VidaVenerado/APÉNDICE a) Testamento espiritual del venerado Padre Faustino Míguez

De Wiki Instituto Calasancio
Saltar a: navegación, buscar

APÉNDICE
Tema anterior

VidaVenerado/APÉNDICE a) Testamento espiritual del venerado Padre Faustino Míguez
Índice

APÉNDICE b) Gobierno del Pío Instituto en este Año Mariano de 1954
Siguiente tema


a) Testamento espiritual del venerado Padre Faustino Míguez

Cuando nuestro Padre iba a cumplir los 92 años (edad que al morir tenía San José de Calasanz), experimentó una de las satisfacciones más grandes de su larguísima vida, al ver que Su Santidad el Papa Pío XI, en 27 de julio de I922 aprobaba las Constituciones de las Hijas de la Divina Pastora, y que la Sagrada Congregación de Religiosos incluía en la Estadística General de las Ordenes de todo el Mundo[Notas 1] a la humilde Congregación por él fundada.

Exteriorizó el Padre Míguez su alegría en una especie de TESTAMENTO ESPIRITUAL, que escribió más con el corazón que con la pluma, y que nunca pensó habría de publicarse. Con la debida autorización lo publicamos nosotros[Notas 2], puesto que retrata el espíritu paternal de aquel hombre extraordinario. Dice así:

HIJAS DE LA DIVINA PASTORA:

J. R. E. N. C. (Jesús reine en nuestros corazones) y nos bendiga a todos.

En muchas ocasiones pensé dirigiros la palabra, para manifestaros el estado de mi alma, por motivos que ya pasaron… Y desistí por no estar seguro de la oportunidad, como ahora en que me creo con un pie en el andén y otro en el estribo del tren de ultratumba, y me parece que os agraviaría si callase. Pues en breve tendré que dar cuenta de la carga que me impuso respecto a vosotras.

Ah, y qué de veces los sinsabores, disgustos, persecuciones, calumnias y otras lindezas por el estilo, me pusieron a punto de tirarla..! ¡Dios lo sabe: que yo ni puedo ni quiero recordarlo..!

Varias veces me encontré tan fustigado, que a pesar de constarme lo contrario, llegué a dudar de si cumplía o no la voluntad de Dios en seguir dirigiéndoos como se me había impuesto; pero ahora, ¡loado sea siempre!, ya me consta con toda certeza que no estaba engañado en proseguir lo que había comenzado; pues el Señor acaba de aprobarlo, como bueno y útil a la Santa Iglesia, por su Vicario en la tierra.

¡A nada perdonó el infierno para ahogar vuestra Congregación en su cuna! ¡De cuántos medios se valió para dar al traste con todos sus proyectos! ¡Y lo más raro, cuántas y qué personas le ayudaron en su tarea! Pero escrito está: Dios es Dios, y hace lo que quiere, y nadie triunfa contra El. ¡Bendito sea ahora y siempre..! Ahora bien, hijas mías: los favores de Dios reclaman una correspondencia tanto mayor cuanto lo sean aquellos; y ¿podéis imaginarlo siquiera..? No. Que al poner hoy en vuestras manos esas Constituciones aprobadas por su Vicario en la tierra, como regla infalible de perfección religiosa y de vida cristiana, os diré por Aquél lo que dijo un antecesor suyo a mi Santo Padre al presentarle las suyas: “Dadme una religiosa que las cumpla fiel y exactamente hasta el fin, y la pondré en los altares”.

Si, hijas mías; ese es vuestro Código, por el que habréis de ser juzgadas en el tribunal de Dios. Si no lo observareis con toda la exactitud posible a la humana fragilidad, de nada os servirá vuestra vida, aunque hiciereis más prodigios que unas taumaturgas. Nunca olvidéis que sobre la estrecha cuenta que se os ha de pedir de los deberes generales de cristianas, se os ha de exigir la de cada uno de los especiales que en esas Constituciones se contienen. Animo, empero, no temáis; que la generosidad que os hizo renunciar al mundo y consagraros en cuerpo y alma a vuestro Divino Esposo, no puede vencer la suya en dárseos a sí mismo en recompensa, no sólo en esta vida, sino por toda la eternidad, si cumpliereis hasta el fin, lo que a su tiempo prometisteis.

