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FAUSTINO MÍGUEZ. SIGNO DEL AMOR DE DIOS
Sacramento Calderón H.D.P.C.

FAUSTINO MÍGUEZ. SIGNO DEL AMOR DE DIOS

Sacramento Calderón H.D.P.C.

RELIGIOSAS CALASANCIAS

MADRID-1993

Hoy, día 8 de marzo de 1993, nos reunimos para dar gracias al Señor porque desde el día 21 de Diciembre de 1992, el P. Faustino Míguez puede ser considerado como el CREYENTE que vivió las virtudes cristianas en grado heroico.

Al reconocerlo así, la Iglesia afirma que Faustino Míguez, poseído por el Espíritu y con un gran amor hacia el prójimo, forma parte de la historia de Salvación proyectada por Dios para ese tiempo concreto en que le tocó vivir.

Tomar como punto de referencia a Faustino Míguez es hablar de una vida abierta al designio de Dios; de una vida con una gran sensibilidad a los signos de su tiempo, en los cuales supo descubrir e interpretar el lenguaje del Espíritu. Encontrarnos con Faustino Míguez es entrar en contacto con un hombre que caminó con los ojos de su interior abiertos y con la mirada puesta en Dios y por Él en sus hermanos , los hombres.

Su vida hay que comprenderla en el testimonio que él ha dado y en el rastro que ha dejado en los que le conocieron.

Su ubicación histórica es concreta. Nace a la vida en Xamirás, una de las trece aldeas pertenecientes a Acevedo del Río, provincia de Orense, en el año 1831. Crece en un ambiente familiar enmarcado por una gran fe en Dios, la oración, la devoción a María, la solidaridad con los más necesitados y el trabajo.

En su juventud y sintiéndose llamado al sacerdocio, estudia en el Santuario de Nuestra Señora de los Milagros, en la provincia de Orense. Allí su vida fue regada por un “agua viva”, regalo de Dios, que hizo brotar en su interior valores humanos y religiosos y profundas convicciones. Todo ello le modela para acoger la llamada de Dios a entregar la vida que hay en él.

Conoce allí a un sacerdote escolapio, familiar de uno de los compañeros a los que ayuda al estudio. Este encuentro supone para Manuel (era su nombre de pila) descubrir una nueva dimensión de la elección divina: ser sacerdote y además maestro-educador para identificarse así con Jesús que ama, enseña y acoge a los niños. Y todo según el espíritu de José de Calasanz. La respuesta de Faustino es SI, SEÑOR. Diríamos que es su primer gran si a la Voluntad de Dios.

Ingresa al Noviciado de San Fernando de Madrid de las Escuelas Pías en 1850 y el día 12 de Diciembre toma el hábito de manos del P. Julián Alejandre, Superior Provincial. Es entonces cuando cambia su nombre de Manuel por el de Faustino de la Encarnación. Atendiendo al significado etimológico de Faustino – “feliz acontecimiento”-, su nuevo nombre completo nos estaría diciendo “feliz acontecimiento de la Encarnación”. Misterio que él contempló y vivió profundamente.

Hizo su profesión de votos solemnes el día 16 de enero de 1853 y fue ordenado sacerdote el día 8 de marzo de 1856, en la Parroquia de San Marcos de Madrid.

En el año 1857 es destinado a la nueva fundación escolapia de Guanabacoa, en Cuba, donde permanece durante casi tres años y donde se manifiestan sus dotes de educador y sus inclinaciones a la botánica y al estudio de las propiedades terapéuticas de las plantas.

En 1860, regresa de nuevo a la Península – por problemas de salud- y es destinado a los colegios de

-San Fernando de Madrid
-Getafe. Lugar en el que estuvo destinado desde 1861 a 1868, y posteriormente de 1888 hasta su muerte, en 1925. De sus 94 años de vida, 45 permaneció en este colegio.
-Celanova (Orense). Es una nueva fundación. Para la inauguración del colegio prepara un discurso de carácter pedagógico, que recoge toda su teoría sobre la educación
-Sanlúcar de Barrameda (Cádiz). Ciudad a la que fue destinado en dos ocasiones diferentes: de 1869 a 1873 y de 1879 a 1888.
-El Escorial. Allí fue nombrado bibliotecario del Real Monasterio.
-Monforte de Lemos (Lugo). Desempeñó el cargo de rector.

