VidaVenerado/XVIII. ESPIRITU DE SUS HIJAS

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XVIII. ESPIRITU DE SUS HIJAS

Las Órdenes y Congregaciones Religiosas, dedicadas a los más variados ministerios, conforme a las múltiples necesidades espirituales, intelectuales, morales y corporales de la pobre humanidad, forman como un áureo manto de caridad con el que se adorna la Iglesia Católica al sentarse al lado de su Divino Esposo. Así habla un escritor contemporáneo, y añade: “cada día aparecen nuevas Congregaciones en el jardín de la Iglesia. Y jamás acabará, hasta el fin del mundo, esta hermosa floración”.

En unas Congregaciones prevalece la vida activa; en otras la contemplativa; en muchas la vida mixta; en todas la vida religiosa más perfecta.

La vida activa se caracteriza porque principalmente se dedica a obras exteriores para el aprovechamiento espiritual, o para el bien del prójimo, practicando con él obras de misericordia; espirituales o corporales. La vida contemplativa se ejercita con preferencia en obras interiores para llegar al mejor conocimiento y al más Duro amor de Dios[Notas 1].

¡Ay, y qué maravillosamente están representadas estas dos vidas en aquel pasaje encantador del Evangelio que nos habla de Marta y de su hermana María! Marta, afanada en multitud de quehaceres, representa la vida activa; María, extasiada a los pies del Divino Maestro, escuchando palabras de vida eterna, simboliza la contemplativa. Marta, dice San Agustín, estaba atenta para alimentar al Salvador. María, por el contrario, quería ser alimentada por El.

Con gran misterio Cristo Nuestro Señor llamó parte a la vida de María, comparada con la de Marta; para darnos a entender que hay otra vida excelentísima, que es como un todo, compuesto de ambas partes, y abraza los ejercicios de la vida contemplativa y los de la vida activa, especialmente los más nobles de ella, o sea, los que van en provecho de las almas. Esta clase de vida, por ser la más perfecta, escribe Santo Tomás[Notas 2] fue la que escogió el mismo Cristo en el tiempo de su predicación. Esta clase de vida siguieron también los Santos Fundadores. Por eso, en las Órdenes Religiosas no se da el caso de separación absoluta entre las vidas activa y contemplativa. Al contrario, la vida activa es medio eficaz y admirable para subir a la contemplativa.

Esta es la doctrina que el venerado Padre Faustino exponía constantemente a sus Religiosas: quería que las Hijas de la Divina Pastora Calasancias estuvieran a los pies de Jesús, escuchando sus palabras, pero sin descuidar el trabajo de la casa. Solía recordarles las palabras de Santa Teresa de Jesús: “Creedme que Marta y María han de andar juntas para hospedar al Señor y tenerle siempre consigo, y no hacerle mal hospedaje, no dándole de comer. ¿Cómo se lo diera María, sentada siempre a los pies, si su hermana no le ayudara? Su manjar es, que de todas las maneras que pudiéremos, alleguemos almas para que se salven y siempre le alaben”[Notas 3].

Deseaba el Padre Faustino que el espíritu de sus hijas fuese como el espíritu de la Santísima Virgen María, síntesis y único modelo de la vida activa y de la vida contemplativa. Por eso en el Prólogo de sus Constituciones dice así: “Al suplicarme os consignara por escrito las instrucciones y consejos que os diera de palabra, ocurrióseme proponeros solamente el sublime ejemplo de vuestra Santísima Madre, que es el más acabado y en el que se ven reunidos todos los rasgos de la perfección cristiana...” Quería que copiasen sus virtudes para obsequiarla. Que no hay, dice San Alfonso María de Ligorio, un obsequio más grato para María que el imitarla en todo.

“María era virgen, no solamente en el cuerpo, sino también en el espíritu; tenía un candor que la hacía incapaz de disfrazar sus intenciones; era humilde de corazón, grave en su discurso prudente en su conducta, reservada en sus palabras y aplicada a la lectura; más ponía su confianza en las oraciones de los pobres, que en la incertidumbre de los bienes de la tierra”.

“Se ocupaba en el trabajo, y sólo ponía en Dios, a quien todo lo refería, el juicio de su conciencia; siempre incapaz de perjudicar a nadie, estaba dispuesta para hacer bien a todo el mundo; tenía gran respeto a los mayores, nunca envidiaba a los iguales; se regía en todo por la razón, y amaba, fervorosa, la virtud. “En su mirada brillaba la benignidad, la honestidad resplandecía en sus discursos; y en todas sus acciones se revelaba la modestia. Ni un ademán libre, ni un paso afectado, ni una voz que no fuese la misma naturalidad; todo el exterior de su cuerpo representaba la purísima imagen de su alma; y su conducta el modelo más acabado de todas sus virtudes”.

“Siempre ajena a la vanidad, desconocía la presunción y sólo acudía a aquellas concurrencias adonde la llamaba su caridad, que no tenía límites, y en donde no tuviese motivos de avergonzarse; inspirando siempre veneración a su virtud que la anunciaba por do fuese, como un precioso aroma. Era, tan frugal su comida, que apenas se permitía lo necesario, y a veces prolongaba el ayuno por muchos días. No escogía los alimentos que tomaba, pensando menos en lisonjear el gusto que en conservar la vida. Los momentos que parecía conceder de descanso al cuerpo, eran como un éxtasis para su espíritu, todo absorto en la contemplación de las verdades que meditaba en la vigilia”.

“Jamás salía sino para ir al templo, y siempre acompañada de sus parientes. En el retiro de su casa nunca estaba ociosa, ni se presentaba fuera sola, aunque nadie le ponía guarda con tanta seguridad como Ella”.

