SinMasImpulso/B3. COMO DISCÍPULO EN LA ESCUELA DEL CORAZÓN DE JESÚS

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Índice

B4. AVENTURA INTERIOR EN EL ESPÍRITU
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B3. COMO DISCÍPULO EN LA ESCUELA DEL CORAZÓN DE JESÚS

El libro del Mes del Sagrado Corazón de Jesús, es una especie de autobiografía de su manera de ser, en que se refleja elementos de su espiritualidad. De joven ya se había consagrado el P. Míguez al Sagrado Corazón[Notas 1]. El Corazón de Jesús era para él el libro y la escuela de la más sublime perfección[Notas 2].

El P. Olea Montes, Sch. P. dirigido del santo nos dice que tardó unos 20 años en escribir Junio o el Mes del Sagrado Corazón, y que el mismo autor difunde y regala, a penas publicado, a los colegios para propagar en las comunidades religiosas y entre sacerdotes y fieles su devoción:

“El venerado Padre comenzó desde aquel día (festividad de Sagrado Corazón de Jesús de 1885, toma de hábito de las primeras novicias) a consignar por escrito sus Meditaciones al Sagrado Corazón, -y veinte años más tarde publicaba el lindísimo libro “Junio o Mes del Sagrado Corazón” que es un espejo del espíritu ascético y místico del Fundador de las Hijas de la Divina Pastora”[Notas 3].

Pero antes y después de la aparición del libro, el P. Faustino, lleva la devoción al Sagrado Corazón en los labios y en la pluma. Son innumerables las veces que aparece este mensaje en sus cartas[Notas 4].

El texto, tal vez ilustrado con un lenguaje metafórico, simbólico, refleja un encuentro profundamente entrañable de Faustino con Dios, en primera persona en femenino, y de María con Faustino en segunda persona. En los diálogos del alma (la persona del P. Faustino) con Jesús y con María, salvando el lector el lenguaje propio de la época podrá otear rasgos de la experiencia espiritualidad que se esconde tras sus palabras, sentimientos y oración. Hace una contemplación del pasaje evangélico de la Pasión al modo ignaciano, situándose como si estuviese allí presente.

Quizá haya quien considere que la teología del Corazón de Jesús es algo obsoleto y trasnochado, ligada en sus formas a una época imposible de recuperar[Notas 5]. Pero corazón es una palabra primordial en muchas culturas, también en la nuestra; nos sitúa ante lo básico y fundamental, ante algo originario y profundo. El corazón dice la persona tomada en su conjunto, en su verdad y autenticidad, alude a la profundidad de la persona, a su interioridad, a sus pensamientos y sentimientos más genuinos, a su calidad última. Los verbos que se conjugan con el corazón se refieren a la persona en el hondón de su alma; así, por ejemplo, el corazón se parte, se hiela, se encoge, se da, se ensancha, se abre.

En la Escritura el corazón es sede del deseo, de la voluntad, de los sentimientos y del conocimiento, es el ámbito decisivo de la relación con Dios. En definitiva, el corazón es el centro de la vida espiritual, para bien y para mal.

Es propio de la teología del Sagrado Corazón jugar con la combinación de imágenes y de símbolos que se asocian y combinan (corazón, lanza, costado, sangre y agua, cordero, Buen Pastor). Estas imágenes repletas de símbolos, a modo de iconos, representan los misterios de la fe, mueven los sentimientos, suscitan afectos, configuran al sujeto creyente y le introducen en el mundo por ellas evocado. Por eso, en esta manera de acercarse a los misterios de la fe se unen estrechamente la espiritualidad y la teología, la oración personal y la liturgia oficial, la contemplación y la vida práctica.

Solamente una persona que ame y ore podrá comprender lo que se diga acerca del corazón de Cristo, según Karl Ranher, pues dicha comprensión exige una afinidad con el objeto, una disposición particular y una actitud apropiada. En nuestra época ha sido A. de Saint- Exupéry quien afirma en El Principito: “Sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”.

a) Fuente de conocimiento interno

Sólo Dios conoce el corazón del hombre[Notas 6] y lo escruta en profundidad (cf Jer 17,10). El tipo de conocimiento que entra en juego es un conocimiento propio del corazón, mucho más que de corte racional o especulativo, es coloquio personal “de corazón a corazón” con el Señor, en una relación interpersonal en la que se descubre el amor del Corazón del Señor y de la que surge el deseo de una respuesta de amor determinándose el propio corazón incluso con oblaciones generosas. Bástenos con mencionar el caso de María, que guardaba y meditaba en su corazón cuanto acontecía a su alrededor en relación con su Hijo (Lc 2,19.51; cf 1, 66)

Faustino Míguez recorre esta senda del propio conocimiento, inicio de todo camino espiritual, a la luz del Corazón de Jesús:

Haced, Señor, que me conozca y te conozca; que os conozca para amaros y me conozca para humillarme[Notas 7]. (…) tan bien sabéis quien soy yo, (…) tantas luces y tanto conocimiento como me habéis dado de vuestra grandeza y de mi nada. (…) Que yo conozca de una vez mi miseria, y desconfiando de mí misma, sólo confíe en Vos, que sois mi Dios.

De este punto de partida en el proceso espiritual nos habla Calasanz en los primeros capítulos de la primera parte de sus constituciones dedicada a señalar los objetivos de la vida cristiana del escolapio: “Es un buen principio de la vida espiritual el del propio conocimiento y miseria en la que todos nacemos y también de la ingratitud con que después de tantos beneficios hemos correspondido a Dios y si se ejercita en ello con diligencia (…) yo le aseguro que tendrá en esta vida por premio algún conocimiento de Dios (…)”[Notas 8]

Este conocimiento hace lúcido al P. Faustino ante los talentos y capacidades recibidos y es consciente de su peligro si no son referidos a Dios, ya que de los dones de Dios se sirven a menudo para ensalzarse injustamente sobre los demás y hasta rebelarse contra el mismo Dios[Notas 9]. Escuchando en su interior esa voz que le recuerda: No te envanezcas de ningún bien que creas tener, porque nada tienes que no hayas recibido de Dios. Conócete a ti mismo y tu nada.

