SinMasImpulso/D1. Relación con las primeras religiosas

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D1. Relación con las primeras religiosas

Nos acercamos a una nueva etapa del itinerario espiritual del santo fundador para ver qué aporta y cómo le afecta la relación que mantiene con sus hijas a su rica vida interior, cómo le configura y qué dinamismos despierta en él.

El día 2 de agosto de 1885, tuvo lugar la toma de hábito de las primeras novicias: María de los Ángeles González León, María de los Ángeles González Lozano, Ceferina Herrero Fernández, Antonia García Marín y Matilde Sánchez Martínez. Sólo la primera llegará a perseverar en su vocación en la naciente congregación. En sus inicios, el P. Faustino realizó su labor de Director de la Asociación como padre y maestro de las primeras formandas.

M. Ángeles nos habla en sus crónicas de un hombre de fuerte temperamento y que, sin embargo, se muestra en muchas ocasiones lleno de sensibilidad, ternura y delicadeza hacia ellas: Os tengo en lo íntimo del corazón y a cualquier movimiento que hacéis fuera de la senda que a Dios os lleva, siento un malestar que no paro hasta que os veo otra vez en la buena senda[Notas 1].

“Nos hacía sufrir mucho su carácter duro y sostenido, en cuanto hacíamos algo que mortificara (…) así como también digo que tenía temporadas tan hermosas que un padre no se extremaría más con sus hijas”. Ella interpreta esos cambios de humor como permitidos por Dios para que estas jóvenes mujeres no se apegaran a él pues lo cierto es que le tenía gran estima y consideraba que “tenía cosas de santo”. “Para demostrar esos cambios de carácter gallego él y nosotras andaluzas lo permitía el Señor para que no nos apegáramos demasiado como criaturas jóvenes y solas”

En algún momento Faustino Míguez la corregirá con firmeza: Tu falta consiste en decir «que me quieres tanto como a Dios»; disparate que no quise dejar sin correctivo, para que no vuelvas a decirlo, ni por broma. Te quiero mucho en Dios, pero sólo por Dios y ni la millonésima elevada al infinito que a Dios y tú debes hacer lo mismo conmigo[Notas 2].

Tal vez se ha transmitido no sin razón a lo largo de la historia la idea de que el P. Faustino tenía más bien un carácter seco; sin embargo, es deber de justicia reconocer en este hombre una gran capacidad de amar manifestada en la ternura y delicadeza en el trato con las religiosas y las alumnas, como se puede confirmar en múltiples ocasiones en su epistolario. Probablemente ambas cosas responden a la verdad si entendemos que el Faustino Míguez se encuentra con un grupo de mujeres que unen a su juventud y falta de madurez humana su inexperiencia religiosa y ello les podría llevar a buscar una dependencia que él quería evitar.

“El conocimiento y trato que las religiosas tenían con el S. de D. era más bien de orden espiritual, ya que las religiosas se confesaban con él; el trato material no era muy asiduo; el padre llevaba, sí, la alta dirección y las visitaba dándole su opinión sobre la marcha de su vida, pero descartando siempre toda intromisión y toda familiaridad (…) por otra parte las religiosas murmuraban a su vez porque queriéndolo y admirándolo como un padre se veían por éste tratadas con cierta indiferencia si no con aspereza que no llegaba a satisfacerlas”[Notas 3].

Él fue su formador en la vida religiosa y les inculcaba las motivaciones que debían impulsar su vida, qué virtudes cultivar, cómo debían organizarse en la distribución de oficios en la casa, las clases en el colegio, etc. Así recuerda en sus memorias M. Ángeles: “El Padre por las tardes terminadas las clases venía con nosotras y sentadas a su alrededor nos explicaba lo que debía hacer una religiosa y nos hacía practicar las hermosas virtudes de la humildad y caridad práctica que necesitábamos adquirir (…) nos explicaba las asignaturas que se daban en la clase primaria, después nos poníamos a su alrededor y nos hablaba del espíritu religioso que se formaban en los noviciados y explicaba el ejercicio de las virtudes”.

