VidaVenerado/XV. CONSOLIDACIÓN

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XVI. EXPANSION DEL PIO INSTITUTO
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XV. CONSOLIDACIÓN

Era tan prudente el venerado Padre Faustino que sólo manifestaba sus ideas cuando las había madurado mucho. Y así, aún cuando él había planeado ya la fundación de una Congregación religiosa que se preocupase de las niñas pobres, en aquella región sanluqueña tan azotada por el analfabetismo, no manifestó esa idea genial hasta el memorable día 2 de enero de 1885.

Y a los tres meses, el 9 de abril, veía con gozo que comenzaba la obra. Ah, y con qué fervor daba gracias al Cielo, que le iba allanando las dificultades! Su oración era continua; sus visitas al Santísimo muy frecuentes; su ardor en el trabajo era aplaudido por todos; su caridad no tenía límites...

Y por eso sus mismos enemigos (realmente nuestro Padre no tuvo nunca enemigos), los murmuradores de oficio, se quedaban perplejos ante la inexplicable paradoja, de que un hombre tan prudente, tan sabio, tan santo, diese pasos, al parecer, fuera de la ley. ¿No ocurría lo propio al Divino Maestro?

Y las oraciones de nuestro Padre consiguieron que, en el día del Sagrado Corazón, a quien él tanto amaba, la joven Directora, Srta. Ángeles González, después de la Comunión, le dijese “que sentía una voz interior que la llamaba para ser religiosa, y la impulsaba a colaborar en la magna obra por el Padre Faustino tan sabia y oportuna y santamente comenzada”. El Padre Míguez se había consagrado desde la niñez al Sagrado Corazón de Jesús; y se esforzó para que todas sus hijas hiciesen lo propio”. Todas (nos escribe la Madre Natividad Vázquez, que fue la tercera Superiora General, y que trató mucho al venerado Fundador), todas las Hijas de la Divina Pastora nos llamamos de Jesús, por voluntad de nuestro amadísimo Padre, que nos decía “fuéramos siempre de Jesús”. Y sin duda obedece esto a lo que ya hemos dicho; la devoción particular del Padre al Corazón sacratísimo de Jesús; el haber manifestado su propósito de fundar una Congregación, el día del Dulce Nombre de Jesús; y el haber oído, como un mensaje del Cielo, el día del Sagrado Corazón que la Directora había sido obsequiada por el Cielo con el don inestimable dé la vocación religiosa. ¡Bendito sea el Señor que así dispone las cosas!

El venerado Padre comenzó desde aquel día a consignar por escrito sus Meditaciones al Sagrado Corazón, -y veinte años más tarde publicaba el lindísimo libro “Junio o Mes del Sagrado Corazón” que es un espejo del espíritu ascético y místico del Fundador de las Hijas de la Divina Pastora.

Yo supe de labios de la misma Madre Ángeles, cofundadora del Pío Instituto, que en la plática que dirigió a las jóvenes postulantes en aquel memorable día del Sagrado Corazón de 1885, les decía estas palabras: “Hijas mías, amad a Jesús, amad su divino Corazón; que en El encontrareis alivio en vuestros dolores, y fuerza en las tribulaciones; será vuestra victoria en la tentación, y suavizará vuestros padecimientos. El será siempre vuestro único gozo, si con frecuencia y devoción os acostumbráis a recibirlo en el Santísimo Sacramento, en aquella hostia sacrosanta, en la que os espera y os llama, para unirse con vosotras y enriqueceros con sus gracias, mientras recibe el homenaje de vuestras adoraciones”.

Procediendo así, ¿no había de consolidarse su Obra?

Dos días después de la festividad del Sagrado Corazón ordenó el venerado Padre que la Srta. Ángeles González se pusiese al frente del rudimentario Colegio y procediera como Superiora de la naciente Comunidad. Dispuso además que se tocasen con un sencillo velo blanco, y que se escribiese un horario y se reglamentasen los rezos.

Acudió después al Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Sevilla para que reconociese la obra que empezaba, con el nombre de Asociación Religiosa. E inmediatamente pensó en darle un nombre. Y como consultase a las jóvenes, ocurrió lo de siempre: que cada una daba una opinión diferente. Se encomendó el asunto al Señor y a la Stma. Virgen; y en el día de Pascua del Espíritu Santo se abrió la primera papeleta y apareció el nombre de la “Divina Pastora”. Se acogió con regocijo este nombre pero modificado así: «Hijas de la Divina Pastora”, al objeto de diferenciarlo del que llevan unas religiosas franciscanas, llamadas de la Divina Pastora.

