SinMasImpulso/D2. Últimos años de vida

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D1. Relación con las primeras religiosas
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SinMasImpulso/D2. Últimos años de vida
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E. EPÍLOGO: Sin más impulso que su Amor
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D2. Últimos años de vida

“¡Qué hermoso es un anciano que sabe aconsejar y qué preciso el juicio de las canas!; ¡Qué hermosa es la sabiduría de los ancianos y en los hombres reconocidos la reflexión y la prudencia! Su corona es una rica experiencia” (Eclo 25, 4-6).

En la lectura de sus cartas de los últimos años de vida le encontramos sereno pero apostólicamente activo, preocupado por acompañar a las hermanas del Instituto tanto en su vida espiritual como en las tareas del colegio, pendiente de los mil detalles de la vida diaria así como de los aspectos de salud, aconsejando la aplicación oportuna de las medicinas y los cuidados necesarios, con su típico humor hecho en ocasiones de refranes y chascarrillos[Notas 1], atento a procurar agradecimientos a todas las personas que le han prestado ayuda. Preocupado por las vocaciones, la evolución de las mismas y la buena formación[Notas 2]. Promueve las fundaciones de las Hijas de la Divina Pastora y está pendiente de sus múltiples aspectos para que tenga fundamento seguro[Notas 3]. D. Tiburcio nos deja constancia de que era el confesor de las religiosas en Getafe[Notas 4] y el P. Manuel Pinilla recuerda que se le confió el ser confesor extraordinario de los novicios escolapios en su ancianidad[Notas 5].

En su vejez siguió dando frutos, estaba lozano y frondoso para proclamar qué justo es el Señor, su roca y baluarte. (cf. Sal 92, 15). Su pelo se volvió canoso, sus fuerzas se debilitaron, sus energías se agotaron, las arrugas lo decoraron pero su corazón se hizo más ardiente, su mente más lúcida, su mirada más penetrante, su semblante más sereno, su amor más purificado, su fe más convincente, sus motivaciones más profundas. ¡Había merecido la pena!

En el atardecer de su vida, el P. Faustino pide a las religiosas que recen por él y por el perdón de sus pecados. Su vida va concluyendo con sus luces y sombras, pero siempre con el anhelo de amar a Dios y de servir a los hombres, en sus últimos días animando a las hermanas a responder con un amor sin límites al amor recibido[Notas 6].

Permitidme que os suplique que os empeñéis de un modo especial con vuestra Santísima Madre la Divina Pastora, que me alcance de su Divino Hijo una verdadera contrición de mis pecados y una buena muerte y que después de ésta, no ceséis de acelerar con vuestras obras y fervientes sufragios, la más pronta purificación de mi alma para que postrado a los pues de S.D.M., a fin de darle gracias infinitas, se las pida también muy copiosas para vosotras, que así lo promete.

Se muere como se ha vivido, la vida no se improvisa. El 8 de marzo de 1925, domingo y fiesta de San Juan de Dios, el hno. Cirilo Vázquez le llevó la comida, que era sencilla y frugal. Al ver llegar a las religiosas, a eso de las 14,00 hrs, se adelantó para avisarle y le encontró sentado en el sillón, como si estuviera dormido, y aún caliente, con el rosario entre sus manos, mostrando una gran serenidad y con el rostro iluminado. El P. Rector, Felipe Estévez, le administró el Sacramento de la Unción y le hizo la recomendación del alma. Se le amortajó con el alba y casulla que tenían preparados las religiosas.

El P. Faustino se fue a la avanzada edad de 94 años, siendo esta la principal causa de su muerte. El día 9 de marzo se realizó el funeral a las 10,30 hrs. y seguidamente, en la tarde, a las 17,30 hrs. el entierro al que asistió mucha gente de Getafe y Madrid. Hubo una gran manifestación de condolencias. Fue enterrado en el cementerio de Getafe, en el panteón de los PP. Escolapios.

Tras un largo recorrido por este mundo, Faustino Míguez escuchó la llamada definitiva, había llegado a la meta, al final del camino:

Ven, bendito de mi Padre, a heredar el reino preparado para ti antes de la creación del mundo, porque tuve hambre y me diste de comer, fui niño y me acogiste, ignorante y me educaste, tuve sed y me diste de beber, estuve enfermo y me curaste, marginado y me dignificaste, perdido y me buscaste, desorientado y me encaminaste, anduve entre las gentes del pueblo y me acompañaste, me sentí pecador y me perdonaste, fui mujer y me valoraste.

Señor, ¿Cuándo te vi ignorante, niño o mujer, hambriento o marginado, enfermo o encarcelado? ¿En qué lugar te vi desorientado o perdido? ¿Cuándo te acogí o eduqué? ¿Cuándo te enseñé a caminar, leer o escribir? Mi querido Faustino, te aseguro que cada vez que lo hiciste con uno de estos mis pequeños conmigo lo hiciste. (cf. Mt 25, 35-40)

Notas

  1. Cf. Ep 682, 695, 728
  2. Cf. Ep 678
  3. Cf. Ep 681, 683, 385 y 742
  4. Cf. Summ 103 (D. Tiburcio Ruiz)
  5. Cf. Summ 111-112 (P. Manuel Pinilla)
  6. Cf TE 17 y Ep 759