UnaEntrega/III. SABOR DEL FRUTO

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II. FRUTO DE DIOS PARA LOS HOMBRES
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UnaEntrega/III. SABOR DEL FRUTO
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IV. EL MEJOR FRUTO: INSTITUTO CALASANCIO HIJAS DE LA DIVINA PASTORA
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III. SABOR DEL FRUTO

AMOR

El sabor que predomina en los frutos de la vida del padre Faustino es el amor. Y es que él vive, al servicio de los niños y los jóvenes y de la humanidad que sufre. El amor se convierte en el motor de su existencia y quiere que lo sea también para las Hijas de la Divina Pastora: "¿Quién os llevó a ese recinto? El Amor... ¿Quién os ha de conservar ahí? El Amor. ¿Quién os hace prosperar en todo? El Amor y sólo el Amor Divino".

El amor de Dios es fuego que abrasa su corazón y le hace arder en deseos de vivir, padecer y morir por el Amado, hasta llegar a exclamar: "¡Si Dios nos concediera a todos el morir por su amor! Dios me conceda lo que siempre le he pedido, la gracia del martirio que implica el don de la perseverancia".

El calor de este fuego es fecundo y le impulsa al amor y a la entrega a los hombres, sus hermanos. Aquí radica el secreto de una vida comprometida y generosa. Secreto que él mismo desvela a las religiosas: "Y como el amor todo lo vence, si mucho amáis a Dios... ¿qué no podéis hacer... por la educación de vuestras alumnas, provecho de la sociedad y gloria de Dios?" El amor a Dios y al prójimo son para él una misma cosa, dos caras inseparables de una única realidad.

La escuela en la que aprende a vivir desde este amor es el Corazón de Jesús, al que profesa una gran devoción, que deja en herencia al Instituto. En 1904 escribe el libro "Junio o mes del Sagrado Corazón de Jesús".

CRUZ... SUFRIMIENTO...

El padre Faustino, en el camino de identificación con Cristo recorrido desde el amor, se encuentra con la prueba y la cruz, que purifican su alma y que él define como el gran tesoro del hombre. Las palabras del Eclesiástico se hacen realidad en su vida: "hijo si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba".

Desde la fundación del Instituto padece la incomprensión de los que no están de acuerdo con que trabaje fuera del colegio de los PP. Escolapios. No todos aceptan que se dedique a instruir y educar "niñas" y destine parte de los ingresos que recibe por la venta de los "específicos" a la naciente asociación. Su respuesta queda patente en el siguiente testimonio: "Nunca le oí despegar sus labios en las contradicciones que hubo de padecer, concluyendo siempre con su frase acostumbrada: para mejor será".

CRÍTICAS Y DENUNCIAS

Surgen pronto las críticas y denuncias, ante los superiores, de la clase médica de Sanlúcar de Barrameda - la que primero le admiró por los análisis de las aguas-- que ve en él un rival por la atención a los enfermos. Este hecho influye en su destino a Getafe, en 1888. El padre Faustino responde con la moneda del perdón: "Más me favorecen los que así tratan de censurarme que los que me adulan. Dios les perdone a todos y a mí y los colme de tantos bienes como para mí le pido".

Llega también el momento de la separación del Instituto...

Es la cruz... que el padre Faustino abraza por amor, como discípulo y seguidor de Cristo Crucificado, "trofeo del amor que un Dios profesa al hombre”, y modelo de identificación que José de Calasanz propone a los escolapios.

El padre Faustino asume la cruz de cada día, como lo hizo Jesús, por fidelidad a la voluntad del Padre. Así lo expresa él mismo: "El esforzarse en cargar con el peso que el Amo le ha puesto es cumplir su santa voluntad. Si por ello te alaban: no a nosotros, Señor, sino a Tu Nombre da la gloria. Si te censuran: bendito sea Dios que así purifica aquí". En su vida se traduce en una muerte constante el egoísmo, en el olvido de sí y en un renacer cada día más plenamente para Dios y para los demás.

Escribe, al final, cuando pasa la noche oscura de la crisis del Instituto, en 1923, a raíz de la muerte de la superiora general, M. Julia Requena García: "No te aflijas, ni hagas caso de nada; AMAR y SUFRIR, yo hago igual".

