VidaVenerado/XIV. TEMPESTADES SUPERADAS

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XIV. TEMPESTADES SUPERADAS

Seguramente hubiera naufragado en los comienzos de su navegación aquella humilde barquichuela, de no haber tenido un timonel del temple de nuestro Padre Faustino.

El día 9 de abril de 1885 quedará escrito con letras de oro en la Historia del Pío Instituto Calasancio de Religiosas Hijas de la Divina Pastora. Pero casi en ese mismo día comenzaron las tempestades, que se proponían en vano echar a pique la nave. Desde que el Fundador dijo a las tres señoritas dueñas del colegio, “que le parecía ser de Dios la idea que tenía de fundar una Congregación de Religiosas” se dedicaron, tanto ellas como el Padre, a prepararlo todo, a echar los cimientos de la obra. El Padre Míguez dirigía y allegaba recursos materiales que, con permiso de Roma, se fueron invirtiendo en alquilar una casa en la calle “Carril de S. Diego”, frente a la calle de la Luz; y en comprar lo más indispensable para comenzar. Las tres señoritas atendían a la clase -que nunca dejaron- y ordenaban y limpiaban el menaje que se iba comprando, para la nueva. Parecían novicias a las órdenes del tan experto maestro.

Y sucedió que, a los tres meses, por acuerdo unánime, como ya se ha dicho, fue a Sevilla Catalina García, y quedó resuelto que la Srta. Ángeles González se encargaría de la dirección. Fue Catalina a buscarla el Sábado Santo, día 4 de abril; y el 9, vencidas las primeras dificultades, se abría el nuevo centro de enseñanza femenino, con aplausos de todo Sanlúcar.

Había procurado el Padre Faustino que no faltase un detalle; y sin embargo... ¡cuántas quejas iban a lanzarse al viento…! Aquel “hombre de Dios” a cuyo alrededor no había crecido la planta de la murmuración, comenzó a oír estas frases, cual ráfagas precursoras de tormenta: -¡¿Y con qué permisos, y con qué títulos van a inaugurarse esas escuelas?! --Así decían los maestros y maestras oficiales, quienes quedaron asombrados al ver que no faltaba ni un solo requisito. En sesión solemne y a ruegos del Padre Faustino, el dignísimo Sr. Arcipreste y Cura propio de la Parroquia Mayor de Sanlúcar, dio cuenta del “permiso de apertura” remitido desde Madrid nada menos que por el Excmo. Sr. Ministro D. Antonio Pidal. A continuación se leyó la licencia amplísima que mandaba el Emmo. Cardenal Arzobispo de Sevilla, Fr. Ceferino González, en la que hacía constar no sólo su beneplácito, sino también el propósito de favorecer esta fundación. Y por último se leyó el Título de Maestra de la Srta. Ángeles González y el nombramiento de Directora, redactado por el Fundador, que había de ser el alma de este benéfico Centro docente.

La “navecilla” comenzó a surcar las aguas “viento en popa a toda vela” pues sólo en el primer día ya se matricularon más de 50 alumnas de las principales familias sanluqueñas, y multitud de alumnas gratuitas.

Más bien pronto amenazaron nuevas borrascas... Acababa de llegar una postulante, de Jerez: la primera muchacha que solicitaba ingresar en aquella Congregación que aún no estaba canónicamente formada. Y a título de curiosidad, consignamos que se llamaba como la Directora: Ángeles González León, era ésta; y Ángeles González Lozano, la que iba a ser nueva compañera. Afortunadamente llegó muy a tiempo. En aquellos primeros días se puso de manifiesto algo muy desagradable. Y es que la Providencia “escribe siempre recto, aun con líneas torcidas...” como dice el adagio popular.

Catalina García y sus dos compañeras, llenas de entusiasmo, se habían ofrecido y habían ayudado al Padre en los comienzos de su obra. Son beneméritas del Instituto; no cabe duda... Pero ninguna de las tres tenía vocación religiosa, y sólo las detenía en la comenzada labor, primero, el respeto y noble afecto al Siervo de Dios, al Padre Faustino; después, algunas miras harto mezquinas, pero muy humanas… A la miseria en que ellas habían vivido sucedió una relativa abundancia; y, sin escrúpulo alguno, se llevaban las provisiones para sus familiares. Y sucedió que cogidas “in fraganti” fue tal su vergüenza, que optaron por marcharse voluntariamente, quedando sólo el Fundador con las dos Ángeles…

El Cielo proveyó bien pronto: en aquellos días solicitaron e ingresaron dos dignísimas postulantes, de Córdoba y de Sevilla, y ya con esto pudieron abrirse nuevas clases. Pero el diablo no cejaba un momento en su empeño de dar al traste con todo. Aquellas cuatro muchachas, al verse solas, con un porvenir incierto, con aparente despego por parte del Padre Faustino, y con no escaso trabajo, comenzaron a desconfiar, como los Apóstoles en la navecilla de Pedro.

Una de ellas, ya Religiosa, escribió estas hermosas líneas: “las visiones terroríficas, las contradicciones se multiplicaban... Lo cual era indicio de que, si el diablo quería deshacer la obra, es que veía claramente que era del agrado de Dios”. Y el Padre Faustino, con la voz de un santo, animaba a todas a redoblar su fe y sus oraciones para conseguir la santificación de las niñas y sobre todo, la propia santificación.

Calmadas estas borrascas, surgieron otras más terribles. La sobriedad en sus palabras, la exquisita prudencia en todas las actuaciones del Padre Míguez, el tesón con que procedía, cuando estimaba hacer la voluntad de Dios, fueron parte para que los médicos, algunos médicos de la población, se conjurasen contra él; y no es de maravillar pues lo propio hicieron varios de sus hermanos de Religión..

El divino Salvador curaba al paralítico y cosechaba murmuraciones... ¡No había guardado el sábado…! Hipócritas fariseos eran los que tal decían.

Nuestro venerado Padre Faustino curaba a los pobres y a los ricos; nada pedía; rechazó una vez la magna oferta de la Reina, después de curar al entonces niño D. Alfonso XIII; y si recibía alguna limosna era para darla luego a las niñas pobres... ¡Y algunos médicos murmuraban…!

Nuestro bueno y sabio Padre Faustino trabajaba en su Colegio como ninguno; atendía a los niños pobres; era un modelo en todo... Pero una parte del dinero que recibía ¿por qué había de invertirlo en educar a las desharrapadas muchachas del pueblo? ¿por qué no iba ese dinero integro a la Caja del Colegio..?

Calasanz sembraba el bien por todas partes y... ¡fue llevado ante el Tribunal de la Inquisición!

SENTENCIAS CALASANCIAS:

La perfección verdadera de la virtud consiste en sufrir las calumnias y las injurias de aquéllos a quienes se ha hecho bien.
Nada hay tan grato a Dios como el que uno rodeado de aflicciones y tribulaciones se humille y reconozca que todas las adversidades vienen de Dios
A veces Dios sólo da aflicciones y persecuciones, que son la verdadera moneda con la cual se compra el cielo.

Notas