SinMasImpulso/B2. FIDELIDAD A SÍ MISMO: AUTENTICIDAD DE VIDA

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B1. EXPERIENCIA ESPIRITUAL, ¿DE QUÉ ESTAMOS HABLANDO?
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SinMasImpulso/B2. FIDELIDAD A SÍ MISMO: AUTENTICIDAD DE VIDA
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B3. COMO DISCÍPULO EN LA ESCUELA DEL CORAZÓN DE JESÚS
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B2. FIDELIDAD A SÍ MISMO: AUTENTICIDAD DE VIDA

El acercamiento a la fidelidad a sí mismo nos introduce en un debate actual y puede hacer surgir la duda: ¿Nos estaríamos moviendo en un plano ético o en el ámbito la fe? ¿Pueden entrar en contradicción? Cuando se habla de un hombre de conciencia, se piensa en alguien dotado de ciertas disposiciones interiores: alguien que no compra jamás, a costa de renunciar a la verdad, el estar de acuerdo, el bienestar, el éxito, la consideración social y la aprobación por parte de la opinión dominante. Es el que siente el deber de obedecer más a la verdad reconocida en la propia interioridad que al propio gusto e interés, incluso en contraste con los sentimientos propios y con los lazos de amistad y de una común formación.

Al hombre moderno le cuesta comprender y contrapone autoridad y subjetividad: la conciencia es la norma suprema que es preciso seguir siempre, incluso en contraste con la autoridad. Para él, la conciencia está al lado y es expresión de la persona mientras que la autoridad parece restringir, amenazar o incluso negar la libertad. Pero la conciencia no sólo no se opone a la autoridad, sino que está íntimamente unida a ella por el lazo de la verdad. Esta verdad es el término medio que asegura la conexión entre ambas.

Al dejarnos conmover por un acto que brota de la profundidad de la conciencia, se descubre que la verdadera libertad es un signo claro de la presencia de Dios en el ser humano y que, siendo tarea intransferible de cada uno, es también don recibido.

San Buenaventura, al que nuestro santo venera como maestro espiritual, describía la conciencia como un heraldo de Dios, como su mensajero, y como tal, tiene la fuerza de obligar, da testimonio de la rectitud o la maldad del hombre al hombre mismo, pero a la vez y antes aún, es testimonio de Dios mismo, cuya voz y cuyo juicio penetran la intimidad del hombre invitándolo a la obediencia.

En el s. XIX el beato y cardenal John Henry Newman, contemporáneo de Faustino Míguez, en su reflexión sobre la conciencia, subrayaba el primado de la verdad sobre la bondad y sobre el consentimiento, sobre la capacidad de acomodación de grupo.

El Concilio Vaticano II[Notas 1] nos recuerda que en lo profundo de su conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, pero a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándolo siempre a amar y a hacer el bien y evitar el mal. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella. Lo que sucede en la intimidad de la persona está oculto a la vista de los demás desde fuera. (…) sólo la persona conoce la propia respuesta a la voz de la conciencia. Nunca se valorará adecuadamente la importancia de este íntimo diálogo del hombre consigo mismo, que es en realidad el diálogo del hombre con Dios, autor de la ley, primer modelo y fin último del hombre[Notas 2].

Ahora bien, que uno actúe en conciencia no implica que necesariamente esté actuando bien, en el completo sentido del término. Para que la conciencia pueda convertirse en norma debe de cumplir una serie de condiciones: la rectitud, la veracidad y la certeza. La rectitud como el sentir interno de que mi corazón no me condena, la búsqueda de la verdad como talante de vida y la certeza de que Dios lo quiere. Se refiere a la exigencia de actuar con autenticidad y proceder honestamente, con el deseo de hacer el bien, de disponibilidad a la voz de Dios. Así afirmará nuestro santo que la paz del alma es el heraldo de una buena conciencia.

En Faustino Míguez, esa fidelidad inquebrantable a lo que él consideraba como correcto, ¿se trataría de una testarudez subjetiva o una fidelidad radical a Dios cuya voz se le manifestaba en su conciencia? Tendremos que escudriñar en sus textos, leer en sus reacciones y actitudes, rastrear en su paso por las distintas comunidades, situaciones y experiencias que acontecieron en su vida para discernir si era el susurro del Espíritu, la presencia de Dios mismo, que le invitaba a una obediencia radical.

Para Faustino seguir los dictados de la conciencia era obedecer a Dios. Así lo expresa en determinados momentos: Seguid solamente a vuestra conciencia[Notas 3]. Quien sólo a Dios busca, en sola su buena conciencia se consuela.