HUMILDAD

Es la virtud predilecta. Su existencia está empapada de humildad y sencillez. Nos dice el padre Juan Mármol, Sch. P.: "la tribulación purificó su alma y fue causa de que arraigaran en su corazón las grandes virtudes entre las que sobresale la humildad..." Así lo reconoce públicamente don Manuel Pizarro, doctor en medicina, que le prologa el libro del análisis de las aguas de Sanlúcar de Barrameda: "El autor de la presente obra es un hombre tan modesto como entendido en las ramas físico-químicas de las Ciencias Naturales, las que cultiva con lucimiento notable, pero con tan escasas pretensiones que a no ser obedeciendo instancias de personas de altas prendas, cuyas indicaciones casi eran para él preceptos, nunca se hubiera atrevido a emprender y mucho menos a publicar el resultado de sus concienzudos trabajos sobre la composición y cualidades de las aguas públicas de Sanlúcar de Barrameda".

Quiere vivir identificado con “Aquel que siendo Hijo de Dios se anonadó hasta tomar la forma de siervo". La contemplación de la kénosis del Hijo de Dios le apremia a seguir su ejemplo de anonadamiento y humildad.

En su larga vida rechaza todo tipo de distinciones. Le ofrecen una sede episcopal que no acepta, alegando carecer de suficientes méritos para desempeñarla. "Quiere vivir oculto para morir ignorado", siguiendo a Aquel que pasó por uno de tantos.

INSTRUMENTO DÓCIL Y HUMILDE

En humildad se abre a Dios para que realice su obra en él y camina hacia la santidad. Es consciente de su fragilidad y miseria: "os lo suplica vuestro exdirector que se encomienda a vuestras oraciones y os pide perdón de todas las faltas y escándalos que os haya dado". Sin embargo, no se estremece ante ella porque sabe que el verdadero artífice es Dios y él, un sencillo instrumento en sus manos que ser dócil para la acción para la acción de Dios. Y desde su experiencia nos dice: "de ordinario, se sirve el Señor de los instrumentos más humildes para la obra más grande".

En su vida, humildad y ciencia caminan unidas. Al finalizar el análisis físico-químico de las aguas de Sanlúcar de Barrameda reconoce su incompetencia en materia tan delicada y se impone como un deber someterla a la sanción de los médicos. Suplica al Ayuntamiento se digne nombrar una comisión que revise sus indicaciones y emita un informe, como al parecer hizo un médico cuyo testimonio no expresa por ser para él "excesivamente honroso". El dictamen de la comisión dice: No sólo las encuentran ajustadas a los principios de la ciencia, sino a las aplicaciones que por tradición venía haciéndose de ellas de una manera empírica cuando no eran científicamente conocidas sus propiedades medicinales". En este gesto se nos manifiesta como fiel hijo de José de Calasanz que invita a los religiosos a aprender junto con las letras la humildad, sin la cual, dice, las letras más perjudican que ayudan.

DEJEMOS OBRAR A DIOS...

La fe y la confianza en Dios son la savia de su vida, que hacen posible el crecimiento y la maduración de los frutos a pesar de las olas de frío y viento que, en ocasiones, arrecian contra ellos.

Es la savia que inunda su ser y da un profundo sabor a los frutos.

Es la savia que le hace responder: "Dejemos obrar a Dios, que para mejor será", cuando es destinado a Getafe, en 1888 y la Asociación de las Hijas de la Divina Pastora da los primeros pasos construyendo su propia identidad. Necesita cercana la presencia y dirección de quien ha recibido la intuición y el don del Espíritu. Pero el padre Faustino obedece y, fortalecido por Dios, sale para Getafe el 30 de agosto.

Al principio no comunica la posibilidad de su partida a las que serán las futuras religiosas... En la oscuridad en que se encuentra el padre Faustino brilla una única luz: la certeza de que Dios proveerá todo lo necesario para que la obra continúe. Y esta convicción es fuente de paz para la comunidad, a la que confirma la necesidad de su ausencia: "Nos dijo que convenía que se ausentara para que vieran era obra de Dios; no apurarse, confiar en que Dios cuidará más que nuca de vosotras". El padre Faustino se ha preocupado de dejarlas instaladas en una casa propiedad de la Asociación, cedida por don Juan Argüeso, en agradecimiento por haberle curado de una enfermedad.

Desde Getafe, a pesar de la distancia, las religiosas sienten la cercanía y el apoyo del fundador a través de sus cartas. Las anima para que afronten las dificultades inherentes al comienzo de toda obra y deja traslucir el amor que les tiene: "Os tengo en lo íntimo del corazón y a cualquier movimiento que hacéis fuera de la senda que a Dios lleva, siento un malestar que no paro hasta que os veo otra vez en la buena senda".

