SinMasImpulso/B5. EXPERIENCIA DE CONVERSIÓN

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B5. EXPERIENCIA DE CONVERSIÓN

La verdadera dicha está en parecerse; está en seguir, está en imitar al Autor de la vida[Notas 1].

La esencia de la espiritualidad cristiana es el seguimiento de Cristo. Ser cristiano es seguir a Cristo por amor. Sólo ahí se verifica nuestra fidelidad. Seguimiento que es la raíz de todas las exigencias cristianas, y el único criterio para valorar una espiritualidad. Así, no existe una "espiritualidad de la cruz", si no es como seguimiento; porque éste en ciertos momentos exigirá la cruz. No existe una "espiritualidad de la pobreza", si no es como seguimiento. Éste nos despojara, si somos fieles en seguir a un Dios empobrecido. No existe una "espiritualidad de la entrega", si no es como seguimiento pues todo compromiso o entrega al otro es un fruto de la fidelidad al camino que siguió Jesús.

Seguir a Cristo implica la decisión de someter todo otro seguimiento sobre la tierra al seguimiento de Dios hecho carne. Por eso hablar de seguimiento de Cristo es hablar de conversión, de "venderlo todo", en la expresión evangélica, con tal de adquirir esa perla y ese tesoro escondido que constituye el seguir a Jesús (Mt. 13, 44-46). Sólo Dios puede exigir un seguimiento así, y es que seguir a Jesús es seguir a Dios, el único Absoluto, supone adherirse a los valores que Cristo enseñó, nos arranca del egoísmo, de la injusticia, del orgullo, de la comodidad y de “nuestras cosas”. Es un proceso que nos interna en el corazón del Evangelio para vivir en el éxodo de la fe y del seguimiento del Señor Jesús por los caminos de la vida.

La conversión cristiana no consiste tanto en multiplicar actos de generosidad, sino más bien en dejarnos conducir por el Señor en la fe, en el amor que conlleva la cruz y en la esperanza. "Cuando eras joven, tú mismo te ponías el cinturón e ibas donde querías. Pero cuando te hagas maduro, abrirás los brazos y otro te amarrará la cintura y te llevará donde no quieras" (Jn 21,18).

La Sagrada Congregación para la causa de los Santos nos ofrece unos momentos críticos en la vida de Faustino Míguez, en el proceso de conversión en su camino de seguimiento, recogidos en la Positio Super Virtutibus[Notas 2].

“A nuestro juicio y después del estudio de cuanta documentación hemos manejado y del estudio del largo epistolario inédito del S. de D. (más de 800 cartas y otros escritos), creemos ver, en el itinerario espiritual de Faustino Míguez como unos hitos, mojones o cumbres cada vez de mayor elevación en los años 1891, 1909, 1922, y 1924-25.

En efecto en 1891, después de sentidos forcejeos, sometiéndose al deseo del General de las Escuelas Pías, P. Mauricio Ricci, sacrifica lo que amaba más que su propia vida, esto es, su honor y el de su Obra, la Congregación de las Hijas de la Divina Pastora; y al realizar este sacrificio verdaderamente heroico en sí se ve obligado por su superior provincial a presentar la renuncia de su cargo de Director de las Hijas de la Divina Pastora por él fundadas. Desde entonces su ascensión espiritual parece realizarse a grandes pasos. Si bien se observan, en sus años juveniles, actitudes de justificación y aclaraciones, se nota un progresivo avance en el camino de la humildad, de la renuncia de sí mismo, del abandono total de su vida y obra en la voluntad de Dios, llegando a ser en él habitual la heroica postura de desear la desaparición de su Instituto femenino, si no ha de resultar para la mayor gloria de Dios y bien de las almas.

Sus reclamaciones, cierto, siempre se basaron en la búsqueda de la observancia religiosa y del cumplimiento de la legislación de la Iglesia. Su rectitud de conciencia no se torció jamás desde la juventud hasta el último suspiro.