Como era lógico pensó luego el Padre Míguez en un Reglamento provisional que había de ser base de las futuras Constituciones. Ordenó a las postulantes que escribiese cada una aquello que mejor le pareciere. Recogió estos escritos, sólo como orientación, e imitando al Patriarca S. José de Calasanz, después de unos días de fervoroso y espiritual retiro redactó él un Reglamento, tan conciso, tan perfecto, que el Emmo. Sr. Cardenal lo aprobó en el acto. Dicho Reglamento comenzaba así: “El fin principal de esta Asociación es la santificación de sus miembros por la exacta observancia de la Pobreza, Castidad y Obediencia, que en su día ratificarán con Votos ante el Stmo. Sacramento. Y siempre bajo el Patrocinio de la Stma. Virgen con el título de la Divina Pastora. El fin secundario es la enseñanza gratuita de niñas pobres sin excluir las ricas”.

A la inmensa alegría de todos, se sumó otra, y es que empezaron a recibirse peticiones de ingreso. Las dos primeras admitidas fueron las jóvenes cordobesas Ceferina Martínez y Antonia García. Después ingresó, para lega, Matilde Fernández, natural de Sevilla. En todo se veía palpable la bendición del Señor y la protección de la Stma. Virgen María.

En el Libro de los Proverbios se lee esta frase: “extrema gaudii luctus occupat”, a la zaga de la alegría marcha siempre el dolor. Contentísimos estaban el venerado Padre y aquellas virtuosas jóvenes que formaban la Asociación Religiosa de Hijas de la Divina Pastora, cuando el demonio, envidioso de tanto bien, levantó dos horrorosas borrascas: la primera, contra el Fundador; y contra la Directora, la segunda.

Los PP. Escolapios de Sanlúcar acudieron a las Autoridades de la Orden indicando que el Padre Faustino invertía grandes sumas en una empresa descabellada, sumas que podían ingresar en las Cajas del Colegio, para atender a los niños de sus escuelas. Alegaban además, que el Padre gastaba sus energías fuera de la Corporación...

Nada habían dicho mientras creyeron que era una obra de juego que de un día a otro habría de derrumbarse. Pero cuando vieron lo contrario y que, contra viento y marea, aquello prosperaba, y que las clases se henchían de niñas, y las familias se deshacían en alabanzas, entonces levantaron la voz y se pusieron en contra, con las honrosas excepciones de los PP. Pedro Díaz y Eduardo Camallonga. El primero de estos dignísimos Padres fue luego Vicario General de España y de América.

Naturalmente las autoridades de la Orden no hicieron caso, porque sabían que el Padre Faustino tenía permiso de Roma para disponer del dinero que en concepto de limosna recibía, y porque les constaba que era el primero en el trabajo dentro del Colegio.

La Directora también sufrió mucho por aquellos días, y este sufrimiento se extendía a sus queridas compañeras. La Madre y la familia de la Srta. Ángeles González se oponían resueltamente a que fuese religiosa. El mismo confesor participaba de esta idea, y le indicaba que lo mejor era abandonarlo todo y marcharse a Sevilla. Pero ella estaba tan firme en su vocación que sólo hacía caso del Padre y de la voz de su conciencia: estaba destinada por el cielo para ser la cofundadora del Pío Instituto. No es, pues, de maravillar su firmeza, y que, años más tarde, escribiera lo que sigue: “Me creí ser llamada por Dios por varias razones de índole interna; y estaba muy resuelta a dar antes la vida que abandonar lo comenzado”.

Y con sencillez encantadora, añade la misma Madre: Nuestros rezos los hacíamos en una pequeña Capilla, arreglada al efecto. Estábamos un día en oración y se oyó una voz que parece salía de la imagen del Sagrado Corazón: “confíen en mí y no teman”, palabras que a todas nos hicieron mucha y gratísima impresión. Salimos llorando, y así fuimos a Misa. Al vernos el venerado Padre nos preguntó y nos animó mucho. Y en la santa Comunión ofrecimos al Señor seguir trabajando en aquella benemérita obra; y notamos cómo, en los días sucesivos, fue calmándose la lucha pendiente con la familia de la Directora, que no había conseguido sino afianzar más y más una vocación venida de Dios y apoyada por el Cielo.