El discípulo que pretende adquirir el conocimiento del Señor, sobre todo el conocimiento interno del Señor, se reclina sobre su pecho para recibir la sabiduría de su corazón, quedar configurado por este conocimiento, abrasado en el amor que brota de este corazón, para vivir desde ese amor, transmitirlo al mundo y conformar la historia según los designios de este corazón.

b) Fuente de agua viva

El alma sedienta de Faustino se deja saciar, llenar, colmando así su deseo de infinito, su anhelo de Dios. Aspiración honda que brota de su interior, un vacío que desea ser colmado.

Bebe las aguas de este río tan perenne de gracias. Abriré mi Corazón para derramar con abundancia las aguas de la gracia y encender la llama de mi amor todos los corazones.[Notas 10] Así, siendo fuente inagotable é inmenso océano de caridad, sólo busca almas sedientas para verter en ellas, con irresistible transporte, las aguas de la gracia y las dulzuras de su misericordia[Notas 11].

Para Gabino Uríbarri[Notas 12], la sed es el centro bíblico y neurálgico de la teología y espiritualidad del Sagrado Corazón que permite actualizar y conectar hoy día con la escena del costado traspasado (Jn 19,34-37). La sed es una constante de la vida de cualquier persona, nos remite a la experiencia fundamental de que necesitamos algo constituyente de nosotros mismos y que no podemos darnos a nosotros mismos, sino que hemos de recibir como don del exterior: estamos abiertos a recibir el don del agua, como don de la vida.

De un modo más o menos consciente, el ser humano tiene sed de un agua que colme la sed profunda de su corazón, sed de verdad, de bienestar, de sentido último del sufrimiento y el dolor, de convivencia lograda, de felicidad en suma. Se anhela encontrar una fuente que sacie de verdad la vida, llenándola de alegría, de energía, de vitalidad, de ilusión, de satisfacción, de trascendencia.

El corazón que se acerca a Dios pasa por el trance de la entrega de la vida; paradójicamente de su muerte brota la vida, gracias a la efusión del Espíritu, que mana del corazón partido. La sed humana es saciada por la acogida del don del Espíritu, que inflama a amar al Señor Jesús, con su mismo estilo de amor y, por consiguiente, se abre al amor a Dios y al prójimo, a la entrega de su propia vida.

También en Faustino Míguez esa sed es saciada por el Dios que le habita y le inflama, le abrasa en su santo amor.

c) Fuente de dinamismo apostólico

El amor apasionado a Jesús se convierte en él impulso, dinamismo apostólico, que le hace salir de sí y lo lanza a seguir sus pasos. Es la experiencia de penetrar en su intimidad, el abrasarse en su santo amor, el que le lanzará a una incansable tarea evangelizadora con todas sus fuerzas para buscar almas y encaminarlas hacia Él, convirtiéndose en una viva y ardentísima llama de caridad a imitación y desde el ejemplo de su Divino Maestro.

Descubre a un Jesús entregado a la causa del Reino: ¿Por qué quiso Jesús asistir a las bodas de Caná y convertir el agua en vino? ¿Por qué se apiadaba de los enfermos, de los paralíticos y de los leprosos? ¿Quién le movía a dar oído a los sordos, vista a los ciegos y lengua a los mudos? ¿Quién le obligaba a consolar a los obsesos, librándolos del poder de los demonios? Al punto se conmueve en viendo cualquier miseria. Por eso multiplicaba, solícito, los alimentos y saciaba a los hambrientos; miraba a la desgracia y a la aflicción e infundía una santa dulzura en los corazones tristes.

A un Jesús movido por el celo de su Padre que le confía la altísima misión de manifestar al mundo los excesos de su infinita caridad, misión que desempeñó perfectamente, amando, socorriendo y dando, por fin, su vida por los hombres. Y es ese Corazón es el que comunica todavía su celo a los héroes que día y noche se afanan por la salvación de las almas.

Faustino se sentirá urgido a recorrer el mismo camino procurando socorrer al necesitado, haciendo todo el bien que pueda, por todos los medios que estén a su alcance sin más armas que la caridad ni otro móvil que la gloria de Dios, que Dios sea conocido y amado.

d) Fuente de paz y descanso

La gran pregunta de la vida humana radica en descubrir a quién o a qué merece la pena entregar el corazón, porque al hacerse su siervo y esclavo se alcanza la verdadera libertad; es decir, en descubrir quién o qué merece la pena que sea el auténtico señor de nuestro corazón, para adorarle y servirle con todo el corazón.

Eres Albergue de los corazones, mi mansión y seguro refugio[Notas 13].

Pudiera resultar difícil creer que sea en la humildad y en la mansedumbre donde el corazón de Faustino encuentre reposo, donde se reconcilie con su verdad, donde halle el descanso y el remanso de su paz.

Sólo vuestro Corazón es el lugar donde puede hallar el alma su verdadero descanso, la mansión segura en que debe reposar el alma (…) Más, ¿puedo yo decir, con verdad, que sólo en vuestro Corazón tengo firme mi morada?¿Puedo decir que he escogido vuestro Corazón como lugar de mi descanso y mansión segura de mi reposo?[Notas 14]

Con palabras que proceden de su corazón, el Señor Jesús nos dice: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mt 11,28-30).

Aprende de tu Jesús la mansedumbre de corazón; aprende a sufrir con calma los desprecios de la vida[Notas 15].

Necesitamos que nos alcance la bienaventuranza de la mansedumbre (Mt 5,4) y de la limpieza del corazón (Mt 5,8), para que nuestro corazón se abra a la verdad de su propia sed y busque el torrente en el que de verdad puede saciarse: en la fuente de agua viva.

Para el P. Faustino el descanso del corazón empieza por la aceptación humilde, por situarse en la verdad propia, por la mansedumbre de reconocer la pobreza propia, por purificar el deseo desbocado de autoafirmación y quedar por encima. La humildad y la mansedumbre son el camino que purifica el corazón, que sana sus heridas, que le reconcilia con su propia realidad, que le lleva al encuentro consigo mismo, que deja que brote la sed verdadera, sin aditivos ni ninguna otra forma de adulteración.

