SinMasImpulso/C1. UNA ESPIRITUALIDAD DE LA ENCARNACIÓN: DIOS Y EL HOMBRE

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C1. UNA ESPIRITUALIDAD DE LA ENCARNACIÓN: DIOS Y EL HOMBRE

Al preguntarnos por las razones del nombre escogido por Manuel en su entrada al noviciado, Faustino de la Encarnación, hemos de hacer referencia a la coincidencia del día de su Bautismo con la festividad de la Encarnación y a que, a las afueras de Celanova, se encontraba la ermita de Ntra. Sra. de la Encarnación, posiblemente frecuentada por Faustino antes de ingresar en la Orden dada la cercanía a su aldea. Este cambio de nombre y apellido familiar por el nombre de algún Santo, de la Virgen o de alguno de sus misterios similares era habitual en la Orden de las Escuelas Pías desde sus comienzos[Notas 1]. El nuevo nombre de nuestro santo, cuyo significado etimológico era “feliz acontecimiento”, no sería casual, sino providencial: “Feliz acontecimiento de la Encarnación”.

Desconocemos el alcance que Manuel le daría a este momento; sin embargo, teniendo en cuenta su ideal o sueño de vida religiosa, cabría decir que sería expresión de esta nueva vida que él deseaba emprender. El nombre que elige y recibe estaría marcado o sería expresión de una experiencia personal. ¿Quería recorrer este camino de identificación con su Maestro desde la contemplación del Misterio de la Encarnación, que le habla del amor y abajamiento del Dios-Hombre, y estima el más admirable de todos? Ante el cual se conmueve y sobrecoge internamente: ¿He considerado alguna vez el exceso del amor de un Dios? ¿De un Dios que se hace hombre por amor de él?[Notas 2]

Así lo afirman algunos testigos: “Creo que entre los misterios de la vida de Jesucristo que le inspiraba más devoción fue el de la Encarnación y así quiso llamarse F. M. de la Encarnación”[Notas 3].

De igual modo lo trasmite a sus hijas: Han de creerse altamente honradas siempre que se hagan pequeñas con las pequeñas, mirándolas, como madres, por amor de Aquél que, siendo Hijo de Dios, se anonadó hasta tomar la forma de siervo por amor nuestro[Notas 4].

En la contemplación del Misterio de la Encarnación, Faustino nos presenta a Jesús como modelo de abajamiento, de aceptación radical de la condición humana. Quiere identificarse con el que nació pobre en un pesebre y murió desnudo en una cruz. Es ciertamente un misterio de pequeñez, hacerse Dios pequeño, hacerse Dios niño.

Conducido en alas de su amor a los hombres bajaba desde la elevación de los cielos a desposarse con la naturaleza humana, a la que amaba con un amor infinito desde que la creó; por su bondad inefable quiso unirse para siempre con ella con lazos eternos e indisolubles[Notas 5].

La experiencia del Dios encarnado en Faustino Míguez marca un estilo, un talante, un modo de estar en el mundo, conlleva unas implicaciones, tiñe cada uno de los aspectos de su vida desde cómo se relaciona con Dios y cómo ora, hasta cómo entiende la relación con los demás, la historia humana y la misión apostólica.

El plan concebido en la mente divina para salvar al hombre es tan lleno de amor, que no es posible estudiarlo sin que el alma quede aprisionada en la red verdaderamente inmensa de caridad que Dios al realizarlo, tendía sobre la tierra[Notas 6].

Él bajó del cielo para derramar y extender por la tierra la llama del amor, el fuego de la caridad, que abrasando los corazones los enseñase a todos a llamarse hermanos, hijos todos de un mismo Padre[Notas 7]

Descubre que la presencia de Dios en el mundo depende de alguna manera también de su compromiso. Faustino oraría no sólo por los niños, por los enfermos, por la mujer marginada, por aquellos a los que acompaña desde el confesionario o la dirección espiritual; se sentiría llamado a ser rostro visible de Dios, de su ternura para con ellos, en sus gestos y actitudes desea reflejar, expresar, encarnar a Dios. Dejando que el Dios humanado siguiera haciéndose carne en él para que todos conocieran ese derroche de todo un Dios que elige ser pequeño para acercarse al hombre. ¡Cuánto y cómo nos enseña todo un Dios Niño![Notas 8]

La impotencia, la pequeñez y la debilidad no son imágenes que valoremos ni en esta cultura ni en este mundo, ni siquiera en la vida religiosa. Se vive en un mundo competitivo que calcula el valor en cifras y mide la importancia por el tamaño. No se sabe casi nada de la vitalidad de la pequeñez y no digamos nada de su atractivo.

Los grandes discursos se llenan de palabras sonoras: eficacia, productividad, organización, resultados… Es infinitamente más fácil montar una poderosa maquinaria de conquista apostólica que hacerse pequeño y humilde. Estos son los juicios de valor y los criterios de acción y discernimiento. En Faustino descubrimos este sentir, en su constante invitación a vivir con sencillez y humildad: Ni nombre mereces, si a tanto aspiras, haciéndose Dios pequeño[Notas 9]. Hacerse pequeño con los pequeños, abajarse, supone la madurez humana de alguien que se vive orientado hacia dentro de sí y al mismo tiempo volcado a los otros, hacia todo lo que Dios mira y ama.