Todas las tardes, terminadas sus tareas en el Colegio, se trasladaba el venerado Padre a la casita de las Hijas de la Divina Pastora. Se informaba de lo ocurrido durante el día. Aprobaba, corregía, orientaba, siempre con paciencia y oportunidad suma.

Después se sentaba, rodeado de sus hijas, y les dirigía fervorosas palabras referentes a la Piedad, terminando siempre con temas pedagógicos. Así, poco a poco, y con la gracia de Dios, iba labrando los fundamentos de lo que había de ser fervorosa Comunidad religiosa y entusiasta plantel de competentes y abnegadas maestras. Cierto día, terminado el curso, les habló del hábito que habían de vestir. Y como dejase emitir su opinión a cada una, fue tal la risa de todas a causa de las ocurrencias de algunas, que el Padre, con su seriedad característica, terminó la simpática e inocente sesión, dándoles un plazo de dos días para determinarlo, y con el pie forzado de que había de llevar, sobre fondo azul, la imagen de la Divina Pastora.

Ultimado todo satisfactoriamente, y obtenidos los correspondientes permisos para la vestición, se notificó y se invitó para que diese el nuevo hábito, al Sr. Arcipreste don Francisco Rubio y Contreras; fijándose además la fecha para la solemne ceremonia.

Solemnísima fue aquella primera e histórica vestición, el día 2 de agosto de 1885, en la calle del Mar, frente a la calle de la Luz, primera Casa del Pío Instituto Calasancio de Hijas de la Divina Pastora.

Habían sido invitados al acto los Sres. Curas párrocos, todos los sacerdotes, los RR. PP. Escolapios, Sr. Alcalde y Concejales y las familias de las alumnas. Asistieron todos (menos los PP. Escolapios, que no miraban la obra con simpatía).

El Sr. Arcipreste impuso el hábito a las cinco jóvenes que, con sus respectivas madrinas, ocupaban el sitio más distinguido de la Capilla. La plática fue muy fervorosa, y se terminó el acto con la bendición y con la lectura de los nombres de las cinco novicias. Eran éstas:

Sor María de los Ángeles González León, de Sevilla.
María de los Ángeles González Lozano, de Jerez.
Ceferina Herrero Fernández, de Córdoba.
Antonia García Marín, de Priego.
Matilde Sánchez Martínez, de Sevilla.

Aquella primera y solemnísima toma de hábito fue de una trascendencia enorme para la consolidación del naciente Instituto. Ocurrió el prodigio- profetizado ya por el venerado Fundador- de que, a partir de aquel día, todos consideraban a las cinco novicias cual si fuesen Religiosas de muchos años. Y en ello influyó grandemente la acertada orientación que daba a su obra el virtuoso Padre Míguez.

Aumentó considerablemente el número de niñas; los señores sanluqueños se hacían lenguas alabando la labor de las jóvenes Hijas de la Divina Pastora, y las señoras se ofrecían orgullosas para ser útiles en algo al Pío Instituto y a sus entusiastas Profesoras.

El único que no se dormía en los laureles era el Padre Faustino. Como el artista ante el boceto de su obra, soñaba en algo más perfecto. Y no se cansaba en instruir a las novicias en la Piedad más sólida y sincera, ni escatimaba los consejos pedagógicos necesarios para que estuviesen capacitadas en las Letras. En una palabra, las iba enseñando a modelar los corazones y las inteligencias de sus alumnas.

“Nosotras, escribe una de las primeras que vistieron el santo hábito, nos quedamos tan contentas y tan abstraídas, que no acertábamos a hacer nada. Pero la voz paternal de nuestro Padre nos sacaba del ensimismamiento y acometíamos con bríos toda clase de trabajos, así las de las clases, que tuvimos todo el verano, como los quehaceres de la casa. Pero lo que más preocupaba al Padre Faustino era nuestra formación y nos repetía con frecuencia que para ser Religiosa no bastaba el hábito. Nos enseñó a rezar el Oficio Parvo, en latín, y reglamentó nuestra vida, en especial nuestros actos religiosos de Comunidad”.

