VidaVenerado/VI. SABIO Y ESCRITOR HUMILDÍSIMO

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V. SACERDOTE APOSTOL (1855 a 1925)
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VII. PEDAGOGO INSIGNE
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VI. SABIO Y ESCRITOR HUMILDÍSIMO

Mandó Dios a Moisés que sobre el pecho del sumo sacerdote se leyesen estas palabras: doctrina a veritas, ciencia y verdad. Orígenes dice que esto lo ordenó el Señor para que se supiese que los sacerdotes de la antigua alianza debían conocer la ley, instruir al pueblo en ella, estar dispuestos a responder a todas las cuestiones y resolver las dificultades que se le presentasen. Pero, según San jerónimo, esto era como una profecía de la ciencia que debe adornar a los sacerdotes de la ley de gracia, y el deber que les incumbe de adquirirla.

Tan persuadido de esto estaba nuestro Padre Faustino que no perdía un minuto, orando y estudiando toda la vida, pero principalmente en los días de su juventud. Así lo reconoce la Necrología oficial en la que, a pesar del laconismo con que siempre procede (extremado en la de nuestro Padre), se lee lo que sigue: “Terminada su carrera, sin que los estudios le impidiesen la piedad, sino por el contrario ayudándole en el ejercicio de las virtudes, hizo en ellos unos progresos difíciles de ponderar...” Y más adelante añade: “En la Isla de Cuba enseñó ciencias naturales, en las que ya estaba particularmente instruido, y lo hizo con gran lustre de la Provincia escolapia de Castilla y de toda la Orden”

Era natural: se había formado oyendo las lecciones de hombres eminentísimos como los PP. Jacinto Feliú, Pedro Álvarez e Inocente Palacios. Habla simultaneando los estilos eclesiásticos con los científicos, y lo había hecho con un ardimiento extraordinario. Y no contento con los cursos que oficialmente se exigían en aquel entonces, puede afirmarse que con el mismo entusiasmo, continuó estudiando toda la vida

“Aprendan los religiosos, junto con las letras, la humildad”, había dicho el insigne Fundador de las Escuelas Pías. Y en nuestro Padre Faustino ambas cosas rayaron en lo sublime. En todos los instantes de su vida parecía un novicio Y la sola inspección de sus escritos y de sus medicamentos da claro indicio de su no vulgar sabiduría.

Las palabras doctrina et veritas brillaban en su pecho. La oración y el estudio fueron sus alas... Todo en el Padre Faustino era oración, hasta el trabajo; pues todo lo dirigía y encaminaba a cumplir la voluntad de Dios. Con verdadera justicia lo llamaban “el sabio”. Su cultura en ciencias eclesiásticas era inmensa, y tuvo buen cuidado de ampliarla cuando fue bibliotecario de San Lorenzo de El Escorial. Y aunque poseía no escasos conocimientos humanísticos, “el Padre Faustino como Profesor de Física y Química y sobre todo de Ciencias Naturales, se salió de los moldes hasta entonces en uso; pues consagrado intensamente a la investigación científica, supo arrancar muchos secretos a la Naturaleza, descubriendo virtudes curativas de infinidad de plantas y preparando esa serie maravillosa de específicos que llevan el nombre “Míguez” y que tan justamente son alabados y solicitados, por el eficaz alivio que proporcionan a diversas enfermedades”.

Pero dejemos la pluma a su paisano, el P. Cerdeiriña, cuyas son también las anteriores palabras y la mayor parte de las que siguen: “Si el Padre Faustino toda su vida, pero principalmente en Sanlúcar de Barrameda, se salió del marco de lo vulgar, fue debido al sosiego de su espíritu, que pudo poner a contribución sus grandes dotes intelectuales, sin que nadie le estorbara en la empresa, a que de buen gusto se había consagrado, e hizo colaborar de consuno las energías propias de su inteligencia y las condiciones exteriores en que su actuación se desarrollaba”.

“En aquel hermoso Colegio de Sanlúcar de Barrameda, en aquella apacible atmósfera, en aquel aire tibio, en aquellas brisas saturadas de yodo sano, cuando todo dormía entre las obscuridades de la noche, se levantaba y se dedicaba al trabajo el Padre Faustino Míguez. Otros colegas suyos seguían un sistema inverso; velaban en las primeras vigilias de la noche, se entregaban al reposo y buscaban el lecho, cuando él le abandonaba. En medio de su seriedad habitual, comentaba con singular gracejo el Padre Faustino estos procedimientos diametralmente opuestos con el P. Pedro Díaz Gallo, que después fue Vicario General de las Escuelas Pías de España. “Entre los dos -le decía- ya que usted se acuesta cuando yo me levanto, podíamos comprometernos a desempeñar el cargo de sereno de la casa. Usted se hace cargo de la vigilancia en las primeras horas de la noche, y luego sigo yo hasta la hora de levantarse todos”. Se oían los dos, porque vivían en habitaciones que estaban la una encima de la otra. No parece sino que ambos habían profesado la orden de velar las armas a la ciencia, mientras la noche tenía tendido su negro manto de sombras sobre la tierra. De día, eran decididos y esforzados paladines que profesaban esta ley de la caballería calasancia enseñando a los niños la piedad y las letras, la ciencia y el temor a Dios.