Su larga vida hemos de abordarla desde cuatro facetas diferentes:

SACERDOTE. Faustino Míguez vive con gran gozo su ministerio sacerdotal, que valora profundamente como un gran don, porque en palabras textuales suyas: “la influencia del sacerdote abraza inmensas proporciones. La tiene en el hogar doméstico…. La ejerce en el ánimo del pobre que fortifica…, el del huérfano, a quién consuela, en el del menesteroso a quien enjuga sus lágrimas… pero lo más maravilloso de su acción se encuentra en relación a la individualidad. Apenas un ser viviente abre los ojos a la luz del tiempo, ya le pertenece; santifica el principio de su existencia, tiende a santificarle por todo el tiempo de su vida y le recoge el postrer aliento de su eterna emigración…”.

Dedica largos ratos del día a la dirección espiritual. Desde el confesionario contribuye a la salud del espíritu, devolviendo la paz al que se acerca arrepentido. Nos lo describe así el P. Olea Montes que convivió con el P. Faustino en Getafe y se confesaba, de ordinario, con él: “Era un médico excelente, que sanaba las heridas de los enfermos de espíritu, derramando sobre ellas, como el samaritano del Evangelio, aceite y vino del amor de Dios. Era un padre, a quien sus hijos no se avergonzaban de descubrir los escondrijos del corazón y a quien, en las horas de amargura espiritual, acudían los fieles en busca del consuelo y del oportuno remedio”.

EDUCADOR. Como escolapio, nos dice él mismo, que se siente “consagrado a la educación”. Acercarnos a él como educador es acercarnos a alguien enamorado y amante de la educación. Así se percibe en todos sus escritos de carácter pedagógico. Se nos muestra totalmente convencido de la importancia de la educación para que la persona llegue a ser feliz y como medio para renovar la sociedad. Escribe, en el discurso pedagógico, citado anteriormente “renovar la sociedad desde su misma base y hacer la felicidad humana, mediante una educación sincera…” Es un educador , fiel a su Fundador, José de Calasanz. Su tarea educativa está marcada por el lema calasancio PIEDAD Y LETRAS.

Hay que destacar su entrega diaria, su trato amable, humano y delicado con los alumnos; lo constatan así los propios alumnos en los testimonios que de ellos tenemos, y las personas que le conocieron, también el carácter experimental y práctico que da a la asignatura que imparte y su preocupación por los alumnos más atrasados. Son interesantes sus aportaciones a la didáctica de las ciencias, con los libros que escribió: Nociones de Historia Natural, Nociones de Física Terrestre y Diálogos sobre las láminas de Historia Natural. Así se reconoce en el Diccionario de Ciencias de la Educación, en el que aparece como pedagogo.

CIENTÍFICO. El doctor Basil Cavernali, médico que hizo un estudio de sus específicos, manifiesta que hablar de Faustino Míguez es “tanto como adentrarnos en una vida dedicada por entero al amor de Dios y a la ciencia”

Desde su vocación científica, que descubre en Cuba y después consolida y desarrolla a lo largo de su vida, Faustino Míguez quiere liberar a la humanidad que sufre en el cuerpo, ya que “ si a ejemplo de mi Divino Maestro, nos dice él, debo mirar el primer término la salud del alma, también estoy en la obligación de atender, según mis fuerzas a las del cuerpo”

Esta convicción le urge al estudio y conocimiento profundos de los efectos medicinales de las plantas, pues cree que Dios ha depositado en la Naturaleza, y precisamente en las plantas, los elementos necesarios para curar la enfermedad. La ciencia, afirma él, está en conocer sus propiedades y saberlas aplicarlas. Desde aquí nos es posible decir que la Naturaleza era para él como “una de las grandes huellas de Dios”.

Cuando es destinado, por primera vez, a Sanlúcar de Barrameda, concibe el proyecto del análisis de las aguas de los numerosos manantiales de la ciudad, para comprobar científicamente, si las aplicaciones terapéuticas que por tradición viene haciendo, son las adecuadas. Es el Ayuntamiento, quien le encarga este proyecto, que realiza durante siete meses, con el único móvil de la gloria de dios y con el deseo de ser útil al pueblo. Terminado el análisis, el Ayuntamiento le nombra “hijo adoptivo de la ciudad” y le publica el libro con los resultados.

FUNDADOR. El P. Faustino Míguez urgido por el Espíritu, configurado con Cristo y movido por el amor, se siente llamado a hacer presente la Buena Nueva del Evangelio entre la mujer marginada desde el punto de vista educativo, en concreto en la sociedad de Sanlúcar de Barrameda.

Es este mismo Espíritu quien le concede ojos de profeta para captar la situación de abandono e ignorancia de la mujer, y para descubrir la necesidad que tiene de alguien que le guíe, desde la infancia, por el camino de la promoción humana y cristiana.