Su mismo carácter, desabrido a veces, influyó de manera poderosa en la formación espiritual de aquellas jóvenes. Jamás se permitió una broma; jamás una palabra que no se encaminase a la piedad. Si alguna vez procedían ellas como jóvenes que eran -con alguna ligereza- él pronunciaba una seca palabra: ¡quita! Y volvía al instante la seriedad al seno de aquella diminuta y naciente Comunidad.

De no haber tenido el Padre Míguez aquel carácter adusto tal vez no se hubiese consolidado su obra, y desde luego sus hijas no lucirían como preciada joya, una virtud sublime que el Fundador les inculcan, y que es característica en todas las Hijas de la Divina Pastora: la humildad.

Y a propósito: cuando fueron a Sevilla a presentarse con hábito al Sr. Cardenal, produjeron una tan grata impresión en el ánimo del Emmo. Purpurado, que no pudo por menos de manifestar a determinadas personas su complacencia al ver la óptima orientación y el buen espíritu de aquella naciente Congregación. Y con esto aumentó la estima en que el Cardenal tenía al venerado Padre Faustino.

Desgraciadamente la revolución marxista hizo que desapareciesen los Archivos de las Casas de Getafe y de Madrid, donde se guardaban datos curiosos e interesantísimos. Pero la tradición nos dice que terminado el curso del 85 al 86 la casita resultaba insuficiente y hubieron de pensar en otra que fuese más capaz.

En la calle de la Bolsa tenía D. Domingo Martín una amplísima casa desalquilada y a ella se trasladaron muy contentas las Hijas de la Divina Pastora. El número de alumnas creció extraordinariamente, siendo la primera en inscribirse como interna Rosarito Delgado Ñudi. A esta siguieron Carmen de la Serna, tres hermanitas de la familia Manjón, dos de la Casa Heras y otras varias, con multitud de mediopensionistas y externas. Dios bendecía aquella obra, y “daba gusto, escribe una religiosa de la época, ver la casa llena de niñas. Todo, añade, se nos iba arreglando sin darnos cuenta, y crecía nuestro contento, al ver en nuestras aulas las niñas más distinguidas de la población, y abarrotadas las escuelas de niñas gratuitas”.

“Recibíamos muchas enhorabuenas; pero nuestro venerado Padre nos decía que lo atribuyésemos todo a Dios, ya que no tardarían en venir horas de amargura. Y así fue. Hasta nos parecía ver sombras misteriosas, y sentíamos ruidos infernales... El Padre sonreía y nos animaba en todo momento. ¡Era un Santo!”

Al terminarse el curso de 1886 a 1887, único que estuvieron las Hijas de la Divina Pastora en la calle de la Bolsa, hubo una fiesta solemnísima y nunca vista en Sanlúcar, que estará siempre escrita con letras de oro en la Historia de la Congregación: la Primera Comunión de las niñas.

Habían trabajado tanto y con tanto éxito aquellas jóvenes Religiosas que tuvieron ingresos suficientes para pagar atrasos, saldar el crecido alquiler de la casa, comprar menaje abundante, y lo que más agradó al venerado Padre y al pueblo, emplear el dinero sobrante en trajecitos de Primera Comunión que dieron caritativas a las niñas pobres, en número de casi un centenar. ¡Ah! y ¡qué fiesta más lúcida y más nueva! Durante años y años se ha recordado con cariño y con aplauso en aquella ciudad sanluqueña. “La Procesión, dice un testigo ocular, resultó magnífica. Dos largas filas de niñas, que parecían ángeles, fusionadas ricas y pobres por el fuego del amor cristiano, precedidas de rico estandarte, y en el centro siete monísimas criaturas vestidas con los emblemas de las virtudes teologales y cardinales... ¡Espectáculo hermoso, con sabor de cielo! La calle Ancha, junto a la Parroquia del Carmen, resultaba estrecha para contener tanto público... Al regresar al Colegio se cantó el “Te Deum” y se sirvió un rico desayuno a las niñas, quedando las familias agradecidas y admiradas”.

Aun cuando habían pasado un año próspero y feliz en la calle de la Bolsa, no estaban contentas aquellas jóvenes Novicias porque el alquiler de la casa les resultaba carísimo.

Soñaban con una casita propia, o al menos con un traslado. Hablaban entre sí todos los días de este gran problema; hasta que al fin decidieron, como en todos los casos importantes, acudir al venerado Padre Faustino. Y quedaron maravilladas al ver que el Padre no sólo se había preocupado ya de aquel problema sino que lo tenía resuelto satisfactoriamente.