“Y para las aficiones particulares, para los estudios de su devoción y de su cariño, robaban al sueño el tiempo que no puede reunir durante el día. El sabio no se sacia nunca; está ávido de saber y de profundizar más y más en la ciencia; busca la verdad con el mismo afán con que el minero remueve los estratos terrosos para encontrar el rico filón de mineral que ha de saciar su sed de riqueza. En el silencio y en el retiro se encuentra la verdad, y no entre el bullicio y ruido de los hombres. La verdad es luz que luce entre las sombras de la soledad, y se esfuma entre el brillo de los oropeles mundanos y la compañía y el consorcio con los frívolos.

La ciencia no es hosca ni es huraña, pero vive solitaria como el águila en el picacho, desde donde lanza su mirada dominadora sobre toda la comarca. El sabio se encarga de hacer la ciencia atractiva, insinuante y encantadora con la virtud y gracia de su pluma, con la magia de su palabra, con la palanca de sus inventos, que polarizan esa luz de la ciencia en sus distintos sectores, transformando de esta manera la sociedad y haciéndola marchar por caminos y derroteros nuevos. Pero el sabio es además artista de su saber, que difunde con su propia paleta, la cual exterioriza y pinta en los momentos fecundos y productores de su actividad prodigiosa, lo mismo lo que él recibió y asimiló de los demás, que lo que produjo por su propia cuenta y por su personal invención e inspiración.

Tal es la labor del Padre Faustino Míguez en los dos lustros que pasó en Sanlúcar de Barrameda, pues es algo que tiene atisbos de visión sublime y de penetración en los arcanos, la ciencia, porque traspasó el dintel que encierra la vida de las plantas y descubrió sus virtudes curativas con tal acierto que de ello dan fe sus numerosos específicos que han dado la vuelta al mundo, aliviando tantas dolencias y devolviendo la salud perdida a otros muchos que se tenían ya por incurables. Llamó a las puertas de la vida, y ante esas puertas misteriosas permaneció horas innúmeras en observación constante. La vida, que circula por las plantas y por el hombre, esas dos fuerzas que giran en mundos distintos, convergieron merced a su sabiduría, y él las acopló y las sumó para provecho del hombre. La vida de las plantas había de beneficiar por sus manos de sabio la vida del hombre.

Pulsó la vida y escuchó silencioso sus ritmos; y éstos le hicieron notar y conocer las leyes que presiden y gobiernan la vida de las plantas y de los hombres; los misterios que envuelven esa vida; los enemigos que tiene y los peligros a que se halla expuesta. Extasiado ante los portentos que realizaba, y los enigmas que descubría, y los secretos que se le esclarecían e iluminaban, transcurrían para él las horas sin darse cuenta más que de la vida que manejaba, y que hilo a hilo se deslizaba fluidamente ante sus ojos. Cuidadoso recogía el Padre Faustino en cada momento la vida, objeto de sus desvelos, para encerrarla con más cuidado aún y curar con ella a la Humanidad”.

Con razón, cuantos tuvimos la dicha de conocer a este hombre extraordinario, decimos siempre con satisfacción inmensa: ¡Era muy sabio; era muy humilde!

Si por el fruto se conoce el árbol, bien podemos repetir las frases “¡era muy sabio, era muy humilde…!” con sólo dar un vistazo a las obras que escribió. Y conste que ni fueron muchas, ni tampoco muy extensas. De ellas han hablado los eximios escritores escolapios P. Carlos Lasalde, P. Tomás Viñas, y en nuestros días el incansable y fecundo P. Leodegario Picanyol.

Nosotros creemos que los escritos de nuestro Padre Faustino pueden clasificarse en tres grupos, que dan magnífico testimonio de su piedad, de su ciencia, y de sus eximias dotes pedagógicas.

De su piedad y competencia en materias religiosas hablan:

El mes del Sagrado Corazón de Jesús, compendio de pláticas alto sabor ascético y místico.
El Escapulario Azul, o de la Inmaculada Concepción.
Las constituciones del Pío Instituto Calasancio de Hijas de la Divina Pastora.
Sus cartas y el Testamento espiritual, o consejos que, poco antes de morir, dio a sus Religiosas.