Muy dentro de Faustino Míguez resuena, la importancia de la mujer en el hogar: “… de esas almas, de esas heroínas que también se forman en el hogar doméstico cuando la madre es lo que debe ser y desempeña en aquel las funciones de apóstol que le corresponden”, y también en la sociedad: “… hacerlas buenas cristianas… y miembros útiles de la sociedad de que deben de formar un día la parte más interesante”. Y es que, en palabras de Gandhi, quien educa a un hombre promociona una persona, pero quien educa a una mujer, promociona a una familia.

El carisma de fundación que recibe le lleva a leer, desde el Evangelio esta marginación que sufre la mujer y a dar respuesta a esta necesidad en un servicio incondicional de caridad. Surge así la Congregación de Hijas de la Divina Pastora, cuyo objeto concreta el P. Fundador en las Bases de la misma: “Buscar almas y encaminarlas a dios por todos los medios que estén al alcance de la caridad”

“Para evitar que la inocencia del corazón se pierda entre las tinieblas de la ignorancia”, propone una educación integral, que abarca la formación del corazón, los sentimientos y la personalidad, por un lado y por otro, la ilustración de la inteligencia.

Estos serían los mínimos datos de una biografía, ya muchas veces repetidos. Nos interesa sobre todo considerar su intimidad, su experiencia espiritual según los datos que tenemos.

Faustino Míguez una vez que se ha consagrado al Señor en las Escuelas Pías, entiende que su vida ya no le pertenece, sino que es para Dios en el servicio a los hermanos. Su vida pasa a ser, a partir de este momento y recorriendo un camino ascendiente y progresivo, una AVENTURA A LO DIVINO.

¿Qué queremos expresar con ello? Que su vida e, sobre todo, la existencia del hombre que ama y deja a Dios ser Dios en él,: la vida del hombre que hace de Dios su centro, que sabe percibir la huella de Dios en él, que vive radicalmente su consagración a Dios. Radicalidad que expresa en s u principio SER O NO SER. Y él, bajo la acción del Espíritu, opta por ser.

Desde su apertura a Dios, por la que va caminando y avanzando hacia la santidad, Faustino Míguez aprende cómo librar cada día la batalla de la soberanía de Dios frente a la soberanía de lo terrero y lo frágil. La escuela a la que asiste para este aprendizaje es la intimidad con el Señor y el contacto con la Eucaristía, ante la que pasa largos ratos del día.

No obstante comprueba y experimenta en propia carne – sabemos que era un hombre de temperamento fuerte- que este aprendizaje no está exento de dolor y cruz. En el Decreto de declaración de Virtudes Heroicas se afirma:

“Fue fuerte en las adversidades y en la obediencia”.

Lo reconoce asimismo el P. Juan Mármol, Sch. P., Superior de la Comunidad de Sanlúcar de Barrameda, en la oración fúnebre pronunciada el 16 de marzo de 1925:

“La tribulación purificó su alma y fue causa de que arraigaran en su corazón las grandes virtudes entre las que sobresale la humildad”.

Su vida tiene un solo ideal: ser de Dios y por Él, permanecer al servicio del pueblo. El mismo nos dice: “Como escolapio, soy del pueblo y para el pueblo”. Contemplando toda su existencia , en conjunto, descubrimos en él un gran apasionado y fascinación por la persona de Jesús. En el Decreto, citado anteriormente, de Declaración de sus virtudes se afirma:

“Siguiendo el camino de la verdad y de la cruz llegó a ser discípulo del Divino Maestro”.

Cuando define nuestra identidad como Hijas de la Divina Pastora, no hace sino plasmar esa profunda experiencia espiritual que está viviendo. Así lo expresan los siguientes textos de nuestras Constituciones:

“Ser en lo posible una imagen de Cristo como Él lo es de su Eterno Padre y que al intento se conduzcan en todas sus acciones como lo haría Cristo en su lugar”. RF XXI
“La única, la verdadera dicha está en parecerse , en imitar al Autor de la dicha”. Ep.70
“Es indispensable parecerse a Jesucristo en el espíritu, en el corazón y en la lengua; y juzgar de todas las cosas como Él juzgó y despreciar y estimar lo que Él estimó” Ep.140

Es desde aquí, desde esta experiencia de identificación y configuración con Cristo, desde donde podemos entender que el principio y norma de su vida sea la aceptación de la Voluntad de Dios. Así se recoge en el ya citado Decreto:

“Su larga vida, consagrada por completo al Señor, fue un continuo acto de fe y un constante y alegre sí a la Voluntad de Dios que fue siempre la norma suprema de su vida, de la que jamás quiso separarse, ni siquiera en los momentos duros de la prueba y del dolor”.