“Nosotras, escribe una de las primeras que vistieron el santo hábito, nos quedamos tan contentas y tan abstraídas, que no acertábamos a hacer nada. Pero la voz paternal de nuestro padre nos sacaba del ensimismamiento y acometíamos con bríos toda clase de trabajos, así las de las clases, que tuvimos todo el verano, como los quehaceres de la casa. Pero lo que más preocupaba al P. Faustino era nuestra formación y nos repetía con frecuencia que para ser Religiosa no bastaba el hábito. Nos enseñó a rezar el Oficio Parvo, en latín, y reglamentó nuestra vida, en especial nuestros actos religiosos de Comunidad”[Notas 4].

¿No se proyectaría el P. Faustino en este pequeño grupo de jóvenes depositarias de todas sus inquietudes y anhelos de una vida religiosa más radical y, a la vez, toda su experiencia e ideal pedagógico?

La noticia de su traslado a Getafe supuso un impacto para ellas: Se puede suponer la impresión que llevamos, todas llorando y él con nosotras, no teníamos consuelo, tres años de novicias, estaba formándonos, no se hacía nada sin preguntarle, no teníamos pensamiento que no se lo consultase, era nuestro padre y él nos consideraba como a hijas muy amadas en Jesús, por Jesús y para Jesús éstas eran sus fervorosas palabras cuando nos veía fervorosas y contábamos nuestras fechorías espirituales de mortificaciones con deseos de santificación y aspiraciones de ganar almas para Dios y lo esencial era lo solas que nos quedábamos (…)[Notas 5]

Una de las religiosas escribe: “(…) el venerado Fundador era a nuestros ojos cada vez más santo, más sabio, más grande..., más extraordinario. Y cuando nos apenábamos pensando que tenía que marchar, nos consolaba, diciendo: no son los hombres es Dios quien así lo dispone; y conviene que yo me vaya para que se persuadan todos de que se trata de una obra de Dios”.

Desde su residencia en Getafe donde fue trasladado a los tres años de la incipiente fundación, el P. Faustino mantiene una relación epistolar intensa con las religiosas del Instituto y con las alumnas a través de ellas, en especial con la primera responsable, Ángeles González León para animar, instruir y formar tanto en lo relativo al crecimiento espiritual y pedagógico como para ir preparando las Constituciones y Reglas. También viaja a Sanlúcar en momentos puntuales para presidir exámenes y acompañar en acontecimientos importantes.

Acompaña y ayuda a las religiosas a discernir y tomar decisiones en torno a todos los asuntos propios de los colegios: planas y caligrafía , organización de clases nocturnas y dominicales , horarios de clase , organización de espacios y aulas, material escolar y libros, documentación que hay que cumplimentar; los premios, diplomas y vales que tanto ayudaban desde la pedagogía del estímulo y el refuerzo positivo…

Se preocupa de redactar un reglamento adecuado del cual envía periódicamente a la religiosas los artículos para que hagan sobre ellos sus observaciones, propuestas y enmiendas. Este reglamento, redactado definitivamente por el P. Faustino y presentado al Sr. Cardenal de Sevilla, Ceferino González, fue aprobado por éste el día 12 de junio de 1889.

Es de admirar la delicadeza de la consulta; no quiere imponer en ningún momento a las religiosas formas, estilos o tareas que no vean oportunas, mostrando un profundo respeto en el trato y relación con ellas. Se nos presenta como un hombre sencillo que pide opinión a unas simples maestras o recién profesas, conocedoras de la altura espiritual e intelectual de su fundador.

Expresa cuán difícil es su tarea: ¡Hay que pensarlo tanto! ¡Es todo de tanta trascendencia! (…) Hay tantos cabos que atar… tantos escollos que evitar! Tiene que andar como la abeja, libando las Sagradas Escrituras y Stos. Padres para entresacar la quinta esencia de las flores que más hagan a su propósito y común aprovechamiento[Notas 6].

El P. Faustino considera tan importante la aprobación del Reglamento que le pide a M. Ángeles en varias cartas[Notas 7] que recen ellas y las niñas por esta intención. También lo da a revisar a dos escolapios, uno que lo fue mucho tiempo y otro que aún es Maestro de Novicios siendo muy positiva la valoración de éstos.

