SinMasImpulso/C3. UNA ESPIRITUALIDAD ECOLÓGICA

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C3. UNA ESPIRITUALIDAD ECOLÓGICA

a. Dios Creador

Hablar de Dios Creador es como si Dios hubiera escrito un libro precioso, «cuyas letras son la multitud de criaturas presentes en el universo» (cf.LS 85). El Dios que se ha manifestado al crear el mundo, es el mismo Dios que le habla al hombre en el libro de la naturaleza.

Faustino Míguez reconoce en la Creación el amor desbordado de Dios y así lo manifiesta en sus homilías, pláticas o escritos. Profesa un amor especial al Dios Creador y a su obra creadora tanto en la naturaleza, como en el ser humano. Dios es Artífice, Hacedor, Autor, Dueño y Amo del mundo, Soberano, Rey de todo lo creado.

¿Dudarás, hija mía, de la infinita caridad de tu Dios, mientras todo lo creado te predica su inmenso poder, y su infinita sabiduría, y su inmenso amor al hombre?[Notas 1] La mayor ciencia de la criatura es dejarse toda en manos de su Creador, que sabe para qué la formó y cómo la ha de gobernar[Notas 2].

Parece haber intuido que todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, de su desmesurado cariño hacia nosotros. El suelo, el agua, las plantas, las montañas, todo es caricia de Dios. La historia de la propia amistad con el Creador siempre se desarrolla en un espacio geográfico que se convierte en un signo personalísimo, y cada uno de nosotros guarda en la memoria lugares cuyo recuerdo le hace despertar lo mejor de sí. Quien ha crecido entre los montes, o quien de niño se sentaba junto al arroyo a beber, o quien jugaba entre los árboles y las plantas, quien levantando la mirada contemplaba el azul del cielo, se siente llamado continuamente a recuperar su propia identidad[Notas 3]. De ahí que en sus clases aprovechaba la consideración de las maravillas de la naturaleza para relacionarlas con el amor Divino[Notas 4].

Para Faustino, el mundo no se contempla desde fuera sino desde dentro, reconociendo los lazos con los que el Padre nos ha unido a todos los seres. Además, haciendo crecer las capacidades peculiares que Dios le había dado, su espiritualidad ecológica le lleva a desarrollar su creatividad y su entusiasmo, para resolver los dramas del mundo, ofreciéndose a Dios «como un sacrificio vivo, santo y agradable» (Rm 12,1)[Notas 5].

Si el solo hecho de ser humanos mueve a las personas a cuidar el ambiente del cual forman parte, «los cristianos, en particular, descubren que su cometido dentro de la creación, así como sus deberes con la naturaleza y el Creador, forman parte de su fe»[Notas 6].

En Faustino Míguez descubrimos un hombre contemplativo en su faceta como hombre amante de la Ciencia. Una vertiente contemplativa en su concepto y observación de la Naturaleza. Constatamos la sensibilidad del P. Faustino ante la belleza de la creación, al contemplar la naturaleza. Al admirar la hermosura de lo creado y descubrir en ella la huella del Creador es capaz de percibir la invitación a la alabanza de las criaturas al Creador.

Al dirigir una mirada sobre ese pintoresco valle (…) parecióme oír una voz que arrobaba mi alma, a la vez que me decía: “Escucha a la tierra y repite sus ecos, levanta tus ojos al cielo e imita su canto”. Cuyas palabras me recordaron las del Salmista, cuando, no sabiendo como engrandecer al Señor, introduce a los cielos cantando su gloria y al firmamento anunciando el prodigio de su obras.

Su mirada profunda y contemplativa, su escucha atenta, le hace unirse al canto de alabanza de toda la creación a María: Fijéme un poco más y creí percibir los dulcísimos acordes de un himno sublime que entonaban todos los objetos de ese valle que a su vez los repetía con sus frondosas cañadas, enviando sus ecos al espacio donde se reforzaban con los que del cielo[Notas 7].