Si bien, ya en 1856, se advierte su disponibilidad para la muerte, tónica que conserva a lo largo de su epistolario (siempre se cree cercano a la muerte; acaso asome este pensamiento más de 50 veces en años diversos), desde 1906 aparece en él el ansia del martirio y se firma con cierta frecuencia el “Mártir sin corona”.

En 1922, su oración, su consagración a Dios, sus deseos son los de un justo consumado en la santidad; su testamento espiritual y codicilo que le añade, son otras tantas pruebas de la finura alcanzada por su espíritu totalmente absorto en Dios y despreocupado de las cosas terrenas.

Finalmente en la tragedia, que le cayó encima en 1924, su inmolación a la voluntad de Dios fue sencillamente heroica, después de realizar cuanto creyó obligado en defensa de los cánones del Derecho Canónico y de las Constituciones de la Congregación: supo someterse heroicamente: “Dejemos hacer a Dios que para mejor será”. Y acaso su heroísmo llegó al máximo al escribir, con los agarrotados dedos de sus manos gotosas, aquel billetito en que él declaraba humildemente que el Señor le había hecho conocer, en una de sus últimas misas, que todo había sido fruto de su equivocada interpretación de una carta del Cardenal Protector. Esta humillación y sinsabor acabó de purificarle hasta su último instante, bien que resignado y fiel a su principio: “Dejemos hacer a Dios”, como lo aprendiera de S.J. de Calasanz que lo mismo repetía al ver destrozada su Orden religiosa por un decreto pontificio”.

Nos detenemos a analizar con más detalle algunos de estos momentos críticos.

Renuncia como director de la naciente institución (1891)

Es un momento crítico en el itinerario del santo, situación límite, en la frontera entre su ser escolapio y la presencia e impulso de la obra por él fundada. En sintonía con la experiencia de Abraham sentirá el despojo de algo muy querido para él, el sacrificio del hijo amado, fruto de sus entrañas (cf. Gn. 22, 1-19).

El 10 de noviembre de 1890 recibe el P. Faustino una carta de su Superior Provincial, P. Marcelino Ortiz, que fue compañero suyo en sus años de estudio y formación. En dicha carta, de tono ciertamente duro, el P. Provincial informa sobre unos escritos enviados al P. Rector, al P. Provincial y al P. Vicario General, por personas influyentes, nombrando al Rector de la Universidad de Sevilla, al Deán de la Catedral, al Arzobispo y a los Señores Mochales y Sánchez Toca solicitando que sea trasladado al colegio de Sevilla o de Sanlúcar. Considera que el P. Faustino está enterado de tales recomendaciones y solicitudes por lo que lo conmina a desistir. Para él es motivo de recriminación, expresión de su falta en el voto de obediencia pues busca hacer su voluntad. Manifiesta que no es necesario tal traslado y en su exposición hace fuertes acusaciones contra el P. Faustino en cuanto a su relación con la Institución naciente y en cuanto al cumplimiento de sus obligaciones como religioso escolapio. Desconoce por completo que el P. Faustino ha contado con los permisos de sus superiores.

Las palabras del P. Marcelino tocaron dos aspectos importantes en la vida del P. Faustino: su compromiso como escolapio y la Obra naciente, por lo que su respuesta no se hizo esperar. Escribió al P. Vicario General, P. Manuel Pérez poniéndolo en conocimiento de la carta remitida por el Provincial. De sus palabras se deduce que está herido y considera graves las acusaciones.

Posteriormente escribirá al P. General, Mauro Ricci, preguntándole si está dispuesto a resolver la cuestión en última instancia.

Dos cartas más envía el P. Faustino a Roma, donde expone todo el desarrollo de la cuestión de modo cronológico. En su opinión el P. General reconoce la gravedad de las injurias inferidas pero no acaba de ver el fondo, por lo que pide aclaraciones, y en principio aconseja no acudir a tribunales de fuera de la Religión para evitar mayores males. Acatará la indicación del P. Ricci, sea como dice, Rmo. Padre[Notas 3], serán sus palabras.

