VidaVenerado/XI. EL GRAN FRUTO DE SU ESPÍRITU

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SEGUNDA PARTE. BOSQUEJO RELIGIOSO DEL PÍO INSTITUTO CALASANCIO DE RELIGIOSAS HIJAS DE LA DIVINA PASTORA
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XII CONCEPCIÓN DE SU OBRA
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XI. EL GRAN FRUTO DE SU ESPÍRITU

El espíritu del venerado Padre Míguez era un huerto frondosísimo que había de producir, tras lindas flores, sazonados frutos. Y así fue en efecto: gigante cooperador de la verdad, pasó la vida, como San José de Calasanz, derramando el bien por todas partes.

Fue nuestro Padre, según hemos dicho, un modelo continuo para sus hermanos: el primero siempre en el cumplimiento del deber; el primero en la oración; el primero en el confesionario; el primero en la escuela; y, sobre todo, el primero en la obediencia. Jamás hubo una queja en contra suya, ni aun siquiera un atisbo de murmuración. ¡Era un hombre muy grande, era un sabio; era el religioso perfecto, era el apóstol incansable!

¿Quién contará los frutos de su noble espíritu? ¡Muchos muchísimos son! Pero sin duda alguna, el principal de todo; fue el haber concebido y fundado el Pío Instituto Calasancio de Religiosas Hijas de la Divina Pastora. Cierto que ya existían las acreditadas MM. Escolapias, en España; las Figlie Povere di S. Giuseppe Calasanzio, en Italia; la Congregation des Soeurs des Ecoles Chretiennes de S. J. Calasance, en Bélgica... Pero ¿es que el árbol calasancio no podía tener sino un número limitado de ramas?

La concepción del Padre Faustino fue original y oportunísima. Quería “religiosas para niñas muy humildes” (sin excluir a las de familias pudientes); y las quería principalísimamente para una región y una época en que tales niñas estaban casi abandonadas.

¿Encontraría colaboradoras? No lo dudó desde el primer instante: confiaba en la Providencia. Que la Religión Católica, escribe Balmes[Notas 1] “es tan profunda que produce el bien por medios muy distintos y bajo formas muy diversas... La guarda de los santos mandamientos es indispensable a todos los cristianos que quieran entrar en la vida eterna; los institutos y congregaciones religiosas se proponen caminar por un sendero más difícil...” A ellos se acogen las almas que, después de haber oído de la boca del Divino Maestro aquellas palabras “Si quieres ser perfecto ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres” no se retiran tristes, como el joven de que habla el Evangelio, sino que acometen animosos la empresa de dejarlo todo por seguir a Jesucristo.

Nos place repetir que nunca dudó el Padre Faustino que encontraría ayuda, puesto que era el mismo Dios quien le había inspirado solucionar aquel apremiante problema. Él lo veía planteado claramente ante los ojos de su alma nobilísima, y esperaba tranquilo colaboradoras abnegadas que se decidiesen a dejarlo todo para seguir al Divino Maestro por la nueva senda que se proponía trazarles.

Claro que ya había profesoras oficiales y particulares; pero ni eran suficientes ni tenían ese espíritu de caridad que se requiere para hacer el bien desinteresadamente, sin esperar una recompensa inmediata.

De aquí que, en lo humano, merezca el calificativo de genial la concepción del Padre Faustino, completamente original y oportunísima, como antes hemos indicado. En aquella región y en aquella época, para resolver el abandonado problema de la educación y de la instrucción de las hijas del pueblo, se necesitaba una Congregación religiosa.

Este es el origen del Pío Instituto Calasancio de Hijas de la Divina Pastora. Así lo oímos contar a la Rvma. M. Ángeles, Cofundadora del mismo; así nos lo consignó por escrito; así figura en unos apuntes que se conservaban en Sanlúcar de Barrameda; así lo narraba nuestro compañero y amigo el P. Eduardo Camallonga, que vivió con el Fundador en la misma Comunidad. Buscarle otro origen es regatear al venerado Padre Faustino la gloria que a él sólo corresponde.

Hemos repetido muchas veces que el Padre - como le llamaban las Religiosas antiguas- era un hombre extraordinario, y estaba en todo. Dentro de su Comunidad nadie tenía que reprocharle nada; fuera tampoco. Y apenas pensó en dar cuerpo a la idea que movido por su noble celo del amor de Dios, había concebido, lo primero que hizo fue ponerse al habla con sus dignísimos Superiores, con el Párroco de Sanlúcar; y después con las autoridades eclesiásticas, e incluso con el Sr. Cardenal de Sevilla, granjeándose, sin pretenderlo, la simpatía de todos y el apoyo decidido del Sr. Arzobispo, porque veían en aquel hombre un hombre de Dios.

En efecto: bien podía repetir nuestro Padre aquellas palabras del salmo 68: “zelus domus tuae comedit me...” Señor, ardo en el celo más santo por las cosas de tu Iglesia... Sabía muy bien lo que S. Vicente de Paul había dicho: “Si el amor de Dios es un fuego, el celo es su llama; si el amor es un sol, el celo es su rayo luminoso”. Recordaba constantemente las palabras del Crisóstomo “El distribuir los bienes a los pobres, el ayuno, la disciplina, el martirio... regocijan menos el corazón de Dios, que el celo por la conquista de las almas”. Y el Padre Míguez sintió la llamarada del celo apostólico, repitiendo con S. Agustín: “Salvar un alma es predestinar la propia”.

Y ya brotaba en el corazón del Padre Faustino aquel “gran fruto de su espíritu” cuando un feliz día se vio palpable la intervención de la Providencia. Acababa de celebrar, con su acostumbrado recogimiento, el Santo Sacrificio de la Misa, allá en la Pascua de Resurrección de 1885, y en la sacristía de la Iglesia escolapia de Sanlúcar de Barrameda, habló por primera vez a la joven maestra Srta. Ángeles González; y ella misma (que había de ser, andando el tiempo, Superiora General), ella misma asegura que, proféticamente exclamó el Padre Míguez: “¡quién sabe si servirás para ser la piedra fundamental de un gran edificio!”

Y en aquel instante nació la Congregación, el “gran fruto de su espíritu”, el piadoso Instituto de Religiosas Hijas de la Divina Pastora.

SENTENCIAS CALASANCIAS:

La que más trabaja por Cristo, tanto más debe a Cristo, porque es su fruto.
No puede agradar a Dios la religiosa que no se domina a sí misma.
Hurto comete la que vive en la Religión sin fruto.

Notas

  1. El Protest. c. 28