Escuchémosle en distintas situaciones “críticas” de su vida y atendamos a lo que pudo acontecer en su interior.

En la casa de formación en San Fernando de Madrid

En sus primeros años de vida religiosa, como estudiante seminarista, él mismo expone su visión en una “Conferencia sobre la conciencia” dirigida a su comunidad religiosa, según las exigencias prescritas para complementar la formación teológico-moral de los estudiantes y favorecer la observancia regular entre los religiosos escolapios:

(…) La conciencia es una especie de sentido no corporal, un sentido interno, sentido íntimo, es percibirse el alma a sí misma, es saberse consigo, es ser consciente (…) Es la capacidad que tiene el hombre de conocerse a sí mismo. Es la norma con que aprendemos a discernir el bien del mal, lo justo de lo injusto y lo lícito de lo ilícito, (…) nos dicta en todas las circunstancias lo que debemos hacer u omitir, (…) nos trae a la vista las obras, ora buenas ora malas (…) nos indica lo que debemos hacer[Notas 4].

A través de los escritos, sobre todo los espirituales y las cartas, nos damos cuenta de que Faustino Míguez se pasó la vida escrutando su conciencia, entrando en las motivaciones más profundas de su actuar, revisando su intención, examinando cada detalle minuciosamente, como aprendió de san Ignacio[Notas 5], proyectando sueños con que dar cuerpo a una intuición, mirándose en el espejo de Jesucristo, su Bienamado, estudiando lo más conveniente y oportuno. Obedeció a la voz que escuchaba e hizo de esa escucha y de esa obediencia un estilo de vida: siempre escuchando y obedeciendo, siempre tras la aventura de ser él mismo. Siempre entendiendo que él era la mejor palabra, acaso la única, que Dios le había concedido.

Voy con una lámpara encendida en la mano buscando en los tortuosos laberintos de mi conciencia, una acción digna del hombre[Notas 6].

No podemos olvidar la renuncia de bienes, realizada por Faustino antes de su profesión solemne. Faustino no realizaría un rito sin más sino que lo viviría con pleno sentido. A través de una de sus cartas se puede entender que su voluntad de renunciar a sus bienes era radical y que lo hizo en conformidad con su conciencia: Yo sin merma alguna y de acuerdo con mi conciencia, cedí por completo a los supervivientes inmediatos no sólo lo mío sino también cuanto me dejaron los parientes finados [Notas 7]. En años sucesivos reafirmó esta voluntad con renuncias a bienes que le tocaron por herencia de sus padres y de su hermano José.

Urgido por un gran celo apostólico y sacerdotal, defiende lo que considera es un derecho de los religiosos

En calidad de huésped de marzo a julio, en el colegio de San Fernando de Madrid tras su regreso de Guanabacoa (1860) nos encontramos con un joven religioso de 29 años al que le son concedidas licencias ministeriales para confesar y predicar con carácter temporal no absolutas por el Arzobispo-cardenal de Toledo. El P. Faustino no entiende esta limitación, ya que ha gozado de ellas con toda su amplitud en la isla de Cuba. Expone su punto de vista sobre el particular con la sinceridad y franqueza que siempre le caracterizarán. Desde su ímpetu juvenil y fuerte carácter, defiende lo que considera un derecho de los religiosos[Notas 8].

En la carta que envía al Arzobispo pone de manifiesto su claridad y concreción a la hora de exponer el problema, rasgos que lo acompañarán durante toda su vida y que aparecerán en distintas situaciones. El Arzobispo comunica el hecho al Provincial de Castilla que “el P. Faustino Míguez de la Encarnación, uno de los religiosos que actualmente residen en ese colegio, se ha quejado de mi Vª Ecco. por la limitación con la que le había concedido las licencias de confesar y predicar y he mandado contestarle que dicha autoridad no le había hecho agravio alguno al limitar el tiempo de sus licencias no menos contrariado los derechos de los Regulares, cual lo suponía el querellante...” [Notas 9]. Tras un diálogo epistolar el Arzobispo de Toledo, por medio de su secretario, D. Pablo Yurre, se dirigió al Provincial de Castilla ordenándole suspendiera al P. Faustino las licencias de confesar y predicar[Notas 10], “no pudiendo ser buen director de las conciencias de los fieles quien así se produce. Pide, además, al P. Provincial que “haga comprender al P. Faustino el respeto y consideración que es de guardarse con el Cardenal Arzobispo y los deberes que por su profesión ligan al desacordado religioso”[Notas 11].