Esto no lo aprendió en un día, fue un largo viaje, con sus avances y retrocesos, hasta encontrar su descanso definitivo, al final de sus días, en el abandono confiado en manos de la Providencia.

e) Libro y escuela de vida religiosa

Este es el libro y la escuela de la más sublime perfección[Notas 16].

Como buen pedagogo, Faustino Míguez, sabe de la importancia de la educación y la formación para el crecimiento del ser humano. Por ello, consciente de su ignorancia en las cosas de Dios, acude como alumno, como discípulo, a la escuela del Corazón de Jesús y guiado por su Maestro va aprendiendo y dando sentido a toda la vida cristiana, los misterios y contenidos de fe (Trinidad, Encarnación, Pasión y Muerte, Redención, Mariología…), a los Sacramentos (Eucaristía y Penitencia), a su relación filial con Dios-Padre, a su acogida y colaboración con la gracia, a su amor a María. En esa escuela aprende las virtudes cristianas, descubre su debilidad e impotencia para corresponder a los excesos del amor de todo un Dios humanado que se acerca hasta Él, intuyendo que amor con amor se paga y que es imposible restituir tanto derroche de generosidad y misericordia de un Dios que muere por él.

En la escuela del Corazón de Jesús recrea su consagración y la vivencia de los votos, es ahí donde aprende, conoce, se familiariza con el estilo y rasgos del Maestro, es ahí en donde va adquiriendo sus sentimientos. Porque la verdadera dicha está en parecerse; está en seguir, está en imitar al Autor de la vida, a sólo Jesucristo. Ser, en lo posible una imagen de Cristo, como Él lo es de su Eterno Padre[Notas 17]. Jesús es su modelo, sus ejemplos la norma de sus acciones y las virtudes de su Corazón la escuela de su perfección.

La espiritualidad de Faustino Míguez es esencialmente cristocéntrica. A lo largo de la historia de la espiritualidad ha habido movimientos que han acentuado diferentes matices de esta centralidad en categorías de imitación, seguimiento o configuración. Pero en realidad ¿qué es seguir sino imitar?, mirar sólo a aquel que se sigue e intentar vivir como Él. Aunque expresado desde categorías diferentes, la vida consagrada siempre ha entendido que su esencia es el seguimiento de Cristo, ser memoria viviente del modo de existir y actuar de Jesús[Notas 18]. Identificarse con Él, asumiendo sus sentimientos y forma de vida.

En diálogo de amor con Él, resuena dentro de sí esa invitación: suplícame que te llene de mi doctrina, que te enseñará el camino de la vida y te haré entrar y caminar por él, y que le andes con amor; que encienda y alimente la caridad en tu corazón y yo escucharé tu súplica y pensarás como yo, y juzgarás como yo, y vivirás como yo y querrás, y desearás como yo, y harás lo que yo, que soy tu modelo y tu Maestro[Notas 19].

Camino de configuración con Jesucristo que recorrió con disponibilidad, siendo dócil a su llamamiento, caminando deprisa hacia la perfección. Así lo confirmaría en su día la Iglesia: “Entre los religiosos que se han distinguido por su imitación a Cristo y por la práctica de los Consejos Evangélicos, hay que contar al Siervo de Dios Faustino Míguez, el cual, siguiendo el camino de la verdad y de la cruz llegó a ser digno discípulo del Divino Maestro”[Notas 20].

f) Escuela en donde se aprende la obediencia

Llamado a tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús, obediente hasta la muerte en cruz (Flp 2,5.8), Faustino va aprendiendo el angosto camino de la escucha de la voluntad de Dios manifestada no sólo en su conciencia sino también expresada por mediación de los superiores y de los acontecimientos que vive. Cree que la perfecta obediencia lleva consigo todas las demás virtudes.

Para su santo Padre el escolapio “si no se conforma con la obediencia (…) nunca será discípulo de la escuela de Cristo”[Notas 21]. Para Calasanz, el voto de obediencia es el primero y fundamental: “Habiendo dicho nuestro Señor ‘No vine a hacer mi voluntad (…)’ parece algo sin sentido que alguien entre en la Congregación con el deseo de hacer su propia voluntad”[Notas 22].

El cumplimiento de la voluntad de Dios ha sido durante mucho tiempo el ideal cristiano. En este contexto, las normas y las leyes son la expresión de la voluntad de Dios. Contiene un sentido profundamente religioso, implica la respuesta laboriosa de toda la persona y alimenta el carácter relacional de la persona al ponerla siempre en relación con Dios. Pero tiene el peligro de un planteamiento moralizante de la espiritualidad. Hoy día el cumplimiento de la voluntad de Dios tiene además otras connotaciones: partiendo de una actitud contemplativa en sentido amplio, necesita un fuerte realismo para conectar con la realidad de la vida, exige un espíritu de discernimiento, y debe ir acompañado de una capacidad de riesgo[Notas 23]. El mayor grado de libertad humana se da en la adhesión plena a la voluntad de Dios, dejarse toda en manos del Creador.

Buscar la voluntad de Dios significa buscar una voluntad amiga, benévola, que quiere nuestra realización, que desea sobre todo la libre respuesta de amor, para convertirnos en instrumentos del amor divino. En este camino de amor es donde se abre la flor de la escucha y la obediencia[Notas 24].

Faustino Míguez, como consagrado es llamado al seguimiento de Cristo obediente dentro de su Orden religiosa, carismáticamente suscitada por el Espíritu y autenticada por la Iglesia. Ésta, cuando aprueba un proyecto carismático, garantiza que las inspiraciones que lo animan y las normas que lo rigen abren un itinerario de búsqueda de Dios y de santidad. En consecuencia, la Regla y las demás ordenaciones de vida se convierten también en mediación de la voluntad del Señor: mediación humana, sí, pero autorizada; imperfecta y al mismo tiempo vinculante; punto de partida del que arrancar cada día y punto también que sobrepasar con impulso generoso y creativo hacia la santidad que Dios “quiere" para él[Notas 25]: exacta obediencia a los superiores, con la exacta observancia de las reglas.