Líbreme Dios de poner siquiera en parangón los bienes y deleites a que habéis renunciado, con las inefables delicias con que el Señor inunda las almas en que reina y viven abrasadas en su amor... Menos que el fango de la tierra respecto al sol y a las estrellas del cielo, son todos los bienes y deleites con relación a los que disfrutan los que a Dios se entregan y de su amor se embriagan. Ni las mismas almas que tienen la dicha de experimentarlo lo pueden explicar; osadía fuera la mía pretenderlo siquiera.

Sin embargo, alerta siempre, hijas mías; que la renuncia absoluta de todo lo del mundo que un día hicisteis, y la entrega completa de vuestro ser al Divino Esposo, dio grandísima dentera al enemigo, que desde el mismo instante se propuso tenderos todos los lazos y armaras todas las asechanzas que el Señor le permita, para ver de falsear vuestra felicidad o mermar al menos vuestro sacrificio.

Sabe muy bien el precito que el celestial Esposo es celosísimo, y no admite participación en el holocausto que se le ofrece, y por eso no pide él el todo sino una partecita, contando ya con el resto de rechazo... ¡Valor! que si mucho puede él, más vosotras que contáis con la gracia de Dios que es omnipotente, y con la protección de vuestra amantísima Madre la Divina Pastora que es poderosísima.

Ni aleguéis vuestra flaqueza; que sois de la misma naturaleza de los santos que hicieron tanto bien y tantas maravillas en la tierra, y gozan ahora, en premio, de tanta gloria en el cielo. Y eso que muchos de ellos fueron enclenques, y padecieron lo indecible durante su vida. Si aludís que eran más animosos que vosotras, os diré: “Porque amaban mucho a Dios”. Imitadlos y lo seréis también; que el ánimo crece con el amor, y toda excusa es hija funesta del amor propio, y rémora bastarda de toda buena empresa. Amar, todos podemos; y el que más ama, más puede. Y como el amor todo lo puede, si mucho amarais a Dios ¿qué no podríais hacer por vuestra santificación, por la honra de vuestro Pío Instituto, educación de vuestras alumnas, provecho de la sociedad y gloria de Dios? Pues no olvidéis, que el no hacer lo que se debe y puede, es falta de omisión, de la que os ha de pedir Dios cuenta.

Lograréis vuestra santificación amando y sufriendo; guardando los mandamientos. Amando sin cesar a Dios, como los bienaventurados en el cielo: andando siempre en su presencia para no ofenderle; procurando cumplir en todo su santa voluntad; y haciendo aún las cosas más insignificantes por su amor y gloria, seguras de que en su mandato se incluye la seguridad de poder, con su gracia, cumplirlo.

Honraréis el Instituto con vuestra conducta, y trabajando y llenando sus fines; cada una en su puesto y según sus fuerzas, con la vista siempre en Dios, como los ángeles, para conocer su santísima voluntad y en seguida ponerla en práctica, sin más impulso que su amor, ni más fin que agradarle; ni otra aspiración que la de adquirir todas las virtudes, y sobre todo la más profunda humildad, que tan bien cae en una Hija de la Divina Pastora.

Educaréis a vuestras alumnas emulando con ellas la conducta del Ángel Custodio de cada una; estimando su valor por el cuidado que de ellas tiene Dios, al darles un Príncipe de su corte por tutor y curador, que las asista y gobierne durante la vida. Extático el Ángel, que por su misión se llama Custodio, no puede por menos de amar y respetar a quien el Señor rescató con su sangre; y no menos admirada la Hija de la Divina Pastora de la alumna que el Señor le confió y que tal Custodio tiene, debe amarla y respetarla de igual manera.

El Ángel sin dejar de ver, amar y gozar de Dios, ni un instante descuida la misión que le confió en favor de su pupila: tal debe ser la conducta de su profesora. Sea dócil o díscola, agradecida o ingrata, no deja el Ángel de conducir a su pupila, ni de volverla a buen camino, si se extravía. Eso debe imitar la profesora, que tal nombre merece, con sus alumnas.