El secretario del Cardenal tiene que llamar la atención de los Superiores sobre la audacia de Faustino, que se atreve a discrepar de la costumbre en la limitación de dichas licencias. A pesar del autoritarismo que aparece en la reacción del Secretario de Cámara, este incidente con la Curia de Toledo nos delata a un hombre urgido por un gran celo apostólico y sacerdotal, aunque le conduzca a la suspen�sión temporal de dichas licencias. El P. Faustino acata la decisión final[Notas 12].

No se trataba de una falta de sumisión ni de respeto por parte del P. Faustino, sino que la rectitud de su conciencia forma parte de su identidad espiritual y humana aun en cosas mínimas y de la defensa de derechos y privilegios de los Regulares, cosa tanto más comprensible cuanto que en Cuba los había gozado con gran amplitud.

Este incidente, sin embargo, no tuvo mayores consecuencias. El 25 de junio el Comisario apostólico, el P. Feliú, envía una carta al Provincial en la que le informa de que “podrá disponer del P. Faustino Míguez, que vino de Guanabacoa”[Notas 13].

El 24 de julio del mismo año 1860 recibe el destino y queda incorporado jurídicamente a la comunidad de San Fernando. El P. Faustino es ya miembro de pleno derecho[Notas 14]. Es un hombre de una integridad poco corriente y que le ocasiona en momentos particulares sufrimiento ante el autoritarismo de algunas personas que, llevados por razones prácticas de la vida, actúan por imposición[Notas 15].

Expone su disconformidad ante obligación de revestirse para una Misa cantada

En la Iglesia del Colegio de S. Fernando abundaban las misas cantadas de aniversario de difuntos, cuya celebración de ordinario se encargaba a los padres más jóvenes de la comunidad[Notas 16], lo cual suponía para ellos una sobrecarga después de atender a las clases[Notas 17]. Esas Misas eran una determinación del Rector, para tener ingresos económicos en la Comunidad, pero que obligaba a los PP. a madrugar demasiado. Por esta razón, unas veces se tenían en sustitución de la meditación de la mañana o, si se celebraban en fiestas, se dispensaba la oración de la noche[Notas 18]. Estas “cargas extraordinarias” no se debían admitir sin el consentimiento de la comunidad.

Siguiendo la tónica de defender la verdad de la situación de la comunidad expone al Comisario Apostólico que algunos superiores imponían las misas como una obligación más, mientras que otros fueron incapaces de denunciar estas cargas. Tras un diálogo epistolar entre el P. Provincial y el Comisario, éste último analizó con frialdad y distancia el recurso y se limitó a calificar de meramente “displicente” el caso. En la exposición de sus observaciones el P. Faustino fue ciertamente fuerte, pero también justo, preciso y objetivo[Notas 19].

Avanzando tras la verdad por este camino de encrucijada, nos encontramos con un P. Faustino humilde que acata la decisión final del P. Feliú.

En su deseo de vivir con radicalidad la vida religiosa, defiende las Constituciones de la Orden

En febrero de 1861 estando ya como miembro de la comunidad de San Fernando, el P. Faustino, en su deseo de vivir en autenticidad escribe al Nuncio Apostólico (Lorenzo Barili) dos Cartas Memoriales en las que trata de defender a ultranza las Constituciones de la Orden. A través de la referencia que hace a la crítica situación que están viviendo las Escuelas Pías, manifiesta su deseo de vivir la vida religiosa con radicalidad y coherencia. El espíritu de Calasanz y su anhelo de perfección, tal vez prematuro en unos inicios, le animan a arriesgarse y a emprender esta batalla, denunciando la ilegalidad del sistema de gobierno de las Escuelas Pías en España.

Sin entrar en detalles, en estos Memoriales descubrimos a Faustino Míguez como un incansable intercesor del espíritu de las constituciones, un defensor del recto cumplimiento de las Reglas y Constituciones de la Orden.

Mi conciencia grita a voz en cuello porque la verdad se aclare, se restituya a su vigor los derechos más sagrados, vuelvan las cosas a su marcha normal (...)

La conciencia dotada de un carácter sagrado en cuanto que es dictada por Dios, refleja de alguna manera su proyecto sobre la propia persona, sobre la historia, sobre las claves de la felicidad anhelada, por constituir el sagrario de la intimidad del hombre y el espacio de su relación íntima e intransferible con Dios, revelándole su voz, su ley[Notas 20].

Se va desvelando ya, más claramente, el hombre que no pasa de largo ante nada ni nadie sino que se compromete hasta el final con la realidad que le toca vivir y se muestra �siempre dispuesto a aportar su visión de la realidad, a exponer lo que intuye dentro sí es la voluntad de Dios. En palabras del P. David Álvarez, el P. Faustino “siempre se mostró perseverante en sus decisiones a pesar de las adversidades que se opusieran a sus planes; siempre reaccionaba con entereza aunque nunca con violencia. Esto lo hacía porque así creía cumplir una obligación y no para adquirir un renombre”[Notas 21].