San Agustín recuerda que el que obedece cumple siempre la voluntad de Dios, no porque la orden de la autoridad sea siempre conforme con la voluntad de Dios, sino porque es voluntad de Dios que se obedezca a quien preside, 26 que la persona acepte con espíritu de fe, como recibida de las manos del Padre, la tarea encomendada, incluso cuando no es conforme a sus deseos y expectativas o a su modo de entender la voluntad de Dios.

Exacta obediencia y exacta observancia a la Regla, así lo vive Faustino desde la radicalidad que le caracteriza: Obedeced, pues, de corazón a vuestros superiores, obedeced siempre, prontamente a la voluntad de Dios en el cumplimiento de vuestros deberes, seguros de que en esto principalmente se cifra vuestra santificación. No con una obediencia natural o política, como el criado al amo, el hijo al padre, el discípulo al maestro y el siervo al señor, sino con la obediencia virtuosa[Notas 26]. Que lo que muchas veces parece un gran mal es el mayor bien para el que en todo desea hacer la voluntad de Dios que conoce mejor que nosotros lo que nos conviene[Notas 27].

Nuestro santo alcanza la plenitud de la obediencia en la convergencia sin contradicción de la fidelidad a sí mismo, la obediencia a los superiores, la escucha del mundo que le rodea y la voluntad de Dios. Plenitud que no se alcanza sin recorrer un camino pascual que supone un camino de humildad, de abajamiento, desde un amor absoluto al Maestro que “siendo Hijo aprendió sufriendo a obedecer” (cf. Heb. 5, 8). Esto no lo consiguió Faustino con su empeño y dedicación, con la tenacidad que le caracteriza, sino que es fruto y don de la gracia que trabajó en él y fue moldeado día a día su corazón hasta conformarlo al de su Señor, participando de sus mismos sentimientos (cf. Flp 2,5). La duda, la incomprensión, la inseguridad de saber si está en el camino forman parte de este itinerario de fe:

Qué de veces los sinsabores, disgustos, persecuciones, calumnias y otras lindeces por el estilo, me pusieron a pique de tirarla, (la congregación) Dios lo sabe, que yo no puedo ni quiero ya recordarlo. Varias veces me encontré tan fustigado que a pesar de constarme lo contrario llegué a dudar de si cumplía o no la voluntad de Dios en seguir dirigiéndoos, como se me había mandado[Notas 28].

En un primer acercamiento a la figura de Faustino Míguez pudiera parecer que este “gallego tozudo” se desvió en algunos momentos clave de su vida de la senda de la obediencia por la gran franqueza de sus opiniones ante los superiores, la rectitud de sus intenciones, la denuncia del no cumplimiento fiel de la Regla y los casos de ilegalidad dentro de la propia Orden, la libertad con la que muestra sus puntos de vista, su no facilidad para acomodarse a las tendencias de la mayoría. Pero conviene no olvidar que su misma docilidad a la voz de su conciencia, su búsqueda incansable por adherirse a la voluntad de Dios, su deseo fiel de imitar a Jesucristo y su amor por Él, le hace ser un apasionado de la obediencia, al estilo del Divino Maestro: Soy hijo de obediencia y no me apartaré de lo que me digan cuando lo propongan (los superiores)[Notas 29].

Los superiores le envían a Cuba y obedece ciegamente, aunque canónicamente no venía obligado a ello, ya que no existía ni ley ni costumbre en las Escuelas Pías española de salir de la península (desde entonces se exigió promesa especial a los que ingresaban). Obediencia extraordinaria fue la suya en Cuba al asumir unas cargas excesivas de trabajo, que perjudicaron su salud, y notable su postura de no pedir regreso (…). Durísima fue la obediencia al pasar de Celanova, donde tantos lauros recogieron y donde el pueblo lo reclamaba, a la lejana Sanlúcar. Dura prueba sufrió su obediencia y amor propio al tener que cumplimentar en Monforte la orden del cierre del colegio. Magnífica conceptuamos su sumisión al cardenal Ceferino González y a los superiores internos de la Orden, a quienes habían suplicado no accediesen a los deseos del Cardenal, cargando con la dirección de la Asociación de señoritas, con la previsión de la envidia de sus hermanos. Dura la prohibición de ejercer su actividad terapéutica en Sanlúcar y ante la algarada que provocó. Todos ponderan lo difícil de la obediencia de trasladarse de Sanlúcar a Getafe, cuando era más necesaria su presencia a la naciente Congregación, pero su respuesta, dejemos obrar a Dios que sabe lo que nos conviene, muestra una confianza total en los planes de Dios.

Nuevo acto extraordinario de obediencia en 1891 cuando viendo que no era voluntad de los superiores (P. Ortiz) que siguiera al frente de la Congregación de las Hijas de la Divina Pastora mandara su renuncia al Sr. Arzobispo.

Ante la intervención del Gobernador Civil de Madrid frente a su actividad terapéutica, que escapa claramente a la legislación civil sobre Medicina y Farmacia, el P. Faustino dejará de recibir enfermos de Getafe y pueblos vecinos, tan sólo recibirá del resto de la nación. Era, pues, continuo el esfuerzo que debió hacerse para someterse a la prohibición.

De su obediencia total a la santa Sede en relación con el Derecho Canónico dio excelentísima prueba en la crisis de la Congregación 1924. Tiene 93 años.

El P. Faustino era escolapio y en cuanto tal emitió el 4º voto de enseñanza, supeditado directamente al de obediencia; y la obediencia le dedicó unos 50 años a la escuela. Es en la escuela, donde Faustino pone principalmente las bases de su santificación. Automáticamente suspendía o cortaba toda ocupación que tuviese en el momento, en que la obediencia lo llamaba a su clase, nos dice el P. Olea Montes.

Comenzó en San Fernando con las clases de pequeños, niños socialmente pobres por estar ubicado el colegio en el madrileño barrio popular de Lavapiés. Como escolapio, tenía asumido que Calasanz fundó las escuelas para los niños pobres.