Dejará correr el asunto, sin acudir a otras instancias, obedecerá pero no sin antes manifestar todo lo que en conciencia considera injusto. Sobre la acusación de no rendir lo suficiente en la actividad docente, compara los resultados por él obtenidos en el número de suspensos con el propio P. Marcelino Ortiz y P. Manuel Pérez, siendo el balance positivo a su favor.

Reivindica las injurias no solo lanzadas contra su persona y su honor sino también contra la asociación por él dirigida. Hace ver que cuenta con el apoyo de personas que lo persuaden a no desistir del pleito y que llevarían mal el abandono de la causa empezada. Sabe que las Congregaciones Romanas juzgarían en contra de él y a favor de los Superiores, por lo que de seguir el proceso acudiría a la Rota Española, que goza fama de ecuánime y justa. Pero desiste, por la exhortación del P. General; abandona el caso sacrificando su honor que ama más que a su vida[Notas 4].

El 9 de junio de 1891 el P. Faustino se ve obligado a presentar por escrito la renuncia de su cargo de Director de la Congregación de las Religiosas de la Divina Pastora a su P. Provincial, P. Marcelino Ortiz, quien a su vez la entregó al Arzobispo de Sevilla. Fue la consecuencia lógica del desarrollo de todo el conflicto mantenido con el P. Provincial.

Renunció porque le constaba que no era voluntad de los superiores que siguiera en la dirección de su obra. Él consecuentemente confió a Dios el cuidado de la misma, pensando de seguro que era otra manera de saber si era obra de Dios o no[Notas 5].

A través de las cartas que dirige a M. Ángeles en 1891 va preparando el terreno para el desenlace final de la renuncia al cargo de director.

En abril de 1891 escribe: si así te conviene y parece, puedes disponer los exámenes para el 15 de junio en la seguridad de que por mí no tienes que esperar. Aunque lo pidiere, no me dejarían, y por eso, no pienso darles la satisfacción de negármelo. Además como mañana es el nombramiento de superiores locales, tal vez haya algunas variaciones en el personal, y, Dios sabe dónde irán a parar mis huesos[Notas 6]. Está convencido de que no lo dejarán marchar a Sanlúcar para estar presente en los exámenes de las niñas; así mismo cree que pueden trasladarlo por el nombramiento de nuevos superiores locales.

Dos meses después escribe: murió nuestro P. San Francisco y maldita la falta que nos hizo y repetidlo todas ya respecto a mí, que hago menos falta que S. Francisco, por lo mismo que nada soy ni nada valgo[Notas 7]. Se ve cómo va preparando el terreno tratando de hacer ver a M. Ángeles que no es necesario ni es nada en la obra.

Más adelante responderá al requerimiento de M. Ángeles de asistir a los exámenes de las niñas suponiendo ya que ésta conoce el hecho de su renuncia como Director del Instituto [Notas 8]. En esta misiva reconoce que no es el trabajo, ni la negativa esperada por parte de sus superiores de asistir a dichos exámenes, sino el temor a que se renueven las calumnias de antaño, que de nuevo lo culpen de ir a Sanlúcar sólo para provocar conflictos con sus superiores y mendigar recomendaciones para que le devuelvan a este lugar donde no conviene su presencia. Expone no haber encontrado otro camino para resolver tal situación que poner tierra por medio y renunciar al cargo de director del que le responsabilizaron y para el que contaba con todos los nombramientos y autorizaciones de los superiores.