La naturaleza ha sido en él un medio habitual de encuentro con el Misterio y la grandeza de Dios y una manera de unirse a todo lo creado. Así se nos hace patente en sus sermones en los que se remite a la experiencia de su infancia envuelto en la exuberante naturaleza en la que nació y creció. El P. David Álvarez, afirma que en sus clases aprovechaba la consideración de las maravillas de la naturaleza para relacionarlas con el amor divino[Notas 8].

Reconoce la grandeza del Creador, su poder cuyo nombre ostenta el cielo, los astros lo iluminan y lo publican los mundos. Todo el universo es un reflejo de la magnificencia de Dios: Bendito, bendito sea el Señor, en los montes que aplana, y en las estrellas que siembra, y en los cielos que extiende o pliega si le place[Notas 9].

Expresa que toda la creación que estaba expectante, estalla en un himno de alabanza ante el nacimiento de la que hará posible la salvación del mundo:

Y el océano con sus perlas, y el cielo con sus estrellas, y el firmamento con su luz, y los campos con sus flores, los árboles y sus frutos, la noche y el astro silencioso que la alumbra, el rocío y su aljófar, el aire que respiramos y el blando ruido de las fuentes, el ave que canta y el insecto que zumba, y desde el tenue jazmín hasta el gigantesco baobad y desde la hacendosa hormiga hasta el inteligente elefante, del ruiseñor de estos valles hasta el cóndor de los Alpes, del pintado pececillo al monstruoso cachalote y de la majestuosa faz del hombre a las delicadas facciones de la mujer [...] repiten como clarines de las glorias de María: ¡Bendita! bendita sea mil veces, bendita la belleza del centro de las armonías de toda la naturaleza[Notas 10].

Todo el universo está atravesado por la Presencia de Dios. ¿Podría ser la actividad científica en él una forma de adoración? Si descubre en la educación de la niñez la creación continuada, ¿no vería en la ciencia una posibilidad de adentrase en lo profundo del misterio de la vida y la creación y encontrar en ella la Verdad que tanto anhelaba, al Creador de cuanto existe y que todo sostiene? Pues en el vivimos, nos movemos y existimos (cf. Hch 17,38) ¿Pudo ayudarle a comprender y conocer más a Dios? Quizá en el trabajo científico pudo encontrar una forma de alimento espiritual al sacar de sí sus mejores capacidades y desarrollar los dones que Dios le había concedido en beneficio de otros. Sería otra manera de colaborar con su Señor en su obra Creadora, en el progreso humano.

b. La Ciencia al servicio del ser humano

Llama la atención la variedad de asignaturas que imparte durante sus años de docencia. Pero Física, Química, Historia Natural y Física Terrestre serán su reconocida especialización. Su formación inicial y su enseñanza se encaminó más hacia el campo científico, siendo valorado como hombre de cierto relieve en este terreno, aficionado a la medicina natural.

Observamos al P. Faustino como un educador inquieto que no se limita a su acción en la escuela; sus inquietudes van más allá y en sus trabajos de investigación como profesor de Química, es conocido por la labor científica que realizaba en clase y fuera de ella. La seriedad y constancia caracteriza al P. Faustino en cada trabajo que realiza y, como él mismo expresa, emplea lo más perfecto que en el día se conoce. En definitiva, organiza su tarea científica siempre trazándose un plan y emprendiendo una pesadísima serie de minuciosos, cuanto delicados experimentos.

“Aunque poseía no escasos conocimientos humanísticos, el P. Faustino, como profesor de Física y Química, se salió de los moldes hasta entonces en uso; pues consagrado intensamente a la investigación científica, supo arrancar muchos secretos a la Naturaleza, descubriendo las virtudes curativas de infinidad de plantas, y preparando esa serie maravillosa de específicos que llevan el nombre del P. Míguez, y que tan justamente son alabados y solicitados, por el eficaz alivio que proporcionan a diversas enfermedades. El feliz experimentador -escribe el padre Cerdeiriña- dio a la Química un carácter esencialmente práctico, que por aquel entonces no estaba en uso en la segunda enseñanza”[Notas 11].