INVENCIBLE ANTE LA PRUEBA

Es la savia que le lleva a repetir, en 1891, con nueva fuerza: “Dejemos obrar a Dios, que para mejor será", cuando constata que el superior provincial no está muy de acuerdo en que continúe al frente de la Asociación. Presenta la renuncia al cardenal de Sevilla. Así se lo comunica a M. Ángeles: "Yo ya no os puedo dar licencia para renovar los votos, ni para nada. Mientras el señor arzobispo no provea otra cosa, procura tú asumir las facultades que el Reglamento te concede. Que yo ya no soy nada para vosotras, desde el 9 del pasado, en que viendo que no es voluntad de mis superiores que siga al frente de eso, mandé mi renuncia al señor arzobispo por conducto del mismo padre provincial...". Es clara su conciencia de instrumento... y ahora, de instrumento innecesario: "Creo que el señor arzobispo nombrará al señor vicario o al padre Oliva y de todos modos ganaréis el ciento por uno con tal que acepte cualquiera de los dos".

Desde 1891 a 1897 permanece en el silencio, separado del Instituto. Son largos años de renuncia y de paz. ¡El Señor se la dio, el Señor se la quitó! ¡Alabado sea el nombre del Señor!

Le sustituye, como director, don Francisco Rubio y Contreras, arcipreste de Sanlúcar de Barrameda. En este período se funda la casa de Chipiona, promovida por los PP. Franciscanos.

Es el hombre invencible ante la prueba... "Sólo Dios sabe lo que costó ese Instituto, lo que por él sufrí y lo dispuesto que todavía estoy a dar por él mi vida". El secreto es el de siempre: Interpretar los hechos de su propia vida desde una clave de fe y providencia.

LA GLORIA DE DIOS

En su libro "Análisis de las aguas de Sanlúcar de Barrameda", leemos: "trazándome un plan y emprendiendo una pesadísima serie de minuciosos, cuanto delicados experimentos que, gracias a Dios, por cuya gloria lo empecé..." El amor al Padre le mueve a procurar su honra y gloria y en el ser y hacer de su vida. "En todos tus trabajos ten siempre a Dios presente y nada hagas que por Él no sea y para su gloria: así todo te saldrá bien".

Al contemplar a Jesucristo que, en la última noche, exclama: "Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar", comprende que la mejor glorificación del Padre es seguir su voluntad. Y en este empeño permanece a pesar del cansancio y la dificultad. "Qué de veces los sinsabores, disgustos, persecuciones y otras lindezas por el estilo, me pusieron a pique de tirarla, Dios lo sabe; que yo no puedo ni quiero recordarlo. Varias veces me encontré tan fustigado que, a pesar de constarme lo contrario, llegué a dudar si cumplía o no la voluntad de Dios en seguir dirigiéndoos..., pero ahora, ¡loado sea siempre!, ya me consta que no estaba equivocado en proseguir lo que había comenzado, cuando el Señor lo acaba de aprobar como bueno y útil a la Santa Iglesia".

FIDELIDAD A LA IGLESIA

El padre Faustino es el hombre que cree con radicalidad en la Iglesia, a la que percibe" como madre y no como madrastra". Vive en plena fidelidad a los pastores que la guían. Son para él uno de los cauces a través de los cuales se manifiesta la voluntad de Dios en su vida.

Una vez más queda patente en 1897. Lleva seis años separada de la Institución. Don Santiago Magdalena, provisor del señor arzobispo, realiza una visita a las religiosas de las dos casas: Sanlúcar de Barrameda y Chipiona. Advierte el peligro de una progresiva pérdida del espíritu del padre fundador, debido a la notoria influencia de diversas personas: el actual director, los PP. Franciscanos y el padre Oliva, director espiritual de M. Ángeles. Don Marcelo Spínola, cardenal de Sevilla, pide al padre Faustino que vuelva a dirigir el Instituto. Y él acepta en la certeza de que es Dios quien le reclama y pone, nuevamente, en sus manos esta obra.

Sus hijas no pueden contener la alegría del reencuentro y hacen una fundación en Getafe, al lado del fundador, del que no desean separarse más. Son ya tres las comunidades y a partir de esta nueva etapa el Instituto comienza su expansión: Villamartín (Cádiz), Monóvar (Alicante), Aspe (Alicante), Daimiel (Ciudad Real), Monforte de Lemos (Lugo), Martos (Jaén), Beas de Segura (Jaén), Belalcázar (Córdoba)...

Notas