rebaños coronados, y Neptuno carece de sus toros bravos; no hay machos cabríos para el gran Apolo, ni cabritillos para el crapuloso Baco; asnos para Priapo, ni aves para Esculapio; palomitas para Venus, ni ciervas para Diana. Ya los amonitas desprecian a Moloc, y los Babilonios a Belos, los caldeos a su Fuego y los persas a su Febo; al cocodrilo el Egipcio y al elefante los indios; a su impostor los mahometanos y a sus Manitús los americanos.

Acabáronse las ideas innatas; acabose el orden: todo se acabó: rechaza el pan el hambriento y el sediento la copa cristalina; rechaza el herido el bálsamo y el enfermo la medicina; rechaza el débil las fuerzas, ni quiere el triste alegría; detesta la luz el ciego y el fatigado el reposo, el agobiado el alivio el moribundo la vida. Todo, todo provoca al Eterno, todo concita su ira; todo le arranca estas quejas al verse tan ultrajado. “Crie hijos y los ensalcé y ellos me han despreciado”. ¡Oh! Cuánto le ofende tal desprecio; pero no le irrita menos semejante ingratitud.

La hiedra que destruye y corrompe el árbol que la sostiene; la nube que oscurece el sol que la formara; el mar que sala las aguas que le entran dulces; el bruto que acocea a la madre que le cría; el pobre que emplea la limosna en tosigo para asesinar al mismo que se la diera, y el que arranca el árbol que en el estío le refrigerara; el discípulo que se vuelve contra su maestro, y la cierva que roe los pámpanos que del cazador la guarecieran; y la de Bruto, con su bienhechor; y a de Pompilio con su defensor y la de Calícula con el más tierno amor, y …Atrás, atrás Saúles y Axchitotófeles, Absalones y Jeroboanes, Amasías y Jerusalenes, Sichemitas y Amonitas, Romanos y Colonienses… Atrás que no bosquejáis siquiera el horroroso cuadro de la ingratitud de esos impíos que así osas insultar a Aquel cuyo ojo todo lo ve, cuya mano todo lo contiene, cuya voz todo lo ordena; que mira, y la vida y la muerte brotan de sus ojos; dice, y a su voz pululan los mundos y los cielos se extienden; habla, y su palabra agita los vientos y los mares calma; ; que, si extiende su mano abarca la tierra: si la mira airado la convierte en polvo; si piadoso en escabel de su grandeza; cuyo asiento es la paz, su trono la justicia, su abismo es el caos, su soplo la creación; que da luz a la luz, fin a los mundos, a los astros órbitas, jugo a las hierbas y a la mar arenas; cuyo nombre esculpe el rayo, el relámpago lo ilumina, y lo publican los truenos. No, no delineáis siquiera la monstruosa monstruosidad y barbarie de esos modernos Abisinios, que ingratos, escupen blasfemias contra el sol que los alumbra y contra es Divina Antorcha que los guía por la tenebrosa noche de la vida; contra esa Ciudad donde Dios habita, cielo donde se ensalza, trono donde se sienta y nave donde se embarca; contra esa voz de amor que amores engendra, palabra de dulzura que ambrosía destila, imán de los corazones que lleva a todo viento y hechizo de las almas que roba sin esfuerzo; contra esa purísima Madre y Virgen, criatura y gracia, mujer y amor, cuya pureza en el sol, su misericordia en el mar, su soberanía en el cielo y su humildad en la tierra; y su gracia más suave que el bálsamo, más dulce que la miel, más blanca que la nieve, más estimable que el oro, más precioso que la plata, más refulgente que el sol, más bella que la luna, más hermosa que los cielos, más pura que las estrellas, más olorosa que el nardo, y más delicada que el néctar.

Sí; horrorizaos, hermanos míos, no contentos con blasfemar, impíos de nuestro Dios y Señor, blasfeman también de su santísima Madre y nuestra, de esa Madre que hace poderoso al pobre, ciñe al triste corona de alegría, y sube al infeliz a la carroza de la felicidad, y a cuya mirada cobra alientos la vida, luz el alma, pureza el corazón, y elevación el espíritu; porque María es al hombre como lo que el tallo a las plantas, lo que la tierra a las raíces, lo que la brisa a las flores. Lo que el sol a las plantas, lo que el alma a la vida, lo que la luz a los colores; luz a los ojos y paz al espíritu, delicias al alma y júbilo al corazón, y melodía al oído, y miel a los labios, y freno al a carne, y deliquio a la mente y aliento a la vida. ¡Y contra ese Dios ponen en el cielo horrorosos gritos de blasfemia esos emisarios del infierno!; y ¿no exhalaréis vosotros vuestra alma en himnos de desagravio, perfumados en la esencia del amor? Y contra esa Madre, vomitan los impíos mil ultrajes que después de partir de dolor las almas en la tierra, suben al cielo en fulminantes nubes a provocar la venganza de su Hijo, que siempre aplasta con pasada planta a los que amancillar pretenden a su dulce Madre. Y no jadearán de cansancio nuestros pechos por el latir activo de nuestro corazón, transido de dolor por el ultraje hecho a esa Prenda Amada, que a vuestros ruegos lo mismo condensa y precipita en benéficas lluvias los vapores raros que suspende y disipa los importunos y apiñados, y a cuya presencia las afecciones ceden y el funesto genio de la muerte bate las alas con presteza rara, y mal de su grado abandona vuestro suelo.