Pero también trabajó con alumnos de familias ricas y acomodadas, únicas que podían entonces seguir los estudios medios o de bachillerato o liceo, que daba el P. Faustino. Su amor al pueblo, su obediencia a la voluntad de Dios manifestada en la realidad social que vive, le llevó a la creación de la Congregación docente de las Pastoras para hacer llegar a las niñas pobres la promoción social[Notas 30].

Sí, junto al corazón del Maestro Jesús, Faustino aprendió a obedecer, a descubrir en las mediaciones humanas y en el acontecer de cada día la voluntad de Dios, su proyecto de amor para él. “Su larga vida consagrada al Señor, fue un continuo acto de fe y un constante y alegre sí a la voluntad de Dios, que fue siempre la norma suprema de su vida, de la que jamás quiso separarse”[Notas 31].

g) Escuela en donde se aprenden las virtudes

No conviene olvidar que nuestro santo vive en un contexto eclesial determinado, en el siglo XIX. La meta de la santidad estaba en el horizonte de todo creyente como aspiración, anhelo y deseo. Santidad entendida como perfección y adquisición de las virtudes, como don y tarea al mismo tiempo.

¿Dónde hallarás, la norma que debes seguir para ser santa? Si de verdad quieres ser santa y perfecta, mira de continuo al Corazón de Jesús, porque en Él y sólo en Él hallarás los ejemplos más luminosos de las más sublimes virtudes. Él es el verdadero modelo de todas las virtudes; Él es el único medio por donde se llega seguro a la vida eterna.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que la virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien, que permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas[Notas 32].

Para Faustino Míguez las virtudes humanas se adquieren con su ejercicio: se trabaja por adquirir todas las virtudes propias del estado y todos los conocimientos necesarios para mejor servir a Dios y a las almas[Notas 33] y sólo se adquieren con mucha práctica, grandísimo trabajo, mucha penitencia y propia abnegación. Siempre con la mirada puesta en el más sublime ejemplo y sin más impulso que el amor. Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio (cf. Flp 4, 8), todo eso lo tiene en cuenta, lo trabaja, lo trasmite.

Si la mística es la contemplación agradecida de lo que Dios es y hace en nosotros, la ascética es la tentativa, discreta y en cierto modo ambiciosa, de acoger su acción y responder a ella, con una respuesta que es, antes que nada, acción de gracias, adoración, asombro por lo que Dios sigue haciendo; sólo en un segundo momento es acción y demostración de buena y firme voluntad. La intensa contemplación de la vida de Jesús en Faustino determina la exigencia de conformarse con él, dejándose moldear activamente en los gestos y palabras en los pensamientos y deseos, desde un diálogo con él. Este tipo de conformación exige por su naturaleza un itinerario ascético, porque no puede existir otra vía para identificarse con estos sentimientos (y virtudes) que no sea un recorrido paciente y tozudo, humilde y continuo, de todos los días, hecho de pequeñas opciones y de valientes renuncias hacia la conversión y la asimilación[Notas 34]. De ahí su afirmación de que la virtud consiste en estar siempre con Cristo en la Cruz[Notas 35]. Al principio costará dar los primeros pasos en la senda de la virtud verdadera, pero después será muy fácil y hasta gustoso el seguirla[Notas 36] (Ep 139).

Cuando es sana, gratuita y alegre, la ascesis es síntoma de la verdadera salud espiritual, y al mismo tiempo, expresión de crecimiento en el amor.

En el juicio conclusivo que los testigos dan en la defensa de la Causa se afirma por parte de todos, que el P. Míguez era un santo, porque había cultivado en modo ejemplar y no ordinario las virtudes[Notas 37]. Virtudes pedagógicas, humanas y cristianas.

Fueron dinamismos que le posibilitaron el crecimiento en la vida cristiana, desde su disponibilidad, docilidad y cultivo de su propia tierra, desde el continuo y constante ejercicio de las mismas (virtudes), permitiendo que la gracia actuara en él desde lo más humano de sí mismo, su anhelo de amar y ser amado, de esperar un futuro diferente para él, para las Escuelas Pías y creer en la fuerza creativa de Dios que actúa en la historia humana. Las virtudes humanas se arraigan en las virtudes teologales, así Faustino creyó en el Dios que se le revelaba, esperó en el Dios que anhelaba y amó al Dios que le amaba con radicalidad y firmeza. Fe, esperanza y caridad, tres modos de ser y tres disposiciones profundas arraigadas en la propia identidad del santo, partiendo siempre de la iniciativa y el don de Dios que le salía al encuentro en el acontecer cotidiano.

La espiritualidad cristiana, para Von Balthasar, no es más que la integración de toda la persona desde la fe, la esperanza y el amor. Éste fue el camino recorrido por nuestro santo maestro.

“Toda la vida del santo fue un constante acto de fe. La fe que le impulsó y le sostuvo firme y constante, no puede menos de ser calificada de sobrenatural y extraordinaria”.

“Se mostró siempre sereno en todo el discurso de su vida, porque se había abandonado completamente a la divina Providencia (…) de ahí la frase que tan familiar le era, que tantas veces repetía, en las circunstancias diversas por las que atravesó: ‘Dejemos obrar a Dios que para mejor será’ (…) Esperanza calificada de heroica” .

“Puedo decir que toda su vida fue un acto continuo de dicha virtud (caridad), puesto que aprovechaba cualquier coyuntura para hablar de Dios e infundir su amor en las almas: en sus conversaciones, en sus clases, en sus predicaciones y, de un modo especial, en el confesionario”[Notas 38]

h) Escuela en donde aprende la humildad

La humildad para Faustino es fundamentalmente una actitud religiosa que brota de su profunda fe y ardiente amor a Dios. La consecuencia de esta actitud se reflejará en sus opciones cotidianas, en sus criterios, en sus relaciones con los demás, en definitiva en su estilo de vida.

La aprendió en el seguimiento de Cristo pobre y humilde: Las humillaciones de la vida de Jesús fundaron en la tierra la escuela de la humildad y del generoso desprecio de todas las humanas grandezas, y ésta es la gloriosa palestra donde los verdaderos discípulos del Nazareno, solícitos y tranquilos, se ejercitan[Notas 39]. Jesús es fuente de humildad, Él se nos presenta de forma desconcertante, su camino es un camino de pobreza, de mansedumbre, de muerte en cruz que contrasta con la aspiración al éxito, la fuerza, al poder humano. De Jesús aprende la mansedumbre de corazón, aprende a sufrir con calma los desprecios de la vida.