Julián Alejandre de la Madre de Dios, en el Compendio de las Constituciones (1848), que debía ser memorizado por los novicios escolapios junto con las Constituciones de Calasanz, recogerá del modo de tomar y dar cuenta de conciencia a lo que se ordena a los visitadores:

“Conduce en gran manera para la perfección de la observancia regular, que se dé con exactitud al Superior cuenta del interior: i cuando se principia a faltar en esto, se disminuye i falta el fervor del verdadero espíritu de la religión. Así en dar como en tomar cuenta de conciencia se ha de manifestar todo lo que hay oculto en el interior”.

¿No habría que apuntar hacia otra clave de lectura para las Cartas Memoriales al Nuncio y al Visitador Apostólico o a los Superiores Mayores? Por supuesto que no todo fue de entrada integridad y rectitud por parte de Faustino Míguez, pues dentro sí conviven el santo y el pecador. En ocasiones se vislumbra destellos de defensa de su propio honor, de arrogancia o autoafirmación de quien se sabe un experto en leyes, y será el tiempo y la gracia quienes limen sus asperezas y purifiquen sus motivaciones, haciendo de él un clérigo pobre de la Madre de Dios.

Visita apostólica a Las Escuelas Pías

En septiembre de 1861 se firmó la obediencia del P. Faustino para el Colegio de Getafe. Allí permaneció siete años. El hecho más importante de su primera estancia en Getafe fue, sin duda, la Visita Apostólica a las Escuelas Pías de España, ordenada por el Papa Pío IX. Esta visita tenía como objetivo normalizar la relación de las Escuelas Pías de España con el resto de la Orden.

De este periodo tenemos la carta que el P. Faustino entregó a D. Pablo Yurre, nombrado Visitador por el Cardenal de Toledo, en la visita que aquel realizó al Colegio de las Escuelas Pías de Getafe, el 12 de agosto de 1862[Notas 22]. En ella expresa de nuevo su reiterado deseo de vivir desde la verdad y consecuente con ella, sin máscaras[Notas 23].

En esta misma carta, el P. Faustino deja constancia de su espíritu de humildad a la hora de pronunciarse sobre el tema de la legitimidad de los superiores en la Orden: con mis toscas palabras y humildes conceptos, mi humilde parecer, tales son en mi pobre juicio, (…) Estas expresiones revelan a un hombre que se siente humilde instrumento en las manos de Dios.

Reduce a cuatro, además de la ilegitimidad del gobierno, las grandes causas de los males de las Escuelas Pías de España al iniciarse la segunda mitad del s. XIX, a saber: la poca preparación de los superiores, su autoritarismo, el peculio de los individuos, y la fácil concesión de permisos.

Y debo añadir en conciencia, porque estoy muy seguro que pocos podrán hablar de este modo, que no son exclusivas de este o aquel Colegio (…), se extienden también (…) a las casas que tenemos en las Antillas (…), y de donde me han escrito algunos de mis hermanos en el Señor y antiguos compañeros (…), pidiéndome en consecuencia tuviese a bien de manifestárselo así a V. Ema

En el mes de noviembre, finalizados los Capítulos Provinciales, el Vicario General informa en una circular de las resoluciones adoptadas por la Congregación General sobre las proposiciones presentadas por los Capítulos Provinciales y el parecer de la Congregación General sobre la observancia de la Regla y la enseñanza. Observamos que algunas de esas resoluciones responden a algunas propuestas planteadas por la Provincia de Castilla y, curiosamente, a las causas planteadas por Faustino Míguez en su carta de 1862. Queda así resuelta la inquietud que habían vivido los religiosos escolapios desde hacía varias décadas y que tanto eco encontró en él.

A través de los memoriales anteriormente mencionados que escribió el P. Faustino descubrimos su calidad espiritual y los ideales que le mueven, el deseo de seguir la voluntad de Dios. En estas ocasiones se decide a hablar desde su identidad de religioso escolapio, como hijo de S. José de Calasanz, verdaderamente animado de su espíritu y de un sincero deseo de que su voluntad se cumpla y la verdad campee.