Proclaman su ciencia:

El célebre Análisis de las aguas públicas de Sanlúcar de Barrameda, del que acertadamente ha escrito el P. Calasanz Bau: “Prologada esta Obra por el Dr. Pizarro, Catedrático de la Universidad de Sevilla, y avalada con la conformidad de los médicos sanluqueños, constituye la garantía oficial de que el Padre Míguez no cultivaba un curanderismo empírico, más o menos acertado, sino que rendía culto sincero y eficaz al estudio auténticamente científico, aplicado al alivio y curación de las humanas dolencias”.
Otro libro científico de nuestro Padre es La Física Terrestre, del que ha escrito el mismo P. Bau: “Esta obra deja entrever una competencia científica extraordinaria, una cantidad de lecturas absorbente, una erudición científica y un enciclopedismo nada común. Todas las ciencias se ponen al servicio de la interpretación de los hechos físicos del planeta, terrestre, tanto en sus problemas geológicos como en los propiamente geográficos y biológicos desarrolla-dos en su superficie...”
Y por último, el folleto La Diabetes es curable, especie de Introducción al nutrido Catálogo de los “Específicos Míguez” que tanta fama obtuvieron.

De las dotes pedagógicas del Padre Faustino dan testimonio dos libritos, apropiados a niños y niñas de corta edad, y cuyos títulos son: Diálogos sobre las láminas de Historia Natural y Nociones de Historia Natural. Con respecto a este último, escribe el P. Calasanz Bau: “tiene una importancia extraordinaria en el orden pedagógico... Nos place, añade, ver al sabio cómo desciende de sus alturas para ponerse al nivel del pequeñuelo, para iniciarle en la afición y gusto por la Naturaleza, y luego, por añadidura, hacerle desembocar en un pensamiento sobrenatural”. Para confirmar esto, copia el capítulo 44 de la obrita, titulado “Plantas medicinales, de adorno y venenosas”.

Habla el Padre Faustino:

“Hay plantas que se emplean para curar algunas enfermedades, como la valeriana, y se llaman medicinales: otras se emplean de adorno en los jardines, como la margarita; y hay algunas que hacen ambas cosas, como la violeta. No pocas son venenosas y deben manejarse con cuidado, como la cicuta, el acónito, y muchas otras.
¿Se emplean algunas plantas como medicina? -Muchas.
¿Cómo se llaman por esa aplicación? -Medicinales.
¿Y por qué no se aplican todas? -Por ignorar sus propiedades.
¿Cómo serán el llantén, la centauro, la sanguinaria, la valeriana y otras como éstas? --Medicinales,
¿Y las que especialmente sirven de recreo? -De adorno.
¿Qué serán el pensamiento, el geranio y la margarita? -De adorno.
¿Y de qué sirven algunas a la vez? -De adorno y de medicina.

¿Hay plantas dañosas? -Muchas.

¿Y qué deben hacer los niños con ellas? -No tocarlas.
¿Podréis tocar el acónito y la digital? -No conviene.
¿Y la celidórica, que tiene un jugo amarillo, y la lechetrezna que lo tiene blanco y venenoso? -Tampoco.
Y la cicuta, que se parece al perejil? –Menos.
¿Y el estramonio que tiene la flor blanca y el fruto como el erizo? -De ningún modo.
¿Y por qué? -Porque son muy venenosos.
¿Qué os pudieran causar esos venenos? -La muerte del cuerpo.
Y antes de la muerte ¿qué os producirían? -Muchos dolores.
¿De qué os debéis guardar como de los venenos? -Del pecado.
¿Qué os acarrearía el pecado? -Muchos remordimientos.
¿Y después? -La muerte del alma.
¿A dónde iría a parar entonces el alma? Al infierno.
¿Por mucho tiempo? -PARA SIEMPRE..!”

Sin comentarios de ninguna clase, al terminar de leer esta linda página, escrita por el Padre Faustino para los pequeñuelos, vemos en el autor un sabio, un pedagogo, un catequista, un apóstol, y sobre todo vemos un hombre humildísimo, que tuvo toda la vida muy presente la frase del Evangelio “nisi efficiamini sicut parvuli...” si no os volviereis como niños, no entrareis en el Reino de los cielos. (S. Mat. 18).

SENTENCIAS CALASANCIAS:

Aprendan los religiosos, junto con las letras la humildad; sin la cual las letras más perjudican que ayudan.
Los sacerdotes que predican en la iglesia, ejercítense también en menesteres humildes, para que no se envanezcan.
Unan los escolapios las letras con la santa humildad, y así tendrán mérito para sí mismos y aprovecharán a los demás.

Notas