Se siente muy herido, apenado por el modo en el que ha sido tratada la Institución por él iniciada y las personas conocidas que solicitan su regreso a Sanlúcar. Este hombre fiel al cumplimiento de las constituciones, que ha callado finalmente en su defensa y en la de la Institución, comparte su dolor por la injusticia sufrida. M. Ángeles es su confidente en estos momentos. Son duras las expresiones con las que refiere la actuación de su superior, entendemos que en concreto se refiere al P. Marcelino Ortiz. Pero hay que entender que siente manchado su honor y el de la obra fundada; por ello espera que esa mancha regrese de donde brotó y cada uno ocupe el puesto que le corresponde.

Con dolor reconoce que ya no es nada para las religiosas, que no puede dar licencia para renovar los votos ni para nada. Así recomienda a M. Ángeles que asuma las facultades que le concede el Reglamento mientras no indique otra cosa el Sr. Arzobispo. Del mismo modo les pide que rompan todas las cartas que él les ha enviado que no sean oficiales, despidiéndose como exdirector, encomendándose a sus oraciones y pidiéndoles perdón por las faltas y escándalos que les haya dado.

En carta del 9 de julio de 1891[Notas 9] vuelve sobre el tema. Será la última que escriba; desde ésta no se conoce otra a las religiosas hasta 1897 donde reanuda su labor como director. En ella responde a M. Ángeles que no las abandona; con cariño y dolor expresa me habéis costado mucho para que os olvide y entiende que ha de hacer como la caña cuando pasa el huracán, doblegarse y ceder. Como expresa el P. Salvador López “las amaba con verdadera paternidad espiritual. ¡No se olvida lo que se ama!”[Notas 10] Aún no sabe si se ha aceptado su renuncia pues no se ha nombrado todavía sucesor suyo al frente de la obra. Cree que el Arzobispo nombrará al Sr. Vicario o al P. Oliva.

M. Ángeles cuenta en sus memorias cómo el Sr. Arcipreste D. Francisco Rubio y Contreras suplió al P. Faustino en la parte espiritual pues fue nombrado confesor y las llevaba bien, aconsejándolas en asuntos exteriores y guiándolas resolviendo asuntos urgentes[Notas 11]. El P. Anselmo apunta también que D. Francisco Rubio y Contreras hizo de Director de la Institución.

Lo que muchas veces parece un gran mal es el mayor bien para el que en todo desea hacer la voluntad de Dios que conoce mejor que nosotros lo que nos conviene (Ep 426).

La prueba de fuego: Problema de 1923

A Dios, la gloria. A sólo Él, la gloria.

A ti, que no a mí, sea siempre, mi Dios, la gloria[Notas 12].

El 28 de octubre de 1923 muere en Sanlúcar de Barrameda M. Julia Requena, Superiora General. Según las Constituciones debía ser sustituida por la Vicaria General, M. María Casaus, pero ésta tenía un impedimento canónico al no ser hija legítima, hecho conocido por la superiora (M. Ángeles) cuando ingresó en el Instituto. M. Ángeles se lo comunicó a M. Julia Requena al acercarse las elecciones de 1919, y ésta, viéndose gravemente enferma, a M. Concepción Hidalgo, Consejera General y superiora de Getafe en este momento debió informar de todo al P. Faustino quien tomó cartas en el asunto.

Las Constituciones del Instituto establecen que si se creyere necesario privar a la Superiora General de su oficio y autoridad, el Consejo General puede hacerlo exponiendo causas graves a la Sagrada Congregación de Religiosos y atenerse a lo que ésta decida. Teniendo en cuenta esta posibilidad, el P. Faustino convoca a las Consejeras a Getafe incluida M. María Casaus y le expone la existencia de un impedimento que la hace inhábil para desempeñar los cargos de Primera Consejera y Vicaria General. Le indica la conveniencia de escribir al Cardenal Protector Basilio Pompilli solicitando que el Papa nombrase por esta vez Superiora General, salvando así su buen nombre. Estas peticiones se hicieron por consejo del Nuncio Apostólico. El Cardenal Protector aconsejó no mover nada trasladando el tema a la Santa Sede.