¡Gracias a Dios tenemos casa! Estas fueron las palabras lacónicas de aquel hombre extraordinario; y con gran contento supieron todas que la acaudalada y caritativa familia de Argüeso había hecho, al naciente Instituto, generosa donación de una casa en la calle González Hontoria.

Ya no era necesario pensar en alquileres. Y para mayor alegría les cedieron también un local en lo alto de la bodega de Celis, utilizable para clase de niñas gratuitas.

Algo no obstante preocupaba a todas: ¿y por qué el Padre tiene tanta prisa en el traslado? Mas a pesar de esta preocupación, obedientísimas, comenzaron la mudanza, y en sólo quince días estaba todo terminado y abierta a la juventud la nueva Casa-Colegio de Hijas de la Divina Pastora.

A consecuencia del traslado disminuyó algo el número de internas; pero aumentaron las mediopensionistas y externas; y se abrieron clases nocturnas para las criadas, haciendo con ello un bien inmenso a la población.

Creemos oportuno consignar aquí lo que había sucedido: el venerado Padre se dio cuenta de las maquinaciones de sus enemigos, a los que perdonó en el acto y de todo corazón. Sospechaba con fundamento que tal vez tuviese que abandonar aquella ciudad, por el imperativo de la Obediencia. Quería dejar a sus hijas tranquilitas, sin la preocupación del alquiler del inmueble.

Y Dios premió con largueza la bondad del Padre Míguez poniendo en sus manos la curación, casi milagrosa, de don Juan Argüeso, quien, agradecido cedió al Padre la casa de que venimos hablando, y que, en el momento más crítico, aseguraba el porvenir de la Asociación.

Dos hechos importantísimos ocurrieron al finalizarse la instalación de esta tercer morada de las buenísimas Hijas de la Divina Pastora.

La sospecha del venerado Padre se habla convertido en realidad... Y una voz indiscreta lo comunicó á las Religiosas en los siguientes términos: “El Padre Faustino se tiene que ir de Sanlúcar: sus enemigos, y los médicos y hasta los escolapios, han pedido a los Superiores que lo trasladen... Se irá sin remisión; lo sé de muy buena tinta; y a esto es debido el deseo grandísimo que ha manifestado en activar el traslado a la nueva casa. Aquellas pobres novicias quedaron acoquinadas, dando pábulo a la esperanza de que “quizás no fuese cierta la noticia...”

Miraban al Padre sin atreverse a preguntarle. Hasta que al fin él las sacó de dudas, confirmando lo que les habían dicho, y añadiendo “que era Dios quien así disponía las cosas para su mayor gloria y para afianzamiento del naciente Instituto”.

El venerado Padre Faustino había sido destinado por sus Superiores al Colegio de Getafe.

El segundo hecho fue el siguiente: llegó por aquellos días un P. Filipense, D. Manuel de la Oliva, confesor que había sido de la primera Novicia, a la que conocía desde niña. Inspeccionó todo lo que se había edificado, y quedó muy complacido, animando a las nuevas Religiosas a seguir adelante y dando cuenta después al Prelado, quien bendijo al Fundador y a su benemérita obra.

Pero los enemigos batían palmas. En apariencias el Infierno había triunfado... Creían los infelices, que, al marchar el Fundador a Getafe, todo se hundiría... Hasta las mismas Religiosas llegaron a temer... El único impasible era el venerado Padre Míguez quien repetía con frecuencia: ¡Dios lo permite así; bendito sea!

Entre tanto la vida del Colegio seguía su curso, y cada vez con más pujanza. Se anunciaron unos públicos y solemnísimos exámenes. Fueron invitadas las autoridades eclesiásticas y civiles, y las familias de las niñas.

Aquellos exámenes fueron una magnífica corona, puesta en las sienes de la Divina Pastora. Nunca se vio en Sanlúcar cosa igual. Las niñas contestaban maravillosamente. Las autoridades hojeaban los extensos programas y hacían las más variadas preguntas. El público, en general, gozó mucho, y se detenía admirado y admirando una cosa nueva: una pequeña exposición de trabajos y labores: cuadros, mapas, planos, problemas, redacciones, planas caligráficas, bordados, encajes, labores variadas, etc., etc.