“Hablar de Faustino Míguez, es tanto como adentrarnos en una vida dedicada por entero al amor de Dios y a la ciencia”[Notas 12]. Cabe destacar sus escritos científicos sobre Historia Natural y Física Terrestre, sobre la curación de la diabetes, un texto que concluye con la presentación de 50 específicos con sus indicaciones y posología.

Podría afirmarse que la vocación científica surge en Faustino Míguez de su inclinación natural al estudio, a la investigación y de su interés por saber y aprender. La estancia en el Santuario de nuestra Señora de los Milagros, los estudios en las Escuelas Pías y su paso por Cuba pudieron influir decididamente en ella[Notas 13]. Sin olvidar sus raíces y ambiente natural que le vio nacer.

Después del acercamiento que tuvo en Cuba a las propiedades terapéuticas de las plantas nos lo encontramos en el Monasterio de San Rosendo, en Celanova, en contacto con documentación referente a la Botica que existía en él. En su paso por Sanlúcar adquiere fama como científico y como sabio, por el análisis realizado sobre las aguas de los manantiales. Desde su llegada al Escorial se dedicó de manera especial a los estudios de la Medicina. Es en Monforte de Lemos, donde le vemos dedicado con intensidad al cultivo de las plantas medicinales y a la aplicación de sus propiedades curativas. Regresa de nuevo a Sanlúcar, la población no había olvidado su aporte científico con el análisis de las aguas, prepara algunos extractos con propiedades medicinales y los pacientes comienzan a acudir[Notas 14].

Hasta aquí el itinerario humano de una persona de extraordinarias capacidades, de un hombre de gran estima por la ciencia y su papel en la historia humana. Tratemos de intuir la altura y fisionomía espiritual de este hombre de ciencia. ¿Qué experiencia de Dios pudo acontecer en su investigación científica, en su dedicación a la humanidad doliente? ¿Existe algún tipo de relación entre su trabajo científico y su experiencia mística? ¿Se ve afectada su espiritualidad de alguna manera por la noción que tiene de la Naturaleza, por su visión de la condición humana llamada a elevarse más allá de la limitación física debilitada por la enfermedad?

“Quien con perseverancia y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a todas ellas el ser” (Gaudium et Spes, 36).

El P. Faustino manifiesta una imagen de Dios providente que se refleja en las expresiones recogidas en el Análisis de las Aguas. Cree que la fácil accesibilidad de los remedios de las enfermedades más comunes es manifestación de la Providencia de Dios, creencia que será una convicción constante en su vida: No parece sino que la Providencia se ha complacido en facilitar el remedio poniéndole próximo a las afecciones más generales y consiguientes a este clima[Notas 15].

Vertiente contemplativa con un fuerte sentido trascendente: Cuando determinados científicos de ayer y de hoy no ven conciliable la ciencia y la fe, nuestro santo manifiesta felizmente integrante la investigación científica rigurosamente realizada con el sincero y gozoso reconocimiento de la existencia de Dios. De las consideraciones que acompañarían a menudo como un diario su empeño científico, a Faustino le sería fácil ver el entrecruzamiento de dos elementos, el humano y el divino en su tarea. La ciencia y la religión, que aportan diferentes aproximaciones a la realidad, pueden entrar en un diálogo intenso y productivo para ambas. Sería testigo privilegiado de la complejidad y maravilla al mismo tiempo que encierra la realidad que trasciende todo el misterio humano.

c. Ecología humana

“La espiritualidad no está desconectada del propio cuerpo ni de la naturaleza o de las realidades de este mundo, sino que se vive con ellas y en ellas, en comunión con todo lo que nos rodea”[Notas 16].

“Hoy no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres”[Notas 17].