En sus epístolas tiene muy presente el bien de las alumnas. Por ellas y por las religiosas hace desplazamientos periódicos y frecuentes a Madrid para hacerse con materiales didácticos adecuados y enviárselos a los colegios, supone esta conducta una preocupación suya por la adecuada puesta a punto de las religiosas en las cuestiones pedagógicas[Notas 8].

Que aprovechen y puedan enseñar después a otras, que hace mucha falta haya verdaderas profesoras en todo y de todo lo bueno y útil a la Congregación y a las niñas. Que es mucho lo que otras trabajan y es preciso no quedarse atrás[Notas 9]. Yo quiero que las Religiosas trabajen mucho a honra y gloria de Dios, bien de las almas y salvación de las suyas; pero que tampoco les falte lo preciso en todo y para todo, y conste así para siempre[Notas 10].

Esta relación se interrumpe totalmente, como se ha mencionado anteriormente, desde mediados de 1891 hasta 1897 con la expresa renuncia a la dirección de la Institución, a la que fue abocado después de diferentes conflictos con su superior provincial, P. Marcelino Ortiz.

Encontramos a la largo de todo su epistolario dirigido a las religiosas consejos para ayudar al crecimiento espiritual en diferentes temas, de vida religiosa, de Sagrada Escritura, del cuidado de la salud física, en torno a la tarea educativa o aspectos legales tanto eclesiásticos como civiles.

Renovado su nombramiento como director de la obra seguirá impulsando a distancia la misión de las religiosas y el espíritu religioso de las mismas. Éstas querían estar cerca de su fundador para empaparse de su espíritu e ideal.

“Una vez en Getafe le propusimos hacer allí una fundación para estar cerca de él y poder ir a consultarle; además arreglar con botiquín y poder vender sus medicamentos estando nosotras al frente”. En 1914 el P. Faustino hace oficialmente la cesión del laboratorio a las religiosas.

El año 1907 fue para el P. Faustino de acontecimientos muy dolorosos en relación con algunas religiosas de la Institución, máxime por tratarse de quienes ocupaban puestos de responsabilidad en el gobierno y la formación, pilares desde el inicio de la fundación, en quien había puesto toda su confianza.

A raíz de pronunciar sus votos perpetuos, M. Ángeles González es nombrada como Superiora General del Instituto, cargo en el que es refrendada en el Capítulo de 1900 y otros posteriores, por elección.

En agosto de 1907 es depuesta como Superiora General en documento firmado por M. Julia Requena que se encarga del Gobierno, las Moderadoras M. María y M. Concepción, y P. Faustino. Nuestro santo aprueba y publica el castigo que se aplicará a M. Ángeles, entre otras cosas, la privación de voz activa y pasiva para siempre en el gobierno de la institución. Esta deposición obedece a las irregularidades cometidas y permitidas durante un tiempo indefinido sobre todo en la administración de los bienes económicos en Sanlúcar.

Intentemos adentrarnos en los sentimientos que pudieron agolparse en el interior del santo y el sufrimiento que pudo causarle. M. Ángeles había sido su confidente en los inicios, ésta le había expresado con veneración su amor y confianza. Habían trascurrido veintidós años desde que Faustino viera entrar a esta joven maestra sevillana por primera vez en la sacristía de la Iglesia de san Francisco en Sanlúcar de Barrameda de la mano de las primeras candidatas, Francisca y Catalina, y sintiera el presentimiento de que sería el pilar sobre el que se asentaría la obra de Dios. El mismo sentimiento de Jesús al verse traicionado por los suyos (cf. Mt, 26, 69 ss). No había entendido su mensaje, su proyecto, sus ideales de autenticidad o tal vez fue un momento de debilidad, legítimo por otra parte, de esta mujer que adoraba a su fundador.

Las medidas tomadas pudieran parecer exageradas en el momento actual. En el trasfondo de este acontecimiento se respira esos aires de reforma de la vida religiosa que nuestro santo tanto anhela, sin olvidar su lema: Ser como se debe o no ser. También las palabras del Evangelio, a quien mucho se le dio, mucho se le exigirá (cf. Lc 12, 39). No cabe la menor duda de que Faustino Míguez conocía a su hija Ángeles González y la amaba entrañablemente, pero no podía consentir tal relajación, menos aún en la que debía luz y ejemplo para las demás. Tal vez con esa corrección otras hermanas aprendiesen y se encaminasen por la senda de la virtud.

