VidaVenerado/IX. DIFICULTADES Y PRUEBAS

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VII. SUPERIOR EJEMPLAR (1875 a 1878)
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IX. DIFICULTADES Y PRUEBAS

“Milicia es la vida del hombre sobre la tierra, dijo un día el Patriarca Job Y nuestro Señor Jesucristo dejó consignadas en el Evangelio estas memorables palabras: “Quien quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su, cruz y sígame”...

De aquí se deduce que todo hombre, de grado o por fuerza, tiene que sufrir tentaciones, dificultades, pruebas... Y aunque parezca una paradoja, donde más se sufre es en la vida religiosa. Ah, y qué ideas tan erróneas tienen los seglares sobre este particular..! Creen que en los conventos y casas religiosas no hay sino llanuras y mar tranquilo. Pero, en realidad cuántas asperezas encuentra el que dijo “adiós” al mundo y a veces qué tormentas más horrorosas rugen a su alrededor..!

Por algo la profesión religiosa va acompañada de lúgubres ceremonias, que tienen todas las apariencias de un funeral. “Es fácil, decía el P. Lacordaire, en un momento de entusiasmo poner el cuello bajo el hacha del verdugo y morir mártir por Cristo; mas el continuo renunciarse a sí mismo de los religiosos, esto sí que es muy duro y doloroso martirio”.

El venerado Padre Faustino, cuando escribió su Profesión Solemne tenía plena conciencia de lo que hacía y se preparó para el combate, que en verdad fue muy rudo y muy largo.

Sabía muy bien nuestro Padre que había de tropezar con muchas dificultades y con no pocas pruebas que tratarían de hundirlo en el desaliento. Mas no sospechaba, ni con mucho, que su cálculo era una insignificancia comparado con la realidad de las tempestades que en el correr de los años habían de desencadenarse contra él. Así lo afirma él mismo en el preámbulo de los Consejos que dio a sus religiosas poco antes de morir.

Por fortuna aquel hombre extraordinario, de férreo carácter, había meditado muchas veces en que el desaliento es una falta de fe. Y él tenía esa y todas las virtudes muy arraigadas allá en el fondo de su corazón, en lo más íntimo de su alma... “Desanimarse, decía a sus Religiosas, es desconfiar de Dios: desconfiar de su palabra, de sus promesas, de su bondad, de su providencia, de su justicia y de su misericordia...” Y de esta meditación brotaba en los labios del Padre Faustino su frase favorita: ¡dejemos obrar a Dios; para mejor será…! Además el desaliento es una falta de humildad. O si se quiere decir de otro modo, es “un gran orgullo; porque el desaliento es amor propio desilusionado, de un alma que contaba consigo misma, y que se aflige de su debilidad... Es una falta de confianza en Dios... ¡Confiando en el, cuántos pecadores se han convertido en santos…!

Tal vez nuestro Padre Faustino copió las frases duras, que a veces tenia, de su constante lectura del Libro de Job, cuyo capítulo 13 viene como anillo al dedo, a parafrasear lo que vamos diciendo: “Callad, hable yo, y venga sobre mí lo que viniere. Aunque llevara mi carne entre mis dientes y tuviera mi vida en las palmas de mis manos, aunque Dios me matara, no me dolería, y defenderé ante El mi conducta, y El vendrá a ser mi justificador...”[Notas 1]

Dificultades y pruebas encontró en la Corporación a que pertenecía; las encontró en la misma Congregación por él fundada; y no le faltaron entre las mismas personas a quienes alivió con sus célebres preparativos.

Cuando se encontraba más contento en un Colegio recibía la orden de trasladarse a otros; y sin desplegar sus labios obedecía al pie de la letra. Cuando terminaba de poner en marcha la nueva Congregación de Hijas de la Divina Pastora, allá en Sanlúcar, es trasladado a Getafe. Todos creían, hasta las mismas Religiosas, que la nueva barquichuela se iría a pique. Y sólo el Padre Míguez estaba tranquilo y, si hablaba, era para decir: «Dejemos obrar a Dios; para mejor será...» Y se cumplió la profecía, pues la nueva Congregación se afianzó más y más, con asombro de sus enemigos.

Sus mismos hermanos y compañeros que confesaban caballerosamente que el Padre Faustino era el primero en el trabajo y en la observancia de las Reglas, criticaban a este hombre de Dios porque trabajaba fuera de casa; porque gastaba energías en enseñar a niñas pobres; y sobre todo porque empleaba en socorrerlas el dinero que recibía de limosna. ¿No escuchó Calasanz estas mismas murmuraciones? ¿No las escuchó nuestro Señor Jesucristo?

Y cuando, después de muchas fatigas, vio con gozo el Padre Míguez cruzar los mares de la vida “viento en popa, a toda vela» al Pío Instituto Calasancio de Hijas de la Divina Pastora, rugió la tempestad: y la envidia, y mal encubiertos celos, y no escasas ambiciones, hirieron el corazón del buen Padre que elevó sus ojos al cielo diciendo con tranquilidad: “Dios lo permite así, bendito sea, para mejor será”.

Entre tanto sonaban clamorosos los aplausos que en todas partes, incluso allende los mares, se tributaban a sus medicamentos... Y sucedió lo inconcebible: la ingratitud saltó al escenario…! Pero dejemos hablar a la Necrología oficial: “Enviado el Padre Faustino a Getafe en 1888, permaneció dedicado a la enseñanza hasta comienzos del siglo XX... En este tiempo, innumerables enfermos acudían a él de todas partes en demanda de salud. Muchos, después de curar, fueron agradecidos. Pero no faltaron quienes, después de recibir el beneficio, le pagaron promoviendo iras y envidias contra él. Y el Padre Míguez, sin miedo a nadie, tenaz e impávido, alcanzó sobre sus enemigos una victoria que sirvió para acrecer su fama. Con razón, pues, se podría aplicar a él la frase del Profeta: Salutem ex inimicis nostris.

SENTENCIAS CALASANCIAS:

No puede servir a Dios la religiosa que no se domina a sí misma.
La buena religiosa tan amada es de Dios enferma como sana.
No sabe ganar a Cristo, la que no sabe padecer por Cristo.

Notas

  1. Etiam si occiderit me, in ipso sperabo (Nácar.Colunga, pág 723)