En este investigador nato, este hombre reverente ante la Creación, que se deja interpelar por cuanto le rodea, se da también una fuerte vertiente social. Nada de lo humano le es indiferente:

Desde los primeros momentos de mi llegada a Sanlúcar oí encarecer la variedad y virtudes medicinales de sus aguas no solo a sus vecinos sino que eran fervorosamente encomiadas por la multitud de forasteros que anualmente acuden a tomarlas; y desde entonces concebí el proyecto de sus análisis que no emprendí inmediatamente por carecer de los medios que exigen los procedimientos tan delicados como reiterados que son indispensables para conseguirlo (...) Consagrado a la enseñanza del pueblo, no he podido tener otro objeto que su bien, ni concebido la prosperidad material del mismo sin el exacto conocimiento de sus aguas bajo el punto de vista higiénico, agrícola e industrial (…) No he tenido otra aspiración que la más desinteresada, la aspiración de ser útil al pueblo que me ha adoptado como suyo.

Se me presentó a la sazón el Decano de Medicina, suplicándome en su nombre y en el de sus compañeros de Sevilla, me encargase de estudiar y curar la enfermedad de un catedrático por ellos desahuciado, y al ver me extrañaba de su propuesta y me desentendía de lo que ellos esquivaban, me replicó que cuando tan señalado triunfo había obtenido en el análisis, y estudio terapéutico de las aguas de Sanlúcar que tantos habían intentado en vano, también podría lograr lo que me proponía[Notas 18].

Una vez en su estancia definitiva y última en Getafe, y tras cuatro años de silencio sin preocuparse de enfermos ni medicinas por las dificultades en Sanlúcar, de nuevo aparece una avalancha de enfermos:

“Eran muchos los enfermos que acudían al siervo de Dios en demanda de su curación hasta el punto de que en la plazuela que hay frente al colegio no era infrecuente ver veinte o treinta carros de gentes que habían venido a verle de los pueblos”[Notas 19]“En aquel tiempo de su vida, nadie puede computar los innumerables enfermos que llegaban a él para buscar la salud”[Notas 20].

Nuestro santo entiende la ciencia también como una vocación de servicio. Una actividad que abandona por temporadas: él mismo afirma que en Getafe no hacía específicos y que volvió a elaborarlos porque los enfermos llamaban a su puerta, y tal era la cantidad de peticiones que hubo de buscar ayuda para hacerlos a gran escala[Notas 21]. Y es que quienes se empeñan en la defensa de la dignidad de las personas, pueden encontrar en sus talentos y en la fe cristiana los argumentos más profundos para ese compromiso” (cf. LS 14).

La elaboración de los específicos y sus beneficios traen alabanza y rechazo, alegrías y amarguras, recelos, envidias, felicitaciones, quejas, críticas, apoyos… Lo más significativo para nosotros es cómo reacciona: sin quejas, sin devolver la crítica, dejándolo todo en manos de la Providencia y dispuesto a abandonarlo si fuera necesario o la obediencia se lo pidiera[Notas 22]. Igualmente sin vanagloriarse, engrandecerse, enriquecerse o atribuirse el mérito. No se aferra a esta labor y la ve como una llamada a amar y a servir a Dios desde la humildad y a través del enfermo.

Notas

  1. MSC 131
  2. Ep 138
  3. LS 84
  4. FMSC 157
  5. LS 220
  6. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 15: AAS 82 (1990), 156.
  7. HPF 108
  8. Summ 10
  9. HPF 109
  10. HPF 109
  11. OLEA MONTES JOSÉ, Sch. P. Discurso necrológico pronunciado 12/09/1950. Editorial Española, Madrid, 1951.
  12. BASIL CAVERNALI; Lucha contra la enfermedad, revisión científica, Madrid 1965, pág. 5
  13. Cf. CALDERÓN, SACRAMENTO, Ichdp: Faustino Míguez, investigador y científico. 1999, pág.477
  14. Ibid. Pág. 486-487
  15. AA 29
  16. LS 216
  17. LS 49
  18. Summarium, pág.259
  19. Summ pág. 151
  20. PSV 414
  21. Summ 260
  22. PSV 431; Ep 502