Virtud probada en esta mujer que acoge en silencio y humildad la decisión tomada sobre ella, recordando quizá lo que años antes le dijera el padre por carta:

Mi amada hija Ángeles: ¡Ánimo! Que Dios no te ha puesto ahí para perderte sino para hacerte santa (…) Ayudémonos mutuamente con la oración (…) Las tribulaciones son el camino recto para llegar a lo que prometes. Tienes que ser la bandera de muchas otras (…)[Notas 11]

Imitemos a la caña que se dobla para que pasen los huracanes; pero ni se mueve de su sitio, ni deja de levantarse apenas aquél ha pasado[Notas 12].

Veinticuatro años después, en 1931, se declarará en el Capítulo General por unanimidad que M. Ángeles recupere todos los derechos canónicos de los se había visto privada durante estos últimos años.

Sin detenernos en profundidad en este caminar de las primeras religiosas, en la relación afectiva y espiritual que mantienen con el santo, es interesante traer a la memoria el recuerdo de una hija muy querida por Faustino Míguez: M. María Amada. Le conoció desde niña, con siete años, e hizo con él su primera confesión: “Tenía el S. de D. mucha estima por el confesonario y se sentía una dulzura y una suavidad en el confesonario que apenas podía una separarse de allí”[Notas 13]. Conoce al fundador en su infancia y ya desde entonces tuvo dirección espiritual con él toda la vida. Se identifica profundamente con el espíritu de su director, acogiendo el lema de su vida amar y sufrir. El P. Faustino la conocía en su intimidad pues se confesó muchos años con él. También le tocó sufrir mucho por ser culpada injustamente en la crisis de la Congregación en el 1923. Con ella, con unas palabras dirigidas a las hermanas novicias en 1965, terminamos este capítulo: “El espíritu de nuestro padre fundador es la herencia que hemos de guardar y se ha de trasmitir de generación en generación”.

El P. Faustino se sintió profundamente querido por sus hijas, aún en medio de las turbulencias. Se podría decir que el acompañamiento fue mutuo. M. Julia Requena, una gran mujer que sintoniza hondamente con el espíritu del santo, segunda Superiora General de la congregación acompañará su atardecer, será testigo privilegiado y recogerá los frutos de la vida entrega a Dios de su fundador. A ella le deja unas bellas palabras reflejo de su vida interior. Merece la pena recogerlas de nuevo[Notas 14]:

En la cama por mis achaques, recibí y leí tu atenta en presencia del portador, por si pedía contestación urgente, y al momento empezaron a sonarme los oídos como el tic tac del reloj que tenía a mi lado las palabras "Joya, joya, joya", que a la verdad no me dejaron dormir, saliéndome cara la ilusión, el sueño por el de que me privaron y las reliquias que me dejaron en mi caletre.

Reflexionando luego en uno de mis desvelos sobre lo que es un alma consagrada a Dios, me la figuré como una joya de inapreciable valor, guardada en un estuche de barro, más o menos modelado, que no hace variar el precio infinito de aquella, o sea, de la preciosa sangre de Jesucristo; y así comprendí serían o debieran ser las tantas religiosas, como las joyas y como no explotaba el corazón que Dios formó para sí con una capacidad infinita.

Ya enterado de este incalculable tesoro que Dios depositó en mi corazón y que a mi muerte debe pasar a duplicar el tuyo, habrás de permitirme os suplique y conjure por las entrañas de Cristo, a ti, como Madre de todas y a todas como Hijas de la Divina Pastora, para que cada una estime en lo que vale su tesoro y procure aumentarlo cuanto pueda.

Notas

  1. Ep 15
  2. idem
  3. Summ 36-37 (P. Olea Montes)
  4. FMOM
  5. FMOM
  6. A M. Ángeles de 22 de enero de 1889
  7. Ep 80,83
  8. PSV 249 y Ep 87
  9. Ep 372
  10. Ep 420
  11. Ep 20
  12. Ep 50
  13. Summ 181 (M. Amada); varias religiosas reconocen su dedicación al confesionario y su aptitud para desempeñar tal misión con delicadeza y lucidez, pág. ej. Ver Summ 169 (M. Aurora Rea).
  14. Testamento Espiritual