Manifiesta una gran preocupación por la crisis que está atravesando las Escuelas Pías, debido a la inobservancia de las Constituciones. Él es un fiel defensor de las mismas, como observaremos en otros momentos de su vida. No defiende la ley por la ley: el valor que para él tienen la Constituciones es alto y por ello las defiende, las considera antemurales de la Corporación y a los votos como muros de la misma. Así, argumenta que en la inobservancia de sus Constituciones ha consistido siempre la relajación de las corporaciones, y en el regreso de la observancia de sus Constituciones ha consistido siempre su reforma.

Define bellísimamente las Constituciones como vía que trazaron los Fundadores inspirados por Dios y amamantados con la leche de aquella verdad divina que por tantos años gustaron en la oración. Sólo siguiendo esta senda se puede vivir auténticamente lo que se expresa en la profesión religiosa. Considera el cumplimiento de éstas como vínculo de unión que evita la división entre los miembros de la Corporación. Con esta misma radicalidad exhortará posteriormente a las Hijas de la Divina Pastora a la observancia de las Reglas.

Religioso entusiasta ante el superior de Celanova (1868-69)

A través de sus actuaciones en el año que pasó en Celanova, tanto con relación a su superior y comunidad como a su tarea docente, podemos destacar su rectitud de conciencia y honestidad que manifiesta en las denuncias de la actuación del superior y el desarrollo de los capítulos[Notas 24]; actuación responsable de un hombre libre que no pasa de largo ante la situación en que se encuentra el colegio, sino que se compromete y trabaja por lograr la libertad de enseñanza y la realización de obras de mejora en el edificio para que el centro pueda desempeñar mejor su misión; y finalmente actitud de obediencia a la voluntad de Dios a través de las mediaciones al aceptar el traslado.

Es el hombre entusiasta e inquieto en la búsqueda del bien en toda situación que se le plantee. Probablemente descubre en esa voz que resuena en su interior, en esa inquietud, la llamada y el impulso de Dios, por lo que trata de responder con generosidad, poniendo en juego toda su persona y asumiendo las consecuencias que conlleva su acción.

El P. Faustino se manifiesta con un gran deseo por vivir como buen religioso más allá de lo que puede ser la mera observancia y el cumplimiento, aunque alguna de sus actuaciones puedan hacernos pensar que era legalista. Su afán de ser fiel a lo que él cree o piensa le hace afirmar: No, no seguiré los consejos de la prudencia de la carne mostrándome tolerante y esto le hace presentar una imagen de cierta intransigencia en las situaciones que vive.

Un hombre que sólo tuviera en cuenta los elementos formales de la relación con los superiores, no se saltaría esas formalidades ni trataría de manera poco respetuosa y como a un igual al superior. Suponemos que su obrar es más bien signo de una relación que entiende fraterna, en la que es posible la corrección. Una persona que sólo se preocupara de cumplir, hubiera evitado problemas firmando sin más el atestado sobre el estado de la casa que le presentara el P. Rector. Su actitud aparece más bien como una señal que nos revela a un hombre que se siente corresponsable de la marcha de la comunidad y de la obra apostólica, que no se desentiende, sino que se implica. Es un hermano que tampoco quiere dejar pasar de largo la oportunidad de contribuir a la marcha de la Provincia y por eso reclama el no haber podido presentar sus posibles propuestas al Capítulo Provincial. No es protesta sin más, no imaginamos a un P. Faustino que no respete a sus superiores, que no los vea como auténticas mediaciones de la voluntad de Dios.

Acontecimientos tristes para la comunidad escolapia de Celanova fueron la muerte de dos colegiales durante este primer curso. Estas muertes moverían el corazón y la conciencia del P. Faustino, bajo cuya responsabilidad, como director de internos, estaban estos alumnos.

Es interesante destacar que el P. Vilá menciona estas muertes al tratar la denuncia que el P. Faustino y el P. Blanco hacen sobre las irregularidades del superior y la “tacañería” del hermano lego nombrado ecónomo. Quizás la atención y cuidado en la alimentación de los internos no fuera suficiente, por lo que el P. Faustino estaba preocupado, ya que no era la primera vez que desempeñaba el cargo de director y sabía de dietética[Notas 25].

Observamos aquí la coherencia del P. Faustino que renunciará hasta ocho veces al rectorado por su convicción mantenida a lo largo del tiempo respecto a la nulidad de los capítulos y los nombramientos que se derivaban de ellos.

Por eso yo renuncié al Rectorado y reelegido de nuevo volví a renunciar, aún con la promesa del Provincialato próximo y renunciaré mil veces en conciencia cuanto me ofrezcan; ni oiría confesiones si no tuviera licencias anteriores a estos hechos[Notas 26].

Faustino actúa movido por la “fidelidad al grito de su conciencia que le lleva a oponerse a todo aquello que suponga una lesión jurídica”[Notas 27] .