Su humildad tiene un fuerte componente cristológico, hunde sus raíces en Aquel que nació en un pesebre y murió desnudo en una cruz[Notas 40], siendo características de esta humildad la hondura (la más profunda humildad), la radicalidad (humildísimas) y la belleza (preciosa humildad). Se compenetró totalmente con el misterio de anonadamiento de Cristo en su Encarnación y en el despojo de la cruz.

Dadme, ¡oh Dios mío!, el gran tesoro de la humildad. Se podría decir que pidió a Dios un corazón humilde y Dios actuó dándole oportunidades para que se ejercitara en ella. Le dio ocasiones en que su orgullo fuese pisoteado, en las que su fama criticada y su valor no reconocido. La humildad no se desarrolló ni maduró en abstracto en él, sino que creció en la prueba de las humillaciones, como pedagogía elegida por Dios. Camino de humildad para él será la obediencia, la renuncia de su propia voluntad para adherirse a la divina. Es interesante comprobar la cantidad de sentencias espirituales[Notas 41] entorno a la vanidad, presunción, buena fama, soberbia, que aparecen en los escritos del santo.

En su largo camino de maduración en la fe asimiló la virtud de la humildad desde la contemplación del misterio de Cristo crucificado, desde la aceptación de su propia fragilidad[Notas 42], de su realidad personal, de su carácter fuerte, de los sencillos acontecimientos de cada día. Todo ello le proporcionó sufrimientos que supo asumir y le enseñaron la verdadera sabiduría, desde la que llega a decir que Dios permite ciertas faltas aún en los que más ama, para que más reconozcan lo que de sí pueden confiar y sólo en Él pongan toda su esperanza”[Notas 43].

Lo entendió como punto de partida del camino espiritual aconsejándolo a sus religiosas. Como tienes que levantar muy alto el edificio de la virtud, es preciso que sean muy profundos y anchos los cimientos de la humildad.[Notas 44] Recordando el dicho de su santo Mentor: Si quiere ser santo, ha de ser humilde; si quiere ser más santo, será más humilde; y si quiere ser santísimo, habrá de ser humildísimo[Notas 45].

Descubrió que si las demás virtudes no van precedidas, acompañadas o seguidas por la humildad, la soberbia se abrirá paso entre ellas. El demonio de la vanagloria siente un gozo particular cuando ve multiplicar las virtudes (cf. Juan Clímaco), jugará con el religioso soberbio como una pelota, dirá Calasanz. En su lucidez espiritual, como todos los maestros de vida espiritual han experimentado, nos dirá que el que quiera que Dios se sirva de Él para cosas grandes, procurará ser el más humilde de todos. La virtud de la humildad lo resituó ante Dios y ante los demás en verdad, tal y como era, desde lo más genuino de sí mismo, en su grandeza y en su pequeñez, sabiendo que es mejor ser humilde violeta que soberbia magnolia[Notas 46].

La verdadera espiritualidad hunde sus raíces en ese caminar humilde en la presencia de Dios (cf. Mi 6,8) dónde y cómo Su voluntad quiera conducirnos. Más humildad, más agradecimiento al Señor que te quiere muy santa y por tanto muy humilde, muy resignada a la voluntad de Dios. Mejor es el humilde que sigue a Dios que el que hace milagros[Notas 47].

Fue humilde buscando la verdad. La humildad de corazón para Faustino tiene que ver con su autenticidad de vida. Su docilidad a la Verdad le fue haciendo libre (Jn 8,32), humilde. Su principio fue la verdad siempre y en todo procurando que ésta brillara, a pesar de los sufrimientos que le trajera.

Recorrió la senda de la humildad despojándose de sí mismo, de su amor propio, de su honor y fama. Ocasiones para ejercitarse en ella aparecieron en su vida comenzando por sus mismos defectos, sus reacciones fuertes, su carácter vehemente, las dificultades comunitarias, el despojo de su obra, las críticas e incomprensiones de sus hermanos y médicos, la crisis en la Congregación por él fundada.

Humildad con un fuerte sentido apostólico, desde su identidad escolapia: “Nos esforzamos en ser muy pobres y muy sencillos, y limpios de corazón” (Cf. Calasanz). No conviene olvidar que las virtudes evangélicas de la pobreza y humildad, son virtudes al mismo tiempo pedagógicas por ayudarnos a sintonizar con los pequeños y los pobres. La humildad es rasgo de una espiritualidad pedagógica propia de quien sabe que está al servicio del crecimiento de los otros. El educador debe practicar la humildad y la pobreza, no sólo porque ha de enseñar los primeros elementos y esto a niños pobres, sino también porque ambas virtudes son inherentes al oficio mismo del maestro, que debe adaptarse continuamente a la capacidad de los pequeños.

Su Santo Padre conocía la importancia de esta virtud para la tarea educativa, afirmando que si el escolapio es humilde, será utilísimo a los alumnos y a la religión. Y si no es humilde no será bueno ni para sí ni para los alumnos[Notas 48]. Que muchas veces o de ordinario se sirve el Señor de los instrumentos más humildes para las obras más grandes[Notas 49].

La sencillez pone de relieve las cualidades del Espíritu y los nobles sentimientos del corazón (…) os elevará a los ojos de Dios y aun a los de los hombres[Notas 50].

En su libro del Mes del Sagrado Corazón, en sus cartas, pláticas, homilías, sentencias… la humildad, la obediencia, la modestia (sencillez) y la franqueza aparecerán como diferentes caras una misma virtud, irán de la mano impulsándolo hacia el horizonte que vislumbra como una propuesta de libertad que se realiza en la verdad: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna” (Cf. Jn 12, 24-25).


i) Escuela en donde descubre la humanidad Dios

El Dios de Faustino es un Dios personal, que ama incondicionalmente, que al punto se conmueve en viendo cualquier miseria, que anhela el amor de su criatura, que siente la ingratitud de la persona amada, que sufre el dolor, el extravío de sus elegidos, de los pecadores, un Dios que llora, que muere en una cruz, un Dios débil, que se muestra vulnerable. Es Corazón que sangra, que se entrega, es un amor desbordado por el hombre.