Una de las religiosas escribe: “nuestra alegría era inmensa. Todo nos resultaba mejor de lo que pensábamos. Aquellos exámenes eran la más hermosa consagración de nuestra labor pedagógica. Y el venerado Fundador era a nuestros ojos cada vez más santo, más sabio, más grande..., más extraordinario. Y cuando nos apenábamos pensando que tenía que marchar, nos consolaba, diciendo: no son los hombres... es Dios quien así lo dispone; y conviene que yo me vaya para que se persuadan todos de que se trata de una obra de Dios”.

“Y ocurrió por aquellos días algo muy curioso que nos proporcionó un gran disgusto y mucho en que pensar. Teníamos una imagen preciosa de la Inmaculada que nos habían regalado la Condesa de Monteagudo y el Conde de Bustillo. Y un día, precisamente a la hora de la oración, sentimos un gran golpe: era la imagen de la Stma. Virgen que había caído al suelo. Corrimos respetuosas, la levantamos y vimos con sorpresa que estaba intacta a excepción de la cabeza, partida por la mitad. Cuando llegó nuestro venerado Fundador le contamos lo que había pasado, cogimos de nuevo la imagen y nos cercioramos de que no tenía desperfecto alguno; y aún las partes de la cabeza continuaban muy unidas. Y entonces dijo el Padre: “esto es milagroso y simbólico, ha podido romperse por completo y está intacta la Virgen, unidas las partes de su cabeza, como estaremos unidos nosotros, aunque yo, por obediencia, me vaya”.

Parecía cosa imposible; y sin embargo llegó la hora del sacrificio... Sin una palabra de queja, aquel hombre de Dios emprende la ruta que le habían marcado los Superiores... Las religiosas se deshacían en llanto; multitud de personas le acompañaban... El venerado Padre, tranquilo, sonriente, decía a cuantos le rodeaban: “Para mejor será”. Y cuando el tren se puso en marcha, todos los que habían ido a despedirle, unánimemente exclamaron: no cabe duda, es un hombre extraordinario...

Al volver a su casita aquellas jóvenes y heroicas Novicias sintieron un vacío muy grande; y se fueron a la Capilla, donde se consagraron de nuevo a Jesús, oraron fervorosas por el feliz viaje del Padre, y al volver sus ojos a la Imagen de la Divina Pastora, creyeron oír estas palabras: “Aquí estoy con vosotras; sedme fieles, y cumplid con las obligaciones que os habéis impuesto, y yo os asistiré siempre como una Madre”.

PROFESION DE VOTOS TEMPORALES (2 agosto 1890)

Al llegar el Padre Faustino a Getafe, escribe la M. Ángeles, se dedicó a preparar un Reglamento más extenso, y nos iba mandando copia de los capítulos, para que viéramos si nos sería fácil el ponerlo en práctica. Nosotras le escribíamos, diciéndole con filial respeto todo lo que estimábamos conveniente para el bien común, y él lo iba corrigiendo poco a poco, resultando así nuestras Primeras Reglas, que fueron aplaudidas y aprobadas por el Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Sevilla.

Comenzaba el año 1890, quinto de nuestra vestición religiosa. Y pareciéndonos mucho tiempo para seguir siendo novicias, preguntamos en la Curia de Sevilla si podríamos hacer nuestra Profesión Simple. Se nos dijo que sí; e inmediatamente lo comunicamos a nuestro Padre, quien lo solicitó del Sr. Cardenal. Este mandó por Visitador extraordinario a D. Santiago Magdalena; y ante los buenos informes que diera, se nos otorgó el permiso solicitado. Nuestra alegría fue inmensa, y más al saber que el venerado Fundador vendría a darnos la Primera Profesión.

Se buscó una iglesia amplia; se hicieron toda clase de preparativos, y se fijó la fecha del 2 de agosto de 1890, en que precisamente se cumplían los cinco años de nuestra vestición. Hasta aquí son palabras de M. Ángeles.

El Padre Faustino dio todos los pasos convenientes y necesarios. Invitó a las Autoridades, a los PP. Escolapios y a sus numerosos amigos y admiradores. Quiso que ocupase la sagrada Cátedra su compañero y amigo el famosísimo Padre Escolapio F. Jiménez Campaña, que era uno de los mejores oradores de la época. La parte musical estuvo a cargo del R.P. Godinach, benemérito franciscano de Jerez.