Él nos hace una íntima confesión al final de su vida, con motivo de la aprobación definitiva de las Constituciones:

“¡Qué de veces los sinsabores, disgustos, persecuciones y otras lindeces por el estilo, me pusieron a prueba de tirarla, Dios lo sabe; que yo no puedo ni quiero ya recordarlo! Varias veces me encontré tan fustigado que … llegué a dudar si cumplía o no la voluntad de Dios en seguir dirigiéndoos…, pero ahora ¡loado siempre!, ya me consta que no estaba equivocado en proseguir lo que había comenzado, cuando el Señor lo acaba de aprobar como bueno y útil a su Santa Iglesia!”.

En su vida, es de todos conocido, no faltó la cruz de la prueba, la dificultad y el sufrimiento; En Él se hacen realidad una vez más las palabras del Eclesiástico: “Hijo, si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba”.

La cruz aparece y está presente en:

  • La incomprensión de los que no entienden, ni están de acuerdo con que trabaje fuera del colegio, se dedique a la educación de las niñas y esté en contacto con una Asociación de mujeres.
  • Las críticas y denuncias de la clase médica de Sanlúcar de Barrameda por su atención a los enfermos. Le consideran como un rival, y presionan para que sea trasladado. Por ello cuando llega a Getafe está cuatro años sin dedicarse a los enfermos, Pero el eco de éxito de años anteriores hace que comiencen a llegar de nuevo los enfermos, a los que atiende movido, como él mismo nos dice, por “ el amor que profesa a la humanidad doliente”.
  • Su traslado a Getafe en 1888, cuando la naciente Asociación cuenta sólo con tres años de vida- ha sido fundada en 1885- y con algunas jóvenes novicias, sin experiencia. Ninguna objeción, Sólo la profunda certeza de que Dios velará por ellas y por la incipiente obra. Nos relata M. Ángeles, primera religiosa del Instituto y también la primera Superiora General:
“Nos dijo convenía que se ausentara para que vieran que era obra de Dios; no apurarse, confiar en que Dios cuidará más que nunca de vosotras….”
  • El momento de su renuncia como Director, cuando descubre que no es voluntad de sus superiores que siga al frente de esta obra. Su gran sentido de fe le lleva a ver en los superiores puntos de referencia en su permanente movimiento de búsqueda de la Voluntad de Dios. Comunica así su decisión a M. Ángeles:
“Yo ya no os puedo dar licencia para renovar los votos ni para nada. Mientras el Sr. Arzobispo no provea otra cosa, procura tú asumir las facultades que el reglamento te concede. Que yo ya no soy nada para vosotras, desde el 9 del pasado, en que viendo que no es voluntad de mis superiores que siga al frente de eso, mandé mi renuncia al Sr. Arzobispo por conducto del mismo P. Provincial”:
  • El fallecimiento de la Superiora General, M. Julia Requena que provoca una crisis en la Congregación, un año antes de su muerte.

Y a pesar de todo le descubrimos como el hombre invencible ante la prueba:

“Sólo Dios sabe lo que me costó este instituto, lo que por él sufrí y lo dispuesto que todavía estoy a dar por él mi vida”.

Es, sin duda, la presencia de la cruz que Cristo promete a todos aquellos que caminan tras de Él, y que Faustino Míguez sabe asumir por amor y fidelidad a la Voluntad del Padre. Así lo expresa él:

“El esforzarse es cargar con el peso que el Amo le ha puesto es cumplir su Santa Voluntad. Si por ello te alaban: no a nosotros, Señor, sino a Tu Nombre da la gloria. Si te censuran: Bendito sea Dios que así purifica aquí”

Aprende, desde la experiencia, que el sufrimiento y el gozo son banderas que acompañan al que camina confiado en pos del Señor.

Su vida de amor a Dios está también marcada por un gran celo por la gloria de Dios y la salvación del hombre. “Todo a honra y gloria de Dios”, repetía él constantemente. Don Tiburcio Ruiz de la Hermosa, su confesor, dice textualmente: “le consumía el celo por la gloria de Dios”. Este celo apostólico se hace patente en su entrega diaria, como escolapio, a la educación, la obra que, con palabras de Calasanz, él define, - en el discurso pedagógico que pronuncia en la inauguración del Colegio de Celanova y al que anteriormente hacíamos referencia-, como

“la obra más noble, la más grande y la más sublime del mundo porque abraza a todo el hombre tal y como Dios le ha concebido,… porque ayuda a seguir la vocación cristiana”.