Ronald Rolheiser, afirma[Notas 10] que el Dios de la encarnación es más doméstico que monástico, sin relegar la importancia de la oración y la meditación personal, de las cuales quizá se necesita una práctica más intensa. ¿Lo intuiría así Faustino? Si Dios está encarnado en la vida cotidiana, entonces ¿no buscaría a Dios, antes que nada, dentro de la vida cotidiana? ¿Sentir la santidad de la tierra sobre la que camina, ver las lágrimas en los ojos de la persona que tiene enfrente, disfrutar de la compañía de los alumnos, reír con los niños, tocar la debilidad del enfermo, acoger la mirada de la mujer maltratada, admirarse de las propiedades curativas de las plantas, respirar la ternura de un maestro enseñando, conmoverse por un gesto de reconciliación, estremecerse ante el misterio del otro diferente a él, sentir la propia dignidad de ser hijo de Dios que le pide salir para compartir lo más genuino de su experiencia con las amigas de las niñas a las que quiere educar, abrir nuevos horizontes a este joven o corregir a aquel otro díscolo?

El Dios que es amor, que nació en un pesebre y, al mismo tiempo que había decretado su bajaba decretó también la existencia de su madre, es un Dios a quien se le encuentra ante todo en nuestras casas, sentado a nuestra mesa, en nuestras alegrías y en nuestras discusiones. Se hace el encontradizo en los pasillos y las aulas del colegio, en las calles de nuestros pueblos y ciudades, en la Naturaleza y en su Creación, en la grandeza del ser humano y en su vulnerabilidad. Ahí nos espera. ¿Viviría algo de esto nuestro santo?

Sí, todos somos llamados a tener esta experiencia, no sólo unos pocos privilegiados; porque, como viven con hondura nuestros santos, la vida espiritual no consiste ni en desear ni en experimentar fenómenos extraordinarios sino en asumir un estilo de vida que permita “encontrar a Dios presente en todas las cosas”, “estar en la presencia de Dios todo el día”, “hacer todo en su presencia”.

El Dios de Faustino es un Dios sencillo, accesible al hombre, que se hace el encontradizo en los quehaceres cotidianos, que ama profundamente la condición humana, desposándose con ella y por ella se encarna, que se identifica con los pequeños y humildes, con los limpios de corazón, con los que son como niños (cf. Mt 11, 25). Es un Dios que sale de sí, que por amor busca al hombre para salvarlo, un Dios que mira con benignidad a la mujer y le recuerda su belleza y dignidad. Un Dios que quiere que el hombre viva en plenitud; de ahí que Faustino desplegará una gran actividad, expresión de un amor encarnado, concreto, que busca el bien integral del ser humano, en su cuerpo y en su espíritu, en sus afectos y en su intelecto. Si el Dios de Faustino se hace hombre por amor, tras sus huellas y según su estilo quiere vivir, pasando haciendo el bien como Él (cf. Hch 10, 38).

Todo por amor al hombre. En la Encarnación del Hijo descubre Faustino al rostro más humano y cercano de Dios. Porque se encarna puede acercarse al hombre y a la mujer, curando, sanando, saliendo a su encuentro, lo busca, lo encamina para salvarlo. Así Faustino se acerca a la realidad que le toca, sale de sí y se encuentra con los enfermos, con la mujer abandonada, así se acerca a los niños, a las religiosas, a los pecadores. Se encarna: contempla la realidad y sale de sí, se hace uno de tantos. Es un “hombre de pueblo”, se inculturiza, acoge las tradiciones populares del lugar. Es un “hombre de calle” porque su corazón está en donde está la gente con sus luchas y vicisitudes, sus alegrías y desesperanzas, aunque la mayor parte de su jornada trascurra entre las paredes del aula o del colegio.

Por eso es un hombre de mirada múltiple, de ahí el dinamismo apostólico en él no se redujo al ámbito de la escuela, sino que abierto a la realidad que le rodea toma contacto con situaciones vitales del pueblo, vive sus problemas y necesidades, su dolor y enfermedad. Está atento a los cambios sociales de la sociedad de su tiempo. Esta actitud le mantiene en apertura a otros apostolados, le lleva a descubrir a la humanidad doliente, el abandono de la educación femenina, la necesidad de confesores, directores espirituales, viendo, a la par, enriquecido su ministerio escolapio.

Más aún, “a sus actividades escolares y apostólicas se añadieron también las literarias. No es mucha su producción, que podría clasificarse en cuatro grupos: obras científicas, textos escolares, obras piadosas, obras canónicas (reglamentos y constituciones para las religiosas)[Notas 11].

Notas

  1. GINER, S.: San José de Calasanz, Madrid 1992, pág 1991
  2. MSC 139
  3. Summ 118 par 192 (P. Pinilla)
  4. CF 205-206
  5. HPF 123
  6. HPF 118-119
  7. HPF 119
  8. Ep 124
  9. HPF 160
  10. RONALD ROLHEISER, En busca de espiritualidad, Lineamientos para una espiritualidad del siglo XXI, ed. Lumen, Buenos Aires, 2003
  11. PSV 123