Y ni que decir tiene que la fiesta resultó solemnísima. Durante mucho tiempo no se hablaba en Sanlúcar de otra cosa. Asistieron, además de los invitados, las niñas con sus familiares. Y como nota curiosa, por primera vez hubo una representación del Colegio PP. Escolapios: los PP Rector y Eduardo Camallonga, de suyos labios oí la descripción de esta memorable fiesta.

Todos los invitados, al terminarse el acto, pasaron al Colegio de Hijas de la Divina Pastora, donde fueron dignamente obsequiados.

“Pasamos después, dice M. Ángeles, unos días muy felices, pendientes todas de los consejos e instrucciones pedagógicas que el venerado Padre nos daba, Cada día to admirábamos más, y al despedirse de nosotras, para volver a Getafe, dijimos como la primera vez: “verdaderamente nuestro Padre es un santo”.

Por insinuación del Padre Faustino, se encargó de la dirección espiritual de aquel plantel de religiosas, el digno Arcipreste D. Francisco Rubio y Contreras, quien, además de confesor, fue un prudentísimo consejero.

Consecuencia lógica del crédito que habían adquirido aquellas jóvenes recién profesas, fue la multitud de solicitudes de postulantes que hicieron pensar en el nombramiento de una Maestra de Novicias. Más aún: como la casa resultaba pequeña, y había niñas internas, pidieron las Religiosas a Dª María Manjón, cuya casa estaba contigua, les cediese el piso superior que fue en adelante dormitorio de profesas y de novicias.

La vida se deslizaba tranquila para el Pio Instituto de Hijas de la Divina Pastora. Pero el Fundador les había dicho, en tono profético, que en las horas de tranquilidad pensasen en las tormentas, y que éstas amenazarían siempre siendo necesario vivir alerta con los ojos en el cielo y el corazón puesto en Dios.

Transcurrieron varios años. Aquellas Religiosas se esforzaban por santificarse siendo verdaderos apóstoles, verdaderos ángeles de la guarda de las niñas que acudían a su capilla y a sus aulas, cada vez en mayor número.

Fue aumentándose el personal, pero no los ingresos. Y como los enemigos no estaban satisfechos con “haber echado al venerado Padre de Sanlúcar, tomaron la determinación de no admitir los “Preparados Míguez”, cerrando así para las Religiosas esta no escasa fuente de ingresos. Y ocasiones hubo en que las Hijas de la Divina Pastora no tenían ni lo necesario para comer. A veces pasaban el día con sólo pan y frutas... Pero las alumnas no lo notaban, y ellas nada decían, ni aun al Padre por no acongojarlo, y confiaban en la divina Providencia, y la Providencia no les faltó nunca.

Curtidas en tan ruda escuela iban preparando el esplendor de su Congregación, para mayor incremento de la Piedad.

PROFESION DE VOTOS PERPETUOS (26 noviembre 1899)

En el primer Reglamento escrito por el Padre Faustino se consignaba, con algo de rigorismo, que la Profesión Perpetua no se hiciese antes de los veinte años. Pero esto parecía y era en realidad mucho tiempo; y la M. Ángeles, interpretando el sentir de sus compañeras y deseando que el Pío Instituto gozase ya de todas las prerrogativas de verdadera Congregación, escribió decidida al venerado Padre quien estimó oportuno no contestar.

Muy apoyadas en sólidas razones y muy bien aconsejadas, ante el silencio del Padre, dos Religiosas tomaron el tren y se presentaron en Getafe. Y contra lo que esperaban, hallaron al Fundador muy complaciente, cual si esperase aquella visita. Después de bendecir a sus hijas espirituales, y de informarse minuciosamente de todo, les ordenó solicitasen directamente del Sr. Cardenal la Profesión Perpetua.

Las dos Religiosas aprovecharon la oportunidad para proponer al Padre una fundación en el mismo Getafe, y estar así cerca de él para que les resolviese las dudas y siguiese orientándolas por las sendas de la Piedad y de las Letras. “Además, decían ellas, ya que en Sanlúcar no pueden venderse los “preparados medicinales”, aquí sí podríamos hacerlo, estando nosotras al frente de todo”.

Resistióse el Padre Míguez al principio; pero después de pensarlo bien y consultarlo con sus Superiores, accedió gustoso, buscó solar, cerca del Colegio de PP. Escolapios, trazó los planos, y se comenzaron las obras. Y cuando estaban a punto de ultimarse, el venerado Fundador llamó a las Religiosas que tomaron posesión de su casita en 1898, a los diez años justos de estar el Padre en Getafe.