“Era la misma afabilidad con todos, con una majestad y porte tan lleno de pudor, que infundía respeto a cuantos la miraban, y parecía que, en cada paso que daba, dejaba estampados los vestigios de la virtud”.

Tal fue la Madre; tales deben procurar ser sus hijas las Religiosas de la Divina Pastora Calasancias.

Así hablaba el Padre Faustino: e insistía en que la humildad fuese como la base del espíritu de sus Religiosas. Sobre esa base todas las demás virtudes: la fe, la esperanza, la caridad, para con Dios y para con el prójimo. Quería una obediencia ciega; a su lado crecerían frondosísimas la pobreza y la castidad...; crecería la modestia, crecería la mortificación, crecería el celo por la salvación de las almas; celo guiado por la prudencia y por la oración. Y solía, repetir con frecuencia estas frases de San José de Calasanz: “El que ora hace bien; el que aprovecha a otros, hace mejor, ¿Cómo morirá en el ósculo del Señor, el que en vida no trabaja por el Señor? No sabe hacerse suyo a Jesucristo, el que no sabe padecer por Jesucristo. Preciso es comprar el reino de Dios, y no se compra sino con el trabajo.

En la religión es reo de hurto el que vive y pasa el tiempo sin dar fruto. Tres cosas distinguen al siervo de Dios: el sufrir con paciencia, el hablar poco, y el trabajar mucho. En la Religión, lo primero es el trabajo y la prueba; después viene el premio y la corona”.

Este es el manjar exquisito y calasancio con que el venerado Padre Míguez quería se nutriese el espíritu de sus hijas; a las que inculcó de un modo especialísimo la humildad y el celo por la salvación de las almas.

Pero gustosos dejamos la pluma a un hombre esclarecido que conocía muy bien la vida y el espíritu de estas buenísimas religiosas Hijas de la Divina Pastora. Se trata del Muy Ilustre Sr. D. Restítuto Pruneda, Vicario General del Obispado de Mercedes, en la Argentina. Dice así:

“De genuino origen calasancio, tiene este Instituto las virtudes características que el gran Santo y eminente pedagogo San José de Calasanz dejó como herencia a sus hijos, virtudes que saltan a la vista de cualquiera que con espíritu observador visite sus colegios, colmenas de almas juveniles que crecen en la virtud y adquieren recio temple con las sólidas enseñanzas y ejemplos confortantes que continuamente reciben de sus sabios y abnegados preceptores.

“El celo por la salvación de las almas es una de las virtudes típicas del Pío Instituto de Hijas de la Divina Pastora. No podía ser de otra suerte. Sabido es que el que ama a Dios, ama también a su prójimo y como nos dice el Angélico Doctor Santo Tomás, así como es imposible que haya fuego donde no hay calor, así tampoco es posible que haya amor de Dios donde no hay celo. De lo deducimos lógicamente que donde hay fuego del amor de Dios debe llamear el celo por la salvación de las almas.

“Y este fuego sagrado arde perenne y con grandiosas proyecciones en el Pío Instituto de Hijas de la Divina Pastora, que es una derivación del volcán Calasancio. Las virtuosas y humildes Religiosas que se entregaron totalmente a Jesús, Divino Esposo al que procuran agradar de los todos modos posibles, y al que dedican la flor de sus pensamientos y recuerdos, no olvidan, no pueden olvidar a las almas redimidas con la misma Sangre.

“El maestro nos enseña esta norma luminosa: por sus frutos conoceréis el árbol. Con relación al amor, el sentido popular lo tradujo así: obras son amores y no buenas razones. Aplicada esta norma realista al conocimiento del celo de las Hijas de la Divina Pastora, tendremos de él a una idea muy conforme a la verdad.

“Estas beneméritas religiosas repiten en diversas formas las conocidas palabras. da mihi animas coetera tolle. Dadnos las almas, llevad todo lo demás. Así las veremos trabajando animosas humildes y alegres lo mismo en los grandes Colegios que en los humildes Asilos, lo mismo cuando la Divina Providencia les proporciona algunas comodidades que cuando carecen hasta de las cosas más indispensables. Piensan en las almas que han de salvar con sus ejemplos y enseñanzas, todo lo demás es para ellas accesorio…¡Almas para Dios! Ese es su lema.

Con frecuencia el venerado Padre Faustino desmenuzaba a sus hijas el canon 593 del Código de Derecho Canónico: Todos y cada uno de los religiosos, lo mismo superiores que súbditos, deben no sólo cumplir íntegra y fielmente los votos que han hecho, sino también ordenar su vida en conformidad con las reglas y constituciones de la propia religión; y de esta manera tender a la perfección de su estado.

Y cuando alguna de sus religiosas le preguntaba en qué consistía esencialmente la perfección? -él respondía: en la caridad. Por eso el espíritu de sus hijas es tan grande, porque está basado en la virtud sublime de la caridad, y ésta se asienta en la más profunda humildad. Humildad y caridad, alas que remontan al cielo a las piadosas hijas de la Divina Pastora.

SENTENCIAS CALASANCIAS:

Orad sin intermisión. Que no podemos descuidar nuestro provecho espiritual, para aprovechar a los otros; pues esto no nos serviría de nada ante Dios.
No es amigo de Dios el que no lo es de la oración.
Orad para que no caigáis en la tentación: y convertid en oración todos vuestros trabajos.

Notas

  1. V.P. La Puente, pag.583
  2. 3 p. q. 40
  3. Séptimas Moradas, Cap. 4