Deseos de reforma como Rector en Monforte de Lemos

Faustino Míguez desempeñó la responsabilidad de rector de Monforte durante cuatro años. Había tomado posesión el 26 de agosto de 1875 y permaneció un trienio completo y el primer año del segundo trienio, que no acabó por ser admitida su renuncia a dicho cargo.

Conociendo su deseo de coherencia y exigencia personal, no resulta extraño imaginarlo siendo el primero en la entrega, el trabajo cotidiano y el primero en la oración, como lo describe el P. Olea Montes[Notas 28], teniendo presente aquella sentencia de S. José de Calasanz: “Conviene que el Superior sea superior en caridad, paciencia y espíritu”.

Meses antes, el P. Faustino había pedido ir a Argentina para vivir la vida religiosa escolapia en su perfección original y alguien le había dicho que su “América” estaría en Monforte, como Rector del Colegio. Quizá soñó con poder realizar la reforma deseada desde este nuevo servicio que se le confiaba[Notas 29].

El Espíritu lo va moldeando desde una mejor reforma, la interior, desde sus motivaciones últimas, haciendo de Faustino un hombre dócil a la voluntad de Dios, una persona abierta y disponible a su proyecto que se manifiesta en los acontecimientos concretos de la vida, no elegidos pero sí acogidos desde la fe, quizá en el contexto y responsabilidad menos esperados por él. Sólo dejándose reformar por la gracia, tal vez sin que él lo percibiese, Faustino Míguez se convirtió en cauce de transformación, en fuente de vida para sus hermanos y para las religiosas, en un referente genuino para cuantos le conocieron en la última etapa de su existencia.

Partimos de la premisa de que el carisma es el ángulo desde el que una orden o congregación lee y comprende el evangelio de Jesús, que es el mismo para todas las personas, mientras que la espiritualidad son los aspectos concretos como se vive el evangelio. Es decir, el carisma de una institución permanece (fidelidad), mientras que la espiritualidad evoluciona para adaptarse a las necesidades de los tiempos (creatividad)[Notas 30]. Él amaba profundamente el carisma de su orden, a las Escuelas Pías, pero la soñaba diferente, mejor, más auténtica. ¿Tal vez ese anhelo de renovación espiritual aconteció en la fundación de una nueva congregación? ¿Quizá Dios permitió que su sueño de autenticidad de vida religiosa quedase plasmado en las Constituciones y Reglas que escribiera para sus hijas? El tiempo será testigo de ello.

En Getafe tras la fundación: defensa de su honra, fidelidad a su conciencia y obediencia a los superiores.

Han trascurrido tan sólo tres años de la fundación de su obra cuando Faustino es destinado a Getafe por los superiores. Llama la atención la opinión que sobre el desempeño escolar y la observancia religiosa del P. Faustino hace el Rector de la comunidad de Sanlúcar durante su estancia en ella. Tal vez tenga que ver con el ambiente incómodo y acusatorio en que se ve envuelto nuestro santo dentro de su comunidad, en los primeros pasos de una institución de mujeres, consagradas a la educación de la niñez femenina. A pesar de ello nos consta por muchos testimonios que, tanto en este momento como a lo largo de su vida, su preparación para la tarea docente es intensa y constante. Dedicaba muchas horas empleando incluso tiempo del descanso nocturno al estudio y a preparar sus clases.

Una vez en Getafe, el P. Marcelino Ortiz, Provincial de Castilla, le acusará de que apenas fundada dicha asociación, vivía más para ella que para las Escuelas Pías, pasando casi todo el día, el tiempo que le fuese posible en la casa de las asociadas, escatimando los minutos al colegio, lo que dio que decir dentro y fuera; aflojando o disminuyendo, según el Provincial, los bríos que siempre desplegó en sus clases hasta el punto de haber tenido quejas formales de los exámenes, poniendo de manifiesto que lo único que le preocupaba era lo de las hermanas o como se “titulen”. Faustino Míguez considera que son las acusaciones tan graves por lo que en ellas se contiene y tan gravísimas por la persona que las dirige que cree un deber de conciencia ponerlo en conocimiento del P. General.

Un año después, de nuevo se dirige al P. General y en forma de pregunta reincide en las quejas de la anterior:

¿Se puede llamar utilidad el asegurar con falsedad e imprudencia que yo trabajaba menos en las clases cuando en 35 años académicos solo me suspendieron 3 alumnos en una materia de las muchas que expliqué, menos que el mismo P. Marcelino y el P. Vicario en una sola de las materias que explicaron y eso todos los años? ¿Hay justicia en quejarse de que tuve dos alumnos suspensos cuando en el mismo curso los demás profesores tuvieron y el año siguiente el que me sustituyó tuvo en las mismas materias que yo expliqué?