Entonces se recordó lo que había dicho al salir de Sanlúcar: “Dejemos obrar a Dios; para mejor será”. Y con esta de Getafe ya tenía el Pío Instituto tres casitas: Sanlúcar, Chipiona y Getafe.

Conseguido entre tanto el permiso para hacer la Profesión Perpetua, se fue preparando todo de la mejor manera posible. Tres eran las Religiosas que habían de emitir sus votos perpetuos: Sor Ángeles González, Sor Concepción Hidalgo y Sor Antonia Arcos, cuyas Madrinas respectivas fueron las dignísimas señoras de Argüeso, de Vila y de Carrascosa.

Se fijó para este solemnísimo acto el día 26 de noviembre de 1899, festividad de los Desposorios de la Virgen y S. José. Y se acordó tenerlo, en forma familiar, en la misma Capillita del Colegio, donde se veneraba una linda estatua de la Divina Pastora que, casi milagrosamente, había venido a vivir con sus Hijas.

La historia es bonita y breve. Querían naturalmente aquellas primeras Religiosas tener una imagen de su Patrona. No podían pensar en comprarla; pero sí hablaban de su deseo con todo el mundo; y una buena amiga, María Ángulo, se lo dijo a Manuel Rivero, vecino de Jerez, quien manifestó haber visto una imagen lindísima, con esa advocación, en la sacristía de los PP. Franciscanos de su pueblo y que se informaría de cuánto podría costar otra igual. Y sucedió que le dijeron los Padres que dicha imagen no era de ellos; que la tenían allí en depósito; que el Sr. Cardenal era quien podía disponer de ella.

Ni cortas ni perezosas las decididas Religiosas fueron a ver a su Eminencia, quien les contestó entregándoles un Oficio para que la trasladasen a su Capilla, donde todavía se le rinde culto. Las Hijas de la Divina Pastora, agradecidas, nombraron camarera a la Srta. María Angulo, quien comenzó su gestión regalando a la Virgen un traje de blonda, y una gargantilla de finas perlas, obsequio que le había hecho su abuelita cuando María se vistió de largo.

Ante esta Imagen quisieron profesar de Votos Perpetuos aquellas tres heroicas Religiosas, la primera de las cuales, Sor Ángeles, había vestido el hábito el 2 de agosto de 1885, siendo la única que perseveró de la vestición primera, y mereciendo justamente el título de Cofundadora del Pío Instituto Calasancio de Hijas de la Divina Pastora.

Yo tuve ocasión de hablar largamente con ella: aprecié los quilates de su amor al Instituto; recibí de sus manos apuntes y cartas; y me animó a escribir esta Vida del venerado Padre Míguez... Y hoy estimo un deber honrar su memoria con flores de gratitud, al mismo tiempo que elevo al cielo una oración por el alma de aquella mujer heroica y abnegada, sin la cual no existiría en el árbol calasancio esta frondosa rama de Hijas de la Divina Pastora.

Ajustándose en todo a un Ceremonial escrito de antemano por el Padre Míguez, en la mañana del 26 de noviembre de 1899 se celebró el emocionante acto de la Profesión Perpetua, con asistencia del Sr. Arcipreste, Rector de los Escolapios, Guardián de los Franciscanos y Autoridades de la población.

La fiesta resultó sencillamente sublime. Y para las Religiosas lo fue aún más, porque vieron jubilosas llegar al venerable y venerado Fundador, a quien tanto debían, a quien tanto respetaban, y a quien tantísimo querían. Terminado el acto se leyeron los nombramientos de Superiora General, Vicaria y Secretaria a favor de las tres recién profesas, constituyéndose así la dirección de la Congregación. Y al año siguiente, en 1900, se tuvo el primer Capítulo, que confirmó los nombramientos, quedando definitivamente consolidado el Pío Instituto Calasancio de Religiosas Hijas de la Divina Pastora.

SENTENCIAS CALASANCIAS

Deseo que mis Religiosas olviden su patria y sepan confiar en solo Dios.
Se infiere una gran injuria a la bondad y a la providencia divina si no se confía en ella hasta el fin.
Nuestra esperanza debe estar puesta en Dios y no en los hombres. Por tanto procuremos servirle y confiar siempre en El.

Notas