¡Ah! No; porque eso sería haceros partidarios de esa doctrina en boga, de ese trasunto de todos los vicios y conspiración perenne contra todas las virtudes, extracto de todas las calamidades que pueden sobrevenir al linaje humano y esencia de todas las herejías e impiedades arrojadas del abismo, carta de pago de todos los crímenes cometidos y alevosamente ejecutados y salvoconducto para todas las violaciones pasadas, presentes y futuras; de esa… pero basta, que vosotros sois discípulos, y, al menos creería injuriaros, pensando lo contrario, amáis esa doctrina, aroma de la obediencia y perfume de la justicia, esencia del amor y ámbar del desinterés, extracto del verdadero patriotismos y néctar de la abnegación, observancia de las leyes, así divinas como humanas, y respeto de todos los derechos tanto sagrados como profanos; porque seguís el principio de los homenajes a Dios y de los hombres entre sí; porque detestáis esa doctrina que da igual valor al vicio que a la virtud y sabéis que Jesucristo sólo aprecia la virtud; aborrecéis esa sectas que hacen igual estima del bien que del mal y amáis a Jesucristo, que sólo aprecia el bien; desconfías de esas sirenas sociales que prometen, igual protección, la misma salvaguardia e idénticos fueros al error que a la verdad, y estáis persuadidos de que Jesucristo es la verdad, lo teméis todo de esa hidra que entroniza el desorden frente a frente del orden, para que la justicia oprima con su inmunda planta a la justicia, la impiedad a la religión, y la tiranía a la paternidad y la anarquía a la sociedad entera, y todo lo esperáis de Jesucristo, que proclamó el orden y la justicia, la religión y la paternidad en bien de la sociedad entera. ¡Estáis convencidos!...

Pero ¿a qué más? Si a pesar de la estólida risa que vaga por los labios de algunos soberbios que lanzan una mirada de hipócrita compasión sobre nuestras frentes, os veo resueltos a exponer vuestras vidas por esos infelices que blasfeman de la misma luz que los alumbra y se vuelven furiosos contra la madre que los agasaja; si os contuviera el convencimiento de que ni a los muertos oyen cuando atraviesan ciegos los inmundos templos crapuloso Baco para llegar a ofrecer postrados el hediondo incienso del obsceno Príapo y no os constará de que no por eso habrán de quedar impunes, y de que el Señor ha dicho: ¡Ay del pueblo que huelle la ley del Rey de los Reyes y legislador de legisladores de las naciones! ¡Ay del pueblo que permita tantos sacrilegios y no me desagravie de tantos ultrajes! ¡Ay del pueblo que escuche indiferente tantos crímenes y entregado a intereses, no se cuide de mi gloria! Mi silencio, ¡su anatema! Mi paciencia, ¡la horrura de su juicio! Mi sufrimiento, ¡acopio de castigos! ¡Que mía es la venganza! ¡Míos los cielos! ¡Míos los infiernos, que crujen a mi voz en son de devorarlos!

¡Más no sea así Señor!; ya que por un exceso de vuestra bondad permitís os ofrezca indigno esa Divina Hostia de expiación, dispensadme os ofrezca también en desagravio a tamaño desacato y por la conversión de esos infelices extraviados, el sacrificio de nuestros corazones con la mortificación del tumor de su soberbia y del cáncer de su avaricia, de la gangrena de su lujuria y de los arrebatos de su ira, de lo insaciable de su gula y de los pesos y poltronería de sus envidia y su pereza, con los Perfumes de la humildad y la largueza, y las esencias de la pureza y de la paciencia y los aromas de la templanza y de la caridad, el ámbar del corazón y los aromas del alma, y los deliquios de la mente y los homenajes de nuestras almas que os aman más que el espíritu que agita la lumbre de nuestra existencia, más que el genio que se regocija en nuestro corazón, más que el ángel que vigoriza nuestra inteligencia, más que el relámpago de luz que arde en nuestras pupilas, más que el pebetero de incienso que guardan nuestros labios, más que la nube de arreboles que vela nuestro sueño…

Notas