Al no obtener respuesta, el P. Faustino de nuevo escribe al Cardenal Protector y acude al Nuncio solicitando la autorización para designar Superiora General sin perjuicio de que se cumpliera la decisión de Roma cuando llegase. La respuesta del Nuncio no fue enviada al P. Faustino sino a la Vicaria General, M. María Casaus, quien resuelve el problema afirmando que los requisitos que se exigen para la Superiora General no se exigen para las Consejeras, por lo que no hay dificultad en que la Vicaria sustituya a la Superiora General difunta, que convoque con tres meses de anticipación el capítulo extraordinario para la elección del nuevo gobierno y lo notifique con antelación a la Nunciatura. Esta carta no llegó a manos de M. María Casaus sino que la retuvieron M. Concepción Hidalgo y M. Margarita Artime y la llevaron al P. Faustino que la abrió.

La Sagrada Congregación de Religiosos pidió datos al Nuncio sobre el asunto del Instituto. Responde manifestando que, según su opinión, reina un desconocimiento absoluto del Derecho; informa que se celebrará el Capítulo General Extraordinario y expone que no es necesaria la intervención de esta Sagrada Congregación.

Mientras, en febrero, se reúne en Getafe el Consejo General con la ausencia de M. María Casaus. Se declaró a M. Concepción Hidalgo Vicaria General, quien tomó el título de Superiora General interina, y Consejeras a las MM. María Amada, Luisa Villegas, Margarita Artime (Secretaria General) y Anunciación Merino de Jesús.

El P. Faustino ese mismo día escribe una circular informando a todas las religiosas del Instituto del proceso seguido tras la muerte de M. Julia Requena. Expone con claridad que las Constituciones del Instituto no permiten que ninguna que sea ilegítima pueda ser Provincial, Vicaria Provincial, Vicaria General, ni Superiora General. Abriendo su corazón reconoce la honda pena que le embarga y confiesa que en su actuar no tiene otro pensamiento que el de buscar la gloria de Dios con el Instituto.

A través de una circular de la nueva Vicaria General, M. Concepción, se anuncia el Capítulo General Extraordinario para el 28 de agosto.

Por otro lado, el Nuncio escribe al Prefecto de la Sagrada Congregación de Religiosos, informándole sobre el proceso seguido en el Instituto presentándole varias opciones de solución. Interpreta que las Constituciones del Instituto no exigen condición de legitimidad para ser Vicaria General, como sí exige el Código de Derecho Canónico. Fueron aprobadas tras la promulgación del Derecho Canónico pero no se corrigió este punto, por no considerarlo necesario. Supone que el conflicto se puede resolver si el Instituto se rige por las Constituciones aprobadas, a pesar del canon 504 del Código de Derecho Canónico, o si se dispensa del impedimento a la Vicaria General y se convoca el Capítulo General Extraordinario, para elegir a la Superiora General.

La Sagrada Congregación de Religiosos pide al Nuncio informar sobre todo lo sucedido y no actuar. Para ello nombra el Nuncio a un Visitador.

El Nuncio prohibió verbalmente al P. Provincial de Castilla, P. Clemente Martínez, todo contacto de los escolapios de Getafe con las religiosas de la Divina Pastora. Por ello, el P. Provincial mandó un oficio al Rector y Comunidad de Getafe informando de la prohibición. El Rector, P. Felipe Estévez, expuso que eran escasísimas las relaciones que la comunidad sostenía con esta Congregación, tan solo el P. Faustino por su condición de Fundador.

M. Concepción de nuevo escribe a todas las casas informando sobre la reposición de la anterior Vicaria, M. María Casaus y en el mismo mes M. María convoca el Capítulo General para octubre. Habla de las rebeldes, que inculparon al P. Faustino de todo, y que probablemente tenían dominada su voluntad. Considera que no es necesaria su intervención salvo para dictar penas contra las religiosas.

