VidaVenerado/I. NACIMIENTO E INFANCIA (1831 a 1841)

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PRIMERA PARTE. RESUMEN DE LA VIDA DEL PADRE FAUSTINO MÍGUEZ
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VidaVenerado/I. NACIMIENTO E INFANCIA (1831 a 1841)
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II. JUVENTUD DEL PADRE FAUSTINO (1842 a 1849)
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I. NACIMIENTO E INFANCIA (1831 a 1841)

El Padre Faustino Míguez, insigne escolapio, Fundador del Pío Instituto Calasancio de Hijas de la Divina Pastora, nació en Acebedo, municipio de Celanova y provincia de Orense, el día 24 de marzo de 1831 corno él mismo afirma en su Profesión Solemne que tenemos a la vista.

Sus padres, llamados Benito Míguez y María González, sencillos labradores, formaban una pareja ideal y vivían felices “con una honradez -escribe el P. Bau- testimoniada por todos; y con unos principios y costumbres cristianas, que se hicieron patentes en sus cuatro vástagos, herederos de su fe y de su religiosidad”. Fueron estos: Antonio, José, Carmiña y Manuel, que de el correr de los años había de trocar su nombre por el de Faustino. Y los cuatro, como blancos lirios, crecieron en un ambiente familiar limpísimo y saturado de toda clase de virtudes. Pero entre todos los hermanos, sobresalía Manuel, cuya inteligencia era muy despejada y cuyo tierno corazón, “enriquecido con las preciosas joyas de la gracia y de la inocencia, estaba formado para todo lo bueno”.

Al día siguiente de venir al mundo, en la festividad de la Anunciación, recibió el Sacramento del Bautismo en la Iglesia Parroquial de S. Jorge, de manos del sacerdote Don Juan Antonio Fernández, de Santiago de Rubias, con licencia del párroco a José Álvarez. Año y medio más tarde, el 24 de octubre de 1832, el Ilmo. Sr. Obispo de Orense, Don Dámaso Iglesias y Lago, le administraba la Confirmación.

Creemos oportuno recordar aquí lo tristes que fueron aquellos años para la Iglesia española. En 1834 comenzó el período de “terror”. El gobierno, escribe el P. Llorca, S. J., “el gobierno de la regente María Cristina había tomado una serie de medidas contra los eclesiásticos; pero todo parecía poco a los exaltados. Por esto aprovecharon el pretexto del cólera, que estalló en Madrid en 1834, para presentar a los frailes como sus causantes. Coincidió con esto la entrada de D. Carlos en Navarra, seguida de una serie de triunfos del general Zumalacárregui, por lo cual el 17 de julio se lanzaron a la calle algunos puñados de sicarios y asesinos, azuzados por la masonería, y asesinaron bárbaramente quince jesuítas del Colegio Imperial, luego un buen número de PP. Dominicos en el Convento de Santo Tomás, y unos cincuenta Franciscanos en el de San Francisco el Grande, terminando el día con el asesinato de ocho religiosos mercedarios. Al mismo tiempo saquearon y destrozaron sus respectivos conventos”.

¡Quién había de sospechar que tan vandálicos hechos se repetirían, y tal vez aumentados, cien años más tarde..!!! Por fortuna el pueblo, el verdadero pueblo español, vivía sano en las aldeas, afecto a sus tradiciones religiosas, y atrayendo las bendiciones de Dios para esta pobre Patria, tan azotada entonces y tan católica siempre.

Y mientras el gobierno decretaba locamente la supresión y exclaustración de las Comunidades Religiosas el 27 de julio de 1835, y ejecutaba este bárbaro decreto en 29 de julio de 1837, la campanita de Acebedo llamaba a sus feligreses a la Iglesia, donde el celoso Párroco les hablaba de Dios, y del respeto a sus ministros, y a los lugares y cosas santas.

Allí estaba, entre los oyentes, la familia Míguez; allí sus cuatro hijos; y allí estaba Manuel que poco a poco fue creciendo en edad y en sabiduría, dando claros indicios de que andando el tiempo había de ser un hombre extraordinario.

Repetía maravillosamente las oraciones que le enseñaba su madre; asimilaba cuanto de bueno oía en la escuela o en la calle; se apartaba instintivamente de todo lo malo y la tradición asegura que llamaban la atención su obediencia, su humildad, su compostura y laboriosidad. “Todos tus hijos son buenos, pero Manuel —decía una señora a su madre— parece un santiño”.

Contribuyó a esto no poco el buen ejemplo de los autores de sus días que tenían muy presentes las palabras con que S. Jerónimo se dirige a los padres: ”Mementote vos magis exemplo docere filios quam voce”, acordaos que debéis enseñar a vuestros hijos más con el ejemplo que con la palabra.

Con fervor de ángel recibió la primera comunión y al llegar a los 10 años de su edad más parecía un hombrecito que un niño.

Yo me figuro que S. José de Calasanz desde el Cielo lo reclamaba para sus escuelas: y creo firmemente que al verlo, caminar de virtud en virtud, repetiría aquellas palabras que un día consignara en el frontispicio de sus Constituciones: adolescens juxta viam suam…el joven aún cuando llegue a ser anciano no se apartará del camino que emprendiera en sus primeros años.

Sentencias de S. José de Calasanz que, adaptadas a sus hijas, repetía con frecuencia el venerado Padre Faustino.

A la corona en el “Pío Instituto de Hijas de la Divina Pastora” precede el trabajo y la pelea.
Vive segura en el Pío Instituto la que no vive para sí
No aprovecha haber vivido mucho tiempo en la Religión, sino el haber vivido muy bien en ella.

Notas