Corazón tan tierno y tan amable (…), es corazón de padre nada austero, sino suave y benigno con todos; es corazón de amante, sin miramientos a ricos ni a pobres; es corazón de hermano, pero tal, que a todos compadece, a todos consuela, a todos abraza, aun a sus más fieros enemigos, a todos estrecha entre los amorosos brazos de su ardiente caridad[Notas 51].

Describe la relación de amistad con Jesús como un encuentro entre personas o, más precisamente, entre corazones que aman y anhelan una respuesta de amor, semejantes a las del Padre y el hijo, el Maestro y el discípulo, el Amante y la amada, la madre y el fruto de su entrañas. Con un lenguaje afectivo le expresa sus más hondos deseos: Dios de las misericordias, sed vos siempre mi amor, mi gozo, mi todo, mi amado Bien. Ya que siendo rico os hicisteis pobre por mi amor.

El texto revela un profundo trato de amistad con el Señor, una relación interpersonal que nos habla de experiencia humana y mística al mismo tiempo. Se dirige a Él desde categorías de relación interpersonal, de encuentro, de comunión y comunicación, amor fiel, eterno, perpetuo y maternal ¿Qué amor de afectuosa madre y de tierno hermano se parece al que me habéis tenido desde toda la eternidad? Me has amado desde toda la eternidad con amor interminable, (…) te he amado con amor perpetuo[Notas 52].

Un amor que conquista al hombre y que pide correspondencia ya que amor con amor se paga y el imán del amor es el amor. En el reconocimiento de tanto bien recibido y tanta ingratitud por su parte, quiere responderle con generosidad:

No os he restituido una sola de las innumerables misericordias que me habéis dispensado, no sé cómo hacerlo. Y ¿qué he hecho yo hasta el presente para corresponder a tanto amor? ¿Qué haré, pues, en adelante?

En la entrañable humanidad de un Jesús que ama, sufre, se conmueve, siente, llora, descubre no sólo a un Dios humanado, sino que desde Él comprende la profunda y desconcertante humanidad de Dios. Un Tú con el que puede entrar en relación personal, un Tú con cualidades humanas.

j) Escuela de fidelidad

Entrar en el corazón de su Maestro y descubrir la fidelidad inquebrantable al Padre hasta la muerte en cruz y la contemplación de su vida y su entrega le abren a la experiencia de la fidelidad de Dios para con él.

Para Faustino Míguez la espiritualidad que brota del Corazón de Jesús es de enorme riqueza como se muestra a lo largo de toda una historia de santidad, de fidelidad y obediencia, de profundidad mística y de fecundidad apostólica en los diferentes ejemplos que nos propone para cada día del mes de junio. Fidelidad en respuesta a la fidelidad de Dios y su compañía constante y cercana a lo largo de la vida:

Vuestra Providencia fue la que me enriqueció en el cuerpo de tantos medios, comodidades, reputación y salud,…y vuestra Misericordia me ha enriquecido en el alma con tantas inspiraciones, y luces, y llamamientos, y gracias,… me habéis dado tantas pruebas de vuestro amor[Notas 53].

Amándote desde toda la eternidad, te creé en el tiempo, (…) te hice nacer en la Iglesia, te sostuve con los santos sacramentos e hice reverberar sobre ti mi luz divina en tantos llamamientos y santas inspiraciones[Notas 54].

La mayor prueba de la fidelidad de Dios es su amor y cuidado constante hacia él. Se sabe amado, buscado y sostenido por los brazos Dios. Fidelidad incondicional, eterna, cercana y entrañable, que no siempre encuentra acogida en la persona:

Con tanto distinguiros y mimaros, con tanto colmaros de gracias y singulares beneficios, no consigue ganar vuestro corazón para sí[Notas 55].

Pero consciente de que ante cualquier pequeño gesto o intento de respuesta, el derroche de amor es infinito.

Dad al Señor pruebas de vuestra fidelidad y Él os las dará de su amor[Notas 56].

Esta convicción lo mantiene firme en las adversidades y al igual que su Maestro, la cruz no será para él muestra del abandono de Dios, sino la mayor prueba de fidelidad.

k) Escuela de verdadera sabiduría: Cristo crucificado

La identificación con Jesucristo crucificado engendra en el corazón la felicidad y la paz interior y el sosiego espiritual. De ellas escribió José de Calasanz: “La verdadera felicidad, la paz interior y bienaventuranza no la conoció ninguno de los antiguos filósofos y, lo que es peor, pocos, por no decir poquísimos, la conocen entre los cristianos, por haberla colocado Cristo, que fue nuestro Maestro, en la cruz. Y ésta, si bien a muchos les resulta muy difícil de practicar en esta vida, sin embargo, tiene dentro de sí tantos bienes y consuelos internos, que sobrepasan todos los terrenos”[Notas 57]. Porque el lenguaje de la cruz resulta una locura para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es poder de Dios (cf. 1Cor 1, 18). En Cristo crucificado Faustino encuentran escondidos infinitos tesoros espirituales[Notas 58].

No rehúses ser mi discípulo y haré que me conozcas y te conozcas, y te enseñaré el precio infinito de la ciencia de mi cruz; instruiré tu corazón en mis secretos, y te inspiraré amor a mis máximas, y estimación a mis penas y así serás agradable a mis ojos, y gozarás de una alegría celestial y conseguirás tu salvación[Notas 59].

Calasanz nos dice que “el verdadero libro en el que todos debemos estudiar, es la pasión de Cristo, que da la sabiduría de acuerdo al estado de cada uno”[Notas 60].

La cruz es la mayor prueba de amor por la humanidad. Esta entrega conmueve internamente a nuestro santo y le invita a dar la vida a Su manera. En el libro Mes de Junio describe momento a momento los últimos instantes de la vida de Jesús haciendo una llamada a la admiración y contemplación de este misterio y locura de amor.

