VidaVenerado/II. JUVENTUD DEL PADRE FAUSTINO (1842 a 1849)

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II. JUVENTUD DEL PADRE FAUSTINO (1842 a 1849)

El hombre, dice S. Agustín, ha sido creado para conocer a Dios, y para que conociéndole le ame, y amándole le posea y poseyéndole le goce. Esta lección, oída en el seno familiar y en diversas formas explicada, la aprendieron maravillosamente los hermanos Míguez.

Carmiña contrajo matrimonio y vivió y murió santamente. Pero los varones, al comenzar su juventud, plantearon un gran problema a sus virtuosos padres: los tres querían ser sacerdotes. El padre se oponía bondadosamente, alegando que alguno tenía que ser el continuador de la familia. Y como no había acuerdo posible, propuso D. Benito echarlo a suerte, resultando José el designado para seguir en el mundo. Antonio marchó a Santiago, hizo la carrera con brillantez, se doctoró en Derecho Canónico, fue dignísimo párroco, humilde de corazón, sin más apetencia que su querida parroquia, en la que vivió satisfecho y en la que murió con la muerte del justo. José casó, y de su matrimonio hubo varios hijos: uno de los cuales, Faustina, vive todavía y ha dado buen testimonio de la piedad de su venerado tío.

Éste, Manuel, comenzó estudios superiores en el Santuario de los Milagros, aspirando siempre al sacerdocio, pero sin inclinarse al clero secular ni al regular. Tan solo se preocupaba de hermanar la Piedad y las Letras, que había de ser lema suyo en su larguísima vida.

“El Espíritu Santo dejó asentada en los sagrados libros la máxima más profunda, más útil y más práctica en materia de educación: Initium Sapientiae timor Domini, el principio de la sabiduría es el temor de Dios[Notas 1]. Esta admirable sentencia[Notas 2] aplicada a la juventud que se dedica a los estudios, nos dará siempre la razón de su aprovechamiento en ellos, o de su lastimosa pérdida de tiempo. El verdadero y único método de educación es y será siempre el mismo, el que une en amigable consorcio la Piedad y las Letras, el que abrazando a todo el hombre, instruye la mente al par que dirige el corazón”.

Cualquiera que haya dado un vistazo a la Historia de España de aquella época, sabe bien lo tristes que eran los vientos que azotaban a nuestra sacrosanta Religión y particularmente a las Corporaciones religiosas en los momentos en que el joven Míguez ingresaba en los Milagros, especie de Seminario Menor. Pero en el pecho de nuestro joven “como en su hogar, escribe el P. Bau, los desbordamientos generales de la impiedad no hacían sino aumentar los sentimientos cristianos”.

Durante la regencia de Espartero hubo toda clase de vejaciones para la Iglesia nuestra Madre: persecución y destierro de Obispos y de Párrocos; cierre del tribunal de la Nunciatura; desprecio de las cosas más santas; la más inicua de las confiscaciones y la venta de los bienes eclesiásticos, robo sacrílego, llamado “desamortización”, realizado por el tristemente célebre Mendizábal...

Y tantas fueron las iniquidades de aquellos días, que Su Santidad el Papa Gregorio XVI se vio obligado a dirigir a la cristiandad una bula “pidiendo oraciones por España y concediendo para ello jubileo extraordinario. Y sin duda que oyó Dios las oraciones del Papa y de los fieles, pues la reacción católica, que alboreaba ya en España, fue adquiriendo cada vez más consistencia, y en junio de 1843 el general Narváez arrojó de Madrid a Espartero, hizo declarar mayor de edad a Isabel II, y estableció un gobierno moderado, que entró al punto en relaciones con la Santa Sede, y puso orden en la Iglesia española. Con esto se anunció un periodo de relativa paz y tranquilidad para los católicos”[Notas 3].

Afortunadamente la juventud de aquellos tiempos, la juventud escogida, fue inclinándose hacia el buen sentido tradicional, como ha pasado en nuestros días, después de la Revolución marxista. Y nuestro joven Manuel Míguez no se quedó a la zaga, pues dando pruebas inequívocas de su recio temple, y haciendo honor a la vocación que había recibido del cielo, supo decir, allá en su retiro del Seminario, “lucharé toda mi vida contra el mal, lucharé contra la ignorancia, seré Sacerdote, seré Apóstol...” Y añadió con valentía: ¡quiero! Y nadie ignora que un quiero meditado y profundo lo puede todo.

Aquel joven denodado sería Sacerdote... sería Apóstol... sería... Y fue por lo pronto un modelo de jóvenes, ya que en él brillaban toda clase de virtudes. Brillaba en primer término la humildad, de la que dijo un día Lacordaire,”que no consiste en esconder los talentos y las virtudes, en creerse inferior de lo que uno es, sino en reconocer lo que nos falta, y en no vanagloriarnos de lo que tenemos”.

Brillaban en Míguez la pureza, virtud sublime que da a la inteligencia esas miradas de águila que confunden y obligan a exclamar: ¡bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios...[Notas 4]

Brillaba, repetimos, en nuestro joven las virtudes todas, pero en especial la sencillez. Magnífica virtud, que alguien ha definido diciendo que es la virtud por la cual el alma se dirige rectamente hacia el deber, rectamente hacia la verdad, y rectamente hacia Dios.

Hasta la edad de 94 años había de caminar el joven Míguez, sin titubeos de ninguna clase, tras el deber; buscaría siempre la verdad; y volaría constantemente hacia Dios, porque así se lo había propuesto con varonil firmeza, en los días de su juventud.

SENTENCIAS CALASANCIAS:

Las jóvenes recién entradas en el Pío Instituto sometan a la Maestra su propio juicio.
Nuestras jóvenes unan de tal forma los estudios con el ardor de la piedad, que lo uno sea ayuda para lo otro.
Exhorte la Maestra a las jóvenes a practicar con gran fervor la santa humildad, para que después puedan dar fruto y honor al Pío Instituto de Hijas de la Divina Pastora.

Notas

  1. Psal. CX
  2. P.A. Clemente
  3. P.B. Llorca, S.J., pág. 756
  4. Tan hermosa es esta virtud de la pureza que, en un momento de sinceridad, escribió de ella el impío J. Rousseau: “un niño que ha conservado su inocencia hasta los veinte años es, a esa edad, el más generoso, el mejor, el más amante y el más amable de los hombres...” (Emile, libro IV