El 28 de octubre de 1924 se celebra el Capítulo General Extraordinario en Getafe siendo elegidas: Superiora General M. Natividad Vázquez, Moderadoras M. Gemma Martínez (Vicaria General), M. María Casaus (Secretaria General), M. Matilde, M. Soledad y como Procuradora M. Inmaculada.

En ese mismo mes, el P. Faustino, durante una misa reconoce que todo ha sido culpa suya, que él ha malinterpretado la respuesta del Cardenal Protector de no mover nada. Así lo quiere hacer saber a todos, al Visitador, a las religiosas. El Visitador entiende mal esta autoacusación en su informe al obispo de Madrid. Razona que el P. Faustino actuó movido por su amor propio, por su estado de ocaso mental, por desconocimiento real de la situación del Instituto y finalmente engañado.

Las penas para las “rebeldes” no llegarán hasta el 28 de febrero de 1925, días antes del fallecimiento del P. Faustino: M. Concepción Hidalgo, M. Margarita Artime, M. María Amada García quedarían privadas de voz activa y pasiva; M. Luisa Villegas y M. Anunciación Merino, privadas de voz activa y pasiva por tres años.

¿Quién fue el culpable? El Nuncio hace recaer todas las culpas sobre el anciano Fundador.

M. Margarita Artime fue acusada como la “culpable principal de todo” por M. María Casaus y realmente como tal aparece denigrada por el Visitador y por el Nuncio. Ella a su vez atestigua: “El Rdo. Padre repetidas veces nos mandó decir que le echáramos a él la culpa y todas optamos por callar y asumir la responsabilidad de aquello que nuestro P. Fundador, creyendo obrar con lo ordenado en los sagrados cánones, había hecho. A mí en particular, por el confesor, me mandó a decir dos o tres veces que dijera que había sido él”.

En los Procesos declaró Don Tiburcio Ruiz de la Hermosa que después de haber celebrado la santa misa el P. Faustino, escribió en un sobrecito pequeño con lápiz, entre verde y azul, estas palabras escritas a la Superiora de Getafe: “Madre Superiora, celebrando hoy la santa misa, he entendido del Señor que he tenido yo la culpa, siendo inocente la M. Consuelo. Por consiguiente así lo hago constar para que lo anuncie al Sr. Visitador de la diócesis y a las religiosas todas, y sepan que yo debo ser culpado en este asunto. Hágalo por Dios”.

Nuestro santo se equivocó[Notas 13], interpretó equivocadamente y sin malicia alguna el escrito del Cardenal Protector. Se equivocó y el Señor se lo hizo ver con claridad meridiana en una de sus últimas misas (mediados de octubre 1924). Pero tuvo la grandeza de alma para confesarlo tan pronto lo advirtió; tuvo la valentía de escribirlo.

“Los fundadores conservan durante toda su vida el derecho y el deber de velar sobre sus hijos espirituales, de defenderlos contra los peligros y asechanzas, que los amenacen ya como individuos, ya como corporación. Y el P. Faustino demostró, en esta ocasión, su paternidad espiritual sobre su obra. (…) Aunque se equivocara en los pasos dados, quien podrá negar que con tal conducta, luchando hasta su último suspiro, no ha dado pruebas de una caridad extrema, fuera de los común, verdaderamente heroica, a favor de la Congregación, que se vio obligado a fundar por la voluntad de lo alto”[Notas 14].

Pudo remover el asunto en Roma y hubiese triunfado. No lo hizo, practicando de verdad su gran lema Dejemos hacer a Dios, para mejor será. Su norma fue amar y sufrir como consta en la carta dirigida a su bien querida M. María Amada también acusada por rebelde: amar y sufrir, yo hago igual.

Dios prueba a los suyos

(…) pruebas que envía a los que bien quiere y más lo aman[Notas 15].