Sólo aspira el Ángel en cumplimiento de su misión a preservar de todo mal y a procurar el bien a su pupila. Y no otra ha de ser la aspiración de toda Hija de la Divina Pastora, que de tal se precie: imitar continuamente con sus discípulas, ese noble y maternal cariño de cada príncipe celestial con su pupila. ¿Qué entraña, por dura que sea, no se materniza al ver desvivirse tan alta dignidad en un empleo al parecer tan humilde, y para Dios tan sublime? Y ¿qué beneficio no podéis prestar vosotras a la sociedad, compuesta de familias que son generalmente lo que sean las madres? Y si las madres de hoy son las niñas de ayer, como las madres de mañana serán las niñas de hoy, figuraos lo mucho o poco, lo bien o mal que vuestra conducta puede influir en la sociedad futura, y la cuenta que de ello habéis de dar.

Baldón será para vosotras que acabáis de ser asociadas para siempre a la misión evangélica de la Iglesia, y puestas por decirlo así sobre el candelero para que brillen vuestras virtudes y celo por la salvación de las almas, si no procuráis llevar el mayor número posible al redil de vuestra Santísima Madre... ¡Honores obligan! Y ¿cómo corresponderíais al de ser reconocidas como Hijas de la Divina Pastora y corredentoras de las almas..?

El Instituto debe ser para vosotras una antesala del cielo, donde todas sirváis, améis y alabéis sin cesar a Dios, teniendo presente que este Señor no premia el brillo de las obras, que el brillo es cosa baladí, sino el fin y el amor con que se practican: que no es la que más puede y hace, la que más merece, sino la que más ama y hace lo que puede.

La misión que la Divina Providencia dio a cada Ángel Custodio para con su pupila, y a la profesora para con sus alumnas, esa misma confirió a cada Superiora respecto de sus súbditas, de cuyas almas ha de pedirle la misma cuenta que de la suya y condujere como madre cariñosa, mediante el atractivo de su conducta intachable y perfecta observancia, por el camino de la salvación.

La Maestra de Novicias ha de suponer que éstas no entran perfectas, sino para adquirir la perfección. Sólo la alcanzarán con una perfecta abnegación de sí mismas y un absoluto adiós al mundo; tareas que exigen, sobre todo una gran fuerza de voluntad, una larga y continua serie de actos contrarios, que no todas soportarán; manifestando en el acto que, si fueron llamadas, no serán escogidas ni aptas para el Instituto.

Como el enemigo trabaja tanto y sin descanso, las Superioras tendrán no pocas veces que extirpar los retoños mal arrancados en el Noviciado, valiéndose con todas sus súbditas de la persuasión y caridad; y si con alguna no bastare, echando mano de los principios de Gobierno, que para eso están escritos y aprobados en las Constituciones. (Pág. 98).

Finalmente si, lo que Dios no permita, apareciere en el Instituto algún miembro gangrenado, aplíquese inmediata-mente el cauterio; y si no da resultado, ampúteselo cuanto antes, para que no infeccione al cuerpo, que es primero que el miembro.

Hijas de la Divina Pastora: al despedirme de todas, os ruego y conjuro por la Pasión y Muerte de nuestro Redentor, y por los Dolores y Soledad de su Santísima Madre y madre nuestra,

primero, que sea vuestra hermandad inalterable, y recíproco vuestro amor en los Sagrados Corazones;

segundo, que sea tan exacta vuestra observancia, que nunca necesite reforma vuestro Instituto;

tercero, que sea tal la posible imitación de todas las virtudes de vuestra Santísima Madre, que jamás se desdeñe de reconoceros por sus queridísimas hijas;

cuarto, que realcéis humildísimas, con vuestra intachable conducta, los imponderables timbres de Hermanas y Esposas de Jesucristo;

quinto, que compadecidas de vuestro siervo inútil, pidáis encarecidamente a vuestro Divino Esposo le perdone sus pecados, y vosotras por caridad sus faltas;

y por último, que seáis tan buenas como os deseo y quiero para veros un día en la gloria.

Y al efecto os bendigo en el nombre del Señor que, durante 37 años, os dio por Director al hoy ultranonagenario que suscribe[Notas 3].

Getafe, a 22 de octubre de 1922.

Notas

  1. Con el número 6o3 figura en la STATISTICA de 1942. Tip. Políglota Vaticana.
  2. Poseemos varias copias que sin duda, al pasar de mano en mano, han ido admitiendo variantes. Damos preferencia a la que estimamos mejor; pero no consideramos definitiva
  3. Se conservan algunos otros escritos del venerado Padre, y muchas cartas. La índole de esta obra no permite la publicación de los mismos