Admira y contempla la infinita sabiduría de Dios por el amor inmenso que nos manifestó. Tanto me amó y padeció por mí. (…) con infinita sabiduría estableció que la cruz fuese el camino más seguro por donde vaya el alma a la ciudad del cielo. ¡Si yo comprendiese los misterios de la cruz! ¡Si entendiese el amor que movió a Dios a querer morir por mí! Llevaré con fortaleza mi cruz y os seguiré[Notas 61].

Faustino, como escolapio se identifica con la imagen de Cristo crucificado. A lo largo de su vida nos encontramos con signos que nos hablan de su profundo amor a la cruz y a la Pasión del Señor. A través de los distintos destinos y situaciones o experiencias vitales, vemos cómo este amor a la Cristo y a Cristo crucificado se va afianzando y va siendo uno de los dinamismos más importantes de su vida y trayectoria espiritual.

Dirá que para los amantes de Dios lo amargo es dulce y lo dulce amargo. Y no hay cosa más a propósito para producir el amor de Dios que el madero de la Santa Cruz, que mejor es mirar a Cristo con la cruz a cuestas y pedirle que nos ayude a seguirle [Notas 62].

Se abajó para levantarnos, (...) se sometió para hacernos fuertes; (...) por nosotros estuvo triste la alegría, temerosa la fortaleza, (...) y la gloria padeciendo, y la bienaventuranza ofuscándose, y la majestad confundiéndose y oscureciéndose la claridad, (...) y anonadándose la inmensidad[Notas 63].

La cruz le habla de salvación, de excesos de amor, de solidaridad con la humanidad, de fidelidad al proyecto de Dios. La ciencia de la cruz no es simple teología espiritual para Faustino. Encierra un talante de vida de entrega, de donación, de generosidad, de derroche, sin límites, sin cálculos.

Notas

  1. ¡Oh corazones amables de Jesús y María, Oh Corazones ardientes de caridad para con nosotros, inmensos hornos de amor a las almas redimidas y rescatadas del pecado; yo os saludo, os amo y os adoro, y en prueba de mi gratitud os bendigo por todos los sufrimientos que padecisteis por regenerarme a la vida de la gracia, haciéndome hijo vuestro! ¡Oh Corazones amantes, yo os amo y quiero amaros hasta el último suspiro de mi vida; quiero amaros sin tregua en la tierra, para amaros eternamente en el cielo! Y ¿cómo puedo yo dejar de amaros un instante, palpitando Vos constantemente de amor por mí? Os compadecéis de mis miserias, aliviáis mis dolores, confortáis mi corazón con la esperanza, infundís el verdadero gozo en mi alma. ¡Oh Corazones santísimos!, sea el mío todo vuestro, os lo dedico, consagro y entrego, y no quiero tenga ya parte en él el amor de las criaturas; mas temo volver por mi inconstancia a robaros lo que os he dado ya. Por eso pido vuestra ayuda, para que viviendo siempre la vida de vuestro amor en la tierra, merezca gozar eternamente de ese amor en el cielo. Amén.
  2. PVS 525
  3. FMO
  4. Ep 11, 13, 14, 20, 25, 27, 30, 54, 67, 84, 86, 108, 138, 144, 186, 272, 423, 629
  5. URÍBARRI BILBAO, Gabino S.J. El Corazón de Jesús: manantial que sacia la sed, Universidad de Comillas, Madrid
  6. Ep 630
  7. MSC 71
  8. EP, c.1339
  9. MSC 189
  10. MSC 8,11
  11. MSC 247
  12. URÍBARRI BILBAO, Gabino S.J. El Corazón de Jesús: manantial que sacia la sed, Universidad de Comillas, Madrid
  13. MSC 233
  14. MSC 278
  15. MSC 84
  16. MSC 29
  17. Ep 23, 70; Míguez, Faustino: Reglas de las Hijas de la Divina Pastora, Madrid 1906, pág. 22, nº XXI.
  18. CdC 22
  19. Ep 141
  20. Ángel Card. FELICI, Prefecto de la Congregación de la Causa de los Santos, Decreto de Virtudes Heroicas, Roma 1992
  21. EP 526
  22. CC 99
  23. Cf. GAMARRA, SATURNINO; Teología espiritual, BAC, Madrid 1997 pp 198-199
  24. CIVCSVA, El servicio de la autoridad y la obediencia, Instrucción, Roma 2008, n.4
  25. Ibid, n.9
  26. PE126
  27. Ep 426
  28. TE
  29. Ep 84
  30. PSVCC n. 151- 158
  31. Ángel Card. FELICI, Prefecto de la Congregación de la Causa de los Santos, Decreto de Virtudes Heroicas, Roma 1992
  32. CIC 1803
  33. Ep 57, 108
  34. CENCINI, AMADEO; El arte del discípulo. Ed. Paulinas, Madrid 2005, pág.34
  35. Ep 55
  36. Ep 139
  37. PSVCC 159
  38. PSVCC 12;13;29
  39. MSC 189
  40. RF 105
  41. Un elenco muy selecto y profundo de pensamientos, apotegmas, máximas y reflexiones espirituales, que sin duda colocan al santo, entre los más ilustres pensadores de su generación. La mayor parte están tomadas de los autores de la Sagrada Escritura, sobre todo de los Libros Sapienciales. El Siervo de Dios estaba convencido de que una sentencia puede valer, para la vida espiritual, tanto como un libro voluminoso. Es cuestión de meditación interior. (P. Anselmo del Álamo)
  42. MÍGUEZ, FAUSTINO: Reglas de las Hijas de la Divina Pastora, Madrid 1906, pág. 53
  43. Ep. 55 y 74
  44. Ep 43
  45. Ep 745; MSC 76
  46. Ep 221
  47. Ep 146
  48. EP 899
  49. Ep 131
  50. Ep 143
  51. MSC 131-132
  52. MSC 129, MSC 175
  53. MSC 60
  54. MSC 176
  55. Ep 109
  56. Ep 139
  57. EP 1662
  58. Ep 728
  59. Ep 141
  60. Cf. nota 3.
  61. MSC 197, 158
  62. Ep 146, 765
  63. HPF 73