La conversión es siempre un momento fuerte: Es fuerte por la repercusión que tiene en el comportamiento al pasar de la praxis independiente y egocéntrica a la relación oblativa y generosa con Dios y con el hermano; pero es fuerte, sobre todo, por el cambio interior que se opera al experimentarse «nueva criatura» (cf. 2Cor 5,17) con nuevas relaciones en Cristo y en total gratuidad.

En Faustino Míguez el deseo de perfección religiosa va a ser colmado por un paradójico camino, no el de los logros de sus capacidades, sino precisamente del despojo, del vaciamiento de sí en la desnudez de su propia gloria y honra.

No podía ir todo viento en popa la fundación. Necesitaba pruebas y contradicciones, que llueven a granel[Notas 16]. (año1912)

La auténtica experiencia espiritual en Faustino Míguez queda patente en su reacción ante la sorpresa y paradoja de Dios, ante los momentos de crisis. Éstos iluminan los pasos del proceso de seguimiento, el cambio de un nivel de interioridad a otro. En la Biblia se les llama pruebas y están ligados a los momentos decisivos de la propia historia de salvación.

La espiritualidad ha conocido desde siempre este fenómeno: desolación, abandono, pruebas. San Juan de la cruz le dio el derecho de ciudadanía al poner la noche oscura como experiencia decisiva del proceso espiritual. Hoy se le ha dado a este fenómeno una universalidad y una profundidad cada vez mayor; se le ha insertado en el proceso de la fase normal.

La santidad es la madurez relativamente alcanzada en un largo proceso de santificación que comenzó en el Bautismo y que culmina en la glorificación.

La gracia, a medida que va moldeando la arcilla humana de Faustino, es capaz de realizar cosas grandes con un instrumento humano débil. En la conciencia de los santos suele acentuarse el sentimiento de pobreza espiritual. Es fruto de la humildad auténtica, basada en la verdad de las cosas y en la provisionalidad del estado en que se encuentran.

Es el paso de la lucha interior sostenida del “yo” al “fiat” desapropiado, humilde y agradecido, unificado en el sí mismo, en el Tú Absoluto, se estabiliza la entrega incondicional del amor.

Se vive habitualmente en la unificación de la síntesis de contrarios: a más luz de Dios, tanta más luz sobre el propio pecado; a más esfuerzo, tanta menor confianza en sí; a más paz, tanta mayor capacidad de sufrimiento; a más experiencia de Dios, tanta más noche de experiencia; a más suficiencia de Dios, tanta más humilde aceptación de lo humano; a más soledad en Dios, tanta más solidaridad con los hombres; a más amor universal, tanta más preferencia por los pobres…[Notas 17]

Todo a gloria y honra de Dios

“Olvidándose de sí mismo y de las vanidades del mundo buscó únicamente la gloria divina”. (Decreto de Virtudes Heroicas)

En su proceso de conversión, el P. Faustino, oteará que la santidad no se identifica, sin más con un perfeccionismo, ni con las buenas obras, ni con la ley. El tema de la santidad únicamente puede ser comprendido correctamente como la armonía de dos elementos aparentemente irreconciliables: la gloria de Dios y la fragilidad humana sostenida por el poder infinito del amor de Dios. Es el momento en que la humilde sencillez de la arcilla refleja la misma santidad divina, libre ya de la interferencia del amor propio desordenado, y se convierte de veras en pertenencia de Dios.

Pensadlo bien y obrad como más convenga a honra y gloria de Dios. Nada hagan ni digan que por Dios y para su gloria no sea. ¡Qué Dios nos ilumine para hacer lo que sea de su mayor agrado, para su mayor gloria[Notas 18].

Quizá inicialmente, en las primeras etapas del camino espiritual de Faustino Míguez, el impulso va acompañado con frecuencia de una fuerte dosis de voluntad de poder, de deseo de superación, de búsqueda de la propia perfección, desde el propio esfuerzo, tentación del narcisismo, de quien se mira más a sí mismo y a su perfección, que a Dios que es quien le sostiene y le ama, o las necesidades de sus hermanos. Pudo anidar en él la búsqueda de la propia gloria, no la de Dios. No obstante el deseo de superación y de agradar en todo a Dios, de ofrecerle lo mejor de uno mismo es un signo de salud espiritual, que perduró de por vida en nuestro santo.