En esta ocasión su conciencia no se halla tranquila. El santo se debate entre la defensa de su honra, la fidelidad a su conciencia y la obediencia a sus superiores.

Se defenderá, expondrá con razones y argumentos la injusticia de las acusaciones sobre él vertidas, pero sabiéndose antes que nada religioso escolapio, consagrado al Señor por sus votos, renovará la obediencia aceptando la resolución del P. General abandonándose en las manos de Dios, reconociendo que su voluntad pasa por la mediación de las decisiones de sus superiores.

La carta, dirigida al P. Calasanz Homs, Procurador General, en 1912[Notas 31], en la misma línea de subsanar la compra de los terrenos, es una prueba más de franqueza y delicadeza de conciencia del P. Faustino y de su extremada prudencia para pedir el juicio de los peritos en asuntos fiscales:

Objetado por mí, que yo en conciencia no podía figurar como propietario, se me repuso que yo en todo rigor no sería más que una pantalla, para evitar un despojo injusto el día menos pensado. Fuera de que sí, ante la Ley civil y para los fines que se persiguen, aparecía como propietario (…) no lo sería en realidad por la cesión inmediata a dichas entidades jurídicas del uso perpetuo de las referidas fincas (…)

Al exterior he faltado; no al interior, que nunca he tenido tal pensamiento por la misericordia de Dios. Merezco castigo y estoy dispuesto a cumplirlo con la gracia del Señor. ¿Es preciso subsanación? (…) ¿Es necesario rectificar algo por Testamento o de otro modo? Sírvase obtenerme licencia para hacerlo, que yo no alcanzo más. Lo dejo todo en las manos de Dios que ve mi corazón y buena voluntad y en las de S.P.

Esa es su confianza, saber que obra desde la fidelidad a su conciencia, con buena intención, consultando a sus superiores y siempre dispuesto y abierto a su parecer.

Al conocer con claridad que no es voluntad de los Superiores que siga al frente de la Congregación, en julio de 1891, presenta la renuncia como Director de la naciente obra al Arzobispo de Sevilla. Se lo comunica a Madre Ángeles González:

“Yo ya no os puedo dar licencia para renovar los votos ni para nada. Mientras el Sr. Arzobispo no provea otra cosa, procura tú asumir las facultades que el Reglamento te concede. Que yo ya no soy nada para vosotras, desde el 9 del pasado en que viendo que no es voluntad de mis Superiores que siga al frente de eso, mandé la renuncia al Sr. Arzobispo por conducto del mismo P. Provincial”[Notas 32].

Él lo había aprendido en el noviciado de su Mentor Calasanz: “Con obediencia total deje en manos del superior el disponer libremente de su propia persona (…) nada le oculte, ni siquiera asuntos de conciencia; dele, por el contrario, cuenta de ella frecuentemente. En modo alguno se le muestre en desacuerdo, y por ningún motivo exteriorice su propio juicio si es contrario al del Superior: la unidad de pensamiento y la conveniente sumisión nos afianzarán y harán progresar en el servicio de Dios”[Notas 33].

Una de las constantes del camino interior que descubrimos en Faustino Míguez es la fidelidad a su conciencia. Esto le hace ser una persona incómoda en algunos momentos dentro de su propia orden. Para él la santidad supuso ser la mejor versión de sí mismo desde adhesión a lo que él creía o intuía como voluntad de Dios para él, y la asumió como una meta cotidiana. ¿Cómo vivió esa paradoja de ser fiel a sí mismo y al mismo tiempo obediente a Dios en la escucha de su voluntad manifestada por medio de sus superiores? Tal vez no siempre movidos por desde la rectitud y en cierto modo poco abiertos a descubrir y acoger la novedad que llegaba a las Escuelas Pías por medio de Faustino Míguez. Novedad que sería reconocida y confirmada por la Iglesia un siglo más tarde.

Autenticidad y radicalidad evangélica que pedirá a sus hijas

La autenticidad cómo talante de vida va más allá de la sinceridad, tiene mayor profundidad y es de rango superior. Es la adecuación entre lo que se piensa, se dice, se hace y lo que se debe hacer. En definitiva el P. Faustino fue auténtico, porque lo que pensaba, sentía y decía correspondía a su identidad como religioso escolapio, al menos en sus intenciones y motivaciones más genuinas. Evitó la falsedad, la personalidad múltiple, la hipocresía o doblez. Intentó ser él mismo siempre, independientemente de las circunstancias. Por la integridad en el cultivo de este valor, se convirtió en una persona consecuente en cuanto vivió y realizó, sin miramientos humanos, ni intereses personales. Es un modo de ser en él.