Podemos afirmar que su pasión fue la evangelización, el anuncio del Mensaje, a través de la educación. “Llevaba a sus alumnos a la fe por la ciencia”, manifiesta un alumno suyo en Getafe.

Faustino Míguez urgido por este celo apostólico acoge al otro, se desvive por el hombre y ensancha cada día más su horizonte apostólico. Deja a un lado los propios proyectos y se abre disponible al proyecto de Dios, que es el Reino. Así escribe a M. Ángeles:

“Os tengo en lo íntimo del corazón y a cualquier movimiento que hacéis fuera de la senda que a Dios os lleva, siento un malestar que no paro hasta que os veo otra vez en la senda buena”.

Es este celo el que le mueve a hacer el Voto de Animas cuando está en Getafe, en 1866 (muestra de su devoción por las almas del Purgatorio), a dedicar largas horas al confesionario para atender las necesidades espirituales de los hombres de su tiempo, a liberar a la humanidad, del dolor físico y la enfermedad, y a la mujer, de la ignorancia.

Por todo ello, nos es posible afirmar que Faustino Míguez es un pequeño, pero profundo signo del Reino que Jesús instauró en nuestro mundo y que es de aquellos que se hacen violencia. Él dejó que el dinamismo del Espíritu triunfara sobre sus inclinaciones terrenas y frágiles más profundas. Y porque supo responder, fue lo que estaba llamado a ser: SIGNO

SIGNO de AMOR, entre los hombres y mujeres de su tiempo. El amor de Cristo es el gran valor de su vida, que le impulsa al amor al prójimo.

“Y como el amor todo lo vence, si mucho amáis a Dios, ¿qué no podréis hacer por la educación de vuestras alumnas, provecho de la sociedad y gloria de Dios?”

“Nos dice. Confiesa, al final de su vida, que ésta ha girado en torno a dos palabras: AMAR y SUFRIR.

“No te aflijas, ni hagas caso de nada, solo AMAR y SUFRIR, yo haga igual…”

SIGNO de FE y CONFIANZA. Como auténtico creyente, tanto cuando goza de las riquezas y dones recibidos como cuando su camino se angosta y se ve forzado a vivir la soledad, el aislamiento, entona su canción y lema de fe: “ dejemos obrar a Dios, que para mejor será”.

Escribe a M. Ángeles:

“Yo no tengo tales recomendaciones… Y me guardaría de buscarlas, aunque pudiese, para una cosa tan sagrada: o es de Dios o no; si lo primero, lo sacará a flote; si lo segundo, tiene que perecer”. Dios es el único, pase lo que pase.

SIGNO de la VERDAD Y LA JUSTICIA. Fue un apasionado de la verdad y la justicia, y por ello un hombre claro en decir la verdad y en denunciar la injusticia. La fidelidad al grito de su conciencia y su espíritu de justicia le lleva a oponerse a todo aquello que suponga lesión jurídica o trasgresión de la verdad.

SIGNO de HUMILDAD. Virtud que engendra en él el espacio necesario para Dios, que “de ordinario, nos dice el P. Faustino, se sirve de los instrumentos más humildes para la obra más grande”

SIGNO de DONACIÓN. Entiende que su vida es un don recibido para entregar generosamente, hasta el martirio, si ello es preciso. Esta honda convicción la expresa ya en una carta que escribe desde Cuba, cuando tiene 28 años:

“Pronto seré víctima y muy gustoso, como soldado que quiere morir al pie del cañón”

Más tarde le vemos de nuevo escribir:

“¡Si Dios nos concediera a todos morir por su amor! Dios me conceda lo que siempre he pedido, la gracia del martirio que implica el don de la perseverancia”

Pide cada día a Dios lo que es considerado como la mayor prueba de amor, el martirio, símbolo a su vez, del que se entrega de verdad a Dios.

Es indudable que le fue concedida la gracia del martirio lento.

SIGNO de RADICALIDAD, que expresa en uno de los lemas de su vida: “O ser como se debe, o no ser”

Faustino Míguez entendió bien que su Padre dios le lanzó a los caminos del mundo para ser el samaritano que ofrece su ayuda al necesitado, a aquel que necesita que alguien se ocupe de él. Y él mismo se sintió sorprendido con el milagro del amor compasivo que el Espíritu derramó abundantemente sobre él.

Concluiría expresando la profunda convicción que brota en mi interior como Religiosa Calasancia, seguidora del Señor por el camino de Faustino Míguez: Cuando nace en Xamirás, el 24 de Marzo de 1831, Dios hace un gran regalo a la humanidad, el regalo de un hombre cuyo ser, se convierte en un diligente y apasionado instrumento del amor de Dios al hombre.

Notas