¿Qué es avanzar por el camino de la conversión? La crítica de Jesús a los hombres “justos” de su época (cf. Lc 18, 9-14) nos ha enseñado que la santidad no coincide con el perfeccionismo del hombre, no se identifica simplemente con el deseo de mejorar y crecer. No coincide con el éxito o reconocimiento social, tampoco con la práctica de las buenas obras, ya que el hombre puede llegar a cumplir puntualmente todo lo prescrito y tener su corazón alejado de Dios o simplemente no amar a los hermanos.

En la vida espiritual toda persona debe convertirse, tarde o temprano, no a la búsqueda de la propia gloria sino a la de Dios. Requiere una humilde y radical disponibilidad. Reflejar la gloria de Dios en su propio ser.

Hace 29 años que vengo pidiendo al Señor que, si este Instituto no ha de ser siempre para honra y gloria de Dios, lo disipe como humo en el aire, sin dejar siquiera rastro ni memoria[Notas 19].

El hombre ha de traspasar este umbral: comprender la santidad como el reflejo de la misericordia, la indigencia personal deja de ser un obstáculo para convertirse en el lugar exacto de la adoración. Es el santo humanismo, el andar en verdad, de la humildad, de la verdadera caridad.

Es Dios mismo quien pedagógicamente, se encarga de llevar a cabo tal transformación. Dios va educando y enseñando a Faustino la lección definitiva acerca de la madurez del amor y el significado último de la propia indigencia que aceptada y asumida, no sólo humaniza sino que abre de par en par sus puertas al abrazo y al designio de Dios. Y él, situándose en el lugar que le corresponde, se encuentra -no ya con su éxito, vanagloria o fracaso- sino con la gloria de Dios y su poder salvífico. Dios le hace partícipe de su propia santidad. Bien suba todo a Dios, que de Él es y a Él se le debe[Notas 20].

¿La conversión personal se dio en un abrir y cerrar de ojos? ¿en un instante asume y compendia todos los elementos y factores que han ido apareciendo y convergiendo a lo largo de la vida? Significó sufrir un cambio de mente y de corazón (Lc 17,3-4). Los efectos de esta conversión son: la pobreza de espíritu, la humildad de corazón, el dolor y arrepentimiento de los pecados, el anhelo ardiente de Dios, el olvido de sí hasta el punto de sufrir persecución por todo lo que concierne a Dios y su voluntad. Con todo lo que contiene de dolor y desarraigo es la Buena Noticia que sobrepasa toda posible imaginación. Pero tal proceso de conversión le lleva toda una vida.

Solo Dios, dirá Faustino. ¿Por qué sólo Dios? Este acto de conversión es un acto de la persona entera. Todo se sintetiza, todo es purificado, acrisolado y transformado por Dios. Para cada uno de nosotros no puede darse esta radical conversión hasta no haber sido reducidos por Dios a una disyuntiva clara de tener que elegir sin ambigüedades: o Dios o mi yo.

Notas

  1. Ep 70
  2. PSV 523-524
  3. FML 170
  4. Cf. FML 170-174
  5. FML 183
  6. Ep 235
  7. Ep 238
  8. Ep 240
  9. Ep 242
  10. FMSL 183
  11. MMA 17, BFAA 218
  12. HPF 177
  13. PSV 341
  14. PSV 343
  15. Ep 743
  16. Ep 577
  17. cf. GARRIDO, JAVIER; Proceso humano y gracia de Dios, Apuntes de espiritualidad cristiana. Cantabria. Ed. Sal Terrae, 1996, pág. 376
  18. Ep 340,360, 567 y 677
  19. Ep 643
  20. Ep 394