Faustino piensa que el evangelio no tiene necesidad de ser justificado, hay que tomarlo o dejarlo. Convicción que queda recogida en su lema Ser como se debe o no ser[Notas 34].

A grandes males, remedios radicales (…) basta de paños mojados y de respetos humanos. O sea la Congregación como debe o no sea[Notas 35].

Se tiende a identificar radicalidad con la búsqueda de la perfección. Pero en su sentido etimológico supone un “estar enraizados y edificados en Cristo” (cf. Col 2,7), es llamada a la fidelidad en el seguimiento. Radicalidad evangélica se opone a mediocridad, instalación, superficialidad o tibieza en los compromisos adquiridos.

La palabra radical es una palabra sospechosa. Un radical es un extremista, un imprudente o un insensato, lo contrario del equilibrado. No es así en la espiritualidad cristiana, el cristiano debe ser radical y un cierto equilibrio puede ser ambiguo. En el lenguaje evangélico, el radical es el que va a la raíz, el que asume las enseñanzas de Jesús con todas sus consecuencias. A mayor profundidad de las raíces, mayor autenticidad de vida. De ahí que Ap 2, 3 reproche el falso equilibrio de aquel que, bajo un actuar exterior honesto, ha perdido la radicalidad en el amor y Ap 3, 15ss denuncie la tibieza que se esconde bajo el falso equilibrio de la acomodación[Notas 36].

Jesús exige un seguimiento llevado hasta las últimas consecuencias. Así lo entiende Faustino Míguez. La radicalidad cristiana, sin buscarlo, puede llevar a conflictos y tensiones, fruto de la reacción que causa una fidelidad absoluta al evangelio. El santo es un testigo radical, practica las exigencias evangélicas en grado heroico, arrancándolo del “justo medio”, o del equilibrio puramente humano que mira la heroicidad cristiana como “extremismo” o “exageraciones”.

La espiritualidad como testimonio coherente, consiste en ser lo que se es, hablar lo que se cree, creer lo que se predica, vivir lo que se proclama. Hasta las últimas consecuencias y en las menudencias diarias[Notas 37].

Notas

  1. GS 12, 16
  2. VS 57-58
  3. PE 153
  4. HPF 19-20
  5. Entre sus libros de uso personal, encontrados en su habitación, se encuentra el mes de ejercicios de san Ignacio.
  6. MSC 168
  7. Ep 617
  8. FMSC 42
  9. PSV 200
  10. PSV 157
  11. PSV 201
  12. PSV 200-201 (DOC VII 1, a, b, c)
  13. AHE, AVG: caja 72, leg.2.d,nº18, cop.ms
  14. PSV 37
  15. PSV 157
  16. PSV 37
  17. PSV 205
  18. PSV 223
  19. PSV 159
  20. CVII
  21. Summ 13
  22. PSV 58-59, 4b
  23. FML 50
  24. PSV 159. Denuncia al rector, P. Pedro Álvarez (su maestro de novicios) ante la Congregación Provincial de Castilla con ocasión del capítulo local, negándose a firmar las actas. Hay que señalar que en las protestas sobre la nulidad de los Capítulos no aparece el nombre de Faustino ni de Francisco Blanco, sino el de Emeterio que actuó en solitario. Debieron existir realmente ciertas irregularidades que anulaban los capítulos, pero hay que tener en cuenta que la Orden en España pasaba por un momento delicado en el que se quería llegar a la unión con el General de Roma y alcanzar la normalidad en la Corporación. Es en este contexto donde hay que leer el desarrollo y la evolución de la denuncia del P. Faustino y del P. Francisco Blanco.
  25. PSV 233
  26. PSV 218; FML 170-174
  27. FMSC 56
  28. FMO 49
  29. Cfr. FML 83
  30. BURGÉS, JOSÉ P. Sch.P. Espiritualidad calasancia, Analecta Calasanctiana, 113-114 (2015)
  31. PSV 484-486
  32. Ep 241
  33. CC 105
  34. Ep 48, 50, 76, 78, 82, 99, 100, 159, 189, 190, 194, 314, 339, 340, 362, 467, 498, 540, 543, 547, 588, 643, 746
  35. Ep 339. Ante el desfalco económico de M. Ángeles Gonzáles, León, primera Superiora General de la Congregación.
  36. SEGUNDO GALILEA, El seguimiento de Cristo. Ed. San Pablo, Bogotá 1993, pg.84
  37. Pedro Casaldáliga