VidaVenerado/XII CONCEPCIÓN DE SU OBRA

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XI. EL GRAN FRUTO DE SU ESPÍRITU
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XIII. ALBORES DE UNA CONGREGACION
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XII CONCEPCIÓN DE SU OBRA

Corría el año de gracia de 1869. Al atardecer del 9 de septiembre, con 38 años cumplidos, llegaba por primera vez el M. R. P. Faustino Míguez al Colegio de. Sanlúcar de Barrameda, “donde había de tener tan buena acogida, donde había de dejar tan gratos recuerdos, y donde su nombre figuraría en primera línea entre los sanluqueños como prudente y santo confesor, como profesor culto y hábil, y como hombre de Laboratorio”.

Y en Sanlúcar estuvo nuestro Padre hasta el 1° de julio de 1873. Las revueltas políticas de España por aquellos días fueron parte para que la soldadesca se apoderase de la ciudad, teniendo que huir muchos de sus moradores. Los Padres Escolapios remontaron en una barca el Guadalquivir, y llegaron a Sevilla. Poco después, amainada la tempestad, regresaron con su Rector el Rvmo. P. Manuel Pérez. Sólo uno no regresó; y fue nuestro Padre Faustino, destinado al nuevo Colegio de “El Escorial”. Años más tarde, después de haber sido Rector del Colegio de Monforte de Lemos, volvió el Padre Míguez, por segunda vez a Sanlúcar, con inmensa alegría suya y del pueblo, que lo recibió de la manera más honrosa “cual convenía a hombre de la estirpe nobilísima de su talento y de su cultura científica, y del linaje clarísimo de su virtud y de su observancia religiosa”[Notas 1]. Y en Sanlúcar había de permanecer durante dos lustros, hasta septiembre de 1888.

Estudió nuestro venerado Padre y llegó a conocer perfectamente aquella ciudad gaditana, y aquella región, donde el analfabetismo era inmenso, principalmente en la mujer. Aún las niñas de buenas familias no tenían más instrucción que la rudimentaria y deficientísima de las escuelas particulares, llamadas de “amigas”. Estas escuelas, o mejor dicho estas reuniones de niñas, solían estar dirigidas por una mujer sin título, y a veces sin conocimientos, que, por una mezquina retribución, recibía y cuidaba de las niñas durante horas y horas; en este larguísimo tiempo no hacían las alumnas otra cosa que cantar la doctrina y las tablas de sumar y multiplicar, añadiendo a veces algo de costura y rudimentarias labores. Pero, a pesar de esto, las mamás estaban tan contentas porque “se quitaban a las hijas de encima y las tenían recogiditas y además... ¡algo aprenderían!

Una de estas improvisadas maestras, muy buena por cierto, hubo de confesar en cierta ocasión con el Padre Faustino, y prendada de la santidad de aquel hombre extraordinario, de aquel hombre de Dios, le habló de su labor escolar, y de cómo había formado un pequeño Colegio con otras amigas.

Cierto día, cediendo a los ruegos de aquellas pobres mujeres, visitó la escuela el venerado Padre, y llevó la misma impresión que Calasanz ante los grupos de niños semiabandonados que jugaban en las plazoletas de Roma. Desde entonces, comenzó a dar a las niñas clase de Religión.

“A tu cuidado se ha confiado la niña pobre...” El Padre Faustino creyó oír estas palabras allá en el fondo de su corazón, y el 2 de enero de 1885 manifestó a las profesoras “sus deseos -son palabras de la cofundadora M. Ángeles- de hacer algo extraordinario por aquellas niñas...” Parece, añadió, que es del Cielo la idea que tengo, de fundar una Congregación de Religiosas para formar los tiernos corazones y las inteligencias de estas pobres muchachas...”

Necesitaba personal que le ayudase: y aquellas buenas mujeres se le ofrecieron para trabajar, guiadas por él.

Necesitaba fondos: y la Providencia vino en su ayuda pues sus aciertos en medicina y sus triunfos en el Laboratorio se convirtieron en fuentes de ingresos. Así, pues, en realidad de verdad su gran obra comenzó el 2 de enero de 1885, aunque no tomó cuerpo hasta el día de Pascua de Resurrección del mismo año.

El Padre Faustino elevó entonces sus ojos al cielo, y humildemente y con lágrimas pidió al divino Jesús, cuya festividad se celebraba, le iluminase para ver cómo podía atender -sin ponerse al margen de sus obligaciones- a la solución del problema que la misma Providencia le planteaba. Recordó entonces lo que tantas veces había leído en El Educador Católico: “El polvo esconde piedras de gran valor, esto es, ingenios de gran potencia, que, pulidos y abrillantados con una educación cristiana, darán gloria al Criador, y honra y provecho a la patria, pues el talento nunca fue patrimonio exclusivo de la aristocracia”.

La Providencia velaba por nuestro Padre, después de haberle inspirado tan grande obra. Visitó en aquellos días la ciudad de Sanlúcar el Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Sevilla, Fr. Ceferino González, y no hizo con respecto al Padre Faustino sino ratificar el gran concepto que de él tenía y darle más atribuciones y mayor confianza, aumentando así de una manera extraordinaria el prestigio religioso de nuestro venerado Padre.

Y casi simultáneamente otro hecho contribuyó a prestigiar más y más, en el orden científico, al Padre Míguez. De este hecho da cuenta el P. Calasanz Bau en una carta o escrito de nuestro venerado Padre Faustino y que copiamos a la letra: “Presentóse a la sazón el Decano de Medicina, suplicándome en su nombre y en el de sus compañeros de Sevilla, me encargase de estudiar y curar la enfermedad de un Catedrático por ellos desahuciado; y al ver que me extrañaba de su propuesta y me desentendía de lo que ellos esquivaban, me replicó que cuando un señalado triunfo había conseguido en el análisis y estudio terapéutico de las aguas de Sanlúcar, que tantos habían intentado en vano, también podía lograrlo en lo que me proponía”.

“Como el Decano era poco afecto al Colegio de Escolapios y significaba mucho en la ciudad de Sevilla, donde ya se pensaba en establecer Escuelas Pías para las fundaciones Americanas, hube de aconsejarme y pareció más prudente el complacerle que el convertirlo en enemigo declarado. En este aprieto acudí al Señor, para que, si era su Santísima Voluntad que yo siguiese al frente de la Asociación de referencia, me iluminase para curar dicha enfermedad y me facilitase medios para ayudar a aquélla”.

“Y efectivamente el enfermo curó, en brevísimo tiempo..”

SENTENCIAS CALASANCIAS

Aunque el enemigo común de las buenas obras no omita nada para impedirla; no se ha de desistir de la obra empezada, sino que se ha de continuar con mayor fervor.
Entre las obras divinas, la más divina a cooperar a la salvación de las almas.
Las obras prueban al artista, y no las palabras ni los buenos propósitos de los cuales está lleno el infierno.

Notas

  1. P. J. Cerdeiriña